viernes, 21 de febrero de 2014

4 - 15/01/41 (Parte 2)

[17:25]
                Airu Kressligh emergió de su habitación. El pasillo estaba gratamente vacío, aunque allí se escuchaban aun más las voces. Probablemente los atrofiados pabellones auditivos de un humano no lo encontraban frustrante, pero tener al lado a sus nuevas compañeras de residencia debía ser considerado una innovadora forma de tortura. Aquella voz subía y bajaba, repentinamente chillaba alguna afirmación aleatoria o reía estruendosamente. A su lado, la porcina risa de Maino Szure le parecía perfecta como música en su despertador. Por desgracia parecía que estaban tomando la costumbre de reunirse en una de las cercanas habitaciones. En aquel momento, y pese a encontrarse frente a la habitación de Airu, escuchaba aquella voz como si taladrase pared con pared. Tras media hora sin descanso se había vuelto insoportable. En aquel momento, inmóvil en el pasillo, podía imaginarlas, calculaba que eran tres personas, una de ellas Negiru, en el interior de la habitación, riendo, divirtiéndose. Entonces la ventana se cerraba y comenzaban a asfixiarse. La nueva risotada dejó claro que eso, desgraciadamente, no ocurría más allá de su mente.
                Como siempre decía Rovole Endyon, su detective de ficción favorito, tenía que “poner sus neuronas en funcionamiento” y buscar prados más verdes en los cuales asentarse hasta que la amigable reunión concluyese.
                Una grata idea llegó a su mente, obra y gracia de sus neuronas en funcionamiento. Airu sonrió con satisfacción. El salón estaría vacío en aquel momento. El bruto de Kiraibeki llegaba más tarde para ver sus estúpidos programas, arrastrando con él a Szure y Tanra. Mientras, todo estaría despejado y tendría horas de descanso ininterrumpido antes de que alguien apareciese para molestar. Era un plan perfecto.
                Escapando de las histéricas y alocadas risas, probablemente el cerebro de su portador se estaba cociendo en su propia ignorancia, dando lugar a la euforia previa a un caso grave de demencia, fue hacia el rellano y descendió al piso de los chicos. De nuevo, todo estaba gratamente vacío de cualquiera que pudiera desear alguna forma de interacción social, por lo que sus pasos la dejaron ante el pasillo que llevaba hacia la entrada principal de la residencia. Sus ojos se centraron en la puerta del salón. Si recordaba bien, y ella siempre recordaba bien, existían en esa habitación estanterías cuyos contenidos no había explorado a fondo. Cabía la posibilidad de encontrar algún libro interesante en su interior. Ya tenía pues un entretenimiento para descansar hasta que la amigable reunión concluyese, rebuscar en aquellas estanterías para encontrar algo interesante que leer y sentarse plácidamente a leerlo.
                La estancia seguía tal y como la recordaba. El primer día se había acomodado en uno de los sofás para explicarle al Prefecto de la residencia lo que sabía del incidente del Cruce de Caminos. Su imagen le vino fugazmente a la memoria. Por un momento se preguntó dónde estaría, ya que hacía al menos un día que no le había visto. Por muy grande que aquel edificio fuese, nadie podía esconderse eternamente. Sus pensamientos se detuvieron al fijarse en una de las estanterías que pensaba explorar. Allí había una corpulenta figura observando los libros. No cabía duda alguna de que era un dozmor, y no era el primero que veía. En Bahía Tyrene no eran lo más común, pero los había trabajando, principalmente en el puerto. Le gustaban los dozmor. Eran seres de vida sencilla, principios honrados y con un gran sentido del honor. Siempre se le había dicho eso y hasta la fecha ni uno solo de los seres de aquella raza que se habían cruzado en su camino incumplían esa imagen. Por ello los respetaba y consideraba dignos de conversación, al contrario que los humanos, quienes siempre estaban parloteando pero al final el día se traicionaban a la primera de cambio.
                El dozmor que estaba ante ella no era tan corpulento como muchos de los que conocía, ni tenía unos cuernos tan marcados o unos brazos tan inmensos. Igualmente triplicaría la altura de Airu sin dudarlo un solo segundo. Estaba vestido con remendada tela vaquera que le daba un desafortunado aire de miseria, aunque solo sería la consecuencia de su tamaño y la incapacidad de encontrar ropa que lo pudiesen tapar en su totalidad. Levantó un ceniciento brazo, tatuado con lo que a priori parecía un abstracto dibujo negro, pero claramente eran algún tipo de símbolos, y sus dedos se movieron por las cubiertas de los libros. Airu se acercó tranquilamente a él.
                -Daarlam. – Saludó en su lengua.
                El dozmor se volvió intrigado, estudiando la saar que había ante él. Era una de las cosas que le gustaba de aquella raza. No la miraba juzgándola por su altura o vestimenta, la miraba con tranquilidad aunque intrigado por su inteligencia. Airu observó la formación ósea que tapaba parte de su rostro y formaba sus cuernos, no era tan basta como la de muchos dozmor con los que se había topado.
                -Daarlam. – Respondió él con una profunda voz gutural.
                -Ilith Airu naarmen. – Dijo recordando lo poco que sabía de lengua dozrita.
                -Ileth Evaaran naarmen.
El dozmor llamado Evaaran la miraba a través de sus hipnóticos ojos, casi dos estrellas plateadas, con interés y asombro ante su sabiduría.
                -Ilith krurth. – Dijo ella para dar a entender que le agradaba conocerle.
El dozmor llamado Evaaran inclinó la cabeza en deferencia a su actitud. Ella imitó su elegante gesto. Su gigantesca figura se volvió a la estantería para seguir estudiando los libros. Tras estudiarle durante unos segundos más, Airu también se encaró con una de las estanterías, comenzando a estudiar sus contenidos.

[18:10]
                -¡Has traído un montón de fotos!
Niko sacaba y contemplaba entretenida las fotos de la caja que Liam le había dado. Luego se las pasaba a la muchacha quien las adhería a la pared con una masilla pegajosa, creando un mosaico encima del cabecero de su cama.
-Simplemente no podía dejarlas en casa. Mira, tengo una de la escuela media. – Comentó buscando por la caja. – ¡Aquí está!
Era una fotografía en la cual un grupo de chicos y chicas vestidos con un uniforme marrón posaban en ordenadas filas. Aunque Niko sonreía por el recuerdo la volvió a esconder entre las demás fotos. Sin percatarse Liam cogió la primera foto del montón y la colocó cerca de algunas otras en las que salía con su familia. Estaba adecentando su habitación con todo tipo de adornos, recuerdos y pequeños detalles. Mie miraba una foto que había sobre una mesita, era Liam con sus dos hermanos, un joven mayor y una niña pequeña.
-Qué envidia. – Suspiró. Liam la observaba sin entender. – Me gustaría que mi habitación estuviese así de hogareña. Aun tengo que pasar por algunas tiendas para comprar cosas…
-Bueno… yo ya lo traía todo preparado. – Rió. – Así que contaba con algo de ventaja. No es mi primera vez viviendo fuera de casa, pero ya he aprendido que lo mejor es ir acompañada por una caja de recuerdos. – Liam tomó aire. – Así que para no sentir añoranza espero dejar todo esto lo más parecido a mi habitación. – Después de considerar que su mosaico de fotos estaba completo se dejó caer en la cama, sentándose junto a Niko con una gran sonrisa. – No es que tenga queja, en realidad esta habitación es fabulosa. Solo le falta una ducha, cosa que no entiendo ya que el aseo tiene un plato de ducha, pero sin grifería.
-La encargada Aidee dijo que la residencia había estado en obras. – Explicó Niko. – Puede que aun les quede por arreglar…
-No pasa nada, al menos tenemos duchas solo para las chicas. Y la habitación me está gustando, me siento casi como en casa. Pronto se me pasarán las ganas de volver.
-Espero que lo que ha pasado en el Cruce de Caminos no haya sido para peor… – Mie la miraba afligida. La aludida respondió moviendo la mano para quitarle importancia.
-No os he preguntado pero… – Liam observó dubitativa a sus dos compañeras. – ¿La… la conocíais?
-No. – Mie negó al ritmo de la respuesta de Niko. – Hablamos con ella un par de veces, cuando llegamos y eso…
-Estaba actuando como la Encargada en funciones. El joven que tenía ese cargo estaba enfermo creo recordar.
-Nos saludó, no indicó donde estaban las habitaciones y nos pidió perdón por la desorganización de la residencia. – Explicó Niko rápidamente. – Aunque no entiendo por qué… el Cruce no estaba tan mal…
-Bueno, dejémoslo ahí. – Mie le dedicó una mirada incrédula a su amiga.
-¿Por qué? – Su amiga la observaba sin entender.
-No habéis cambiado en nada. – Liam reía plácidamente.
-¿Qué quieres decir? – Preguntó Niko mirándola a ella.
-Que sois tal cual os recordaba de la escuela media. – Comenzó sonriente. – En realidad os vi en la escalera pensé que no os acordaríais de mi, con todos los años que han pasado, pero decidí probar suerte. Me alegraba muchísimo encontrar caras conocidas.
-¿Pensabas que no nos acordaríamos? – Liam negó.
-Son casi tres años, ¿No? – Comentó pensativa. – Además dejé de ver a todos.
-¿Por el equipo de natación? – Preguntó Mie.
-Sí. Después de los resultados de la escuela media mis padres me mandaron al instituto deportivo Natseruki Ge-Jo.
-¿Natseruki Ge-Jo? Es un instituto prestigioso de la capital imperial… – El añadido de Mie iba para Niko, quien mostraba su ya conocido rostro de incomprensión.
-Lo sé… y se lo agradezco… Pero me separaron de mis amigos. Fue muy… solitario. – Explicó afligida. – Aparte Ge-Jo es un lugar muy… competitivo. Allí no podías hacer amigos ni llevarte bien con nadie, te entrenaban para ser rival de todo el mundo. – Liam hizo desaparecer su rostro triste, sustituyéndolo por una sonrisa. – Pero ya da igual, ahora estoy aquí y estamos otra vez juntas. – La muchacha dejó una tranquila pausa. – ¿Sabéis? No he podido poner un pie en Keisobe. ¿Sigue todo en pie?
-El máximo cambio es que han asfaltado las calles.
-¿En condiciones? – Preguntó divertida.
-No, por desgracia no.
-¡Si vas en bicicleta sigues botando como una pelota! – Afirmó Niko alegremente. Liam sonreía.
-Entonces los señores mayores estarán entretenidos veinticuatro horas y seguro que el viejo señor Oka se ha vuelto hasta simpático.
