sábado, 1 de marzo de 2014

5 - 16/01/41

16/01/41E.Sol – Kieol’ifè – Día de las Ocho Estrellas…
[09:14]
Una ducha con agua fría, esa era la forma en la que Maino empezaba las mañanas de aquellos días en los que consideraba que las cosas ya no podían torcerse más. También era un intento por despertarse definitivamente, no había dormido más de tres horas, pero sus vueltas entre las sábanas eran incontables.
La cascada de agua que caía sobre él resonaba en las duchas de chicos, era el único sonido en aquella habitación de azulejos azulados. Incluso cuando la detuvo, las gotas que recorrían su cuerpo creaban al caer un intenso estruendo. Suspiró con fuerza antes de secarse y cubrirse por completo con su toalla, apartando a un lado la puerta de cristal que separaba el cubículo de la ducha de la zona central, pensada como unos vestuarios. Aquella residencia no disponía de un baño tradicional, aunque por lo menos tenía baños, y conocía muchos sitios donde eso no era una comodidad fácil de encontrar.
Se dejó caer sobre el extraño banco gris donde había dejado su ropa limpia. No sabía si era plástico o algún otro material, lo que estaba claro es que ni estaba unido al suelo, ni era ni de azulejo. Encorvado hacia delante, se echó la toalla sobre la cabeza y mantuvo inmóvil observando la perfecta unión entre las baldosas. Pese a los radiadores, la habitación era fría, o a lo mejor era él quien se sentía deprimido y frío.
En los últimos días habían ocurrido muchas cosas, más que media semana le parecía que llevaba un mes viviendo allí. Una cosa estaba clara, nada parecía haber sido en su favor. Kressligh incordiándole porque sí, Kiraibeki tratándole como su esclavo, Haejin y Eino gritándole, Negiru decaída, el extranjero por medio dejándole en un constante mal lugar. Hasta Yoosu, quien permanecía a su lado, se había vuelto más silencioso que de costumbre.
Se creerían, todos, que él no se daba cuenta de lo que pasaba. Que estaba contento con que Kiraibeki le tratase como un perro, que le gustaba, que tenía en sus manos la opción de cambiar lo que estaba ocurriendo.
No la tenía, Kiraibeki lo había dejado claro desde el primer momento.
Ciego de furia se había separado de Yoosu, le había seguido y parado en el rellano para decirle que no iba a aguantarle más, que él no era su mayordomo. Kiraibeki simplemente se había reído, no con sus brutas carcajadas, sino con una sonrisa más pronunciada y diabólica, respondiéndole que le parecía bien, pero que se atuviese a las consecuencias.
No entendía que consecuencias podía haber, en primer lugar no entendía por qué tenía que haber unas consecuencias. Simplemente estaba defendiéndose a sí mismo de lo que consideraba injusto. Pero había unas consecuencias, claro que las había. El “Bien común”, el “Orden social”. Kiraibeki le recordó el escalafón en el que él se encontraba y le luego señaló el lugar que ocupaba Maino. Era un estudiante de curso superior, por ese simple hecho se le debía obediencia y respeto. Kiraibeki podía dejarlo pasar con las chicas, le resultaba hasta gracioso cuando se oponían a él, pero no iba a dejarlo pasar con Maino y Yoosu.
-“Y sería una pena… ¿No, Szure? Les pasan cosas malas a las personas que no siguen el orden. Aun recuerdo cuando estaba en primer año. ¡Qué recuerdos! Que te encerrasen en una habitación sin comida ni agua hasta que volviesen a por ti, que te obligasen a limpiar dormitorios sin parar aunque te sangrasen las manos. Y estoy hablando de castigos… livianos, no te puedes imaginar lo que le hacían a quien se saltaba el orden por gusto. – Kiraibeki había dejado caer su pesada mano sobre su hombro, sonriendo ante el asustado rostro de Maino. – Cosas así podrían pasarte a ti, o, peor aún, a Tanra. Tú no quieres que le pase nada a Tanra. ¿Eh?”
Recuperando sus sentidos, le había apartado de un manotazo. No era tan idiota como para someterse a las irreales amenazas de Kiraibeki. Vivía y era ciudadano de un país civilizado y aunque llevaba toda la vida oyendo hablar del “Bien común” y el “Orden social” nadie le había dicho que negarse a ello supusiese un castigo físico. Simplemente te exiliabas a ti mismo del grupo y te convertías, en los peores casos, en un repudiado. Por desgracia para él, Kiraibeki tenía un contra-argumento.
-“Pero Szure ¿Y si se hunden tus sueños? – Se aproximó lo máximo posible a él. – ¿Y si yo hundo tus sueños?”
Había algo terriblemente cruel en la mirada de Kiraibeki, la idea de que sabía más de lo que Maino creía cruzó su mente y comenzó a darle un significado a “sus sueños”. Pese a todo Kiraibeki terminó la conversación diciéndole que hiciese lo que gustase.
-“A fin de cuentas elegirán al extranjero antes que a ti. ¡A no, espera! Si ya lo ha hecho.” – Se rió.
Y en ese momento su mente dejó de funcionar, no era capaz de pensar claramente, todo comenzó a ir de peor en peor, terminando con el acierto de Kiraibeki, habían elegido al extranjero, a ese extranjero, por encima de él.
Terminó de vestirse, sin darse cuenta sus manos se habían movido solas para coger y colocar su ropa. Se pasó la toalla de nuevo por su alborotado y húmedo pelo. Necesitaba dejar de pensar tanto y al mismo tiempo no podía parar. Comenzaba a desesperarse por encontrar una solución. El clic del interruptor de la luz acompañó sus pasos al salir de las duchas cargado con su ropa para lavar y su empapada toalla. Se topó de frente con una persona que acababa de abandonar su habitación y avanzaba por el pasillo. Sus miradas se encontraron y pudo comprobar que se encontraba más débil de lo que nunca le había visto hasta aquel momento.
-Szure… – Comenzó el extranjero con un suave tono de voz. – Buenos días.
