[17:25]
Airu Kressligh emergió de su
habitación. El pasillo estaba gratamente vacío, aunque allí se escuchaban aun
más las voces. Probablemente los atrofiados pabellones auditivos de un humano
no lo encontraban frustrante, pero tener al lado a sus nuevas compañeras de
residencia debía ser considerado una innovadora forma de tortura. Aquella voz
subía y bajaba, repentinamente chillaba alguna afirmación aleatoria o reía
estruendosamente. A su lado, la porcina risa de Maino Szure le parecía perfecta
como música en su despertador. Por desgracia parecía que estaban tomando la
costumbre de reunirse en una de las cercanas habitaciones. En aquel momento, y
pese a encontrarse frente a la habitación de Airu, escuchaba aquella voz como
si taladrase pared con pared. Tras media hora sin descanso se había vuelto
insoportable. En aquel momento, inmóvil en el pasillo, podía imaginarlas,
calculaba que eran tres personas, una de ellas Negiru, en el interior de la
habitación, riendo, divirtiéndose. Entonces la ventana se cerraba y comenzaban
a asfixiarse. La nueva risotada dejó claro que eso, desgraciadamente, no
ocurría más allá de su mente.
Como siempre decía Rovole
Endyon, su detective de ficción favorito, tenía que “poner sus neuronas en
funcionamiento” y buscar prados más verdes en los cuales asentarse hasta que la
amigable reunión concluyese.
Una grata idea llegó a su mente,
obra y gracia de sus neuronas en funcionamiento. Airu sonrió con satisfacción.
El salón estaría vacío en aquel momento. El bruto de Kiraibeki llegaba más
tarde para ver sus estúpidos programas, arrastrando con él a Szure y Tanra.
Mientras, todo estaría despejado y tendría horas de descanso ininterrumpido
antes de que alguien apareciese para molestar. Era un plan perfecto.
Escapando de las histéricas y
alocadas risas, probablemente el cerebro de su portador se estaba cociendo en
su propia ignorancia, dando lugar a la euforia previa a un caso grave de
demencia, fue hacia el rellano y descendió al piso de los chicos. De nuevo,
todo estaba gratamente vacío de cualquiera que pudiera desear alguna forma de
interacción social, por lo que sus pasos la dejaron ante el pasillo que llevaba
hacia la entrada principal de la residencia. Sus ojos se centraron en la puerta
del salón. Si recordaba bien, y ella siempre recordaba bien, existían en esa
habitación estanterías cuyos contenidos no había explorado a fondo. Cabía la
posibilidad de encontrar algún libro interesante en su interior. Ya tenía pues
un entretenimiento para descansar hasta que la amigable reunión concluyese,
rebuscar en aquellas estanterías para encontrar algo interesante que leer y
sentarse plácidamente a leerlo.
La estancia seguía tal y como la
recordaba. El primer día se había acomodado en uno de los sofás para explicarle
al Prefecto de la residencia lo que sabía del incidente del Cruce de Caminos.
Su imagen le vino fugazmente a la memoria. Por un momento se preguntó dónde
estaría, ya que hacía al menos un día que no le había visto. Por muy grande que
aquel edificio fuese, nadie podía esconderse eternamente. Sus pensamientos se
detuvieron al fijarse en una de las estanterías que pensaba explorar. Allí
había una corpulenta figura observando los libros. No cabía duda alguna de que
era un dozmor, y no era el primero que veía. En Bahía Tyrene no eran lo más
común, pero los había trabajando, principalmente en el puerto. Le gustaban los
dozmor. Eran seres de vida sencilla, principios honrados y con un gran sentido
del honor. Siempre se le había dicho eso y hasta la fecha ni uno solo de los
seres de aquella raza que se habían cruzado en su camino incumplían esa imagen.
Por ello los respetaba y consideraba dignos de conversación, al contrario que
los humanos, quienes siempre estaban parloteando pero al final el día se
traicionaban a la primera de cambio.
El dozmor que estaba ante ella
no era tan corpulento como muchos de los que conocía, ni tenía unos cuernos tan
marcados o unos brazos tan inmensos. Igualmente triplicaría la altura de Airu
sin dudarlo un solo segundo. Estaba vestido con remendada tela vaquera que le
daba un desafortunado aire de miseria, aunque solo sería la consecuencia de su
tamaño y la incapacidad de encontrar ropa que lo pudiesen tapar en su
totalidad. Levantó un ceniciento brazo, tatuado con lo que a priori parecía un
abstracto dibujo negro, pero claramente eran algún tipo de símbolos, y sus
dedos se movieron por las cubiertas de los libros. Airu se acercó
tranquilamente a él.