-Únicamente cuando quien va en bicicleta es la hija de los señores Shije. – Añadió Mie. Liam ya definitivamente comenzó a reír. – Por cierto… no deberíamos comentar en voz alta lo de Keisobe.
-Lo sé, he tenido que aprenderlo de malas maneras. Me han mirado mal más de una y más de de dos veces por ser de la “tierra subdesarrollada”. – Explicó recostándose ligeramente y con un punzante tono de resentimiento.
-La gente es muy rara. No quieren al Protectorado, pero te miran mal si vives como nuestros ancestros. – Añadió Niko, se creó un suave silencio entre ellas.
-Se os ve muy tranquilas. ¿Vosotras no sentís añoranza? – Preguntó al poco rato. Los amplios y negativos movimientos de cabeza de Niko la inquietaron al levantarse. – ¿Nada…?
-Bueno… no es la primera vez que vivimos en Yakeru. – Explicó Mie. – Tuvimos que venir para el instituto superior.
-Cierto. No había caído.
-Y luego vinimos para las preparatorias de las carreras.
-¿Preparatorias de las carreras? – La joven observaba asombrada. Repentinamente recordó. – Medicina. – Señaló a Mie. – Y tú seguirás con los exámenes del conservatorio ¿No?
-¡Qué va! – Respondió Niko. – Ya los pasé hace medio año. Bueno… solo el intermedio de violín. Aun tengo que registrar el intermedio de piano… pero no tendré problema.
-No has mencionado el examen de sitar Oo-sugi. ¿No? – Niko le dedicó a su amiga una mirada punzante y cargada de odio.
-Antes me corto los dedos de las manos que pasarme el resto de la vida tocando un Oo-sugi para ancianos amantes de los "viejos tiempos". – Rugió mirando como Mie se encogía de hombros.
-Veo que sigues dando tanto miedo como en las clases de música de la escuela. – Comentó Liam. – ¿Y eso es lo que vais a estudiar en la universidad? ¿Medicina y música?
-No. ¡Yo voy a estudiar interpretación y arte dramático!
-¿Y ese cambio? ¿Es igual que el del pelo? – Liam reía dulcemente.
-Es hora de hacer algo más que el conservatorio. Creo que quince años de música son suficientes ¿No?
-Bueno… yo llevo más o menos los mismos en el equipo de natación y voy a continuar con lo mismo.
-¿Estás ya en el equipo? – Preguntó Mie.
-Así es. Me presenté a las pruebas a finales del año pasado. Pasé sin problema, aunque no me extraña, la mayor parte de la gente de la universidad viene de equipos normales, no de Ge-Jo. Afortunados ellos. Tuvo hasta gracia, recién salida de Fouhe-Ji me hacen volver para los campeonatos de presentación.
-¿Campeonatos de presentación? – Preguntó Niko, Liam asintió.
-Cuando encuentran nuevas promesas del deporte las llevan junto a otros “ilustres” miembros del equipo a Fouhe-Ji para que participen en torneos de demostración. De hecho, gracias a eso los equipos deportivos empezamos la universidad más tarde, ya que aun hay gente allí.
-¿Nuevas promesas? – Repitió su amiga.
-Ni lo menciones Niko, yo no me considero una "nueva promesa" parece que he aparecido para salvar a la humanidad con mis habilidades de natación. ¡Observa mi estilo mariposa de la salvación definitiva! – Las tres chicas rieron. – Aunque antes de que empiece la universidad, el equipo de natación también tiene un torneo.
-¿Es que los equipos deportivos no descansan? – Niko suspiraba hastiada.
-Ya descansas tú por ellos, no te preocupes. – Respondió Mie.
-¡Qué alivio! ¡OYE! – Dijo a los pocos segundos. Liam volvía a reír.
-Es un pequeño torneo preparatorio para los entrenamientos. Cosas del equipo. – Explicó la muchacha. – En realidad no me preocupo demasiado por ello. – Mie analizó aquella información.
-Porque no tendrás problema ¿Verdad?
-No quiero resultar arrogante, pero sí, no creo que tenga problema. – Liam reía de nuevo, su alegría inundando la habitación.
                Cuando cerró la caja de fotos, dando por finalizados los arreglos de su habitación, el infinito estómago de Niko comenzó a resonar. Mie supuso que era hora de una merienda y decidieron bajar a la cocina. Nada más llegar al rellano de los chicos comenzaron a escuchar enormes risotadas que provenían del pasillo y que hicieron que las tres muchachas se quedaran unos segundos mirando al vacio.
-Y luego te atreves a decirme que yo me rio muy alto. – Le increpó Niko a su amiga.
-Y te ríes muy alto. – Mie suspiraba.
-¡Eso no es verdad! – Liam reía por la cómica respuesta.
-¿Quien se ríe es una persona? Parece un cerdito alegre.
-Prefiero no saberlo. – Suspiró Mie.
Siguieron descendiendo para alcanzar el pasillo de entrada, tras ellas aun resonaban las porcinas risas. Mie y Liam entraron en la cocina, percatándose en aquel momento de que Niko no las seguía, se había detenido en la puerta mirando hacia el pasillo. Se acercaron para comprobar que espiaba a través de la puerta del salón. En el interior había una figura que, sentada sola, leía en silencio. Una muchacha extranjera de orejas puntiagudas. Mie carraspeó firmemente.
-No hagas lo que estas pensando. – Niko asintió al mismo tiempo que avanzaba hacia el salón. Su amiga la detuvo a centímetros de la puerta. – ¿Qué haces?
-¿Socializar? – Respondió como si fuera evidente. Su amiga negó con la cabeza.
-Sabes a lo que me refiero. Me lo prometiste…
-¿Te lo prometió? – Preguntó Liam.
-Le prometí que no estaría en el centro de la sociedad de la residencia, no que no fuese a hablar con nadie. – Mie abrió la boca de par en par.
-Que bien te acuerdas de lo que quieres cuando quieres…
Sin mediar más palabra y asumiendo el beneplácito de su amiga se dirigió al interior del salón caminando alegremente.
-¿Y a que se debe…? – Comenzó Liam. Su acompañante suspiró al seguir a Niko.
-Siempre hace lo mismo, yo solo quiero una estancia universitaria normal, no estar en el centro de todo lo que ocurra.
-Bueno, por saludar a esa chica tampoco va a pasar nada. ¿No?
Se detuvieron confusas al comprobar que Niko había dejado de moverse. Resultaba que la solitaria muchacha del salón no era tan solitaria como en un primer momento parecía mostrar, ya que estaba acompañada por un alumno al que no habían visto hasta ese momento. Era un joven muy alto, muy corpulento y para nada humano. Su rostro estaba cubierto por lo que parecía hueso que sobresalía por encima de su piel color ceniza. Iba cubierto con amplia ropa de remendada tela vaquera que parecía adaptada para ajustarse a sus dimensiones, incluso a la extraña forma que adoptaban sus piernas. Las tres muchachas le observaron mientras pasaba una afilada uña por los libros de las estanterías.
                -Un… ¿Estudiante? – Preguntó Liam sin salir de su asombro. – No le había visto hasta ahora.
                -Parece… un estudiante. Aunque… no es demasiado humano…
                -Pero es muy exótico y atractivo. – Respondió Niko con entusiasmo.
Sus dos amigas se mantuvieron en silencio hasta mirarse entre ellas y encogerse de hombros. Nuevamente, Niko avanzó sin temor alguno hacia los sofás. 
-Hola – Dijo con dulzura al sentarse.
El ser que estudiaba las estanterías se volvió para mirarlas, respondiendo con un educado asentimiento. Por su parte la joven de las orejas puntiagudas levantó la cabeza del libro. Estaba sentada con las piernas recogidas encima del sofá. Ataviada con una camisa de seda negra cuyos bordes recordaban a una estilizada telaraña y unos pantalones azul oscuro. Su lacio pelo negro caía sobre su cara tapándole la mitad de sus pequeñas gafas de cristales cuadrados, dirigió su inexpresiva mirada a la recién llegada por encima estas.
-Muy buen día. – Respondió tranquila.
-¿Estáis aquí solos? – Preguntó Niko.
Su alegre amiga se acomodó junto a su interlocutora en el sofá, su repentino movimiento molestado a la muchacha de las orejas puntiagudas. Liam se acomodó junto a ella mientras Mie, suspirando, se sentaba en el cercano sofá.
-¡Pobre criatura! – Comenzó la joven de las orejas puntiagudas. – Eres un triste ser que ha perdido el regalo de la visión. – Respondió mientras se quitaba las gafas.
Tras unos segundos de incertidumbre Mie y Liam se miraron tratando de aceptar como real la respuesta que acababan de oír. Por su parte Niko se limitaba a asentir divertidamente.
-Para ser extranjera hablas muy bien.
-Te lo agradezco. Tú para ser una rantesi posees muy poca capacidad de comprensión. ¿Nu? – Afirmó. – Creo que existe una frase en vuestro idioma. Ee… ¿Cómo era? "No sabe leer el ambiente" ¿Puede ser? – Niko volvía a asentir.
-Sí, lo decimos así.
Liam no daba crédito. Su mirada se centró en Mie, quien se limitó a encogerse de hombros, atendiendo nuevamente a la conversación. Estaba acostumbrada a que Niko existiese en su universo particular donde ella era la totalidad de la población, aunque también sabía que no era tan ignorante como hacía creer a los demás. Ya había habido más de una vez en la que había fluido con una conversación para mostrar, en el último momento, que simplemente estaba tolerando el comportamiento de su interlocutor.
-Esta chica es muy simpática. Me va a caer bien.
Se lo explicó a sus compañeras como si la chica de las orejas puntiagudas no estuviera ante ellas ni pudiera oírlas. Ella en concreto estaba observando a Niko sin variar su expresión lo más mínimo.
-Me vas a caer bien. – Afirmó luego con una sonrisa contemplando a su interlocutora. – Me llamo Nieriko Eino pero todos me llaman Niko, esta son mis amigas Mie Souten y Liam Negiru.
La joven de las orejas puntiagudas la estudió durante unos segundos antes de volverse al ser junto a las estanterías, con quien intercambió una larga mirada. Al final volvió a encararse con ellas utilizando aquel rostro inexpresivo. Niko esperaba alegremente.
-Ee. Utilizaré otro enfoque. Estoy leyendo un libro. – Comenzó señalando al libro que tenía entre sus manos. – Debido a ello no busco entablar ninguna forma de conversación contigo o, en su defecto, tus acompañantes.