Durante los segundos en los que Maino se mantuvo en silencio mirándole pasaron miles de ideas por su cabeza. Estaban parados en mitad del pasillo, concentrados en observarse el uno al otro, probablemente el extranjero no era capaz de entender lo que Maino estaba pensando aunque parecía encogerse ante la gélida mirada que tenía para él. Incómodo miraba en una y otra dirección, esperando a que él respondiese a su forzado saludo. Tras unos dubitativos intentos, el extranjero se dispuso a hablar y entonces su puño simplemente se movió en un amplio arco y aquella persona estaba tirada contra la pared. Había impactado contra la puerta de la habitación de Maino. Intentó incorporarse mientras se preguntaba que acababa de pasar. Su mirada se llenó de horror al llevarse la mano a su sangrante boca. No pudo reaccionar, Maino no le dejó reaccionar, utilizando todo su peso le empujó al interior de su habitación, donde ambos cayeron al suelo. Su puerta se cerró con un portazo pero ya le daba igual que alguien le escuchase. Aprovechando la confusión le bloqueó con todo el peso de su cuerpo para mantenerle inmóvil contra el suelo. Sus manos se cerraron alrededor de su cuello. Comenzó a apretar. Aquel extranjero pataleó, forcejeó contra él, trató de pedir ayuda con su ronca voz. Finalmente miró a Maino, lloraba de incomprensión. Sus labios se movieron formando un “¿Por qué?”. No pudo controlarse y apretó con más fuerza.
-Deja de destruir mi vida… – Gritó Maino. – ¡Deja de destruir mi vida! ¡DEJA DE DESTRUIR MI VIDA! – Sus lágrimas de incomprensión se transformaron en sufrimiento cuando le apretó con toda la presión que era capaz de ejercer con sus manos. Comenzó a vapulearle contra el suelo. – ¡ES TU CULPA! ¡TODO ES TU CULPA! ¡TODO ES TU CULPA!
Aquel maldito extranjero, de ojos marrones, como los suyos, de cabello negro alborotado, como el suyo, de barba desarreglada, como la suya, vestido con lo primero que había cogido del armario, como él. La piel de su rostro se volvió blanca, exceptuando su morado cuello. Las lágrimas rodaron plácidamente por sus mejillas mientras sus manos perdían cualquier fuerza que aun les quedase. Su mirada se volvió inexpresiva y fija en un punto indeterminado. Sus pupilas se dilataron. Maino se levantó esforzándose por recuperar la respiración. Se apoyó pesadamente contra la puerta y comenzó a resbalar hasta que estaba sentado. Todo se volvía borroso y al mismo tiempo estaba comenzando a sonreír. Lloraba y sin entender por qué sentía el irrefrenable deseo de reírse por lo patético que se veía a sí mismo.

[10:47]
                -Este monumento representa una nueva edad de oro para la ciudad de Yakeru. – Comentó un cercano señor, había asentimientos a su alrededor.
                -Es así. El Toriade nunca había lucido con tal belleza. – Le respondió otro señor. Aun más asentimientos.
                -No puedo esperar a la inauguración. ¿Crees que nos dejarán ver el interior? – Preguntó una chica a escasos pasos ante ella. El joven que la abrazaba masculló una suave negativa.
                Aidee puso los ojos en blanco, no podía hacer otra cosa ante tal despliegue de ciega complacencia junta sobre la no demasiado extensa isla de Kinsezi. Era complicado no sorprenderse ante la vasta cantidad de gente que se había reunido en aquel lugar para la inauguración del reloj que había sido llamado Suu-Gan’teni, el Gran Astrolabio para así concederle ese sentimiento de mística astral. Aidee y Moyra se habían mirado con sorna nada más conocer aquel nombre. Bajo su elegante paraguas su compañera se limitó a alzar las cejas con condescendencia. No era para menos si se tenía en cuenta lo mal situados que las encuestas tenían al Alcalde y a su Concejal de Urbanismo. Aquel evento apestaba a intento desesperado para realzar sus posiciones con respecto a las elecciones que vendrían a finales del próximo año y parecía, por su planteamiento, estaba funcionando.
                En primer lugar favorecía a la zona más rica de la ciudad de Yakeru, el distrito Toriade, situado en la céntrica isla homónima creada por el río Serino. Favorecer a los más ricos era siempre un movimiento acertado, porque tenía como consecuencia un aumento de los fondos disponibles por la alcaldía, pero al mismo tiempo comprometido si se descubría al público general. El Gran Astrolabio era un proyecto para mostrar la decadencia de los más ricos, pero estaba abierto al público general. Alegría y alboroto para todos. En segundo lugar era un proyecto absurdo. Seguramente nadie entre el público sería capaz de dar dos razones coherentes por las cuales Toriade, o Yakeru misma, necesitaban una gigantesca torre del reloj. Los que más hablarían del turismo, algo que casi no existía en Yakeru porque ellos mismos no lo deseaban. Paradojas por todos lados. En tercer y último lugar, pero no por ello menos estúpido todavía, el Gran Astrolabio suponía el primer paso del Proyecto de Renovación de la Ciudad de Yakeru que la Consejería de Urbanismo había propuesto y cuya aprobación había resultado ridículamente alta.
Era un proyecto fantasma. Nadie sabía en qué consistía esa Renovación de la Ciudad de Yakeru, algo que podía ir desde levantar y asfaltar las calles, a decorar la ciudad con una nueva gama de farolas más resultonas. La simple, pero ignorada, conclusión era que la alcaldía estaba vendiendo humo y la ciudadanía lo estaba comprando.
Su mano le sirvió de improvisada visera mientras levantaba la cabeza para observar la exagerada decoración. No era solo una torre de reloj, era una compleja unión de multitud de redondeadas y pequeñas torres alrededor de una estructura central. En el centro brillaba una inmensa placa circular con otras de menor tamaño superpuestas que servían para mostrar los movimientos estelares, si es que se podía considerar que aquel artilugio verdaderamente funcionaba o únicamente se trataba de un caro reloj de “astronómicas” proporciones. Las placas estaban decoradas con imágenes de los cuerpos celestes y las constelaciones. Justo encima se encontraba la esfera del reloj, con sus estilizadas agujas y sus números en el estilo de los dígitos clásicos de la cultura del Protectorado de Sehril.
Aidee bajó la vista lentamente para enfocar el escenario de madera ante las escalinatas que conducían a la gran puerta de la torre. Estaba tan colmado de flores que esperaba que se hundiese de un momento a otro. Desde allí los altavoces les bombardeaban con música. No contuvo una molesta exclamación.
-No entiendo cómo me he dejado arrastrar a aquí con la situación en la cual se encuentra la residencia.
-Despreocúpate Aideelyn, nada le va a ocurrir a la residencia o a sus habitantes. – Se volvió para observar como Moyra estudiaba el escenario con unos binoculares. Suspiró.
-Moyra… ¿Puedes intentar aparentar ser normal durante al menos unos minutos?