-Daarlam. – Saludó en su lengua.
El dozmor se volvió intrigado,
estudiando la saar que había ante él. Era una de las cosas que le gustaba de
aquella raza. No la miraba juzgándola por su altura o vestimenta, la miraba con
tranquilidad aunque intrigado por su inteligencia. Airu observó la formación
ósea que tapaba parte de su rostro y formaba sus cuernos, no era tan basta como
la de muchos dozmor con los que se había topado.
-Daarlam. – Respondió él con una profunda voz gutural.
-Ilith Airu naarmen. – Dijo recordando lo poco que sabía de lengua
dozrita.
-Ileth Evaaran naarmen.
El
dozmor llamado Evaaran la miraba a través de sus hipnóticos ojos, casi dos
estrellas plateadas, con interés y asombro ante su sabiduría.
-Ilith krurth. – Dijo ella para dar a entender que le agradaba
conocerle.
El
dozmor llamado Evaaran inclinó la cabeza en deferencia a su actitud. Ella imitó
su elegante gesto. Su gigantesca figura se volvió a la estantería para seguir
estudiando los libros. Tras estudiarle durante unos segundos más, Airu también
se encaró con una de las estanterías, comenzando a estudiar sus contenidos.
[18:10]
-¡Has traído un montón de fotos!
Niko
sacaba y contemplaba entretenida las fotos de la caja que Liam le había dado.
Luego se las pasaba a la muchacha quien las adhería a la pared con una masilla
pegajosa, creando un mosaico encima del cabecero de su cama.
-Simplemente
no podía dejarlas en casa. Mira, tengo una de la escuela media. – Comentó
buscando por la caja. – ¡Aquí está!
Era
una fotografía en la cual un grupo de chicos y chicas vestidos con un uniforme
marrón posaban en ordenadas filas. Aunque Niko sonreía por el recuerdo la
volvió a esconder entre las demás fotos. Sin percatarse Liam cogió la primera
foto del montón y la colocó cerca de algunas otras en las que salía con su
familia. Estaba adecentando su habitación con todo tipo de adornos, recuerdos y
pequeños detalles. Mie miraba una foto que había sobre una mesita, era Liam con
sus dos hermanos, un joven mayor y una niña pequeña.
-Qué
envidia. – Suspiró. Liam la observaba sin entender. – Me gustaría que mi
habitación estuviese así de hogareña. Aun tengo que pasar por algunas tiendas
para comprar cosas…
-Bueno…
yo ya lo traía todo preparado. – Rió. – Así que contaba con algo de ventaja. No
es mi primera vez viviendo fuera de casa, pero ya he aprendido que lo mejor es
ir acompañada por una caja de recuerdos. – Liam tomó aire. – Así que para no
sentir añoranza espero dejar todo esto lo más parecido a mi habitación. –
Después de considerar que su mosaico de fotos estaba completo se dejó caer en
la cama, sentándose junto a Niko con una gran sonrisa. – No es que tenga queja,
en realidad esta habitación es fabulosa. Solo le falta una ducha, cosa que no
entiendo ya que el aseo tiene un plato de ducha, pero sin grifería.
-La
encargada Aidee dijo que la residencia había estado en obras. – Explicó Niko. –
Puede que aun les quede por arreglar…
-No
pasa nada, al menos tenemos duchas solo para las chicas. Y la habitación me
está gustando, me siento casi como en casa. Pronto se me pasarán las ganas de
volver.
-Espero
que lo que ha pasado en el Cruce de Caminos no haya sido para peor… – Mie la
miraba afligida. La aludida respondió moviendo la mano para quitarle
importancia.
-No
os he preguntado pero… – Liam observó dubitativa a sus dos compañeras. – ¿La…
la conocíais?
-No.
– Mie negó al ritmo de la respuesta de Niko. – Hablamos con ella un par de
veces, cuando llegamos y eso…
-Estaba
actuando como la Encargada en funciones. El joven que tenía ese cargo estaba
enfermo creo recordar.
-Nos
saludó, no indicó donde estaban las habitaciones y nos pidió perdón por la
desorganización de la residencia. – Explicó Niko rápidamente. – Aunque no
entiendo por qué… el Cruce no estaba tan mal…
-Bueno,
dejémoslo ahí. – Mie le dedicó una mirada incrédula a su amiga.