-Y por eso me insultas utilizando palabras grandilocuentes. Pese a lo cual, sigo aquí parada tratando de hablar contigo un par de palabras.
Liam se sorprendieron por aquella sonriente respuesta. Mie simplemente puso los ojos en blanco, como cada vez que Niko era maleducada con alguien.
-Çese-on'çe? ¡Estoy sorprendida! – Su tono sarcástico no pasó desapercibido.
-¡Gracias! – Niko sonreía.
-No se trataba de un cumplido. – Sentenció la muchacha de las orejas puntiagudas.
-Lo sé. – Seguía sonriendo.
-¡De nuevo me sorprendes!
-¡Gracias! – No había dejado de sonreír.
-Te he dicho que no era un cumplido.
-¡Lo sé! – Aun sonreía.
Su interlocutora liberó un cansado gemido mientras se llevaba una mano a la frente. Mie conocía ese gesto tan bien, como que era el mismo que ella utilizaba cuando Niko la superaba.
-¿Qué he de hacer para que te marches de aquí? Eternamente a ser posible.
-¿Presentarte? Sería un buen comienzo.
-¿Siempre eres así de simple?
-Casi siempre. – En respuesta, la joven de las orejas puntiagudas cerró el libro.
-Mi nombre, recuérdalo, es Airu Kressligh.
-¿Ariu Kreislin? – Repitió dubitativa. Su interlocutora contuvo un tic en el ojo.
-Airu Kressligh inculta descerebrada.
-Lo que he dicho. – Afirmó alegre. – ¿Y él como se llama?
-Al contrario que tú yo no tengo la necesidad de ir presentando a terceras personas. Si ellos quieren dar sus nombres depende de sus voluntades.
-Resumiendo… no te sabes su nombre.
Airu Kressligh contuvo otro tic antes de observarlas fijamente. Mientras Liam y Mie eran abofeteadas por la amenazante aura que la joven había comenzado a emitir, Niko se mantuvo sonriendo.
-¿Te pasa algo? – Preguntó tranquila. Airu detuvo su mirada.
-Eres demasiado simple como para darte cuenta. Tienes hasta gracia. Podría decir que eres una ironía cómica. Ee… ya puedes irte. ¿Nu? Puedes retirarte de mi presencia. Aubensut, adiós.
Movió los dedos de una mano creando una desdeñosa despedida. Repentinamente se detuvo con una horrorizada mirada en su rostro. Comenzaron a escuchar unos poderosos pasos, casi una estampida, que bajaba por las escaleras. En el último escalón saltaron y al suelo le faltó temblar. A los segundos Ohouji Kiraibeki entró en el salón, arrastraba, como siempre, a Maino Szure y Yoosu Tanra.
-¡Eh! ¡Mira a quien tenemos aquí! – Comenzó Kiraibeki con una socarrona sonrisa. – Souten la sosa, Eino la que no quiere ser mi amiga, Negiru la que me ha roto el corazón, la enana y… ¿Qué coño se supone que eres tú?
El silencioso humanoide junto a las estanterías no respondió nada, limitándose a mirar firmemente a Kiraibeki.
-La historia y cultura no eran tus materias fuertes, se nota. – Comentó Kressligh. – ¡Oh! Que arrogancia la mía, he asumido que fuiste al colegio.
-Cuando hablas, me canso, dejo de escucharte.
-Eso es tu cerebro avisándote de su estupidez. – Kirabeki realizó burlones gestos con una mano, simulando como Kressligh hablaba.
-Veo que estáis todas muy cómodas. Ya os estáis pirando, es la hora de la tele.
Movió su pulgar hacia la puerta del salón consiguiendo que Mie le amonestase con la mirada. Cuando sus ojos se encontraron con los de Tanra y Szure ambos la esquivaron, probablemente avergonzados por formar parte de aquella escena.
-¡Hemos llegado antes que tú! – Protestó Niko.
-¿Y qué? Si queréis leer. ¡A la biblioteca! El salón es para ver la tele.
-¡Vete tú a la biblioteca! – Niko se había puesto de rodillas sobre el sofá y le señalaba firmemente.
-Cálmate Eino. No me gusta pelearme con mujeres, siempre pierden, patalean, lloran y luego acaban en mi cama. Se lo toman a mal.
-Si yo acabase en tu cama me lo tomaría a mal. – Afirmó Airu Kressligh. Kiraibeki la miró con una mueca de desdén, apoyándose en el respaldo del sofá para acercar su rostro a ella.
-Tú y yo aun tenemos asuntos pendientes enana. – La aludida le fulminó. – Pero ahora es la hora de la tele y tú estás en mi sofá. Fuera de él.
-Oblígame. – Kressligh volvió a su libro.
-Encantado.
Mie no tuvo tiempo de entender lo que ocurría, solo vio a Niko y Liam cayendo del sofá. Entonces se percató de que Kiraibeki las había empujado para apoyarse en el respaldo y saltar sobre los asientos. El pobre mueble liberó un gemido de dolor al soportar aquel peso mastodóntico sobre él y los cojines volaron por los aires. No fue lo único, tras una mirada de pánico y un intento desesperado de agarrarse al reposabrazos, Airu Kressligh también voló por los aires, abrazada a su libro, cayendo de nuevo en su asiento, ahora con Kiraibeki a su lado. Si ya de por sí era blanca, en aquel momento parecía un auténtico cadáver. Su rostro se giró lentamente para encararse con Kiraibeki, sus manos todavía agarradas con firmeza al libro.
-Tú… gigantesco… bruto… – Parecía realizar un esfuerzo sobrehumano por controlarse.
Mie se levantó aceleradamente del sillón, sorteando la mesa de café para alcanzar sus caídas amigas. El gigantesco ser también se aproximó a ellas.
-¡Oye! – Gritó Niko al incorporarse. – ¡¿Quien te crees que eres?!
-¿Decís algo? – Se pasaba el meñique por el oído. – No os oigo.
Mie le miró ofendida por su actitud. Tras él, Szure y Tanra parecían divididos entre acercarse a ayudar o permanecer inmóviles para no atraer la ira de Kiraibeki. El rostro de Szure se endureció al ver como el gigantesco ser ayudaba a Liam a levantarse.
-Gracias. – Dijo ella posando su mano sobre el inmenso brazo.
-¡Liam! ¿Estás bien? – Preguntó Niko.
-Sí. No me he hecho daño. – Respondió una vez en pie.
-¿Ves? Todo va bien. – Kiraibeki cogió el mando de la televisión y su sonido inundó la estancia. – Ahora desfilad por la puerta. Tú la primera. – De un manotazo le arrebató su libro a Kressligh y lo arrojó al otro lado del salón. – Ve. ¡Busca! ¡Busca!
Sus risas se cortaron cuando liberó un gruñido de dolor, imitando entonces a un flotador que se desinflaba. Kressligh le había dado una patada en el costado. Se levantó de su asiento con elegancia y se apartó para coger el libro.
-Enana. – Rugió Kiraibeki. Su voz había quedado reducida a una ronca tos.
-¿No te falta nada? – El joven respondió buscando a su alrededor sin comprender. – Lento y estúpido saco de esteroides. – Kressligh oscilaba el mando de la televisión en una de sus manos.
-Devuélvemelo enana, si tengo que levantarme no respondo de lo que te pase.
-Claro. – Se lo arrojó con desgana mientras él sonreía.
-Buena chica.
-Pero esto me lo quedo yo, babon'giggasse. Seguro que no te importa.
Entre dos de sus dedos le mostraba las baterías del mando. Kiraibeki era quien la fulminaba en aquel momento. Tras recuperar su respiración se mostró tranquilo, recostándose en el sofá.
-Szure. – El aludido se volvió rígido al escuchar su nombre. – Trae las baterías.
Aun rígido, giró su cabeza para observar a Airu Kressligh mientras meditaba aquella petición que más había sonado como una arrogante orden que otra cosa. Junto a él Yoosu Tanra se mostró incómodo, parecía buscar el momento para decir algo y al mismo tiempo ser incapaz de encontrarlo.
-¡Oye! – El rugido de Kiraibeki sacó a Maino Szure de sus ensoñaciones. – ¿A qué coño estás esperando? ¡Quítale las putas baterías a la enana y tráemelas!
-¡Para de una vez! – Protestó Niko. – ¡No eres nadie para dar esas órdenes! ¡Nadie tiene por qué hacerte caso!
-¿A quién le importa tu opinión?
-¡No tienes derecho a empujarle de un lado a otro! – Aquella vez fue Liam quien habló. Su acostumbrada sonrisa había sido sustituida por un ceño fruncido. – Desde que has entrado por la puerta. Szure esto, Szure lo otro.
-Tu opinión importa aun menos.
-¡Eres una persona penosa y detestable!
El salón permaneció en silencio mientras Kiraibeki sonreía como si aquello comentarios no hubiesen sido contra él. Detrás del sofá Szure miraba ahora a Niko y Liam, nuevamente parecía sopesar lo que hacer.
-¿Oh? Una persona penosa y detestable, ¿No?  – Preguntó Kiraibeki. – ¿Pero no sois vosotras las que siempre estáis detrás del extranjerito? Extranjero esto y extranjero lo otro. Es muy bonito y muy fácil predicar acerca de los demás. ¿Qué piensas al respecto, Szure? Primero pasan de ti y ahora quieren arreglar las cosas poniéndote en mi contra. Yo por lo menos me he molestado en tratarte como un colega, pero puedes hacer lo que quieras.
-Manipulador. – Masculló Liam con enfado.
Maino Szure pareció hundirse bajo el peso de las miradas que se centraron sobre él. Su mirada se volvió hacia Yoosu Tanra, debía estar preguntándole qué hacer usando solo su mirada. La única respuesta de Tanra fue encogerse ligeramente de hombros. En su gesto parecía estar escrito “yo no puedo decidir por ti”. Szure suspiró.
-O… Oye Kressligh… dame las baterías, por favor.
Toda aquella frase fue recitada sin que Szure mirase una sola vez a su interlocutora. Airu Kressligh había disfrutado de la escena ante ella como quien ve un teatro en vivo, pero ahora había en su gesto, en sus ojos, una tenue sombra de decepción, como si ella también hubiese esperado que Szure respondiera en contra de Kiraibeki, dejando de una vez de ser tratado como su esclavo. Tras estudiarle de arriba abajo acercó su mano a él.
-Qué decepción. – Dijo al dejar caer las baterías sobre la abierta palma de su mano.
Sin mirarle de nuevo se volvió hacia la puerta del salón y desapareció por ella. Szure apretó las baterías antes de acercarse a Kiraibeki y entregárselas. A su “amigo” si se le podía llamar así, le faltó reírse por cómo estaban sucediendo las cosas.