-¿Por qué realizas esa petición? – Ahora observaba la torre.
-Ninguna razón en particular.
Se cruzó de brazos con un cansado suspiro en el mismo momento en que la música de los altavoces cambiaba para entonar el himno de la ciudad. El público comenzó a aplaudir mientras unos ocultos cañones bombardeaban el escenario con confeti multicolor. Una serie de trajeadas figuras se subieron a él y comenzaron a saludar amablemente a los eufóricos ciudadanos. Aidee no era capaz de reconocer a la mayor parte de los trabajadores del ayuntamiento, aunque suponía que alguno de ellos debía ser el concejal de urbanismo. El alcalde sin embargo era imposible de obviar.
Kokorobe Taimen, de la prestigiosa familia Taimen de Yakeru, había sido el alcalde de Yaeru durante doce años. Era un hombre bajito de gesto severo y pobladas cejas aunque escaso pelo grisáceo donde tendría que tenerlo. Se decía que solo tenía unos cuarenta años. Aun así la edad se había cebado con él y se había quedado a gusto, sus marcadas arrugas, las manchas de su blanca piel. Su orondo cuerpo, estaba embutido en un traje que parecía a punto de reventar, contrastaba con sus delgados ayudantes. También era afamado por ser una persona tremendamente agradable al trato, y por tremendamente agradable venía a significar insoportable. Aun así llevaba todos aquellos años gobernando, así que algo debía haber para que siempre se le reeligiese.
Mientras los hombres trajeados tomaban asiento en unas sillas al fondo del escenario, el Alcalde avanzó hasta el micrófono y tosió suavemente. Aidee se percató de que no le había visto nunca en ruedas de prensa o discursos. Quizá se trataba de un fantástico orador y ese era su secreto para ser siempre reelegido.
-No soy un orador y por ello trataré de no irme por las ramas. – Su grave voz comenzó así el discurso.
-Y, como suponía…– Suspiró Aidee. El alcalde tuvo una tranquila pausa para respirar con fuerza antes de continuar.
-Hoy nos reunimos aquí, ante esta obra de ingeniería y arte para conmemorar el principio de una nueva era nuestra ciudad. Una era de cambios y progreso. Esta ciudad ha estado durante mucho tiempo oculta bajo la sombra del mundo que nos rodea, una sombra impuesta. Ha llegado la hora de que, ya que la luz no se abre paso a nosotros, seamos nosotros quienes nos abramos paso a ella usando todos los medios a nuestro alcance.
Mientras tomaba aire y estudiaba a su audiencia, Aidee y Moyra se miraron confusas ante aquel discurso. Aparentemente a la lista de adjetivos para aquel hombre tenía que añadir uno nuevo, ligeramente lunático. Empezaba a tener claro por qué no era un orador, de hecho le parecía raro que le dejasen hablar en público. A su alrededor la gente comenzó a aplaudir, consiguiendo que Aidee alzase una ceja. O aquella gente estaba sorda, o ella estaba sorda, o nada tenía sentido. A lo mejor era una extraña broma a nivel de ciudad. El alcalde aparecía, decía cuatro chorradas, la gente le aplaudía haciéndole creer que todo iba bien y seguían con sus vidas.
-Ahora, el artífice de este proyecto, hblará en nombre de la alcaldía. – Se giró para mirar a un hombre que se levantaba. – Jon’gu Zon.
El hombre llamado Jon’gu Zon avanzó entre los nuevos aplausos mientras el Alcalde Taimen tomaba asiento. Su porte al andar era magistral, con absoluta confianza en lo que estaba haciendo y por ello desprendiendo naturalidad en su sonrisa dedicada al público allí presente. Su figura estaba señalada por su altura y ancha espalda. Al detenerse ante el micrófono se arregló su traje marrón y miró a la multitud. Su cabello negro parecía estar sembrado de mechones de suave castaño peinados en ondas. Desde donde ellas se encontraban era complicado observar bien los detalles de su rostro, aunque era indudablemente más joven que Taimen, debía estar alrededor de los treinta años.
-Gracias, señor Alcalde, por permitirme formar parte de este discurso. – Su voz era muy agradable. Tras volverse para reverenciar al Alcalde, centró nuevamente su mirada en los asistentes. – Gentes de Yakeru, gracias a todos y todas por haber venido hoy a esta inauguración. Ante vosotros se alza, imperturbable, Suu-Gan’teni, una excepcional obra de relojería al servicio de nuestra ciudad.
Los aplausos resonaron por toda la isla mientras el sonriente Jon’gu Zon movía suavemente las manos para pedir que le dejasen continuar con su discurso.
-Desde que se me nombró concejal de urbanismo he… buscado la forma de hacer de mi sueño de Yakeru una realidad. En mis sueños, Yakeru es un lugar cuya belleza es inigualable y por ello es el compromiso de la Consejería. – Negó. – Es mi compromiso, que la belleza que solo existe en mi mente se vuelva una realidad. Suu-Gan’teni se convierte en el principio de una serie de proyectos para el esplendor de Yakeru.
-Y hemos dado con el buen orador. – Aidee se cruzó de brazos.
-No parece faltarle una palabra dulce. – Añadió Moyra.
-Empalaga casi de lo dulce que es.
Tenía de hecho un acusado efecto en sus oyentes. Las chicas, y algunas chicas que eran más bien hombres, parecían emocionadas como si en lugar de un político estuviesen ante un famoso cantante. Los ancianos se emocionaban, pasándose las manos por sus llorosos ojos cuando Jon’gu Zon continuó relatando su onírica visión de aquella ciudad. No era posible creer que todas aquellas personas hubiesen dejado pasar el hecho de que por su nombre y probablemente también por su apariencia, aquel hombre no debía ser nativo de Rantei, viniendo probablemente de la cercana Qeinu. Aun así le llovían los aplausos como si él fuese el alcalde en lugar de aquel señor gruñón sentado al otro lado del escenario.
Sin perder su majestuosidad se acercó al cordón rojo que impedía la entrada a la torre del reloj. Estaba sujeta por dos muchachas, una de las cuales le entregó a Jon’gu Zon una tijeras. El Concejal se las mostró al Alcalde, esperando pacientemente hasta que este las cogió. Se apartó prudencialmente, permitiendo que el gobernante tuviese todo el honor de la inauguración, aunque fuese a Jon’gu Zon a quien le hubiesen llovido los candentes aplausos. Una vez se cerraron las tijeras el escenario volvió a explotar en una lluvia de confeti multicolor.
