16/01/41E.Sol – Kieol’ifè – Día de las Ocho Estrellas…
[09:14]
Una
ducha con agua fría, esa era la forma en la que Maino empezaba las mañanas de
aquellos días en los que consideraba que las cosas ya no podían torcerse más.
También era un intento por despertarse definitivamente, no había dormido más de
tres horas, pero sus vueltas entre las sábanas eran incontables.
La
cascada de agua que caía sobre él resonaba en las duchas de chicos, era el
único sonido en aquella habitación de azulejos azulados. Incluso cuando la
detuvo, las gotas que recorrían su cuerpo creaban al caer un intenso estruendo.
Suspiró con fuerza antes de secarse y cubrirse por completo con su toalla,
apartando a un lado la puerta de cristal que separaba el cubículo de la ducha
de la zona central, pensada como unos vestuarios. Aquella residencia no
disponía de un baño tradicional, aunque por lo menos tenía baños, y conocía
muchos sitios donde eso no era una comodidad fácil de encontrar.
Se
dejó caer sobre el extraño banco gris donde había dejado su ropa limpia. No
sabía si era plástico o algún otro material, lo que estaba claro es que ni
estaba unido al suelo, ni era ni de azulejo. Encorvado hacia delante, se echó
la toalla sobre la cabeza y mantuvo inmóvil observando la perfecta unión entre
las baldosas. Pese a los radiadores, la habitación era fría, o a lo mejor era
él quien se sentía deprimido y frío.
En
los últimos días habían ocurrido muchas cosas, más que media semana le parecía
que llevaba un mes viviendo allí. Una cosa estaba clara, nada parecía haber
sido en su favor. Kressligh incordiándole porque sí, Kiraibeki tratándole como
su esclavo, Haejin y Eino gritándole, Negiru decaída, el extranjero por medio
dejándole en un constante mal lugar. Hasta Yoosu, quien permanecía a su lado,
se había vuelto más silencioso que de costumbre.
Se
creerían, todos, que él no se daba cuenta de lo que pasaba. Que estaba contento
con que Kiraibeki le tratase como un perro, que le gustaba, que tenía en sus
manos la opción de cambiar lo que estaba ocurriendo.
No
la tenía, Kiraibeki lo había dejado claro desde el primer momento.
Ciego
de furia se había separado de Yoosu, le había seguido y parado en el rellano
para decirle que no iba a aguantarle más, que él no era su mayordomo. Kiraibeki
simplemente se había reído, no con sus brutas carcajadas, sino con una sonrisa
más pronunciada y diabólica, respondiéndole que le parecía bien, pero que se
atuviese a las consecuencias.
No
entendía que consecuencias podía haber, en primer lugar no entendía por qué
tenía que haber unas consecuencias. Simplemente estaba defendiéndose a sí mismo
de lo que consideraba injusto. Pero había unas consecuencias, claro que las
había. El “Bien común”, el “Orden social”. Kiraibeki le recordó el escalafón en
el que él se encontraba y le luego señaló el lugar que ocupaba Maino. Era un
estudiante de curso superior, por ese simple hecho se le debía obediencia y
respeto. Kiraibeki podía dejarlo pasar con las chicas, le resultaba hasta
gracioso cuando se oponían a él, pero no iba a dejarlo pasar con Maino y Yoosu.
-“Y
sería una pena… ¿No, Szure? Les pasan cosas malas a las personas que no siguen
el orden. Aun recuerdo cuando estaba en primer año. ¡Qué recuerdos! Que te
encerrasen en una habitación sin comida ni agua hasta que volviesen a por ti,
que te obligasen a limpiar dormitorios sin parar aunque te sangrasen las manos.
Y estoy hablando de castigos… livianos, no te puedes imaginar lo que le hacían
a quien se saltaba el orden por gusto. – Kiraibeki había dejado caer su pesada
mano sobre su hombro, sonriendo ante el asustado rostro de Maino. – Cosas así
podrían pasarte a ti, o, peor aún, a Tanra. Tú no quieres que le pase nada a Tanra.
¿Eh?”
Recuperando
sus sentidos, le había apartado de un manotazo. No era tan idiota como para
someterse a las irreales amenazas de Kiraibeki. Vivía y era ciudadano de un
país civilizado y aunque llevaba toda la vida oyendo hablar del “Bien común” y
el “Orden social” nadie le había dicho que negarse a ello supusiese un castigo
físico. Simplemente te exiliabas a ti mismo del grupo y te convertías, en los
peores casos, en un repudiado. Por desgracia para él, Kiraibeki tenía un
contra-argumento.
-“Pero
Szure ¿Y si se hunden tus sueños? – Se aproximó lo máximo posible a él. – ¿Y si
yo hundo tus sueños?”
Había
algo terriblemente cruel en la mirada de Kiraibeki, la idea de que sabía más de
lo que Maino creía cruzó su mente y comenzó a darle un significado a “sus
sueños”. Pese a todo Kiraibeki terminó la conversación diciéndole que hiciese
lo que gustase.
-“A
fin de cuentas elegirán al extranjero antes que a ti. ¡A no, espera! Si ya lo
ha hecho.” – Se rió.
Y
en ese momento su mente dejó de funcionar, no era capaz de pensar claramente,
todo comenzó a ir de peor en peor, terminando con el acierto de Kiraibeki,
habían elegido al extranjero, a ese extranjero, por encima de él.
Terminó
de vestirse, sin darse cuenta sus manos se habían movido solas para coger y
colocar su ropa. Se pasó la toalla de nuevo por su alborotado y húmedo pelo.
Necesitaba dejar de pensar tanto y al mismo tiempo no podía parar. Comenzaba a
desesperarse por encontrar una solución. El clic del interruptor de la luz
acompañó sus pasos al salir de las duchas cargado con su ropa para lavar y su
empapada toalla. Se topó de frente con una persona que acababa de abandonar su
habitación y avanzaba por el pasillo. Sus miradas se encontraron y pudo
comprobar que se encontraba más débil de lo que nunca le había visto hasta
aquel momento.
-Szure…
– Comenzó el extranjero con un suave tono de voz. – Buenos días.