-¡COBARDE! – Gritó Niko con toda la fuerza de sus pulmones, señalaba a Maino. – ¡ESO ES LO QUE ERES, UN COBARDE! ¡SI TE PREGUNTAS LUEGO POR QUÉ LE HACEMOS CASO A OTRAS PERSONAS ANTES QUE A TI AHÍ TIENES LA RESPUESTA!
Szure recibió todos aquellos gritos sin responder, negar o afirman nada de lo que se le decía. Simplemente hundió su cabeza, consiguiendo que su alborotado pelo ensombreciese sus ojos.
-¡Niko! ¡YA! – Ordenó Mie. Ella se dispuso a responder, pero su férrea mirada la contuvo.
-Lo entiendo. – Afirmó Liam mirando en otra dirección. – Hemos creado una pelea por una tontería. – Niko se sobresaltó por sus apagadas palabras.
-¿L-Liam?
-Voy a irme a mi habitación… hasta la hora de cenar…
-No te lo tomes como algo personal Negiru. – Rió Kiraibeki mientras la muchacha andaba junto al sofá.
-¡Liam! – La llamada de Niko no sirvió de nada, Liam simplemente se marchó. – ¡Tú! – Volvió a señalar a Maino. – ¡Mira lo que has conseguido!
-Solo ha hecho lo que tenía que hacer. Déjalo estar de una vez y lárgate con tu amiguita. – Ordenó Kiraibeki.
-¡Y a ti! ¡A ti no te pienso perdonar jamás! ¡Eres el ser más despreciable que nunca se ha cruzado en mi camino! ¡Mentiroso, manipulador!
-No merezco tantos piropos
-Chicos. – Se volvieron para ver a una joven junto a la puerta del salón. La Encargada Aidee se cruzó de brazos. – ¿Qué se supone que está pasado?
-¡Es culpa de ellos! ¡Son un manipulador y un cobarde!
-¡Niko! Ni una palabra más.
-¡No! – Su amiga negaba moviendo su cabeza de un lado a otro, consiguiendo que su coleta rosa trazase amplios arcos a su alrededor.
-¿Manipulador y… cobarde? – La encargada observaba a Kiraibeki y Szure. Mie liberó un cansado suspiro.
-¡Eso son! ¡Eso es lo que ellos son! – Les miraba enfadada. – ¡Liam se ha vuelto a su habitación enfadada por vuestra culpa!
-¡DEJA DE GRITAR DE UNA PUTA VEZ! – Rugió Kiraibeki. – ¡ERES COMO UNA CRÍA! Vete a llorarle a tu mamá.
-No te lo pienso perdonar jamás, Kiraibeki. No lo olvides.
Sin decir una palabra más, solo con una última mirada de ira, Niko sorteó el sofá en una acelerada carrera para escapar del salón y seguir a Liam. Entendiendo que no habría forma de detenerla, Aidee Hyome se apartó de su camino con elegancia.
-¡Niko! ¡Espera! – Protestó Mie al seguirla.
-Un minuto. – Exigió la Encargada. – Creo haber preguntado qué está pasando.
Detuvo sus pasos violentamente para no chocar contra ella. Se vio obligada a pensar rápidamente en qué responder.
-Kiraibeki quiere ver la televisión y nos ha parecido mal que nos eche del salón. Pero… no pasa nada más. – Afirmó Mie.
-¿Es así?
-Sí, es así.
-Kiraibeki, ¿Es así?
-Sí, ¿Por qué no? – La Encargada liberó una divertida exhalación.
-Szure, Tanra, ¿Es así? – Los aludidos se mantuvieron en silencio.
-E-es así. – Respondió al final Tanra. Szure seguía con su cabeza hundida.
-¿Es así?
En último lugar miró a la poderosa criatura, no había dicho una sola palabra, ni a favor ni en contra de lo que había ocurrido en aquella habitación. Se limitó a cerrar los ojos y dejar que la pregunta se perdiese. Con gesto cansado la Encargada se apartó para dejar que Mie y el estudiante extranjero saliesen. No les miraba, tenía la vista fija en la pared al otro lado de la habitación. Una vez atravesó la puerta escuchó sus pasos tras ellos, deteniéndose al otro lado para verles marchar y probablemente oyendo, igual que ella, unas últimas frases antes de que el volumen de la televisión las amortiguase.

-¿Ves lo que te dije? En el fondo soy el único que se preocupa por ti… y por Tanra. Te dije que no te elegirían por encima del sucio extranjero y ¿Qué pensaste tú? – Kiraibeki suspiró. – He hecho todo lo que he podido para protegerte de ti mismo y tú pensando que lo hacía solo por tenerte de mayordomo. ¡Qué injusta es la vida conmigo!

4 - 15/01/41 (Parte 1)

15/01/41E.Sol – Nanja’ifè – Día de las Siete Estrellas…
[10:37]
                En un perfectamente coordinado movimiento se ajustó sus gafas, concediéndose a sí mismo unos segundos en los cuales sus ojos quedaron ocultos. Parecía poco, pero fue tiempo más que suficiente como para permitir que las dos muchachas que iban a cruzarse con él no se fijasen en la dispar coloración de su iris. Hyuureiki Aisamu era una persona perfectamente normal que caminaba por los jardines del campus Universitario, hasta que le mirabas a los ojos. Entonces la mayor parte de las personas tenían la decencia de apartar la mirada rápidamente. Otros se detenían a comprobar que sí, el joven poseía un ojo marrón y otro de un dorado amarillo. Los que menos, preguntaban en voz alta por aquella coloración. Y así, se veía a sí mismo reducido a un simple par de globos oculares bicolor que tenían mucho más interés que él, una persona simple, anodina y aburrida. Sus ojos no eran la única rareza de su cuerpo, pero sí la más visible y por ello había desarrollado elegantes formas de ocultarla cuando lo creía conveniente. Por ejemplo, ajustándose las gafas.
                Afortunadamente los caminos del campus estaban vacíos de cualquier ser viviente. De lo contrario, una persona ajustándose las gafas repetidamente, casi atrapada en un bucle, habría resultado curiosa. La ausencia de gente estaba compensada por la presencia de la nieve, aun no barrida, que había ante él. Sus piernas avanzaban sin dificultad, aunque no podía afirmar lo mismo de sus maletas. La situación empeoraba cuanto más cerca se encontraba de su destino. Se incrementaba la superficie dedicada a los jardines, se reducían los caminos de piedra. De haber nevado fieramente un par de horas más, en aquel momento hubiese sido más rentable "nadar" sobre la nieve que tratar de sortearla con dignidad. Por suerte la nevada era liviana, casi el comienzo de un cuento invernal, y los copos flotaban lentamente hacia el suelo.
                Su inexorable marcha le dejó a las puertas del lugar al que se dirigía. Un edificio solemne distanciado del bullicio central de la universidad y rodeado de la tranquilidad de la naturaleza. No había terminado de admirarlo en su majestuosa totalidad cuando su maleta resbaló de su mano izquierda. Bajo el guante de piel, los dedos comenzaron a arderle antes de entumecerse. Se apretó la mano con aprensión para tratar de calmar el súbito e inexplicable dolor. Hacía mucho tiempo que no le había dolido y de nuevo, sin razón aparente, volvía en aquel preciso momento. Podía ser el frío. También podía no serlo. Miraba el reflejo en los cristales de la ventana cuando un sonido le alertó. Un coche, destartalado y erosionado por el tiempo, había apartado violentamente la nieve para detenerse no muy lejos de la puerta.
                Había que ser muy imaginativo, poseer una gran suerte, o estar ligeramente chiflado, para atravesar una zona nevada en la cual distinguir camino, carretera y naturaleza parecía una prueba de habilidad. Y aun así, allí se acababa de detener un coche.
                -¿Te dije o no te dije que pasaba? – El joven que se había bajado sonreía complacido. Poseía una profunda voz. – Te preocupas demasiado.
                -¿Yo voy pidiendo dentro el teléfono para que llamen a un remolque ya?
                Una muchacha descendió por la puerta contraria. Entre abrigo, bufanda, gorro y guantes iba cubierta con tantas capas de ropa que Hyuure se preguntó cómo era capaz de andar. Poseía, no solo un timbre liviano y suave, diametralmente opuesto al de su masculino compañero, sino un curioso acento, marcial hasta cierto punto, con pausas que hacían que cada palabra sonase independiente del resto de la frase y las convertía en pequeñas órdenes.
                -Grúa, cariño, se dice grúa. – La corrección de su compañero fue completamente ignorada, la concentrada muchacha miraba el coche desde todos los ángulos.
                -Esto no vas a dar marcha hacia atrás Tae-taeni. No vas a dar marcha hacia atrás.
                -Qué sí. Qué la va a dar. – Insistió el joven.
                -¿Pero oíste el porrazo que le das antes? Eso suenas a roto.
                -¡Y sigue! Dari, que va a dar marcha atrás. – Afirmó enfadado. – Llama a la puerta de una vez a ver si es aquí. Que no quiero congelarme el culo hostia.
                La muchacha torció la boca antes de girarse. Su mirada se encontró con la de Hyuure, entonces asintió complacida. Se acercó a él con grandes y amplios saltitos, como huyendo de la nieve, algo que resultaba increíble teniendo en cuenta la carga de ropa que debía llevar a sus espaldas.
                -¡Perdona, perdona! – Saludó a pocos pasos de él.
                Recorrió la corta distancia que les separaba. Aunque estaba completamente tapada por su gorro de lana naranja su blanca piel era perfectamente visible, mostrando unas rosadas mejillas debido el frío. Poseía unos resplandecientes ojos cian, ligeramente alargados y contrarios a la inmaculada rectitud de su rostro, acabado en líneas tan firmes y trabajadas que resultaba hasta antinatural. Era indudablemente delgada, con seguridad muy delgada, pero debía llevar al menos dos abrigos, o un abrigo de grosor considerable, lo cual le otorgaba aquel efecto cómico al andar.
                -Hola, buenos días tenga.
                -Buenos días tenga usted también señorita. – Saludó Hyuure.
Instintivamente se llevó su mano izquierda a la espalda, seguía torturándole con fugazes pinchazos. Ante él y como solía ocurrir, la joven se percató en su curioso color de ojos, observándolos absorta durante unos segundos. Salió de su trance con una apopléjica sonrisa.
                -Perdona. Yo estoy buscando un lugar. Yo estoy buscando la residencia Nuevo… Nuevo… Mmm… – Se llevó una mano, agrandada por sus guantes de lana, a la boca mientras pensaba.