-Creo que así da por finalizado este evento. – Moyra bajó sus binoculares. – Dudo que nos permitan entrar al interior.
-¿Ahora vas a aprender a ser relojera? ¿Para qué quieres entrar?
-Curiosidad. – Comenzó a andar alejándose de la multitud. – Creo que ya podemos volver a la residencia.
Aidee la vio marchar mientras meditaba sus palabras. Antes de seguirla volvió a mirar la torre del reloj desde su base hasta lo más alto.

[12:21]
-Hola, muy buenas señor Aisamu. ¿Cómo es usted hoy? – Preguntó Darla Krym con una alegre sonrisa. Su cabello rubio giró con soltura hasta caer tras ella, sus elfas orejas destacaban entre los mechones.
-Muy… bien.
La repentina aparición de la muchacha en las escaleras del rellano le había dejado sin palabras, más que nada porque se había visto obligado a dejar de observar al gato negro de juiciosa mirada que parecía estar allí esperando a que Hyuure apareciese. En los segundos que había empleado en apartar su mirada se había escabullido en alguna desconocida dirección. Aquel animal le mantenía en furioso vilo. No recordaba maltratar a animal alguno en el pasado y por ello le resultaba violento ser observado de un modo así. Hablando con la Encargada Hyome descubrió que el felino pertenecía a una residente, Moyra Vontirel, tan pintoresca como su arreglada mascota.
-¿Es usted bien? – Darla Krym se había preocupado al observarle estudiando todos los rincones de la habitación. Se volvió a ella con una apopléjica reverencia.
-Mis disculpas señorita Krym. Estoy ligeramente distraído esta mañana. ¿Cómo se encuentra usted?
-Bien y alegre. ¿Y usted?
-Ya… ya me ha preguntado…
-¿Lo he hecho? – Respondió pensativa. Entonces le miró como si hubiese recordado algo importante. – Tenía que decirle. – Su frase terminó ahí.
-¿Qué debe decirme?
-No encuentra la palabra de Rantensi. – Rió divertidamente.
-<Señorita Krym… usted me agota.> – Suspiró interiormente. – Puede buscar alguna forma de decirlo, me esforzaré yo por entender.
-Yo pregunto…
-Sí.
-Usted…
-Sí.
                -En futuro…
-Sí. – Suspiró de nuevo interiormente.
-¡Papeles de clases! – Exclamó cansada por todo aquel esfuerzo comunicativo.
-¿Formularios de la universidad? – Krym asintió. – ¿Quiere que los lleve? – Krym negó. – ¿Qué los ordene? – Negó de nuevo. – ¿Entonces que quiere?
-Que usted mirar. – Hyuure liberó una confusa exclamación. – Que usted comprobar que estar bien. – Terminó complacida.
-<¡Y por qué tendría yo que mirar sus formularios en primer lugar!> – Se levantó las gafas para pasarse los dedos por el puente de la nariz. – Señorita Krym… ¿No cree mejor que sea el señor Taewari quien mire sus formularios? – Negó de nuevo. – ¿Puedo… preguntar el porqué?
-Tae-Taeni no ha venido aquí.
Hyuure se mantuvo en silencio. Creía que Taewari se trataría, al igual que Krym, de otro estudiante, y por ello podría ayudarla en lo que necesitase. Probablemente la muchacha no deseaba comentar aquel detalle a no ser que fuese necesario.
-Está bien. Aun quedan unos días. Tráigamelos cuando encuentre un momento.
-Gracias grandes. – Exclamó alegre.
-De nada. Es un placer.
Su conversación se detuvo ahí ya que desde la puerta del pasillo de los chicos un joven llamó su atención al salir. Sus pasos se detuvieron en la misma puerta y les dedicó una amplia sonrisa.
 -Compañeros de residencia desconocidos. En-can-ta-do. – Dijo con una exagerada reverencia. Sus uñas, unas de azul oscuro y otras de blanco, brillaron por el movimiento.
Le observó desde la cabeza a los pies, o más concretamente desde su cabello, de idénticas tonalidades que las uñas, hasta sus cuadriculadas zapatillas. Iba vestido con unos desgastados vaqueros negros y una camiseta marrón. Entonces se centró en su rostro, aparentemente en una constante mueca de placidez. Por su vestimenta se trataría a las mil maravillas con la estrambótica Shu’Len, aunque su comportamiento daba a entender que era una persona más indolente que la muchacha.
-¡Ah! ¡Yo a ti no conozco! – Exclamó la sorprendida Krym mientras él se acercaba. – Aunque eres muy festivo y colorido.
-Gracias. – Respondió divertido. – No todos los días me dice algo así una exótica mujer del Protectorado. ¿Cuál es tu nombre?
-Darla Krym es como me llamo.
-Jyogen Hetsu a su servicio. – Cogió su mano en un gentil movimiento ya la besó. Consiguiendo que la muchacha riese.
-Eso es pasado moda incluso en Protectorado.
-Los caballeros nunca pasamos de moda. – Rió.
-<Jyogen Hetsu.> – Pensó Hyuure.
                De nuevo necesitaría ver como aquel joven escribía su nombre para saber que significaba. “Jyo” podía entenderse como una persona silenciosa, que no demuestra su hacia el exterior. “Gen”, como todas sus variables, “Ken” o “Sen” siendo válidos ejemplos, era guerrero, caballero, alguien que lucha. Curiosamente, la construcción “Gen” era de las pocas que cargaba, aparte de su caballeresco significado, con el de persistente, de ideas fijas e incluso impertinente. Transformándolo en una combinación de ideogramas, Jyogen podía leerse como “Caballero silente” o de “Caballerosidad silenciosa”. Por el momento se quedaría con el significado de “impertinente”, hasta que le mostrase lo contrario.
                -Me tomas el pelo. – Hetsu sonreía. – Es mala suerte que para una mujer preciosa que encuentro ya tenga novio.
                -Eres adulador, pero lo siento. Es así. – Krym también sonreía.
                Parecía que ambos se habían tomado cualquiera que fuese su conversación como un divertido intercambio de bromas. De cualquier modo se comenzaba a observar la impertinencia de Hetsu al cortejar a una dama de una forma tan directa y sin miramiento alguno.
                -¿Y tu nombre? – Miraba a Hyure.
                -Hyuureiki Aisamu. – Le respondió con una reverencia.
                -¿Qué cuentas tú, Hyuni? – Se levantó de su reverencia con una temblorosa sonrisa.
                -¿H… Hyuni?