-¿Por
qué? – Su amiga la observaba sin entender.
-No
habéis cambiado en nada. – Liam reía plácidamente.
-¿Qué
quieres decir? – Preguntó Niko mirándola a ella.
-Que
sois tal cual os recordaba de la escuela media. – Comenzó sonriente. – En realidad
os vi en la escalera pensé que no os acordaríais de mi, con todos los años que
han pasado, pero decidí probar suerte. Me alegraba muchísimo encontrar caras
conocidas.
-¿Pensabas
que no nos acordaríamos? – Liam negó.
-Son
casi tres años, ¿No? – Comentó pensativa. – Además dejé de ver a todos.
-¿Por
el equipo de natación? – Preguntó Mie.
-Sí.
Después de los resultados de la escuela media mis padres me mandaron al
instituto deportivo Natseruki Ge-Jo.
-¿Natseruki
Ge-Jo? Es un instituto prestigioso de la capital imperial… – El añadido de Mie
iba para Niko, quien mostraba su ya conocido rostro de incomprensión.
-Lo
sé… y se lo agradezco… Pero me separaron de mis amigos. Fue muy… solitario. –
Explicó afligida. – Aparte Ge-Jo es un lugar muy… competitivo. Allí no podías
hacer amigos ni llevarte bien con nadie, te entrenaban para ser rival de todo
el mundo. – Liam hizo desaparecer su rostro triste, sustituyéndolo por una
sonrisa. – Pero ya da igual, ahora estoy aquí y estamos otra vez juntas. – La
muchacha dejó una tranquila pausa. – ¿Sabéis? No he podido poner un pie en
Keisobe. ¿Sigue todo en pie?
-El
máximo cambio es que han asfaltado las calles.
-¿En
condiciones? – Preguntó divertida.
-No,
por desgracia no.
-¡Si
vas en bicicleta sigues botando como una pelota! – Afirmó Niko alegremente.
Liam sonreía.
-Entonces
los señores mayores estarán entretenidos veinticuatro horas y seguro que el
viejo señor Oka se ha vuelto hasta simpático.
-Únicamente
cuando quien va en bicicleta es la hija de los señores Shije. – Añadió Mie.
Liam ya definitivamente comenzó a reír. – Por cierto… no deberíamos comentar en
voz alta lo de Keisobe.
-Lo
sé, he tenido que aprenderlo de malas maneras. Me han mirado mal más de una y
más de de dos veces por ser de la “tierra subdesarrollada”. – Explicó
recostándose ligeramente y con un punzante tono de resentimiento.
-La
gente es muy rara. No quieren al Protectorado, pero te miran mal si vives como
nuestros ancestros. – Añadió Niko, se creó un suave silencio entre ellas.
-Se
os ve muy tranquilas. ¿Vosotras no sentís añoranza? – Preguntó al poco rato.
Los amplios y negativos movimientos de cabeza de Niko la inquietaron al
levantarse. – ¿Nada…?
-Bueno…
no es la primera vez que vivimos en Yakeru. – Explicó Mie. – Tuvimos que venir
para el instituto superior.
-Cierto.
No había caído.
-Y
luego vinimos para las preparatorias de las carreras.
-¿Preparatorias
de las carreras? – La joven observaba asombrada. Repentinamente recordó. –
Medicina. – Señaló a Mie. – Y tú seguirás con los exámenes del conservatorio
¿No?
-¡Qué
va! – Respondió Niko. – Ya los pasé hace medio año. Bueno… solo el intermedio
de violín. Aun tengo que registrar el intermedio de piano… pero no tendré
problema.
-No
has mencionado el examen de sitar Oo-sugi. ¿No? – Niko le dedicó a su amiga una
mirada punzante y cargada de odio.
-Antes
me corto los dedos de las manos que pasarme el resto de la vida tocando un
Oo-sugi para ancianos amantes de los "viejos tiempos". – Rugió
mirando como Mie se encogía de hombros.
-Veo
que sigues dando tanto miedo como en las clases de música de la escuela. –
Comentó Liam. – ¿Y eso es lo que vais a estudiar en la universidad? ¿Medicina y
música?
-No.
¡Yo voy a estudiar interpretación y arte dramático!
-¿Y
ese cambio? ¿Es igual que el del pelo? – Liam reía dulcemente.
-Es
hora de hacer algo más que el conservatorio. Creo que quince años de música son
suficientes ¿No?