                -¡Jardín! – Dijo el joven desde la distancia. Cerraba el coche. – ¡Nuevo Jardín!
                -¡Vrën, vrën! Yo sé que esa era el nombre, Tae-taeni. No necesito repeticiones más. – Protestó. – Yo estoy buscando la residencia Nuevo Jardín ¿Sabes? – Preguntó con un elegante y acogedor movimiento. Parecía complacida de haber sido capaz de decir lo que tenía en mente.
                -Es este mismo edificio. – Hyuure señaló a la puerta de entrada. – Me dirigía a él en este momento-
                -¡Ah! ¡Tae-taeni! ¡Esta chico viene a este residencia añadido! – Anunció alegre mientras miraba a su compañero acercarse. – Recuerda en momento de ahora. Dije que hoy era día de grande suerte.
                El muchacho se acercó con un sonriente gesto de disculpa dirigido a Hyuure, aunque sin ocultar su curiosidad al ver sus ojos bicolor. Eran de altura similar, incluso se atrevería decir que ella debía ser unos centímetros más alta. También llevaba un gorro, este con orejeras, que no tapaba del todo los curvados mechones de su cabello castaño. Poseía unas pobladas y vivarachas cejas que bailaban al son de todas las expresiones de sus ojos grises. Ojos que en aquel momento se movían con sarcástico significado por su límite superior. Su desarreglada barba, producto de varios días sin afeitarse, Hyuure no sabía si premeditadamente o no, fallaba a la hora de conectar el pelo de sus mejillas con el de su bigote.
                -Viene también. – Corrigió. – Y día de mucha suerte, o gran suerte. Cualquier cosa menos "grande suerte".
                -La suerte es grande. Grande suerte. ¿Dónde está el error? – Argumentó enfadada.
                -En parte ninguna estar eso. – La imitó sin dejar de sonreír, acercándose entonces a su oído. – Lo primero que hace uno es presentarse, Dari.
                Su musical susurro entre dientes parecía destinado a excusar los modales de la muchacha, consiguió que la joven liberase una exclamación.
                -¡Yo estoy desolados por esto! – El joven suspiró al realizar una reverencia.
                -Me llamo Taeri Taewari. Perdona a mi novia… aun no- – Parecía medir sus palabras con temerosa precisión. – Se ha acostumbrado a Rantei. – La muchacha asintió.
                -Es una país no fácil. Su idioma añadido. – Le miró con una sonrisa y trazó probablemente la reverencia más exageradamente elaborada que Hyuure jamás había visto. – Mi nombre es Darla Krym.
                Una muchacha extranjera emparejada con un joven rantense. Era algo que no se podía ver todos los días, o al menos no con tal naturalidad, si es que había que expresar con una palabra, la despreocupada actitud que ambos parecían emanar.
                -<Taeri Taewari.>  – Repitió en su mente.
                Taeri estaba compuesto de los caracteres de "Tae", "Honestidad" y "Ri", "Persona", aunque también lo había visto escrito como "Ta", que significaba "Prospero" y "Eri", "Primavera". Teniendo en cuenta la repetición de su nombre en el apellido debía tratarse de una tradición familiar. La persona honesta o el honesto, venido de "Wari", "personas", "Tae", "Honestas". Hyuure esperaba que estuviese a la altura de tanta honestidad.
                Del nombre de Darla Krym, como de cualquier otro traído del extranjero, no podía pensar nada. Le había costado años dejar de irritarse por ello, pero tenía que admitirlo, las costumbres onomásticas del Protectorado le eran distantes y confusas. Aunque en base a su limitado conocimiento podía afirmar dos cosas, la primera que Krym no parecía un apellido humano común y corriente. La segunda es que, aparte de sus carencias, por darle un nombre adecuado aunque no correcto, idiomáticas, debía de poseer una tendencia infantil para llamar Tae-taeni a un hombre adulto, incluso existiendo la coincidencia entre nombre y apellido. Era como si a él le llamaban Hyu-hyuni, con ese "ni" diminutivo que usan los niños para referirse a todo y todos a su alrededor. Al menos el aludido respondía llamándola Dari, por lo que se podía considerar que la balanza estaba equilibrada.
                -Hyuureiki Aisamu. Es un placer. – Afirmó trazando una reverencia.
                -¡Guau! Tú es chico muy formal y muy serio. – Respondió Krym con una sonrisa. Taewari rió cansadamente.
                -Cariño. En el Protectorado podéis decirle a la gente que parece muy formal y seria nada más conocerla, pero aquí no. Queda un poco… directo. – La muchacha le miró sin entender, consiguiendo que el joven repitiese su explicación en un acelerado idioma extranjero.
                -Vrën. – Asintió. – Yo ahora entiendo lo que ocurre. Estoy desolados. – Afirmó al final. Taewari rió de nuevo.
                -Desolada. Y normalmente decimos lo siento mucho, o mis disculpas. Te lo he dicho ya unas cien veces.
                Darla Krym se volvió para fulminarle fieramente, consiguiendo que el joven se encogiese de hombros con una sonrisa.
                -¡Vyü sevaarïchk!
                Le propinó un pellizco en su descubierta mano. El joven protestó al alejar su lastimado miembro de ella. Hyuure estaba asombrado por la proeza, no todo el mundo poseía aquella destreza y facilidad con guantes.
                -¡Vale, vale! Esconde el mal genio y vamos a entrar antes de que a los tres se nos hiele el culo de estar aquí fuera. – Protestó mientras volvía al coche. Darla Krym miró a Hyuure.
                -Él va a extraer las maleta mía del… Emm…
                -¿Maletero? – Considerando sus reacciones temía emitir cualquier cosa que pudiese ser considerada una corrección.
                -¡Esa es la palabra! – Afirmó alegre. – Nosotros, mientras y ahora, podemos ir a entrar a residencia. ¿No crees? Llamar a quien preguntar.
                Hyuure le sonrió con condescendencia, no había entendido la mitad, y recogió su maleta del suelo. El dolor de la mano se había disipado. Avanzaron entre la nieve hacia la puerta de la residencia, agradeció finalmente encontrar los limpios escalones donde su equipaje no se atrancaría más. Había subido su última maleta a la puerta cuando se detuvo a observar a Darla Krym mirando por los coloridos cristales a ambos lados de la puerta. La muchacha los limpiaba tratando de descubrir que había en el interior y cuando no podía se agachaba o colocaba sobre la punta de sus pies para alcanzar otro cristal. Siguió entretenido hasta que Taewari dejó las maletas junto a él.
                -Dari, cariño.
                Más que llamar su atención parecía amonestarla. Cuando la joven le observó Taewari realizó un rápido y cortante gesto pasándose la mano por el cuello. Krym asintió.
               -Yo voy a tocar en puerta. – Anunció. Se disponía a golpearla con el nudillo cuando su novio la apartó gentilmente.
                -¿Y por qué no dejamos que Aisamu, que ha llegado primero, haga los honores de llamar? – Argumentó rápidamente.
                -¿Eso es un honor en Rantei? – Preguntó confusa. Taewari dudó, balbuceando frases inconexas durante unos segundos. La muchacha le miró atentamente.
                -¡Vyü sevaarïchk! – Rugió propinándole una rápida patada en el trasero. De nuevo Hyuure se encontraba impresionado con su extrema agilidad.
                -¿Haces el favor de llamar? – Pidió mientras se recobraba del golpe.
                No le quedaba otro remedio, de lo contrario permanecería allí toda la mañana, observando a aquella extraña pareja. Tocó con fuerza y esperaron pacientemente. En unos minutos abrió la joven de cabello más estrambótico que jamás había visto. Largos mechones de un brillante rosado que luego se transformaban en un profundo bermellón. Vestía unos raídos vaqueros, con agujeros suficientes para ella y otras muchas personas, y una camiseta de rayas negras y blancas. Sus colgantes tintinearon cuando se apoyó en la puerta, terminó pacientemente de hinchar la pompa de chicle, rosa como su pelo, y una vez desinflada se la tragó sin variar su rostro de aburrimiento.
                -¡Vaya cabello más de colores! – Señaló la maravillada Darla Krym. – Es brillante y con muchas luz.
                -¿Perdona? – Respondió la estrambótica muchacha sin ocultar una mueca. Taewari negó mientras alejaba a Krym de la puerta. Hyuure se convirtió entonces en el objetivo de su mirada. – ¿Qué? – Preguntó con ruda brusquedad.
                -Buscamos hablar con la persona o personas al cargo de la residencia. ¿Serias tu una de esas personas por casualidad? – Usó su tono más educado y amable. Solo consiguió que la muchacha riese.
                -Por favor. – Cruzó los dedos. – Que me libre de ello. Yo tengo que "encargarme" de esta residencia y al segundo día estoy balanceándome colgada de una lámpara. – Se llevó la mano al cuello fingiendo que se ahorcaba.
                Sin decir más se apartó, alejándose por el pasillo. Hyuure giró la cabeza para mirar a sus dos acompañantes. Darla Krym mostraba su incomprensión, Taewari simplemente se encogió de hombros. Les llamó un silbido y se encararon con la extraña y estrambótica muchacha. Se había detenido a mitad del pasillo.
                -¿Qué pasa? ¿Necesitáis una invitación perfumada? ¿El frío no basta? – Preguntó con sorna. – Con que entréis vosotros vale. No el invierno, la nieve, cuatro gatos callejeros sarnosos y un par de violadores reincidentes que pasaban por la calle. Solo vosotros.
                Mantuvo su firme mirada y aquella actitud engreída y altiva hasta que entraron con su equipaje, cerrando la puerta tras ellos. El frío comenzó a verse superado por la confortable temperatura del interior y un agradable aroma a desayuno. Se escuchaba a gente hablando desde alguna cercana habitación.
                -Voy a llamar a… ¿Cómo lo has dicho, gafitas? – Buscó la respuesta chasqueando los dedos varias veces sin inmutarse por el enfadado gesto de Hyuure. – La persona o personas al cargo de esta residencia. – Recitó con tono pretencioso antes de desaparecer por la escalera.
                -Qué muchacha joven más simpática. ¿No? – Comentó Krym.
                -Sí. Lo has pillado por completo cariño. – Respondió Taewari. Su pareja le miró sin entender, propiciando un nuevo y acelerado diálogo en una lengua extranjera.
                Hyuure les dejó en su incompresible intercambio de palabras mientras se detenía por vez primera a observar sus alrededores. Estaban en una entrada bellamente decorada. No saturada, quizá si algo exagerada para una residencia, aunque era sabido que las residencias del campus representaban otro nivel con respecto a las demás.