                Quizá podía consentir que una mujer como Eino, cuya cabeza estaba claramente hueca, le llamase Hyu, incluso Hyuni, se pasaría media vida exigiéndole que parase, pero podía consentirlo. Pero un hombre como Jyogen Hetsu, llamándole Hyuni, con esa dejadez, como si fuesen amigos desde hacía años.
                -¿A qué viene esa sonrisa? Darla ha respondido.
                Y a ella la había llamado directamente Darla, ni señorita Krym o simplemente Krym, solo por un mínimo de respeto y educación hacia una persona a la que acababa de conocer.
                -Siquiera tengo idea de que preguntas. – Hetsu se acercó a él.
                -Pregunto, Hyuni, si tú tienes novia.
                -¿C-cómo? – Se controló para no gruñir, por desgracia notaba el calor que indicaba que sus mejillas se ruborizaban.
                -O… quizá es un novio. ¿Eh Hyuni?
                -D-deja de llamarme Hyuni. – Exigió enfadado.
                -Te pones rojo por segundos. ¿He acertado en mi segunda pregunta?
Se llevó un dedo a la sien simulando que aquella absurda afirmación no solo era cierta, sino que además la había adivinado. Entonces rompió a reír a carcajadas, y lo que era peor, consiguió que Darla Krym le acompañase en su diversión. Con una profunda respiración Hyuure recuperó su controlada dignidad y simplemente les observó indiferentemente hasta que terminaron de divertirse a su costa. Hetsu movió una mano como alejando aquel tema.
-No me tomes a mal, Aisamu. – Sonrió. – Me gusta incordiar a los chicos guapos, especialmente los que se ruborizan con facilidad.
-No te tomo a- – Repentinamente el final de su frase llegó a su mente, dejándole de nuevo en blanco. – ¿Q-qué…?
-¿Qué? – Repitió jocosamente. Mientras se acercaba más a él. – ¿Pasa… algo? Te has vuelto a… sonrojar, Hyu…ni.
Habló en un profundo tono mientras su mano se aferraba a la barbilla de Hyuure. Se separó de un salto mientras le señalaba.
-¡Re-re-re-respeta el espacio personal!
-¿A qué viene ahora esa reacción? – Hetsu le miraba aburrido.
-No-no-no pu-puedes a-asaltar a la gente de esa forma.
-¿Por?
-¿Co-co-como que “por”? ¿Es que no tienes compostura alguna? ¡Qué pensarán de ti los Ancestros! ¡El Gran K-k-kenyu! ¡Kenyu! – Recalcó. No había dejado de señalarle. Su rostro aburrido se tornó burlón.
-Seguro que hasta les gusta lo que ven. – Afirmó pasándose las manos por el pelo.
-Una pregunta. – Comenzó Krym.
-Una respuesta. – Afirmó Hetsu con un alegre gesto.
 -¿Eres… como es esa palabra?
-No me gustan las etiquetas, aunque supongo que la palabra que buscas es bisexual. – Rió tranquilo mientras ella asentía. – No, no soy bisexual. Soy… un enamorado de la belleza.
-<Bonitas palabras para simplemente decir que eres un degenerado que probablemente vas tras cualquier cosa a tu alcance.> – Pensó Hyuure mientras resoplaba.
                -¿Te molesta? – Sonreía al mirar a Krym. La joven negó.
                -No es que hagas una cosa malvada.
                -¿Y a ti? Hyuni.
                -Te he pedido que desistas y no me llames más así. – Protestó con gesto enfadado.
                -¿Con respecto a lo otro?
                -No tengo que opinar. Ya opinaran tus Ancestros.
                -Bah. Esos llevan toda la vida opinando mal de mí. A mí me interesa más lo que opinas tú. – Su nariz liberó una furiosa ráfaga de aire para aun más diversión de Hetsu.
                -Opino que no quiero una nueva invasión de mi espacio personal.
                -Que opinión más ab-
                Un potente chillido inundó el rellano. Sus ojos se abrieron con sorpresa mientras miraban a las escaleras que llevaban al piso superior. El silencio posterior no resultó reconfortante en manera alguna, por lo que Hyuure se puso en movimiento. Sus piernas saltaban los escalones de dos en dos, escuchando tras él los acelerados pasos de Krym y Hetsu. Cruzaron el rellano del piso de las chicas para entrar en el pasillo. Miles de ideas horribles cruzaban su mente cuando derrapó para encararse con lo que estuviese allí.
                Su boca se abrió para liberar un confuso “¿Eh?”. Lo que había allí, obviamente se salía de cualquier pensamiento que su mente tuviese, era un gato negro con un pintoresco cascabel similar a una pajarita, el felino de juiciosa mirada que parecía perseguirle. Estaba sentado en el centro del pasillo, ante un par de puertas cerradas, sus amplios ojos parpadeando sin comprender el horror que había causado. Su simple presencia conseguía que una muchacha retrocediese. Los tres recién llegados no eran los únicos allí. Una cercana puerta mostraba la incrédula mirada de una bajita joven de cabello negro y orejas ligeramente puntiagudas. Tras ellos también escuchó los poderosos pasos de alguien que se acercaba.
                -¡¿Qué pasa?! – Preguntó la mujer recién llegada.
Había asumido que era una mujer porque provenía de la puerta que debía llevar a las duchas femeninas, aunque por su constitución era complicado determinar su género. Llevaba una toalla sobre los hombros y su cabello marrón alborotado y húmedo. Iba vestida con una simple sudadera gris, unos pantalones de deporte negros y portaba una mirada de incomprensión que se tornó en furia al observar a los dos hombres que había ante ella. Sus nudillos crujieron siniestramente.
-¿Oh? Así que tenemos pervertidos en el pasillo de mujeres.
-¿Qué? – Fue lo máximo que Hyuure pudo articular.
-No os recomiendo que corráis, solo os dolerá más.
-¡Oye, oye, oye! Acabamos de llegar ahora mismo. Aun no nos ha dado tiempo a acosar a nadie.
-Así es, nosotros no- – Hyuure se detuvo, girando su cabeza para fulminar a Hetsu. – ¿"Aun”? – Su interlocutor respondió encogiéndose de hombros mientras sonreía. – ¡HETSU, ese “aun” sobra!
Los preocupantemente cercanos pasos le devolvieron a la terrorífica visión de aquella musculosa joven acercándose a ellos. Su rostro era una máscara de ira. Hyuure utilizó todo su aplomo.
-Oiga… ¿Señorita? Solo hemos subido al escuchar un grito.