Durante
los segundos en los que Maino se mantuvo en silencio mirándole pasaron miles de
ideas por su cabeza. Estaban parados en mitad del pasillo, concentrados en
observarse el uno al otro, probablemente el extranjero no era capaz de entender
lo que Maino estaba pensando aunque parecía encogerse ante la gélida mirada que
tenía para él. Incómodo miraba en una y otra dirección, esperando a que él
respondiese a su forzado saludo. Tras unos dubitativos intentos, el extranjero
se dispuso a hablar y entonces su puño simplemente se movió en un amplio arco y
aquella persona estaba tirada contra la pared. Había impactado contra la puerta
de la habitación de Maino. Intentó incorporarse mientras se preguntaba que
acababa de pasar. Su mirada se llenó de horror al llevarse la mano a su
sangrante boca. No pudo reaccionar, Maino no le dejó reaccionar, utilizando
todo su peso le empujó al interior de su habitación, donde ambos cayeron al
suelo. Su puerta se cerró con un portazo pero ya le daba igual que alguien le
escuchase. Aprovechando la confusión le bloqueó con todo el peso de su cuerpo
para mantenerle inmóvil contra el suelo. Sus manos se cerraron alrededor de su
cuello. Comenzó a apretar. Aquel extranjero pataleó, forcejeó contra él, trató
de pedir ayuda con su ronca voz. Finalmente miró a Maino, lloraba de
incomprensión. Sus labios se movieron formando un “¿Por qué?”. No pudo
controlarse y apretó con más fuerza.
-Deja
de destruir mi vida… – Gritó Maino. – ¡Deja de destruir mi vida! ¡DEJA DE
DESTRUIR MI VIDA! – Sus lágrimas de incomprensión se transformaron en
sufrimiento cuando le apretó con toda la presión que era capaz de ejercer con
sus manos. Comenzó a vapulearle contra el suelo. – ¡ES TU CULPA! ¡TODO ES TU
CULPA! ¡TODO ES TU CULPA!
Aquel
maldito extranjero, de ojos marrones, como los suyos, de cabello negro
alborotado, como el suyo, de barba desarreglada, como la suya, vestido con lo
primero que había cogido del armario, como él. La piel de su rostro se volvió
blanca, exceptuando su morado cuello. Las lágrimas rodaron plácidamente por sus
mejillas mientras sus manos perdían cualquier fuerza que aun les quedase. Su
mirada se volvió inexpresiva y fija en un punto indeterminado. Sus pupilas se
dilataron. Maino se levantó esforzándose por recuperar la respiración. Se apoyó
pesadamente contra la puerta y comenzó a resbalar hasta que estaba sentado.
Todo se volvía borroso y al mismo tiempo estaba comenzando a sonreír. Lloraba y
sin entender por qué sentía el irrefrenable deseo de reírse por lo patético que
se veía a sí mismo.
[10:47]
-Este monumento representa una
nueva edad de oro para la ciudad de Yakeru. – Comentó un cercano señor, había
asentimientos a su alrededor.
-Es así. El Toriade nunca había
lucido con tal belleza. – Le respondió otro señor. Aun más asentimientos.
-No puedo esperar a la
inauguración. ¿Crees que nos dejarán ver el interior? – Preguntó una chica a
escasos pasos ante ella. El joven que la abrazaba masculló una suave negativa.
Aidee puso los ojos en blanco,
no podía hacer otra cosa ante tal despliegue de ciega complacencia junta sobre
la no demasiado extensa isla de Kinsezi. Era complicado no sorprenderse ante la
vasta cantidad de gente que se había reunido en aquel lugar para la
inauguración del reloj que había sido llamado Suu-Gan’teni, el Gran Astrolabio
para así concederle ese sentimiento de mística astral. Aidee y Moyra se habían
mirado con sorna nada más conocer aquel nombre. Bajo su elegante paraguas su
compañera se limitó a alzar las cejas con condescendencia. No era para menos si
se tenía en cuenta lo mal situados que las encuestas tenían al Alcalde y a su
Concejal de Urbanismo. Aquel evento apestaba a intento desesperado para realzar
sus posiciones con respecto a las elecciones que vendrían a finales del próximo
año y parecía, por su planteamiento, estaba funcionando.
En primer lugar favorecía a la
zona más rica de la ciudad de Yakeru, el distrito Toriade, situado en la
céntrica isla homónima creada por el río Serino. Favorecer a los más ricos era
siempre un movimiento acertado, porque tenía como consecuencia un aumento de
los fondos disponibles por la alcaldía, pero al mismo tiempo comprometido si se
descubría al público general. El Gran Astrolabio era un proyecto para mostrar
la decadencia de los más ricos, pero estaba abierto al público general. Alegría
y alboroto para todos. En segundo lugar era un proyecto absurdo. Seguramente
nadie entre el público sería capaz de dar dos razones coherentes por las cuales
Toriade, o Yakeru misma, necesitaban una gigantesca torre del reloj. Los que
más hablarían del turismo, algo que casi no existía en Yakeru porque ellos
mismos no lo deseaban. Paradojas por todos lados. En tercer y último lugar,
pero no por ello menos estúpido todavía, el Gran Astrolabio suponía el primer
paso del Proyecto de Renovación de la Ciudad de Yakeru que la Consejería de
Urbanismo había propuesto y cuya aprobación había resultado ridículamente alta.
Era
un proyecto fantasma. Nadie sabía en qué consistía esa Renovación de la Ciudad
de Yakeru, algo que podía ir desde levantar y asfaltar las calles, a decorar la
ciudad con una nueva gama de farolas más resultonas. La simple, pero ignorada,
conclusión era que la alcaldía estaba vendiendo humo y la ciudadanía lo estaba
comprando.
Su
mano le sirvió de improvisada visera mientras levantaba la cabeza para observar
la exagerada decoración. No era solo una torre de reloj, era una compleja unión
de multitud de redondeadas y pequeñas torres alrededor de una estructura
central. En el centro brillaba una inmensa placa circular con otras de menor
tamaño superpuestas que servían para mostrar los movimientos estelares, si es
que se podía considerar que aquel artilugio verdaderamente funcionaba o
únicamente se trataba de un caro reloj de “astronómicas” proporciones. Las
placas estaban decoradas con imágenes de los cuerpos celestes y las
constelaciones. Justo encima se encontraba la esfera del reloj, con sus
estilizadas agujas y sus números en el estilo de los dígitos clásicos de la
cultura del Protectorado de Sehril.
Aidee
bajó la vista lentamente para enfocar el escenario de madera ante las
escalinatas que conducían a la gran puerta de la torre. Estaba tan colmado de
flores que esperaba que se hundiese de un momento a otro. Desde allí los
altavoces les bombardeaban con música. No contuvo una molesta exclamación.
-No
entiendo cómo me he dejado arrastrar a aquí con la situación en la cual se
encuentra la residencia.
-Despreocúpate
Aideelyn, nada le va a ocurrir a la residencia o a sus habitantes. – Se volvió
para observar como Moyra estudiaba el escenario con unos binoculares. Suspiró.
-Moyra…
¿Puedes intentar aparentar ser normal durante al menos unos minutos?
-¿Por
qué realizas esa petición? – Ahora observaba la torre.