-Bueno…
yo llevo más o menos los mismos en el equipo de natación y voy a continuar con
lo mismo.
-¿Estás
ya en el equipo? – Preguntó Mie.
-Así
es. Me presenté a las pruebas a finales del año pasado. Pasé sin problema,
aunque no me extraña, la mayor parte de la gente de la universidad viene de
equipos normales, no de Ge-Jo. Afortunados ellos. Tuvo hasta gracia, recién
salida de Fouhe-Ji me hacen volver para los campeonatos de presentación.
-¿Campeonatos
de presentación? – Preguntó Niko, Liam asintió.
-Cuando
encuentran nuevas promesas del deporte las llevan junto a otros “ilustres”
miembros del equipo a Fouhe-Ji para que participen en torneos de demostración.
De hecho, gracias a eso los equipos deportivos empezamos la universidad más
tarde, ya que aun hay gente allí.
-¿Nuevas
promesas? – Repitió su amiga.
-Ni
lo menciones Niko, yo no me considero una "nueva promesa" parece que he
aparecido para salvar a la humanidad con mis habilidades de natación. ¡Observa
mi estilo mariposa de la salvación definitiva! – Las tres chicas rieron. –
Aunque antes de que empiece la universidad, el equipo de natación también tiene
un torneo.
-¿Es
que los equipos deportivos no descansan? – Niko suspiraba hastiada.
-Ya
descansas tú por ellos, no te preocupes. – Respondió Mie.
-¡Qué
alivio! ¡OYE! – Dijo a los pocos segundos. Liam volvía a reír.
-Es
un pequeño torneo preparatorio para los entrenamientos. Cosas del equipo. –
Explicó la muchacha. – En realidad no me preocupo demasiado por ello. – Mie
analizó aquella información.
-Porque
no tendrás problema ¿Verdad?
-No
quiero resultar arrogante, pero sí, no creo que tenga problema. – Liam reía de
nuevo, su alegría inundando la habitación.
Cuando cerró la caja de fotos,
dando por finalizados los arreglos de su habitación, el infinito estómago de
Niko comenzó a resonar. Mie supuso que era hora de una merienda y decidieron
bajar a la cocina. Nada más llegar al rellano de los chicos comenzaron a
escuchar enormes risotadas que provenían del pasillo y que hicieron que las
tres muchachas se quedaran unos segundos mirando al vacio.
-Y
luego te atreves a decirme que yo me rio muy alto. – Le increpó Niko a su
amiga.
-Y
te ríes muy alto. – Mie suspiraba.
-¡Eso
no es verdad! – Liam reía por la cómica respuesta.
-¿Quien
se ríe es una persona? Parece un cerdito alegre.
-Prefiero
no saberlo. – Suspiró Mie.
Siguieron
descendiendo para alcanzar el pasillo de entrada, tras ellas aun resonaban las
porcinas risas. Mie y Liam entraron en la cocina, percatándose en aquel momento
de que Niko no las seguía, se había detenido en la puerta mirando hacia el
pasillo. Se acercaron para comprobar que espiaba a través de la puerta del
salón. En el interior había una figura que, sentada sola, leía en silencio. Una
muchacha extranjera de orejas puntiagudas. Mie carraspeó firmemente.
-No
hagas lo que estas pensando. – Niko asintió al mismo tiempo que avanzaba hacia
el salón. Su amiga la detuvo a centímetros de la puerta. – ¿Qué haces?
-¿Socializar?
– Respondió como si fuera evidente. Su amiga negó con la cabeza.
-Sabes
a lo que me refiero. Me lo prometiste…
-¿Te
lo prometió? – Preguntó Liam.
-Le
prometí que no estaría en el centro de la sociedad de la residencia, no que no
fuese a hablar con nadie. – Mie abrió la boca de par en par.
-Que
bien te acuerdas de lo que quieres cuando quieres…
Sin
mediar más palabra y asumiendo el beneplácito de su amiga se dirigió al
interior del salón caminando alegremente.
-¿Y
a que se debe…? – Comenzó Liam. Su acompañante suspiró al seguir a Niko.
-Siempre
hace lo mismo, yo solo quiero una estancia universitaria normal, no estar en el
centro de todo lo que ocurra.
-Bueno,
por saludar a esa chica tampoco va a pasar nada. ¿No?