-¿A qué se debe tu duda a la hora de decir “señorita”?
-¿Eh…? No… a nada en particular.
-¿O quizá a que posees más músculos que Hyuni y yo juntos?
-Ah… ¿Sí? – Sus manos se convirtieron en temblorosos puños. Hyuure se pasó la mano por el rostro.
-Acepto que quieras morir, pero ¿Por qué me metes a mí por medio?
-Moriremos juntos, Hyuni. Así pasaremos la eternidad en pareja. – Le abrazó, consiguiendo que Hyuure le apartase rápidamente con amplios aspavientos.
-¡Te he dicho que respetes mi espacio personal!
-Esto… – Miraron a Darla. La muchacha sonreía. – Creo que… ella está mal.
-¿Ella? – Preguntó la joven musculosa.
-Ee. – Ahora hablaba la menuda chica ante su puerta. Pese a su inexpresivo rostro parecía entretenida por todas las ocurrencias que trascurrían a su alrededor. – Creo que debe haberle dado un derrame cerebral.
-Shu’Len. – La musculosa joven apartó a Hyuure sin miramiento alguno. – ¿Qué ocurre? ¿Has gritado?
                La aludida se estremeció al oír su nombre volviendo la cabeza lentamente para mirarles. Shu’Len, la misma persona que había abierto la puerta el día anterior con aquella prepotente actitud, se encontraba ahora paralizada en el pasillo por la presencia de un pequeño animal. Con la misma velocidad que un relámpago se colocó tras la musculosa muchacha.
                -Quítalo de ahí. – Ordenó. Solo sacaba su mano para señalar al animal.
                -¿Ese gato?
                -¿A qué esperas? ¡Solo quítalo de ahí! ¡Échalo fuera, lejos de mí!
                -Es un gato…
                -¡Date prisa y quítalo de en medio!
                La musculosa joven respondió poniéndose de cuclillas y entonando un aburrido siseo pensado para asustar al animal. Este respondió lamiéndose una pata.
                -No quiere irse. – Afirmó tras su intento.
                -¡PERO SI NO HAS HECHO UNA MIERDA! ¡QUITALO DE A-! – El gato avanzó hacia ellos y Shu’Len retrocedió. Volvió a sentarse. - ¡N-no sé cómo ha entrado aquí ese gato, pero si es vuestro os daré una patada tan fuerte en la boca que escupiréis dientes!
                -¿A qué coño viene tanto grito? – Entonó otra voz masculina que entraba por el pasillo. Pertenecía a un corpulento joven de bruta apariencia. No venía solo, le acompañaban Eino, Souten y Negiru.
                -Shu’Len está luchando contra su némesis y va perdiendo. – Afirmó la menuda muchacha.
-¿Némesis? – Preguntó Eino. Se percató del animal que les miraba. – ¡Ah, un gato! Aunque… me suena de haberlo visto antes.
-Es que lo has visto antes. – Respondió Souten.
                -¡Dejad de discutir gilipolleces y llevaros a ese puto gato de ahí! ¡YA!
                -No grites más. – Ordenó el corpulento con una mirada de cansado enfado. – Odio que las mujeres gritéis. Salvo en la cama.
                -Qué comentario tan vulgar. – Nuevamente, Hetsu consiguió que Hyuure se pasase la mano por el rostro.
                -¿De quién es este gato? ¿Cómo anda por aquí suelto? – Inquirió la musculosa joven.
                -Debe ser la mascota de la señorita Vontirel. Si no recuerdo mal, y yo nunca recuerdo mal, se trataba de un gato. – Afirmó la menuda muchacha. Souten asintió.
                -Sí, es el gato de la señorita Vontirel.
                -Como yo decía.
                -¿Y lo deja suelto de este modo?
                -Me preguntas como si supiese o tuviese que saber. Solo te he dado la poca información que poseo. De nada. – Terminó con inexpresiva arrogancia. El corpulento liberó un gruñido de protesta.
                -Dadle una puta patada y que vuele por la ventana.
                -Que cruel. – Negiru evitó la mirada del corpulento, consiguiendo que este sonriese.
                -Como no, babon'giggasse aun sigue con su cerebro conectado con su trasero. Es solo un gato, simplemente hay que cogerlo.
                Con firme determinación avanzó hacia el animal, quien simplemente esperaba en el pasillo, observando a todas aquellas personas que le estudiaban. Cuando la menuda muchacha se encontraba a escasa distancia de él, el animal levantó una zarpa, consiguiendo que una diminuta criatura de ocho patas cayese al suelo. Por su forma y postura debía estar muerta.
                Durante los segundos en los cuales la menuda muchacha se mantuvo inmóvil, Hyuure juró que su rostro había alternado el azul y el blanco. Repentinamente se levantó de un modo mecánico y volvió sobre sus pasos. La puerta de su habitación se cerró con ella dentro.
                -¿Se puede preguntar qué haces? – La musculosa joven se cruzó de brazos.
                -He recordado una cosa importante que he dejado sin hacer. – Su voz se escuchaba amortiguada, aunque por el sonido, bien parecía que estaba tapando cualquier rendija de su puerta.
                -Es solo una araña.
                -No sé de que hablas. Yo no he visto ninguna araña. – El corpulento joven rompió a reír en estruendosas carcajadas.
                -¡Venga! Esto es patético. Una meona asustada de los gatos y otra meona asustada de las arañas. – Desapareció por la puerta del pasillo, sus risas aun resonando.
                Con un suspiro la musculosa muchacha avanzó hasta el animal, cogiéndolo con una sola mano y levantándolo ante su rostro. La alegre criatura maulló y le golpeó suavemente con una zarpa en la cara.

[12:32]
                La extrañeza de Aidee y Moyra al llegar a los jardines alrededor de su residencia no se disipó pese la mirada cómplice entre ellas. Ante la residencia se había detenido un joven que observaba las ventanas de los pisos superiores. Llevaba ambas manos escondidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero negro. Con un suave movimiento de cabeza apartó un mechón de cabello color avellana que había caído sobre su rostro por la brisa y prosiguió observando el edificio. Junto a la estilizada figura había una maleta oscura y una bolsa de viaje.
                -¿Podemos ayudarte? – Preguntó Aidee.
                Se volvió a ellas, su rostro, estilizado como su cuerpo, las miraba con frialdad y arrogancia, parecía ofendido por la interrupción de un su entretenimiento, fuera cual fuese. Sus ojos de centelleante gris se entrecerraron mientras las estudiaba.