-Ninguna
razón en particular.
Se
cruzó de brazos con un cansado suspiro en el mismo momento en que la música de
los altavoces cambiaba para entonar el himno de la ciudad. El público comenzó a
aplaudir mientras unos ocultos cañones bombardeaban el escenario con confeti
multicolor. Una serie de trajeadas figuras se subieron a él y comenzaron a
saludar amablemente a los eufóricos ciudadanos. Aidee no era capaz de reconocer
a la mayor parte de los trabajadores del ayuntamiento, aunque suponía que
alguno de ellos debía ser el concejal de urbanismo. El alcalde sin embargo era
imposible de obviar.
Kokorobe
Taimen, de la prestigiosa familia Taimen de Yakeru, había sido el alcalde de
Yaeru durante doce años. Era un hombre
bajito de gesto severo y pobladas cejas aunque escaso pelo grisáceo donde
tendría que tenerlo. Se decía que solo tenía unos cuarenta años. Aun así la
edad se había cebado con él y se había quedado a gusto, sus marcadas arrugas,
las manchas de su blanca piel. Su orondo cuerpo, estaba embutido en un traje
que parecía a punto de reventar, contrastaba con sus delgados ayudantes.
También era afamado por ser una persona tremendamente agradable al trato, y por
tremendamente agradable venía a significar insoportable. Aun así llevaba todos
aquellos años gobernando, así que algo debía haber para que siempre se le
reeligiese.
Mientras los hombres trajeados
tomaban asiento en unas sillas al fondo del escenario, el Alcalde avanzó hasta
el micrófono y tosió suavemente. Aidee se percató de que no le había visto
nunca en ruedas de prensa o discursos. Quizá se trataba de un fantástico orador
y ese era su secreto para ser siempre reelegido.
-No soy un orador y por ello
trataré de no irme por las ramas. – Su grave voz comenzó así el discurso.
-Y, como suponía…– Suspiró Aidee.
El alcalde tuvo una tranquila pausa para respirar con fuerza antes de
continuar.
-Hoy nos reunimos aquí, ante esta
obra de ingeniería y arte para conmemorar el principio de una nueva era nuestra
ciudad. Una era de cambios y progreso. Esta ciudad ha estado durante mucho
tiempo oculta bajo la sombra del mundo que nos rodea, una sombra impuesta. Ha
llegado la hora de que, ya que la luz no se abre paso a nosotros, seamos
nosotros quienes nos abramos paso a ella usando todos los medios a nuestro
alcance.
Mientras tomaba aire y estudiaba
a su audiencia, Aidee y Moyra se miraron confusas ante aquel discurso. Aparentemente
a la lista de adjetivos para aquel hombre tenía que añadir uno nuevo,
ligeramente lunático. Empezaba a tener claro por qué no era un orador, de hecho
le parecía raro que le dejasen hablar en público. A su alrededor la gente
comenzó a aplaudir, consiguiendo que Aidee alzase una ceja. O aquella gente
estaba sorda, o ella estaba sorda, o nada tenía sentido. A lo mejor era una
extraña broma a nivel de ciudad. El alcalde aparecía, decía cuatro chorradas,
la gente le aplaudía haciéndole creer que todo iba bien y seguían con sus
vidas.
-Ahora, el artífice de este
proyecto, hblará en nombre de la alcaldía. – Se giró para mirar a un hombre que
se levantaba. – Jon’gu Zon.
El hombre llamado Jon’gu Zon
avanzó entre los nuevos aplausos mientras el Alcalde Taimen tomaba asiento. Su
porte al andar era magistral, con absoluta confianza en lo que estaba haciendo
y por ello desprendiendo naturalidad en su sonrisa dedicada al público allí
presente. Su figura estaba señalada por su altura y ancha espalda. Al detenerse
ante el micrófono se arregló su traje marrón y miró a la multitud. Su cabello
negro parecía estar sembrado de mechones de suave castaño peinados en ondas.
Desde donde ellas se encontraban era complicado observar bien los detalles de
su rostro, aunque era indudablemente más joven que Taimen, debía estar
alrededor de los treinta años.
-Gracias, señor Alcalde, por permitirme
formar parte de este discurso. – Su voz era muy agradable. Tras volverse para
reverenciar al Alcalde, centró nuevamente su mirada en los asistentes. – Gentes
de Yakeru, gracias a todos y todas por haber venido hoy a esta inauguración.
Ante vosotros se alza, imperturbable, Suu-Gan’teni, una excepcional obra de relojería al servicio
de nuestra ciudad.
Los
aplausos resonaron por toda la isla mientras el sonriente Jon’gu Zon movía
suavemente las manos para pedir que le dejasen continuar con su discurso.
-Desde
que se me nombró concejal de urbanismo he… buscado la forma de hacer de mi
sueño de Yakeru una realidad. En mis sueños, Yakeru es un lugar cuya belleza es
inigualable y por ello es el compromiso de la Consejería. – Negó. – Es mi
compromiso, que la belleza que solo existe en mi mente se vuelva una realidad.
Suu-Gan’teni se convierte en el principio de una serie de proyectos para el
esplendor de Yakeru.
-Y
hemos dado con el buen orador. – Aidee se cruzó de brazos.
-No
parece faltarle una palabra dulce. – Añadió Moyra.
-Empalaga
casi de lo dulce que es.
Tenía
de hecho un acusado efecto en sus oyentes. Las chicas, y algunas chicas que
eran más bien hombres, parecían emocionadas como si en lugar de un político
estuviesen ante un famoso cantante. Los ancianos se emocionaban, pasándose las
manos por sus llorosos ojos cuando Jon’gu Zon continuó relatando su onírica
visión de aquella ciudad. No era posible creer que todas aquellas personas
hubiesen dejado pasar el hecho de que por su nombre y probablemente también por
su apariencia, aquel hombre no debía ser nativo de Rantei, viniendo
probablemente de la cercana Qeinu. Aun así le llovían los aplausos como si él
fuese el alcalde en lugar de aquel señor gruñón sentado al otro lado del
escenario.
Sin
perder su majestuosidad se acercó al cordón rojo que impedía la entrada a la
torre del reloj. Estaba sujeta por dos muchachas, una de las cuales le entregó
a Jon’gu Zon una tijeras. El Concejal se las mostró al Alcalde, esperando
pacientemente hasta que este las cogió. Se apartó prudencialmente, permitiendo
que el gobernante tuviese todo el honor de la inauguración, aunque fuese a
Jon’gu Zon a quien le hubiesen llovido los candentes aplausos. Una vez se
cerraron las tijeras el escenario volvió a explotar en una lluvia de confeti
multicolor.