Se
detuvieron confusas al comprobar que Niko había dejado de moverse. Resultaba
que la solitaria muchacha del salón no era tan solitaria como en un primer momento
parecía mostrar, ya que estaba acompañada por un alumno al que no habían visto
hasta ese momento. Era un joven muy alto, muy corpulento y para nada humano. Su
rostro estaba cubierto por lo que parecía hueso que sobresalía por encima de su
piel color ceniza. Iba cubierto con amplia ropa de remendada tela vaquera que parecía
adaptada para ajustarse a sus dimensiones, incluso a la extraña forma que
adoptaban sus piernas. Las tres muchachas le observaron mientras pasaba una
afilada uña por los libros de las estanterías.
-Un… ¿Estudiante? – Preguntó Liam
sin salir de su asombro. – No le había visto hasta ahora.
-Parece… un estudiante. Aunque…
no es demasiado humano…
-Pero es muy exótico y
atractivo. – Respondió Niko con entusiasmo.
Sus
dos amigas se mantuvieron en silencio hasta mirarse entre ellas y encogerse de
hombros. Nuevamente, Niko avanzó sin temor alguno hacia los sofás.
-Hola
– Dijo con dulzura al sentarse.
El
ser que estudiaba las estanterías se volvió para mirarlas, respondiendo con un
educado asentimiento. Por su parte la joven de las orejas puntiagudas levantó
la cabeza del libro. Estaba sentada con las piernas recogidas encima del sofá.
Ataviada con una camisa de seda negra cuyos bordes recordaban a una estilizada
telaraña y unos pantalones azul oscuro. Su lacio pelo negro caía sobre su cara
tapándole la mitad de sus pequeñas gafas de cristales cuadrados, dirigió su
inexpresiva mirada a la recién llegada por encima estas.
-Muy
buen día. – Respondió tranquila.
-¿Estáis
aquí solos? – Preguntó Niko.
Su
alegre amiga se acomodó junto a su interlocutora en el sofá, su repentino
movimiento molestado a la muchacha de las orejas puntiagudas. Liam se acomodó
junto a ella mientras Mie, suspirando, se sentaba en el cercano sofá.
-¡Pobre
criatura! – Comenzó la joven de las orejas puntiagudas. – Eres un triste ser
que ha perdido el regalo de la visión. – Respondió mientras se quitaba las
gafas.
Tras
unos segundos de incertidumbre Mie y Liam se miraron tratando de aceptar como
real la respuesta que acababan de oír. Por su parte Niko se limitaba a asentir
divertidamente.
-Para
ser extranjera hablas muy bien.
-Te
lo agradezco. Tú para ser una rantesi posees muy poca capacidad de comprensión.
¿Nu? – Afirmó. – Creo que existe una frase
en vuestro idioma. Ee… ¿Cómo era?
"No sabe leer el ambiente" ¿Puede ser? – Niko volvía a asentir.
-Sí,
lo decimos así.
Liam
no daba crédito. Su mirada se centró en Mie, quien se limitó a encogerse de
hombros, atendiendo nuevamente a la conversación. Estaba acostumbrada a que
Niko existiese en su universo particular donde ella era la totalidad de la
población, aunque también sabía que no era tan ignorante como hacía creer a los
demás. Ya había habido más de una vez en la que había fluido con una
conversación para mostrar, en el último momento, que simplemente estaba
tolerando el comportamiento de su interlocutor.
-Esta
chica es muy simpática. Me va a caer bien.
Se
lo explicó a sus compañeras como si la chica de las orejas puntiagudas no
estuviera ante ellas ni pudiera oírlas. Ella en concreto estaba observando a
Niko sin variar su expresión lo más mínimo.
-Me
vas a caer bien. – Afirmó luego con una sonrisa contemplando a su
interlocutora. – Me llamo Nieriko Eino pero todos me llaman Niko, esta son mis
amigas Mie Souten y Liam Negiru.
La
joven de las orejas puntiagudas la estudió durante unos segundos antes de
volverse al ser junto a las estanterías, con quien intercambió una larga
mirada. Al final volvió a encararse con ellas utilizando aquel rostro
inexpresivo. Niko esperaba alegremente.
-Ee. Utilizaré otro enfoque. Estoy
leyendo un libro. – Comenzó señalando al libro que tenía entre sus manos. –
Debido a ello no busco entablar ninguna forma de conversación contigo o, en su
defecto, tus acompañantes.
-Y
por eso me insultas utilizando palabras grandilocuentes. Pese a lo cual, sigo
aquí parada tratando de hablar contigo un par de palabras.