                -¿Quiénes sois para hacer esa pregunta? – Hasta su voz resultaba prepotente.
                -Eso lo tendríamos que decir nosotras, ¿No te parece? – El joven no ocultó una seca risita. – Vivimos en esta residencia, la que estás mirando embobado.
                -¿Embobado? – Bufó entre dientes. – Me he detenido con mera expectativa.
                -¿Qué expectativa?
                -Saber si habría un segundo grito. – Aidee se sobresaltó.
                -¿De qué hablas?
                -He escuchado un grito. – Sacó su mano de la chaqueta para consultar su reloj. – Hará unos cinco minutos. Simplemente esperaba pacientemente por si ocurría un segundo.
                -¿Te estás burlando de nosotras? ¿Va en serio? – Inquirió con insistencia mientras se acercaba a él.
                -Haz el favor de mantener una correcta distancia. – Exigió fríamente. – ¿Por qué debería inventar que he escuchado un grito? Crear falsedades es tarea del último escalón de la sociedad, no mía. Ahora, volviendo al principio, ¿Quién-?
                Liberó una entrecortada exclamación al verse obligado a apartarse aceleradamente para que Aidee corriese hacia la puerta de la residencia. Sin duda estaría maldiciéndola a sus espaldas, pero en aquel momento era la última de sus preocupaciones. Con celeridad introdujo sus llaves en la cerradura y avanzó al interior. Sus ojos se movían en todas las direcciones buscando a alguno de los residentes, pero la primera planta estaba vacía. Tuvo que llegar a la segunda para encontrarse de frente con la última persona que necesitaba ver.
                -¡Kiraibeki! – Gritó entre amplias respiraciones. El aludido la miraba intrigado. –  ¿Qué ha pasado?
                -¿De qué hablas?
                -¡No me digas que “de qué hablo”! ¡Se ha oído un grito!
                Para incomprensión de Aidee, Kiraibeki rompió a reír con sus estruendosas carcajadas. La muchacha se apoyó en la baranda de la escalera mientras que esperaba a que tuviese a bien dejar de reírse, algo que debía ir para rato ya que se sujetaba los costados mientras se inflaba y desinflaba como un globo. Estaba tentada a clavarle su zapato en la entrepierna, así seguramente pararía. Tras ella resonaban los tacones de Moyra. A los pocos segundos estaba junto a ella.
                -¿Se sabe qué ocurre?
                -Hasta que Kiraibeki no deje de reír, no.
                -¿Estamos en posesión de tiempo para dejar que termine de reír? – Con tranquilidad la mujer se volvió a él. – Kiraibeki.
                -¿Qué quieres? – Aun reía entre dientes.
                El sonido del abanico de Moyra al rasgar el aire y abofetearle resonó en todo el rellano. Aidee trató de mantenerse inexpresiva, ahora era ella quien quería reír. Creando un agradable silencio, su compañera volvió a su lado.
                -Ahora responde.
                -Has cometido un error muy feo. – Amenazó con su mano en la mejilla.
                -Lo dudo horrores. Responde. – Exigió.
                -No es necesario. Aunque se agradezca la bofetada. – Dijo Yuna Haejin.
Volvieron la vista a las escaleras. La corpulenta muchacha descendía seguida de una comitiva de residentes que incluían a Aisamu, Krym, Hetsu, Eino, Negiru y Souten. Cogido con una mano llevaba un alegre gato negro que colocó ante Moyra.
-Tu gato. – Lo dejó caer en manos de su dueña.
-¿Qué ha pasado? – Insistió Aidee. – Se ha escuchado un grito…
-Shu’Len.
-¿Qué pasa con ella?
-Le dan miedito los gatos. – Kiraibei rió de nuevo. – Y es aun mejor, a la enana le dan miedo las arañas. – Sus carcajadas recuperaron su estruendo peculiar. Aidee suspiró.
-No me digáis que esa es la razón por la cual… – Los residentes asintieron. – Al menos no es nada grave.
-Ten cuidado con tu mascota. – Ordenó Haejin al volver sobre sus pasos.
-Y a partir de ahora también conmigo.
Moyra le dedicó a Kiraibeki una mirada de condescendencia. Sonriendo arrogantemente continuó con su camino hacia el pasillo de los chicos. Aidee tomó aire.
-Seguid con vuestras cosas. – Pidió cansada. – E intentad no darme estos sustos.
Los residentes se movieron a su alrededor, subiendo, bajando escaleras y desapareciendo por los pasillos. Liam Negiru caminó junto a ella con la preocupación grabada en su rostro, evitaba que sus miradas se encontrasen.
-He… pasado por la habitación de Dageste. Pese a que he tocado nadie me ha respondido. Y Szure… no le he visto en todo el día, ni a él ni a Tanra. – Finalmente la miró con sus intranquilos ojos.
-No te preocupes. Intentaré hablar con ellos.
-Muchas gracias.
Trazó una suave reverencia antes de seguir caminando hacia el piso superior, siguiendo a Eino y Souten. Aidee se pasó la mano por el pelo y estiró los brazos para alejar su cansancio.
-Aideelyn. – Moyra se mantenía firme y serena.
-¿Qué? ¿Más problemas que veas venir? – La mujer negó.
-El joven se ha quedado en la puerta.
-¿Qué jov-?
Repentinamente recordó al arrogante muchacho con el que se habían topado. Iba cargado con su equipaje y se había detenido en la puerta de la residencia. La conclusión era obvia. Movió su cuello en círculos para prepararse, por alguna razón tenía claro que aquella llegada iba a agotar todas sus energías.
                Bajó nuevamente por las escaleras. En la puerta de la residencia esperaba aquel joven, sus brazos cruzados y una ceja levantada en su altivo rostro, con una mueca mezcla de incredulidad y orgullo ofendido por haber sido obligado a esperar. Avanzó hacia él con la asunción de que tendría que soportar sus crudas palabras por su blasfema descortesía, un atentado contra su persona.
                -Bienvenido a Nuevo Jardín. – Saludó amablemente. El joven parpadeó un par de veces antes de resoplar.
                -Después de tu numerito de antes me he cansado de ver tu rostro, así que puedes desaparecer. Ya le he dicho a la mujer del vestido que traiga a la persona al cargo para que me atienda. No necesito tu ayuda.
                Aidee aguantó aquel pequeño discurso con una imperturbable sonrisa. Estaba cargado de más arrogancia y soberbia de la que normalmente aguantaba, y eso que ella vivía con Uriel Aidara, quien liberaba arrogancia, soberbia y otras muchas “cualidades” como un ambientador veinticuatro horas. Por no aguantar otro rostro de frialdad, su mente buscaba la mejor forma de decirle que la persona al cargo era ella sin que resultase otra ofensa a su hinchado honor.