                El mueble junto a la entrada era un excelente ejemplo de ello. De trabajada madera y elegante acabado. Decorado con una planta color esmeralda y una figura de un gato gris cuyos ojos amarillos parpadearon. Hyuure se irguió. Por suerte su violenta reacción había pasado desapercibida por sus acompañantes. No se trataba de una figura de un gato, era un animal vivo que le estaba observando fijamente. La presión que ejercía aquella mirada era extraña, demasiado juiciosa para un simple felino, por muy bien cuidado que este se encontrase. Se fulminaron mutuamente.
                -Buenos días. – Saludó la persona que descendía las escaleras y se acercaba a ellos. Iba acompañada por la estrambótica muchacha.
                Se trataba de una joven de visible belleza, desde el cabello a la suela de sus zapatos, que no debía estar muy concienciada en ocultar. En su rostro se formó una preciosa sonrisa mientras estudiaba sus rostros. Durante unos segundos Hyuure volvió a fijarse en el cercano mueble. El felino de juiciosa mirada había desaparecido y cuando levantó la vista se percató de que la estrambótica joven también.
                -¡Hola! Nosotros somos estudiantas futuros de este residencia. – Saludó Darla Krym. – Nosotros buscamos a la persona que da las órdenes en este residencia. – Su interlocutora rió suavemente.
                -La persona que gruñe las órdenes en esta residencia está de vacaciones. Tendréis que hablar con la Encargada. – Krym asintió.
                -Entonces y ahora nosotros queremos hablar con la Encargada de residencia.
                Taewari suspiró. Para todos, menos para Krym, era obvio que aquella muchacha debía ser la Encargada de la residencia.
                -Tienes suerte. Va a llegar de un momento a otro.
                -Nosotros esperamos. – Taewari suspiró de nuevo, propiciando que Krym le mirase. – ¿Qué ocurre? No dejas de soplar.
                -Suspirar, se dice suspirar. Y lo que ocurre es que esta chica seguro que es la Encargada de la residencia.
                -¿Ella lo es? – Preguntó sorprendida. La recién llegada asintió con una sonrisa.
                -Era una pequeña broma. Soy la Encargada de la residencia Nuevo Jardín. Aidee Hyome. – Realizó un coqueto gesto con su mano, llevándose el índice a la mejilla. – Me han avisado de que habían llegado nuevos estudiantes. Sois vosotros ¿No?
                Aidee Hyome no era una combinación de nombres habituales. Aidee estaba claramente traído del Protectorado, marcando a aquella muchacha como una hija de las Nuevas Familias de Rantei, quienes habían abandonado parte de su cultura y costumbres a fin de complacer a los extranjeros. Hyuure se preguntó si tendría un nombre "real" bajo Aidee.
                En cuanto a Hyome, le extrañaba como apellido. Las Nuevas Familias solían venir de la clase media-alta o la directamente alta. Aquella muchacha parecía poseer las cualidades de alguien enseñado en la clase alta. Carisma, gracia, elegancia al moverse y dialogar. En aquel momento, mientras mantenía su conversación con Krym y Taewari, se encontraba a un vestido de distancia de parecer una dama en una recepción de la alta sociedad. Y sin embargo tenía un apellido simple como Hyome, "nacida al amanecer", que iba en contra de todo lo que su imagen física proyectaba. Se sentía confuso.
                -¿Y tú? – La Encargada Hyome le preguntaba.
                -Lo lamento… me he… abstraído unos segundos y no sé de qué hablamos. Mis sinceras disculpas.
                -Te habré… no sé… hechizado. – Afirmó con una sonrisa. – Te pedía el impreso de cambio de residencia. Deben habértelo dado en el Cruce de Caminos.
                -¡Ah! Así es. Permíteme buscarlo. – Se volvió a su maleta.
                -Se nota el cambio de temperatura aquí dentro.
                El comentario de Taewari fue de la mano de su movimiento para librarse de su gorro, mostrando el alborotado cabello castaño oculto bajo él. Tras una larga mirada Darla Krym le imitó. Hyuure se levantó con su formulario entre las manos a tiempo para ver una cortina de cabello rubio brillante que fluía como agua libre desde su gorro. Entre los mechones podían verse dos alargadas orejas. No entendía cómo podían haber estado escondidas bajo la lana. Era una elfa. Se deshizo también de su pesado abrigo, mostrando, como él ya intuía, que era muy delgada.
                -¿Ocurre ahora algo? – Preguntó al percatarse de que había atraído las miradas de todos a su alrededor.
                Por suerte el sonido de una puerta al abrirse les evitó tener que responder lo obvio, nadie esperaba una elfa. Repentinamente emergió una muchacha de cabello color rosa oscuro arreglado en una larga coleta que se movía a un lado de su rostro. Poseía un peculiar rostro, soñador, energético y redondeado. Se volvió al interior de la habitación.
                -¡Son estudiantes nuevos! – Clamó emocionada.
                -¡Niko! ¡No es necesario pregonarlo de esa forma! – Regañó otra voz desde el interior. Ignorándola, la joven salida de la nada se acercó a ellos con grandes zancadas.
                -Esta es una de vuestros compañeros. – La Encargada les miraba.
                -¡Bienvenidos a Nuevo Jardín! – Gritó la extraña desconocida alegremente. – Soy Nieriko Eino, pero todo el mundo me llama Niko. La que protesta desde el interior es mi amiga Mie Souten.
                -¡Haz el favor de no presentarme cuando no estoy! – Regañó nuevamente la voz.
                A los pocos segundos apareció otra chica, esta de cabello negro recogido, seguida de otra más, con una fluida melena de idéntico color. La primera, de rostro serio y digno, debía ser quien estaba regañando, mientras que la segunda mostraba los mismos perfectos rasgos de una muñeca. Trazó una reverencia.
                -Liam Negiru. Es un placer. – Saludó con dulce voz.
                -Yo soy Mie Souten, como ya se ha dicho. – También realizó una reverencia.
                Nieriko Eino, Mie Souten y Liam Negiru. Tres nombres muy diferentes entre sí. Nieriko eran los tres caracteres de "Ni" escrito como "brisa", "Eri" "Primavera" y "Ko" que simplemente significaba niño, o en este caso niña. "Nieri" todo junto, hacía referencia a un viento primaveral, conocido como primera brisa del año, que barría el invierno y daba paso a la primavera. Tendría que ver como lo escribía para saber si usaba una u otra versión, aunque considerando que permitía ser llamada Niko, debía tratarse de una muchacha infantil.
                Mie por su parte podía escribirse como "Mi" "Guardar" y "E" "Hogar". Era mucho más común encontrarlo junto como "Mie" escrito con el carácter de "Humildad". Un nombre algo desaparecido en los últimos años, por lo cual sus padres debían ser personas tradicionales. Ella misma daba la impresión de ser formal y recatada por lo que seguramente cumpliría con los estándares impuestos por su nombre.
                En el extremo opuesto se hallaba "Liam", un nombre mucho más común y utilizado durante los últimos años. La escritura más utilizada lo mostraba como "Complaciente" y se consideraba un nombre femenino y coqueto, muy adecuado a la imagen física que aquella joven poseía. Existía aun así una lectura algo menos extendida, relacionada con el mundo de la botánica, donde el carácter de "Liam" se utilizaba para señalar a las plantas que florecían tres veces antes de morir.
                -¡Qué personas de más diversión! – Exclamó Krym. – ¿Lo parecen no lo crees tú así Tae-taeni? – El joven respondió pasándose la mano por el pelo. – Yo me llamo Darla Krym.
                -Taeri Taewari. Encantado. – Continuó su pareja.
                -¡Ala! ¡Tienes las orejas puntiagudas! – Señaló Nieri Eino. – ¿Eres una trelfam?
                -Elfa. – Corrigió Souten.
                -Así es la cosa. Soy una elfa del Protectorado de Sehril. – Respondió la aludida con una amable sonrisa.
                -¡Qué chulo! Es verdad lo que dicen. ¡Tenéis el rostro perfecto!
                -Gracias. – Dijo sobresaltada. – Tu rostro es también bonito en abundancia.
                Al menos parecía que Darla Krym había encontrado una persona empática con la cual tratarse en aquel lugar. Hyuure se había abstraído nuevamente, encontrándose, de forma repentina, a Eino ante él. La estudió confusamente.
                -¿Qué-?
                -¡Tienes un ojo de cada color! – Señaló, físicamente incluso. - ¡Qué súper chulo! ¿Es una lentilla o son tus ojos de verdad?
                -¡P-por supuesto que se trata de mis verdaderos ojos! ¿Quién en su sano juicio llevaría una única lentilla? – Preguntó airado. No le agradaba lo directa que había sido. Ella no se achantó.
                -¿Cuál es tu nombre? – Se percató entonces de que no se había presentado.
                -Hyuureiki Aisamu. – Eino mostró una cansada mueca.
                -¡Es muy largo! – Souten suspiró por el comentario de su amiga.
                -¡No puedo hacerle nada! ¡Ese es mi nombre!
                -Te llamaré Hyu Aisu.
                -No. – Sentenció.
                -Aisu ¿Es verdad eso que dicen de que las personas con un ojo de cada color estáis malditas con mil calamidades?
                -¡Suficiente!
                Antes de que Hyuure pudiese abrir la boca, Mie Souten arrastraba a Eino lejos de él mientras le repetía de forma constante que no debía ser maleducada con las visitas. Desaparecieron por la misma puerta por la cual habían entrado, dejando a Liam Negiru tras ellas. La muchacha reía.
                -¿Habéis desayunado? Si no es así venid a compartir mesa con nosotros. – Afirmó amablemente.
                -Yo no tenía hambre… pero ahora que llega olor de desayuno. – Darla Krym meditaba mirando de soslayo a Taewari.
                -Está bien. Te ha invitado, puedes ir.
                La muchacha saltó con alegría, acompañando rápidamente a Liam Negiru hacia la habitación de la que habían salido. La Encargada esperó hasta que desaparecieron.
                -Supongo que también habéis conocido a Shu'Len.
                -¿Shu'Len? – Repitió Taewari. – ¡Ah! La chica de la puerta.
                -De indudable amabilidad. – Hyuure contuvo sus propias palabras.
                -Sé que habláis de mí. – El objeto de su conversación emergió de otra habitación, camino nuevamente hacia las escaleras. – Siempre me pitan los oídos cuando hablan de mí. Pero me da igual. – Se volvió para sonreírles antes de marcharse, dejándoles en un tenso silencio.