Liam
se sorprendieron por aquella sonriente respuesta. Mie simplemente puso los ojos
en blanco, como cada vez que Niko era maleducada con alguien.
-Çese-on'çe? ¡Estoy sorprendida! – Su
tono sarcástico no pasó desapercibido.
-¡Gracias!
– Niko sonreía.
-No
se trataba de un cumplido. – Sentenció la muchacha de las orejas puntiagudas.
-Lo
sé. – Seguía sonriendo.
-¡De
nuevo me sorprendes!
-¡Gracias!
– No había dejado de sonreír.
-Te
he dicho que no era un cumplido.
-¡Lo
sé! – Aun sonreía.
Su
interlocutora liberó un cansado gemido mientras se llevaba una mano a la
frente. Mie conocía ese gesto tan bien, como que era el mismo que ella
utilizaba cuando Niko la superaba.
-¿Qué
he de hacer para que te marches de aquí? Eternamente a ser posible.
-¿Presentarte?
Sería un buen comienzo.
-¿Siempre
eres así de simple?
-Casi
siempre. – En respuesta, la joven de las orejas puntiagudas cerró el libro.
-Mi
nombre, recuérdalo, es Airu Kressligh.
-¿Ariu
Kreislin? – Repitió dubitativa. Su interlocutora contuvo un tic en el ojo.
-Airu
Kressligh inculta descerebrada.
-Lo
que he dicho. – Afirmó alegre. – ¿Y él como se llama?
-Al
contrario que tú yo no tengo la necesidad de ir presentando a terceras
personas. Si ellos quieren dar sus nombres depende de sus voluntades.
-Resumiendo…
no te sabes su nombre.
Airu
Kressligh contuvo otro tic antes de observarlas fijamente. Mientras Liam y Mie
eran abofeteadas por la amenazante aura que la joven había comenzado a emitir,
Niko se mantuvo sonriendo.
-¿Te
pasa algo? – Preguntó tranquila. Airu detuvo su mirada.
-Eres
demasiado simple como para darte cuenta. Tienes hasta gracia. Podría decir que
eres una ironía cómica. Ee… ya puedes
irte. ¿Nu? Puedes retirarte de mi
presencia. Aubensut, adiós.
Movió
los dedos de una mano creando una desdeñosa despedida. Repentinamente se detuvo
con una horrorizada mirada en su rostro. Comenzaron a escuchar unos poderosos
pasos, casi una estampida, que bajaba por las escaleras. En el último escalón
saltaron y al suelo le faltó temblar. A los segundos Ohouji Kiraibeki entró en
el salón, arrastraba, como siempre, a Maino Szure y Yoosu Tanra.
-¡Eh!
¡Mira a quien tenemos aquí! – Comenzó Kiraibeki con una socarrona sonrisa. – Souten
la sosa, Eino la que no quiere ser mi amiga, Negiru la que me ha roto el
corazón, la enana y… ¿Qué coño se supone que eres tú?
El
silencioso humanoide junto a las estanterías no respondió nada, limitándose a
mirar firmemente a Kiraibeki.
-La
historia y cultura no eran tus materias fuertes, se nota. – Comentó Kressligh.
– ¡Oh! Que arrogancia la mía, he asumido que fuiste al colegio.
-Cuando
hablas, me canso, dejo de escucharte.
-Eso
es tu cerebro avisándote de su estupidez. – Kirabeki realizó burlones gestos
con una mano, simulando como Kressligh hablaba.
-Veo
que estáis todas muy cómodas. Ya os estáis pirando, es la hora de la tele.
Movió
su pulgar hacia la puerta del salón consiguiendo que Mie le amonestase con la
mirada. Cuando sus ojos se encontraron con los de Tanra y Szure ambos la
esquivaron, probablemente avergonzados por formar parte de aquella escena.
-¡Hemos
llegado antes que tú! – Protestó Niko.
-¿Y
qué? Si queréis leer. ¡A la biblioteca! El salón es para ver la tele.
-¡Vete
tú a la biblioteca! – Niko se había puesto de rodillas sobre el sofá y le
señalaba firmemente.
-Cálmate
Eino. No me gusta pelearme con mujeres, siempre pierden, patalean, lloran y
luego acaban en mi cama. Se lo toman a mal.
-Si
yo acabase en tu cama me lo tomaría a mal. – Afirmó Airu Kressligh. Kiraibeki
la miró con una mueca de desdén, apoyándose en el respaldo del sofá para
acercar su rostro a ella.