                -¿Se puede saber a qué esperas? ¿Deseas una limosna o algo así? Te he ordenado que desaparezcas de mi presencia. – Aidee no tuvo más remedio que cerrar los ojos y usar toda su fuerza de voluntad.
                -Mi nombre es Aidee Hyome… soy la persona al cargo de Nuevo Jardín.
                En la helada calma de la entrada a la residencia Nuevo Jardín no reinaba la paz, sino una la ominosa sensación de que iba a comenzar una violenta tormenta de rayos que se uniría a un tornado, dos terremotos y un volcán en erupción. Su interlocutor no dejaba de mirarla de la cabeza a los pies, estudiando cada detalle meticulosamente.
                -Probablemente sea una divertida broma en tu… círculo de amistades, a mi no me resulta entretenida en forma alguna. Así que si has terminado de representar esta ridícula farsa. – Movió su mano con un firme vaivén. Aidee suspiró.
                -¿Podrías darme tus papeles del cambio de residencia?
                -¡¿Hablas en serio?! – Exclamó horrorizado. – Tú… ¡¿Tú eres quien controla esta residencia?! ¡¿Una mujer?!
                -¿Tu problema es que sea una mujer? Casi tendría que sentirme aliviada, a lo mejor te resultaba demasiado campesina para dar órdenes. – Le mostró su mano. – El papel.
                -Ahora comprendo la desidia que reina en este lugar. – Comentó pensativo. – Es normal si se deja que gobiernen las mujeres donde deberían reinar los hombres. Muchas están cualificadas, otras sin embargo… – Su arrogante mirada se clavó en Aidee como dos puñales. – Supongo que no me queda remedio alguno.
Buscó en su bolsa de viaje con resignación mientras Aidee le fulminaba en silencio. Cuando levantó la cabeza tenía una agradable sonrisa lista para él. Le arrebató el papel con un rápido manotazo pero sin dejar de sonreír. Al contrario que todos los demás formularios que habían llegado a sus manos, aquel fue estudiado con la máxima meticulosidad, buscando encontrar cualquier fallo o error que le permitiese proyectar una aun más marcada sonrisa mientras le pedía amablemente que sacase su imperial culo de su residencia. Desgraciadamente, todo estaba en orden.
-Anri Kyuno. – Leyó en voz alta.
-Así que sabes leer. – Afirmó con arrogancia. – No repitas demasiado mi nombre. No quiero que se vuelva algo vulgar. – Aidee volvió a fulminarle.
-Ahora que ha quedado claro que soy la persona al cargo no te convendría, no sé, ¿Llevarte bien conmigo? – Tras unos segundos de silencio Anri Kyuno no escondió una carcajada.
-Viviré aquí, por ahora. O para siempre si es lo que quiero. – Se encogió de hombros. – Pero eso no quiere decir que tenga que llevarme bien con nadie. Como no tienes idea de quién soy te ahorraré a vergüenza. Limítate a apuntarte en una mano que no me gusta hablar con mis inferiores.
-Tú tampoco sabes quién soy yo. – Aidee se esforzaba por sonreír.
-No creo que deba importarme. Muéstrame mi habitación. – Exigió al coger su maleta en una mano y la bolsa de viaje en la otra.
-¿Desea el señor que también le lleve el equipaje?
-No dejo mi equipaje en manos inexpertas.
-Sígame entonces.
Pese a todos sus esfuerzos, su última frase tuvo que sonar forzada y violenta. Su interlocutor respondió con una desdeñosa exhalación. Aidee caminó hacia las escaleras tratando de no convertir sus pasos en violentos zapatazos y canalizó su ira en forma de una preciosa imagen mental en la cual se volvía en el último escalón de las escaleras para, con la elegancia de una bailarina, empujar a Anri Kyuno por las escaleras. Su viva imaginación se lo mostró golpeándose escalón tras escalón mientras repetía “No sabes quién soy” como si de un muñeco de acción se tratase. La verdad es que podría haberse quedado en el Cruce de Caminos y sufrir allí en silencio. Su formulario de cambio de residencia hablaba de error en la base de datos, indicando que Anri Kyuno no tendría que haber pisado aquel lugar. Desafortunadamente lo había pisado y por ello se encontraba en Nuevo Jardín. Aidee estaba tan emocionada de tener a alguien de su estatus social allí que nuevamente se lo imaginó volando por las escaleras, aquella vez se las ingeniaba para rebotar en la entrada y empalarse a sí mismo con las cristaleras.
Antes de darse cuenta se encontraba ante una habitación vacía en el pasillo de los chicos. La única habitación vacía, la última habitación vacía. Cuando Kyuno cogiese sus llaves tocaría organizar una reunión con todos los residentes. Le entregó su llave.
-Mañana hay una reunión preparada, a las siete de la tarde, es para que todos los residentes nos organicemos. – Su interlocutor cogió la llave con un gesto suspicaz.
-¿Es necesario acudir? Mi tiempo es valioso. Que venga luego alguien a relatarme lo que ha ocurrido. No muy tarde, no me gusta que me interrumpan cuando leo.
-No va a haber problema. – Aidee sonreía.
-Perfecto. – Abrió la puerta de su habitación y entró.
-Te espero allí a las siete. Yo me lo pensaría dos veces antes de faltar. – Cuando el joven se volvió a mirarla desde el interior ella le respondió con un dulce guiño. – Es una advertencia cariñosa. Ahora desaparece de mi vista porque me he cansado de ver tu cara.
Con danzarina elegancia cogió el tirador y cerró la puerta energéticamente, consiguiendo un pequeño portazo. El rostro en el interior, confuso, sorprendido y colmado de ira, tuvo, por la magnánima gracia de Aidee, una última visión de su belleza en forma de la hermosa cortina que su cabello creó al girarse para recorrer el pasillo. Aquel joven no sabía lo afortunado que era de no haber recibido una bofetada, física, en su mente ya había recibido más de una.
Los pasos de Aidee se detuvieron ante una puerta cerrada. La miró en silencio mientras se preguntaba si debía tocar. Liam Negiru había dicho que Edín Dageste no respondía a sus llamadas cuando intentó hablar con él. Su nudillo osciló sobre la puerta, pero al final se apartó mientras negaba.
-<Mañana cuando le avise para la reunión hablaré con él.>

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