                Hyuure analizó aquel nombre. Shu'Len era una construcción artificial, un pseudónimo, probablemente creado por ella misma para esconder su propio nombre. Estaba compuesto de "Shu" "Dalia" y "Len" "Dorada". Una combinación seguramente elegida por su valor estético.
                -¡Tae-taeni! ¡Mira el salón de comer grande! ¡Es grande! – Escuchaba la voz de Darla Krym desde la puerta. – ¡Es de mi encanto! – La Encargada rió mientras Taewari suspiraba de nuevo.
                -¿Tae-taeni? – Preguntó entretenida.
                -Aun no se ha enterado de que los diminutivos de su idioma aquí no sirven.
                -A mi me parece un creativo nombre de pareja.
                -Bueno… si se quedase solo en la intimidad. – Comentó con resignación.
                Escucharon la clara exclamación de Krym acerca del desayuno que debía haber en el comedor. La Encargada no contuvo una risita. Entonces Taewari metió su mano en el bolsillo de su pantalón y le entregó a la encargada una hoja de papel.
                -Es mi teléfono, por si hiciese falta cualquier cosa.
                -¿Hacer falta? – Preguntó la confusa joven.
                -Sí. Por si hiciese. – Repitió cansadamente. – He intentado convencerla de que… bueno, no tiene que venir a una residencia, que podía venir a vivir a mi apartamento. Pero tengo un amigo viviendo en la otra habitación y ya ella se ha montado la película de que estará en medio y tal. Así que se ha empeñado en una residencia para practicar el idioma. Sé que no lo parece, pero se maneja bastante bien escuchando, entendiendo y tal. Y… con práctica. – Añadió encogiéndose de hombros. – Puedes llegar hasta a entender lo que dice. Aun así… si hubiese algún problema-
                -Tenemos otros alumnos extranjeros. – Antes de que la encargada pudiese terminar la frase Taeri Taewari alzó las manos en una plegaria hacia el techo.
                -Gracias Ancestros, gracias Kenyu. – Miró fijamente a la muchacha. – ¡Sí! Te lo suplico, júntala con ellos y no tiene que haber problema alguno.
                -Permíteme dudar que se pueda juntar con todos. – Masculló ella. Rápidamente recuperó su sonrisa. – Aun así no te preocupes.
                Hyuure analizó aquellas palabras. Junto con el comentario de la joven estrambótica daban a entender que aquel edificio no era tan pacífico como podía parecer a primera vista. Le mostró su impreso de cambio de residencia a la Encargada.
                -Muchas gracias. – Dijo al cogerlo. Sus ojos lo recorrieron con celeridad. – Nada más que decir, solo que bienvenidos a Nuevo Jardín y que os llevaré a las habitaciones.
                -¡Tae-taeni! ¡Ven al salón de comer! ¡Es desayuno es bueno!
                La Encargada rió mientras Taeri Taewari se disculpaba para ir a recoger a Darla Krym a la habitación contigua. Hyuure seguía observando a aquella muchacha, estudiándola en silencio.
                               
[11:15]
                Tras dejar a los recién llegados en sus habitaciones, Aidee entró en la cocina con su botella de agua en el mismo momento en que Airu Kressligh llenaba su taza de té, impregnándolo todo con un fuerte olor a menta. Aunque era agradable terminó tosiendo mientras apartaba el invisible aroma de su rostro. Liam Negiru, quien se dirigía hacia ella, observó su gesto y sonrió con empatía. En uno de los fregaderos Maino Szure, ayudado por su amigo Yoosu Tanra, limpiaba una alta torre de platos, tan exagerada que era imposible que la hubiese producido él. No muy lejos Yuna Haejin colocaba los cubiertos ya secos en un cajón.
                -Negiru. ¿Tienes un momento?
                Al oír su voz la aludida se detuvo. Probablemente iba tras Souten y Eino, con quienes Aidee se había cruzado bajando la escalera.
                -Sí, por supuesto que tengo un momento. ¿Qué necesitas?
                -Solo era para preguntarte, ya que quizá tú hablas un poco más con él. ¿Has visto hoy a Dageste? No me he cruzado con él en toda la mañana. – Durante unos instantes le pareció que Szure la fulminaba con la mirada. Ante ella la muchacha se sorprendió por la pregunta, atrayendo su atención. – ¿Pasa algo?
                -No, nada. Es solo… – Pensó unos segundos antes de responder. – Creo que hoy no se encuentra… bien…
                -¿Ha descubierto lo vacía que es nuestra existencia y ha decidido vivir en aislamiento hasta fallecer? – Kressligh le dio un sorbo a su bebida mientras observaba sus molestos rostros. – Ugne… Únicamente preguntaba.
               -¿Qué quieres decir con que no se encuentra bien? – Prosiguió Aidee ignorando las cortantes respuestas de la Saar.
                -Esta mañana estábamos hablando Mie, Niko y yo, acerca de… acerca de lo que había pasado en El Cruce de Caminos. – Explicó afligida. – Creo que él ha escuchado la conversación… estaba en la puerta y entonces ha dicho que tenía que irse un momento…
                -No lo entiendo… ¿Qué tiene que ver el Cruce con él? Aparte de que lo vio, claro está. – Añadió con un rápido movimiento de mano.
                -Pues… – Liam Negiru finalmente asintió. – Cuando le conocí en la estación de tren estaba esperando que una muchacha le recogiese para llevarle al Cruce de Caminos.
                -No es posible. – Aidee la miraba sorprendida.
                -Por desgracia lo es. Reika Kirabe era el nombre de la chica. Creo que enterarse de que murió le ha destrozado. Supongo que lo pensaba… no había vuelto a oír nada de ella, pero también creo que en el fondo él esperaba que hubiese otra explicación.
                La cocina permaneció en silencio. El fluir del agua que limpiaba los platos se había detenido, Szure y Tanra les miraban. Sorprendida, Haejin permanecía con una mano apoyada en el abierto cajón mientras otra sujetaba varios cubiertos. La única que conservaba su más que clásica inexpresividad era Kressligh, quien estudiaba sus rostros como si tratase de grabar su incomodidad en su mente para posteriores reposiciones.
                -¿Debería hablar con él? – Preguntó Negiru para romper el silencio. Aidee negó.
                -Mejor dejarle descansar. Supongo que mañana se encontrará mejor.
                -Pero… no ha desayunado. – Añadió la última parte como un susurro.
                -¿Y te preocupa? – Preguntó Szure. Su tono resultó brusco.
                -Claro que me preocupa.
                El joven torció la boca, más aun al escuchar la suave, aunque repetitiva y fingida, risa de Kressligh. Los intentos de Tanra para apaciguarle parecían no funcionar.
                -Me preocuparía así de él y de cualquier otra persona. No puede no comer.
                -¡Deja de reír! – Exigió volviéndose a la Saar. Esta se llevó una mano al rostro.
                -Qué forma más cruel y deplorable de comportarse. – Se volvió para mirar a Negiru. – Dageste y tú parecéis, Ee… ¿Cómo decirlo para intensificar el impacto en esta modesta sociedad? Muy cercanos. – La aludida retrocedió sobresaltada por aquellas palabras.
                -¿Qué intentas decir?
                -Creo que no puedo expresarlo con mayor claridad. ¿Nu?
                -¿Qué intentas con esa pregunta? ¿Humillarla? – Inquirió Haejin.
                -Extraña sociedad en la cual las relaciones personales son humillantes. Únicamente me preguntaba por la preocupación que Negiru siente. Çese-on'çe.
                -Lo he dicho. Me preocupo por Dageste como me preocuparía por cualquier otra persona en su situación. Sería cruel no hacerlo.
                -Cruel. – Rió falsamente. – Tu opinión de mi debe ser hasta divertida de oír.
                -Si crees que como das pie a que todo el mundo piense mal de ti yo voy a hacer lo mismo, lamento decirte que te vas a llevar un sano disgusto. – Negiru si sonrió con sinceridad.
                -Y me he aburrido. – Afirmó volviendo a su bebida.
                A Aidee le faltó darle las gracias por finalmente desentenderse de una conversación en la que no tenía razón para participar.
                -Eso era todo. Siento haberte retenido. – Afirmó ligeramente enfadada.
                De conocer las distintas reacciones hubiese hablado con ella a solas. Una cosa estaba clara, Maino Szure estaba celoso de Edín Dageste, el sabría porque, aunque Aidee lo intuía, y Airu Kressligh parecía estar aprovechando las circunstancias para montar su propia telenovela en vivo.
                -No te preocupes.
                Mostrando una última sonrisa se marchó de la cocina. Decididamente, Liam Negiru tenía la capacidad de sonreír y mantenerse alegre contra viento y marea. Cualquier otra persona hubiese explotado contra Kressligh por aquella afirmación y sin embargo había encajado su comentario con simpatía, algo que parecía alejar a la Saar como repelente.
                De nuevo con su vacía botella de agua entre las manos, Aidee se encaminó al fregadero. Szure y Tanra casi habían terminado los platos, Kressligh se mantenía en apacible silencio. Yuna Haejin se encaró con Aidee cuando la muchacha se acercó al grifo del otro fregadero.
                -Parece que hoy ha realizado sus tareas. – Anunció firmemente.
                Necesitó unos segundos para entender sus palabras. No había platos sucios por la cocina, exceptuando los que Szure y Tanra fregaban, por lo que parecía que Kiraibeki debía haber abandonado sus cochinas tendencias.
                -Un problema menos.
                -Así es. ¿Has hablado con él? – Tras colocar el último cubierto cerró el cajón usando su vendada mano.
                -¿Yo? – Se señaló confusa. – No… no he hablado con él…
                -Extraño. Shu'Len dice que tampoco ha hablado con-
                Haejin se detuvo a mitad de su frase mientras estudiaba de nuevo sus alrededores. Su poderosa mirada se encontró con el indiferente gesto de Kressligh, quien tomaba sorbitos de su bebida sin prestarles demasiada atención, y se detuvo en la figura de Maino Szure. Sus pasos la situaron junto a los dos muchachos, concretamente junto al ahora huraño Szure.
                -¿Qué-? – Preguntó asustado al descubrirla a escasa distancia de él.
                -¿Has ensuciado tú todos estos platos? – Preguntó.
                Se extrañó de que no mencionase a Tanra en absoluto pese a que el joven también la contemplaba, pero su extrañeza duró solo durante unos segundos. El rostro de Haejin había adquirido un matiz oscuro y agresivo que dejó a Szure en un silencio aun más profundo y comenzó a preocupar a Aidee.
                -¿Son tuyos? – Insistió mientras cogía el último plato de la torre y se lo mostraba.