-Creo
que así da por finalizado este evento. – Moyra bajó sus binoculares. – Dudo que
nos permitan entrar al interior.
-¿Ahora
vas a aprender a ser relojera? ¿Para qué quieres entrar?
-Curiosidad.
– Comenzó a andar alejándose de la multitud. – Creo que ya podemos volver a la
residencia.
Aidee
la vio marchar mientras meditaba sus palabras. Antes de seguirla volvió a mirar
la torre del reloj desde su base hasta lo más alto.
[12:21]
-Hola,
muy buenas señor Aisamu. ¿Cómo es usted hoy? – Preguntó Darla Krym con una
alegre sonrisa. Su cabello rubio giró con soltura hasta caer tras ella, sus
elfas orejas destacaban entre los mechones.
-Muy…
bien.
La
repentina aparición de la muchacha en las escaleras del rellano le había dejado
sin palabras, más que nada porque se había visto obligado a dejar de observar
al gato negro de juiciosa mirada que parecía estar allí esperando a que Hyuure
apareciese. En los segundos que había empleado en apartar su mirada se había
escabullido en alguna desconocida dirección. Aquel animal le mantenía en
furioso vilo. No recordaba maltratar a animal alguno en el pasado y por ello le
resultaba violento ser observado de un modo así. Hablando con la Encargada
Hyome descubrió que el felino pertenecía a una residente, Moyra Vontirel, tan
pintoresca como su arreglada mascota.
-¿Es
usted bien? – Darla Krym se había preocupado al observarle estudiando todos los
rincones de la habitación. Se volvió a ella con una apopléjica reverencia.
-Mis
disculpas señorita Krym. Estoy ligeramente distraído esta mañana. ¿Cómo se
encuentra usted?
-Bien
y alegre. ¿Y usted?
-Ya…
ya me ha preguntado…
-¿Lo
he hecho? – Respondió pensativa. Entonces le miró como si hubiese recordado
algo importante. – Tenía que decirle. – Su frase terminó ahí.
-¿Qué
debe decirme?
-No
encuentra la palabra de Rantensi. – Rió divertidamente.
-<Señorita
Krym… usted me agota.> – Suspiró interiormente. – Puede buscar alguna forma
de decirlo, me esforzaré yo por entender.
-Yo
pregunto…
-Sí.
-Usted…
-Sí.
-En futuro…
-Sí.
– Suspiró de nuevo interiormente.
-¡Papeles
de clases! – Exclamó cansada por todo aquel esfuerzo comunicativo.
-¿Formularios
de la universidad? – Krym asintió. – ¿Quiere que los lleve? – Krym negó. – ¿Qué
los ordene? – Negó de nuevo. – ¿Entonces que quiere?
-Que
usted mirar. – Hyuure liberó una confusa exclamación. – Que usted comprobar que
estar bien. – Terminó complacida.
-<¡Y
por qué tendría yo que mirar sus formularios en primer lugar!> – Se levantó
las gafas para pasarse los dedos por el puente de la nariz. – Señorita Krym…
¿No cree mejor que sea el señor Taewari quien mire sus formularios? – Negó de
nuevo. – ¿Puedo… preguntar el porqué?
-Tae-Taeni
no ha venido aquí.
Hyuure
se mantuvo en silencio. Creía que Taewari se trataría, al igual que Krym, de
otro estudiante, y por ello podría ayudarla en lo que necesitase. Probablemente
la muchacha no deseaba comentar aquel detalle a no ser que fuese necesario.
-Está
bien. Aun quedan unos días. Tráigamelos cuando encuentre un momento.
-Gracias
grandes. – Exclamó alegre.
-De
nada. Es un placer.
Su
conversación se detuvo ahí ya que desde la puerta del pasillo de los chicos un
joven llamó su atención al salir. Sus pasos se detuvieron en la misma puerta y
les dedicó una amplia sonrisa.
-Compañeros de residencia desconocidos.
En-can-ta-do. – Dijo con una exagerada reverencia. Sus uñas, unas de azul
oscuro y otras de blanco, brillaron por el movimiento.
Le
observó desde la cabeza a los pies, o más concretamente desde su cabello, de
idénticas tonalidades que las uñas, hasta sus cuadriculadas zapatillas. Iba
vestido con unos desgastados vaqueros negros y una camiseta marrón. Entonces se
centró en su rostro, aparentemente en una constante mueca de placidez. Por su
vestimenta se trataría a las mil maravillas con la estrambótica Shu’Len, aunque
su comportamiento daba a entender que era una persona más indolente que la
muchacha.
-¡Ah!
¡Yo a ti no conozco! – Exclamó la sorprendida Krym mientras él se acercaba. –
Aunque eres muy festivo y colorido.
-Gracias.
– Respondió divertido. – No todos los días me dice algo así una exótica mujer
del Protectorado. ¿Cuál es tu nombre?
-Darla
Krym es como me llamo.
-Jyogen
Hetsu a su servicio. – Cogió su mano en un gentil movimiento ya la besó.
Consiguiendo que la muchacha riese.
-Eso
es pasado moda incluso en Protectorado.
-Los
caballeros nunca pasamos de moda. – Rió.
-<Jyogen
Hetsu.> – Pensó Hyuure.
De nuevo necesitaría ver como
aquel joven escribía su nombre para saber que significaba. “Jyo” podía
entenderse como una persona silenciosa, que no demuestra su hacia el exterior.
“Gen”, como todas sus variables, “Ken” o “Sen” siendo válidos ejemplos, era
guerrero, caballero, alguien que lucha. Curiosamente, la construcción “Gen” era
de las pocas que cargaba, aparte de su caballeresco significado, con el de
persistente, de ideas fijas e incluso impertinente. Transformándolo en una
combinación de ideogramas, Jyogen podía leerse como “Caballero silente” o de
“Caballerosidad silenciosa”. Por el momento se quedaría con el significado de “impertinente”,
hasta que le mostrase lo contrario.
-Me tomas el pelo. – Hetsu
sonreía. – Es mala suerte que para una mujer preciosa que encuentro ya tenga
novio.
-Eres adulador, pero lo siento.
Es así. – Krym también sonreía.
Parecía que ambos se habían tomado
cualquiera que fuese su conversación como un divertido intercambio de bromas.
De cualquier modo se comenzaba a observar la impertinencia de Hetsu al cortejar
a una dama de una forma tan directa y sin miramiento alguno.
-¿Y tu nombre? – Miraba a Hyure.
-Hyuureiki Aisamu. – Le
respondió con una reverencia.
-¿Qué cuentas tú, Hyuni? – Se
levantó de su reverencia con una temblorosa sonrisa.
-¿H… Hyuni?