-Tú
y yo aun tenemos asuntos pendientes enana. – La aludida le fulminó. – Pero ahora
es la hora de la tele y tú estás en mi sofá. Fuera de él.
-Oblígame.
– Kressligh volvió a su libro.
-Encantado.
Mie
no tuvo tiempo de entender lo que ocurría, solo vio a Niko y Liam cayendo del sofá.
Entonces se percató de que Kiraibeki las había empujado para apoyarse en el
respaldo y saltar sobre los asientos. El pobre mueble liberó un gemido de dolor
al soportar aquel peso mastodóntico sobre él y los cojines volaron por los
aires. No fue lo único, tras una mirada de pánico y un intento desesperado de agarrarse
al reposabrazos, Airu Kressligh también voló por los aires, abrazada a su
libro, cayendo de nuevo en su asiento, ahora con Kiraibeki a su lado. Si ya de
por sí era blanca, en aquel momento parecía un auténtico cadáver. Su rostro se
giró lentamente para encararse con Kiraibeki, sus manos todavía agarradas con
firmeza al libro.
-Tú…
gigantesco… bruto… – Parecía realizar un esfuerzo sobrehumano por controlarse.
Mie
se levantó aceleradamente del sillón, sorteando la mesa de café para alcanzar
sus caídas amigas. El gigantesco ser también se aproximó a ellas.
-¡Oye!
– Gritó Niko al incorporarse. – ¡¿Quien te crees que eres?!
-¿Decís
algo? – Se pasaba el meñique por el oído. – No os oigo.
Mie
le miró ofendida por su actitud. Tras él, Szure y Tanra parecían divididos
entre acercarse a ayudar o permanecer inmóviles para no atraer la ira de
Kiraibeki. El rostro de Szure se endureció al ver como el gigantesco ser
ayudaba a Liam a levantarse.
-Gracias.
– Dijo ella posando su mano sobre el inmenso brazo.
-¡Liam!
¿Estás bien? – Preguntó Niko.
-Sí.
No me he hecho daño. – Respondió una vez en pie.
-¿Ves?
Todo va bien. – Kiraibeki cogió el mando de la televisión y su sonido inundó la
estancia. – Ahora desfilad por la puerta. Tú la primera. – De un manotazo le
arrebató su libro a Kressligh y lo arrojó al otro lado del salón. – Ve. ¡Busca!
¡Busca!
Sus
risas se cortaron cuando liberó un gruñido de dolor, imitando entonces a un
flotador que se desinflaba. Kressligh le había dado una patada en el costado.
Se levantó de su asiento con elegancia y se apartó para coger el libro.
-Enana.
– Rugió Kiraibeki. Su voz había quedado reducida a una ronca tos.
-¿No
te falta nada? – El joven respondió buscando a su alrededor sin comprender. –
Lento y estúpido saco de esteroides. – Kressligh oscilaba el mando de la
televisión en una de sus manos.
-Devuélvemelo
enana, si tengo que levantarme no respondo de lo que te pase.
-Claro.
– Se lo arrojó con desgana mientras él sonreía.
-Buena
chica.
-Pero
esto me lo quedo yo, babon'giggasse.
Seguro que no te importa.
Entre
dos de sus dedos le mostraba las baterías del mando. Kiraibeki era quien la
fulminaba en aquel momento. Tras recuperar su respiración se mostró tranquilo,
recostándose en el sofá.
-Szure.
– El aludido se volvió rígido al escuchar su nombre. – Trae las baterías.
Aun
rígido, giró su cabeza para observar a Airu Kressligh mientras meditaba aquella
petición que más había sonado como una arrogante orden que otra cosa. Junto a
él Yoosu Tanra se mostró incómodo, parecía buscar el momento para decir algo y
al mismo tiempo ser incapaz de encontrarlo.
-¡Oye!
– El rugido de Kiraibeki sacó a Maino Szure de sus ensoñaciones. – ¿A qué coño
estás esperando? ¡Quítale las putas baterías a la enana y tráemelas!
-¡Para
de una vez! – Protestó Niko. – ¡No eres nadie para dar esas órdenes! ¡Nadie
tiene por qué hacerte caso!
-¿A
quién le importa tu opinión?
-¡No
tienes derecho a empujarle de un lado a otro! – Aquella vez fue Liam quien
habló. Su acostumbrada sonrisa había sido sustituida por un ceño fruncido. –
Desde que has entrado por la puerta. Szure esto, Szure lo otro.