                -P-pues… exactamente…
                -Exactamente.
                Haejin se encontraba en ese punto que, de ser posible, emanaría ondas de ira a través de la habitación, consiguiendo que todo a su paso reventase.
                -Exactamente… ¿Qué? – Szure tragó saliva con dificultad.
                -Son nuestros. – Afirmó Tanra con absoluta entereza. Haejin le observó ahora a él.
                -¿Todos?
                -H-hemos desayunado ma-más de lo habitual.
                -No me creo la historia, Tanra. No estás logrando lo que buscas. – Volvió a fulminar a Szure. – ¿Sería una posibilidad que Kiraibeki te hubiera dado los platos de su desayuno que obligarte a fregarlos?
                -¡¿O-obligar?! ¡Q-qué va! – Balbuceó.
                Con un gruñido Yuna Haejin reventó el plato que tenía entre las manos, lanzando pequeños trozos de cerámica blanca por toda la cocina. Maino Szure retrocedió, chocando contra Tanra mientras apuntaba a la terrorífica muchacha con sus manos cubiertas de espuma. Kressligh observaba la escena con su característica inexpresividad, aunque había un brillo malicioso en sus ojos, como si nuevamente le interesase lo que ocurría ante ella.  Por su parte, Aidee suspiró pensando en el plato roto. Si Yuna Haejin seguía así se quedarían sin vajilla.
                La silenciosa muchacha se volvió al cubo de basura y arrojó a su interior los rotos pedazos del plato. Entonces cogió el cepillo apoyado en una esquina de la habitación y se acercó de nuevo a los restos esparcidos por el suelo.
                -Mis disculpas. – Afirmó mientras comenzaba a barrer.
                Aidee esquivó el estropicio para acercarse a Maino Szure. Le sombraba su propia capacidad para considerar que una persona reventando un plato entre sus manos no era un hecho suficientemente destacable como para sentirse perpleja ante ello, al contrario que cualquier otra persona que observase a Yuna Haejin enfadada.
                -Szure. ¿Ha ocurrido eso?
                -¡No! ¡Para nada! – Negó, confuso por la actitud de Haejin. No se había movido un solo centímetro.
                -Ha ocurrido así. – Sentenció Tanra.
Su amigo se volvió lentamente para fulminarle y luego miró al frente con una sonrisa. Aidee suspiró llevándose las manos a la cintura.
                -No puedes permitir que Kiraibeki te utilice de esa forma.
                -No me usa de ninguna forma.
                -¿Entonces qué haces fregando sus platos?
                -Los ha dejado ahí… – Miró en otra dirección. Estaba claro que, por orgullo, no quería admitir la verdad.
                -Seguro que sin darse cuenta. – Airu Kressligh les miraba. – Es un bruto tan despistado y tú un idiota tan irremediable. Sin duda deberíais casaros. – Szure la fulminó.
                -¡Metete en tus asuntos!
                -Esto es mucho más divertido que mis asuntos. – Afirmó inexpresivamente antes de darle otro sorbo a su bebida.
                -Que sufrimiento. – Aidee resopló cansada. – Szure. Esto no puede seguir así. Kiraibeki no tiene derecho a tratarte de este modo.
                -No me trata de ningún modo. – Dijo volviendo al fregadero.
-Ese… hombre. – Aidee se percató demasiado tarde de cómo Haejin temblaba. Con aprensión observó el palo metálico del cepillo.
                -Haejin. – La llamó.
                -Ese despreciable e indigno cerdo. No posee vergüenza alguna. Sirviéndose de los demás como un miserable parásito. – Les miró. Su rostro era una máscara de ira. – Szure… ¿Dónde está tu honor?
                -¿Q-qué? – Fue lo único que el joven pudo responder.
-¡¿Dónde está tu honor?! – Rugió con tal potencia que podría haberle tirado al suelo. – ¡¿Bajo qué clase de cobardía te escondes?!
                Maino Szure permaneció lívido, estático, inmóvil, en silencio. Solo sus ojos se movían en breves e imprecisos vaivenes, centrados por completo en Yuna Haejin. La joven respiraba con fuerza. Debía haber descargado toda la ira que tenía acumulada con Kiraibeki y ahora las tensas facciones de su rostro daban a entender que se arrepentía. Desgraciadamente demasiado tarde.
                Yoosu Tanra trató de acercarse a su amigo y romper el contacto visual con Haejin. No hizo falta, Szure se volvió al fregadero sin decir una sola palabra y continuó su tarea.
                -¿Feliz? – Preguntó Kressligh. La corpulenta muchacha la fulminó.
                -No he dicho mis palabras con maldad… solo con… ira. – Se lamentó. – Szure…
                -Ee. ¿Por qué no llevas a cabo una tarea para la que estas perfectamente preparada, Haejin? El silencio. Absoluto. Desde ahora. – La aludida se preparó para responder, recibiendo el rápido siseo de la Saar. – No era una petición. Era una exigencia. Barre tus barbáricos actos y prosigue con tu limitada existencia más allá de esta habitación donde ya has hablado por encima de lo necesario.
                Pese a que estaba tentada nuevamente a responder, las palabras de Kressligh ocultaban una verdad innegable, había hablado más de lo necesario. Estaba claro que Yuna Haejin deseaba disculparse, pero no era el momento. Recogió lo que quedaba de los restos rotos y dejó el cepillo contra la esquina donde lo había encontrado.
                -¿Vamos? – Preguntó Aidee animadamente.
                No era mucho, pero por lo menos rebajaba el efecto negativo de las exigencias y ultimatos de Kressligh. Haejin asintió y dejaron la cocina tras ellas. No habían dado un paso fuera de la habitación cuando el timbre de la puerta inundó la entrada de la residencia. Se detuvo y le dedicó un cansado gesto a su acompañante. La joven asintió, prosiguiendo su camino, mientras ella volvía hacia la puerta.
                Obviamente debía ser un nuevo residente. Ese simple pensamiento llevó a un sinfín de posibilidades que recorrieron su mente. Desde las más raras hasta las aun más raras. Y visto lo visto hasta aquel momento, sería de las muy, muy raras.
                Se arregló la ropa y entonces su mano cogió el tirador. Al otro lado no había nadie. Miró en todas direcciones antes de encontrarse a un muchacho de corto cabello teñido de azul oscuro y algún que otro mechón blanco, vestido con un abrigo negro. Aunque no lo creía en un primer momento, confirmó lo que sospechaba, estaba haciendo un muñeco de nieve.
                -Esto… ¿Hola? – Saludó desde la puerta. El joven levantó la vista, ajustándose unas gafas cuadradas.
                -¡Buenas! ¿Tenéis zanahorias? – Señalaba al muñeco.
                Aidee se dispuso a cerrar la puerta cuando descubrió equipaje colocado en el último escalón. Deseaba pasarse la mano por el rostro, aunque se contuvo para que no resultase tan evidente. Mentalmente realizó el gesto.
                -No. No hay zanahorias para muñecos de nieve.
                -¡Venga! – Protestó. – Una nariz para un pobre muñeco desfallecido. ¿Qué le cuesta? Caridad invernal. Sea buena hermosa señorita.
                En amplias zancadas recorrió la distancia que le separaba de Aidee. La estudió de arriba abajo antes de arrodillarse y coger su mano.
                -Lo lamento tanto. ¿He dicho hermosa señorita? Deseaba decir perfecta diosa de la más absoluta belleza.
                Tenía unos ojos color nuez que desprendían astucia y picaresca. Aunque al mismo tiempo daba la sensación de ser una persona extremadamente relajada, de esas que simplemente se dejan llevar por la vida y hacen lo primero que se les pasa por la cabeza sin pensar en las consecuencias. Lamentó que Eino no estuviese allí, ahora tendrían a dos personas haciendo muñecos y pidiendo zanahorias. Le miró fijamente y luego contempló el muñeco de nieve.
                -Te daré una zanahoria. – Dijo cansada.
                -Si es necesario me ofrezco para cualquier tipo de trabajo y servicio que pudiese pagar una zanahoria. Por ejemplo, invitarte a cenar, llevarte al cine-
                -No abusar de tu suerte. – Añadió sonriendo como si se tratase de otra posibilidad más en aquella lista.
                -No abusar de mi suerte. – Repitió él con una risita.
                Volvió a la cocina. Seguía habitada por las personas que había dejado allí y sumida en un penetrante silencio. Probablemente ninguno de aquellos residentes deseaba, o se encontraba en condiciones de, conocer al recién llegado. De nuevo lamentó la ausencia de Eino, ahora se encontraría dando alegres saltos y disparando comprometidas preguntas. Volvió a la entrada con una zanahoria que su nuevo inquilino recogió como si le estuviesen entregando un título de caballero. Una vez en sus manos se la colocó al muñeco en la nariz, volviendo entonces ante ella.
-Decidme diosa de la belleza. ¿Es esto es Nuevo Jardín? – Preguntó tras saludar moviendo los dedos índice y corazón desde su frente.
-Sí, es Nuevo Jardín, oh insignificante mortal. – Respondió aburrida.
-No es por ofender a tan poderosa, hermosa y perfecta deidad, pero os encontráis un poco… como en el culo del mundo ¿No?
-Nosotros preferimos pensar que estamos rodeados de agradable naturaleza, oh inapreciable y efímero humano.  
El joven rió con amplias y sinceras carcajadas, había dejado su maleta en la entrada. Se volvió a la encargada con un papel en las manos.
-Jyogen Hetsu. – Se presentó.
-Aidee Hyome, Encargada.
-Me han trasladado del Cruce de Caminos. Aunque… no tengo ni idea de la razón…
-Ha ocurrido un desafortunado incidente.
-¿Incidente? ¿La chica de las noticias? – Permaneció pensativo. – Pensaba que era una nueva leyenda urbana de la red… no le hice ni caso cuando lo leí.
-No es una nueva leyenda urbana, por desgracia. – Cerró la puerta, percatándose de que su interlocutor la observaba ahora fijamente. – ¡Aparta tu mirada, oh ínfimo ser! – Rió de nuevo.
-Es imposible no mirar a una diosa de la belleza. Especialmente cuando se visten atractivas. – Le guiñó un ojo. Aidee observó su ropa. No llevaba nada fuera de lo habitual en su vestimenta.
-¿Siempre… eres así de directo?
-No tengo demasiados pelos en la lengua, si eso es lo que preguntas.

-Bueno… agradezcamos tu humana sinceridad. Al menos no miras y luego intentas parecer digno. – El joven liberó una risita. – Sígueme, te llevaré a tu habitación.