Quizá podía consentir que una
mujer como Eino, cuya cabeza estaba claramente hueca, le llamase Hyu, incluso
Hyuni, se pasaría media vida exigiéndole que parase, pero podía consentirlo.
Pero un hombre como Jyogen Hetsu, llamándole Hyuni, con esa dejadez, como si
fuesen amigos desde hacía años.
-¿A qué viene esa sonrisa? Darla
ha respondido.
Y a ella la había llamado
directamente Darla, ni señorita Krym o simplemente Krym, solo por un mínimo de
respeto y educación hacia una persona a la que acababa de conocer.
-Siquiera tengo idea de que
preguntas. – Hetsu se acercó a él.
-Pregunto, Hyuni, si tú tienes
novia.
-¿C-cómo? – Se controló para no
gruñir, por desgracia notaba el calor que indicaba que sus mejillas se
ruborizaban.
-O… quizá es un novio. ¿Eh
Hyuni?
-D-deja de llamarme Hyuni. –
Exigió enfadado.
-Te pones rojo por segundos. ¿He
acertado en mi segunda pregunta?
Se
llevó un dedo a la sien simulando que aquella absurda afirmación no solo era
cierta, sino que además la había adivinado. Entonces rompió a reír a
carcajadas, y lo que era peor, consiguió que Darla Krym le acompañase en su
diversión. Con una profunda respiración Hyuure recuperó su controlada dignidad
y simplemente les observó indiferentemente hasta que terminaron de divertirse a
su costa. Hetsu movió una mano como alejando aquel tema.
-No
me tomes a mal, Aisamu. – Sonrió. – Me gusta incordiar a los chicos guapos,
especialmente los que se ruborizan con facilidad.
-No
te tomo a- – Repentinamente el final de su frase llegó a su mente, dejándole de
nuevo en blanco. – ¿Q-qué…?
-¿Qué?
– Repitió jocosamente. Mientras se acercaba más a él. – ¿Pasa… algo? Te has
vuelto a… sonrojar, Hyu…ni.
Habló
en un profundo tono mientras su mano se aferraba a la barbilla de Hyuure. Se
separó de un salto mientras le señalaba.
-¡Re-re-re-respeta
el espacio personal!
-¿A
qué viene ahora esa reacción? – Hetsu le miraba aburrido.
-No-no-no
pu-puedes a-asaltar a la gente de esa forma.
-¿Por?
-¿Co-co-como
que “por”? ¿Es que no tienes compostura alguna? ¡Qué pensarán de ti los Ancestros!
¡El Gran K-k-kenyu! ¡Kenyu! – Recalcó. No había dejado de señalarle. Su rostro aburrido
se tornó burlón.
-Seguro
que hasta les gusta lo que ven. – Afirmó pasándose las manos por el pelo.
-Una
pregunta. – Comenzó Krym.
-Una
respuesta. – Afirmó Hetsu con un alegre gesto.
-¿Eres… como es esa palabra?
-No
me gustan las etiquetas, aunque supongo que la palabra que buscas es bisexual.
– Rió tranquilo mientras ella asentía. – No, no soy bisexual. Soy… un enamorado
de la belleza.
-<Bonitas
palabras para simplemente decir que eres un degenerado que probablemente vas
tras cualquier cosa a tu alcance.> – Pensó Hyuure mientras resoplaba.
-¿Te molesta? – Sonreía al mirar
a Krym. La joven negó.
-No es que hagas una cosa
malvada.
-¿Y a ti? Hyuni.
-Te he pedido que desistas y no
me llames más así. – Protestó con gesto enfadado.
-¿Con respecto a lo otro?
-No tengo que opinar. Ya
opinaran tus Ancestros.
-Bah. Esos llevan toda la vida
opinando mal de mí. A mí me interesa más lo que opinas tú. – Su nariz liberó
una furiosa ráfaga de aire para aun más diversión de Hetsu.
-Opino que no quiero una nueva
invasión de mi espacio personal.
-Que opinión más ab-
Un potente chillido inundó el
rellano. Sus ojos se abrieron con sorpresa mientras miraban a las escaleras que
llevaban al piso superior. El silencio posterior no resultó reconfortante en
manera alguna, por lo que Hyuure se puso en movimiento. Sus piernas saltaban
los escalones de dos en dos, escuchando tras él los acelerados pasos de Krym y
Hetsu. Cruzaron el rellano del piso de las chicas para entrar en el pasillo.
Miles de ideas horribles cruzaban su mente cuando derrapó para encararse con lo
que estuviese allí.
Su boca se abrió para liberar un
confuso “¿Eh?”. Lo que había allí, obviamente se salía de cualquier pensamiento
que su mente tuviese, era un gato negro con un pintoresco cascabel similar a
una pajarita, el felino de juiciosa mirada que parecía perseguirle. Estaba
sentado en el centro del pasillo, ante un par de puertas cerradas, sus amplios
ojos parpadeando sin comprender el horror que había causado. Su simple
presencia conseguía que una muchacha retrocediese. Los tres recién llegados no
eran los únicos allí. Una cercana puerta mostraba la incrédula mirada de una
bajita joven de cabello negro y orejas ligeramente puntiagudas. Tras ellos
también escuchó los poderosos pasos de alguien que se acercaba.
-¡¿Qué pasa?! – Preguntó la
mujer recién llegada.
Había
asumido que era una mujer porque provenía de la puerta que debía llevar a las
duchas femeninas, aunque por su constitución era complicado determinar su
género. Llevaba una toalla sobre los hombros y su cabello marrón alborotado y
húmedo. Iba vestida con una simple sudadera gris, unos pantalones de deporte
negros y portaba una mirada de incomprensión que se tornó en furia al observar
a los dos hombres que había ante ella. Sus nudillos crujieron siniestramente.
-¿Oh?
Así que tenemos pervertidos en el pasillo de mujeres.
-¿Qué?
– Fue lo máximo que Hyuure pudo articular.
-No
os recomiendo que corráis, solo os dolerá más.
-¡Oye,
oye, oye! Acabamos de llegar ahora mismo. Aun no nos ha dado tiempo a acosar a
nadie.
-Así
es, nosotros no- – Hyuure se detuvo, girando su cabeza para fulminar a Hetsu. –
¿"Aun”? – Su interlocutor respondió encogiéndose de hombros mientras
sonreía. – ¡HETSU, ese “aun” sobra!
Los
preocupantemente cercanos pasos le devolvieron a la terrorífica visión de aquella
musculosa joven acercándose a ellos. Su rostro era una máscara de ira. Hyuure
utilizó todo su aplomo.
-Oiga…
¿Señorita? Solo hemos subido al escuchar un grito.
-¿A
qué se debe tu duda a la hora de decir “señorita”?
-¿Eh…?
No… a nada en particular.
-¿O
quizá a que posees más músculos que Hyuni y yo juntos?
-Ah…
¿Sí? – Sus manos se convirtieron en temblorosos puños. Hyuure se pasó la mano
por el rostro.
-Acepto
que quieras morir, pero ¿Por qué me metes a mí por medio?
-Moriremos
juntos, Hyuni. Así pasaremos la eternidad en pareja. – Le abrazó, consiguiendo
que Hyuure le apartase rápidamente con amplios aspavientos.
-¡Te
he dicho que respetes mi espacio personal!
-Esto…
– Miraron a Darla. La muchacha sonreía. – Creo que… ella está mal.
-¿Ella?
– Preguntó la joven musculosa.
-Ee. – Ahora hablaba la menuda chica ante
su puerta. Pese a su inexpresivo rostro parecía entretenida por todas las
ocurrencias que trascurrían a su alrededor. – Creo que debe haberle dado un derrame
cerebral.
-Shu’Len.
– La musculosa joven apartó a Hyuure sin miramiento alguno. – ¿Qué ocurre? ¿Has
gritado?
La aludida se estremeció al oír
su nombre volviendo la cabeza lentamente para mirarles. Shu’Len, la misma
persona que había abierto la puerta el día anterior con aquella prepotente
actitud, se encontraba ahora paralizada en el pasillo por la presencia de un
pequeño animal. Con la misma velocidad que un relámpago se colocó tras la
musculosa muchacha.
-Quítalo de ahí. – Ordenó. Solo
sacaba su mano para señalar al animal.
-¿Ese gato?
-¿A qué esperas? ¡Solo quítalo
de ahí! ¡Échalo fuera, lejos de mí!
-Es un gato…
-¡Date prisa y quítalo de en
medio!
La musculosa joven respondió
poniéndose de cuclillas y entonando un aburrido siseo pensado para asustar al
animal. Este respondió lamiéndose una pata.
-No quiere irse. – Afirmó tras
su intento.
-¡PERO SI NO HAS HECHO UNA
MIERDA! ¡QUITALO DE A-! – El gato avanzó hacia ellos y Shu’Len retrocedió.
Volvió a sentarse. - ¡N-no sé cómo ha entrado aquí ese gato, pero si es vuestro
os daré una patada tan fuerte en la boca que escupiréis dientes!
-¿A qué coño viene tanto grito?
– Entonó otra voz masculina que entraba por el pasillo. Pertenecía a un
corpulento joven de bruta apariencia. No venía solo, le acompañaban Eino,
Souten y Negiru.
-Shu’Len está luchando contra su
némesis y va perdiendo. – Afirmó la menuda muchacha.
-¿Némesis?
– Preguntó Eino. Se percató del animal que les miraba. – ¡Ah, un gato! Aunque…
me suena de haberlo visto antes.
-Es
que lo has visto antes. – Respondió Souten.
-¡Dejad de discutir gilipolleces
y llevaros a ese puto gato de ahí! ¡YA!
-No grites más. – Ordenó el
corpulento con una mirada de cansado enfado. – Odio que las mujeres gritéis.
Salvo en la cama.
-Qué comentario tan vulgar. –
Nuevamente, Hetsu consiguió que Hyuure se pasase la mano por el rostro.
-¿De quién es este gato? ¿Cómo
anda por aquí suelto? – Inquirió la musculosa joven.
-Debe ser la mascota de la
señorita Vontirel. Si no recuerdo mal, y yo nunca recuerdo mal, se trataba de
un gato. – Afirmó la menuda muchacha. Souten asintió.
-Sí, es el gato de la señorita
Vontirel.
-Como yo decía.
-¿Y lo deja suelto de este modo?
-Me preguntas como si supiese o
tuviese que saber. Solo te he dado la poca información que poseo. De nada. –
Terminó con inexpresiva arrogancia. El corpulento liberó un gruñido de
protesta.
-Dadle una puta patada y que
vuele por la ventana.
-Que cruel. – Negiru evitó la
mirada del corpulento, consiguiendo que este sonriese.
-Como no, babon'giggasse aun sigue con su cerebro conectado con su trasero.
Es solo un gato, simplemente hay que cogerlo.
Con firme determinación avanzó
hacia el animal, quien simplemente esperaba en el pasillo, observando a todas
aquellas personas que le estudiaban. Cuando la menuda muchacha se encontraba a
escasa distancia de él, el animal levantó una zarpa, consiguiendo que una
diminuta criatura de ocho patas cayese al suelo. Por su forma y postura debía
estar muerta.
Durante los segundos en los
cuales la menuda muchacha se mantuvo inmóvil, Hyuure juró que su rostro había
alternado el azul y el blanco. Repentinamente se levantó de un modo mecánico y
volvió sobre sus pasos. La puerta de su habitación se cerró con ella dentro.
-¿Se puede preguntar qué haces?
– La musculosa joven se cruzó de brazos.
-He recordado una cosa
importante que he dejado sin hacer. – Su voz se escuchaba amortiguada, aunque
por el sonido, bien parecía que estaba tapando cualquier rendija de su puerta.
-Es solo una araña.
-No sé de que hablas. Yo no he
visto ninguna araña. – El corpulento joven rompió a reír en estruendosas
carcajadas.
-¡Venga! Esto es patético. Una
meona asustada de los gatos y otra meona asustada de las arañas. – Desapareció
por la puerta del pasillo, sus risas aun resonando.
Con un suspiro la musculosa
muchacha avanzó hasta el animal, cogiéndolo con una sola mano y levantándolo
ante su rostro. La alegre criatura maulló y le golpeó suavemente con una zarpa
en la cara.
[12:32]
La extrañeza de Aidee y Moyra al
llegar a los jardines alrededor de su residencia no se disipó pese la mirada
cómplice entre ellas. Ante la residencia se había detenido un joven que observaba
las ventanas de los pisos superiores. Llevaba ambas manos escondidas en los
bolsillos de su chaqueta de cuero negro. Con un suave movimiento de cabeza
apartó un mechón de cabello color avellana que había caído sobre su rostro por
la brisa y prosiguió observando el edificio. Junto a la estilizada figura había
una maleta oscura y una bolsa de viaje.
-¿Podemos ayudarte? – Preguntó
Aidee.
Se volvió a ellas, su rostro,
estilizado como su cuerpo, las miraba con frialdad y arrogancia, parecía
ofendido por la interrupción de un su entretenimiento, fuera cual fuese. Sus
ojos de centelleante gris se entrecerraron mientras las estudiaba.
-¿Quiénes sois para hacer esa
pregunta? – Hasta su voz resultaba prepotente.
-Eso lo tendríamos que decir
nosotras, ¿No te parece? – El joven no ocultó una seca risita. – Vivimos en
esta residencia, la que estás mirando embobado.
-¿Embobado? – Bufó entre
dientes. – Me he detenido con mera expectativa.
-¿Qué expectativa?
-Saber si habría un segundo
grito. – Aidee se sobresaltó.
-¿De qué hablas?
-He escuchado un grito. – Sacó
su mano de la chaqueta para consultar su reloj. – Hará unos cinco minutos.
Simplemente esperaba pacientemente por si ocurría un segundo.
-¿Te estás burlando de nosotras?
¿Va en serio? – Inquirió con insistencia mientras se acercaba a él.
-Haz el favor de mantener una
correcta distancia. – Exigió fríamente. – ¿Por qué debería inventar que he
escuchado un grito? Crear falsedades es tarea del último escalón de la sociedad,
no mía. Ahora, volviendo al principio, ¿Quién-?
Liberó una entrecortada
exclamación al verse obligado a apartarse aceleradamente para que Aidee
corriese hacia la puerta de la residencia. Sin duda estaría maldiciéndola a sus
espaldas, pero en aquel momento era la última de sus preocupaciones. Con
celeridad introdujo sus llaves en la cerradura y avanzó al interior. Sus ojos
se movían en todas las direcciones buscando a alguno de los residentes, pero la
primera planta estaba vacía. Tuvo que llegar a la segunda para encontrarse de
frente con la última persona que necesitaba ver.
-¡Kiraibeki! – Gritó entre
amplias respiraciones. El aludido la miraba intrigado. – ¿Qué ha pasado?
-¿De qué hablas?
-¡No me digas que “de qué
hablo”! ¡Se ha oído un grito!
Para incomprensión de Aidee,
Kiraibeki rompió a reír con sus estruendosas carcajadas. La muchacha se apoyó
en la baranda de la escalera mientras que esperaba a que tuviese a bien dejar
de reírse, algo que debía ir para rato ya que se sujetaba los costados mientras
se inflaba y desinflaba como un globo. Estaba tentada a clavarle su zapato en
la entrepierna, así seguramente pararía. Tras ella resonaban los tacones de
Moyra. A los pocos segundos estaba junto a ella.
-¿Se sabe qué ocurre?
-Hasta que Kiraibeki no deje de
reír, no.
-¿Estamos en posesión de tiempo
para dejar que termine de reír? – Con tranquilidad la mujer se volvió a él. –
Kiraibeki.
-¿Qué quieres? – Aun reía entre
dientes.
El sonido del abanico de Moyra
al rasgar el aire y abofetearle resonó en todo el rellano. Aidee trató de
mantenerse inexpresiva, ahora era ella quien quería reír. Creando un agradable
silencio, su compañera volvió a su lado.
-Ahora responde.
-Has cometido un error muy feo.
– Amenazó con su mano en la mejilla.
-Lo dudo horrores. Responde. –
Exigió.
-No es necesario. Aunque se
agradezca la bofetada. – Dijo Yuna Haejin.
Volvieron
la vista a las escaleras. La corpulenta muchacha descendía seguida de una
comitiva de residentes que incluían a Aisamu, Krym, Hetsu, Eino, Negiru y
Souten. Cogido con una mano llevaba un alegre gato negro que colocó ante Moyra.
-Tu
gato. – Lo dejó caer en manos de su dueña.
-¿Qué
ha pasado? – Insistió Aidee. – Se ha escuchado un grito…
-Shu’Len.
-¿Qué
pasa con ella?
-Le
dan miedito los gatos. – Kiraibei rió de nuevo. – Y es aun mejor, a la enana le
dan miedo las arañas. – Sus carcajadas recuperaron su estruendo peculiar. Aidee
suspiró.
-No
me digáis que esa es la razón por la cual… – Los residentes asintieron. – Al
menos no es nada grave.
-Ten
cuidado con tu mascota. – Ordenó Haejin al volver sobre sus pasos.
-Y
a partir de ahora también conmigo.
Moyra
le dedicó a Kiraibeki una mirada de condescendencia. Sonriendo arrogantemente
continuó con su camino hacia el pasillo de los chicos. Aidee tomó aire.
-Seguid
con vuestras cosas. – Pidió cansada. – E intentad no darme estos sustos.
Los
residentes se movieron a su alrededor, subiendo, bajando escaleras y
desapareciendo por los pasillos. Liam Negiru caminó junto a ella con la preocupación
grabada en su rostro, evitaba que sus miradas se encontrasen.
-He…
pasado por la habitación de Dageste. Pese a que he tocado nadie me ha
respondido. Y Szure… no le he visto en todo el día, ni a él ni a Tanra. –
Finalmente la miró con sus intranquilos ojos.
-No
te preocupes. Intentaré hablar con ellos.
-Muchas
gracias.
Trazó
una suave reverencia antes de seguir caminando hacia el piso superior,
siguiendo a Eino y Souten. Aidee se pasó la mano por el pelo y estiró los
brazos para alejar su cansancio.
-Aideelyn.
– Moyra se mantenía firme y serena.
-¿Qué?
¿Más problemas que veas venir? – La mujer negó.
-El
joven se ha quedado en la puerta.
-¿Qué
jov-?
Repentinamente
recordó al arrogante muchacho con el que se habían topado. Iba cargado con su
equipaje y se había detenido en la puerta de la residencia. La conclusión era
obvia. Movió su cuello en círculos para prepararse, por alguna razón tenía
claro que aquella llegada iba a agotar todas sus energías.
Bajó nuevamente por las
escaleras. En la puerta de la residencia esperaba aquel joven, sus brazos
cruzados y una ceja levantada en su altivo rostro, con una mueca mezcla de
incredulidad y orgullo ofendido por haber sido obligado a esperar. Avanzó hacia
él con la asunción de que tendría que soportar sus crudas palabras por su
blasfema descortesía, un atentado contra su persona.
-Bienvenido a Nuevo Jardín. –
Saludó amablemente. El joven parpadeó un par de veces antes de resoplar.
-Después de tu numerito de antes
me he cansado de ver tu rostro, así que puedes desaparecer. Ya le he dicho a la
mujer del vestido que traiga a la persona al cargo para que me atienda. No
necesito tu ayuda.
Aidee aguantó aquel pequeño
discurso con una imperturbable sonrisa. Estaba cargado de más arrogancia y
soberbia de la que normalmente aguantaba, y eso que ella vivía con Uriel
Aidara, quien liberaba arrogancia, soberbia y otras muchas “cualidades” como un
ambientador veinticuatro horas. Por no aguantar otro rostro de frialdad, su
mente buscaba la mejor forma de decirle que la persona al cargo era ella sin
que resultase otra ofensa a su hinchado honor.
-¿Se puede saber a qué esperas?
¿Deseas una limosna o algo así? Te he ordenado que desaparezcas de mi
presencia. – Aidee no tuvo más remedio que cerrar los ojos y usar toda su
fuerza de voluntad.
-Mi nombre es Aidee Hyome… soy
la persona al cargo de Nuevo Jardín.
En la helada calma de la entrada
a la residencia Nuevo Jardín no reinaba la paz, sino una la ominosa sensación
de que iba a comenzar una violenta tormenta de rayos que se uniría a un
tornado, dos terremotos y un volcán en erupción. Su interlocutor no dejaba de mirarla
de la cabeza a los pies, estudiando cada detalle meticulosamente.
-Probablemente sea una divertida
broma en tu… círculo de amistades, a mi no me resulta entretenida en forma
alguna. Así que si has terminado de representar esta ridícula farsa. – Movió su
mano con un firme vaivén. Aidee suspiró.
-¿Podrías darme tus papeles del
cambio de residencia?
-¡¿Hablas en serio?! – Exclamó
horrorizado. – Tú… ¡¿Tú eres quien controla esta residencia?! ¡¿Una mujer?!
-¿Tu problema es que sea una
mujer? Casi tendría que sentirme aliviada, a lo mejor te resultaba demasiado
campesina para dar órdenes. – Le mostró su mano. – El papel.
-Ahora comprendo la desidia que
reina en este lugar. – Comentó pensativo. – Es normal si se deja que gobiernen
las mujeres donde deberían reinar los hombres. Muchas están cualificadas, otras
sin embargo… – Su arrogante mirada se clavó en Aidee como dos puñales. – Supongo
que no me queda remedio alguno.
Buscó
en su bolsa de viaje con resignación mientras Aidee le fulminaba en silencio. Cuando
levantó la cabeza tenía una agradable sonrisa lista para él. Le arrebató el
papel con un rápido manotazo pero sin dejar de sonreír. Al contrario que todos
los demás formularios que habían llegado a sus manos, aquel fue estudiado con
la máxima meticulosidad, buscando encontrar cualquier fallo o error que le
permitiese proyectar una aun más marcada sonrisa mientras le pedía amablemente
que sacase su imperial culo de su residencia. Desgraciadamente, todo estaba en
orden.
-Anri
Kyuno. – Leyó en voz alta.
-Así
que sabes leer. – Afirmó con arrogancia. – No repitas demasiado mi nombre. No
quiero que se vuelva algo vulgar. – Aidee volvió a fulminarle.
-Ahora
que ha quedado claro que soy la persona al cargo no te convendría, no sé,
¿Llevarte bien conmigo? – Tras unos segundos de silencio Anri Kyuno no escondió
una carcajada.
-Viviré
aquí, por ahora. O para siempre si es lo que quiero. – Se encogió de hombros. –
Pero eso no quiere decir que tenga que llevarme bien con nadie. Como no tienes
idea de quién soy te ahorraré a vergüenza. Limítate a apuntarte en una mano que
no me gusta hablar con mis inferiores.
-Tú
tampoco sabes quién soy yo. – Aidee se esforzaba por sonreír.
-No
creo que deba importarme. Muéstrame mi habitación. – Exigió al coger su maleta
en una mano y la bolsa de viaje en la otra.
-¿Desea
el señor que también le lleve el equipaje?
-No
dejo mi equipaje en manos inexpertas.
-Sígame
entonces.
Pese
a todos sus esfuerzos, su última frase tuvo que sonar forzada y violenta. Su
interlocutor respondió con una desdeñosa exhalación. Aidee caminó hacia las
escaleras tratando de no convertir sus pasos en violentos zapatazos y canalizó
su ira en forma de una preciosa imagen mental en la cual se volvía en el último
escalón de las escaleras para, con la elegancia de una bailarina, empujar a
Anri Kyuno por las escaleras. Su viva imaginación se lo mostró golpeándose
escalón tras escalón mientras repetía “No sabes quién soy” como si de un muñeco
de acción se tratase. La verdad es que podría haberse quedado en el Cruce de
Caminos y sufrir allí en silencio. Su formulario de cambio de residencia
hablaba de error en la base de datos, indicando que Anri Kyuno no tendría que
haber pisado aquel lugar. Desafortunadamente lo había pisado y por ello se
encontraba en Nuevo Jardín. Aidee estaba tan emocionada de tener a alguien de
su estatus social allí que nuevamente se lo imaginó volando por las escaleras,
aquella vez se las ingeniaba para rebotar en la entrada y empalarse a sí mismo
con las cristaleras.
Antes
de darse cuenta se encontraba ante una habitación vacía en el pasillo de los
chicos. La única habitación vacía, la última habitación vacía. Cuando Kyuno
cogiese sus llaves tocaría organizar una reunión con todos los residentes. Le
entregó su llave.
-Mañana
hay una reunión preparada, a las siete de la tarde, es para que todos los
residentes nos organicemos. – Su interlocutor cogió la llave con un gesto
suspicaz.
-¿Es
necesario acudir? Mi tiempo es valioso. Que venga luego alguien a relatarme lo
que ha ocurrido. No muy tarde, no me gusta que me interrumpan cuando leo.
-No
va a haber problema. – Aidee sonreía.
-Perfecto.
– Abrió la puerta de su habitación y entró.
-Te
espero allí a las siete. Yo me lo pensaría dos veces antes de faltar. – Cuando
el joven se volvió a mirarla desde el interior ella le respondió con un dulce
guiño. – Es una advertencia cariñosa. Ahora desaparece de mi vista porque me he
cansado de ver tu cara.
Con
danzarina elegancia cogió el tirador y cerró la puerta energéticamente,
consiguiendo un pequeño portazo. El rostro en el interior, confuso, sorprendido
y colmado de ira, tuvo, por la magnánima gracia de Aidee, una última visión de
su belleza en forma de la hermosa cortina que su cabello creó al girarse para
recorrer el pasillo. Aquel joven no sabía lo afortunado que era de no haber
recibido una bofetada, física, en su mente ya había recibido más de una.
Los
pasos de Aidee se detuvieron ante una puerta cerrada. La miró en silencio
mientras se preguntaba si debía tocar. Liam Negiru había dicho que Edín Dageste
no respondía a sus llamadas cuando intentó hablar con él. Su nudillo osciló
sobre la puerta, pero al final se apartó mientras negaba.
-<Mañana
cuando le avise para la reunión hablaré con él.>