-Tu
opinión importa aun menos.
-¡Eres
una persona penosa y detestable!
El
salón permaneció en silencio mientras Kiraibeki sonreía como si aquello
comentarios no hubiesen sido contra él. Detrás del sofá Szure miraba ahora a
Niko y Liam, nuevamente parecía sopesar lo que hacer.
-¿Oh?
Una persona penosa y detestable, ¿No? –
Preguntó Kiraibeki. – ¿Pero no sois vosotras las que siempre estáis detrás del
extranjerito? Extranjero esto y extranjero lo otro. Es muy bonito y muy fácil
predicar acerca de los demás. ¿Qué piensas al respecto, Szure? Primero pasan de
ti y ahora quieren arreglar las cosas poniéndote en mi contra. Yo por lo menos
me he molestado en tratarte como un colega, pero puedes hacer lo que quieras.
-Manipulador.
– Masculló Liam con enfado.
Maino
Szure pareció hundirse bajo el peso de las miradas que se centraron sobre él.
Su mirada se volvió hacia Yoosu Tanra, debía estar preguntándole qué hacer
usando solo su mirada. La única respuesta de Tanra fue encogerse ligeramente de
hombros. En su gesto parecía estar escrito “yo no puedo decidir por ti”. Szure
suspiró.
-O…
Oye Kressligh… dame las baterías, por favor.
Toda
aquella frase fue recitada sin que Szure mirase una sola vez a su
interlocutora. Airu Kressligh había disfrutado de la escena ante ella como
quien ve un teatro en vivo, pero ahora había en su gesto, en sus ojos, una
tenue sombra de decepción, como si ella también hubiese esperado que Szure
respondiera en contra de Kiraibeki, dejando de una vez de ser tratado como su
esclavo. Tras estudiarle de arriba abajo acercó su mano a él.
-Qué
decepción. – Dijo al dejar caer las baterías sobre la abierta palma de su mano.
Sin
mirarle de nuevo se volvió hacia la puerta del salón y desapareció por ella.
Szure apretó las baterías antes de acercarse a Kiraibeki y entregárselas. A su
“amigo” si se le podía llamar así, le faltó reírse por cómo estaban sucediendo
las cosas.
-¡COBARDE!
– Gritó Niko con toda la fuerza de sus pulmones, señalaba a Maino. – ¡ESO ES LO
QUE ERES, UN COBARDE! ¡SI TE PREGUNTAS LUEGO POR QUÉ LE HACEMOS CASO A OTRAS
PERSONAS ANTES QUE A TI AHÍ TIENES LA RESPUESTA!
Szure
recibió todos aquellos gritos sin responder, negar o afirman nada de lo que se
le decía. Simplemente hundió su cabeza, consiguiendo que su alborotado pelo
ensombreciese sus ojos.
-¡Niko!
¡YA! – Ordenó Mie. Ella se dispuso a responder, pero su férrea mirada la
contuvo.
-Lo
entiendo. – Afirmó Liam mirando en otra dirección. – Hemos creado una pelea por
una tontería. – Niko se sobresaltó por sus apagadas palabras.
-¿L-Liam?
-Voy
a irme a mi habitación… hasta la hora de cenar…
-No
te lo tomes como algo personal Negiru. – Rió Kiraibeki mientras la muchacha
andaba junto al sofá.
-¡Liam!
– La llamada de Niko no sirvió de nada, Liam simplemente se marchó. – ¡Tú! –
Volvió a señalar a Maino. – ¡Mira lo que has conseguido!
-Solo
ha hecho lo que tenía que hacer. Déjalo estar de una vez y lárgate con tu
amiguita. – Ordenó Kiraibeki.
-¡Y
a ti! ¡A ti no te pienso perdonar jamás! ¡Eres el ser más despreciable que
nunca se ha cruzado en mi camino! ¡Mentiroso, manipulador!
-No
merezco tantos piropos
-Chicos.
– Se volvieron para ver a una joven junto a la puerta del salón. La Encargada
Aidee se cruzó de brazos. – ¿Qué se supone que está pasado?
-¡Es
culpa de ellos! ¡Son un manipulador y un cobarde!
-¡Niko!
Ni una palabra más.
-¡No!
– Su amiga negaba moviendo su cabeza de un lado a otro, consiguiendo que su
coleta rosa trazase amplios arcos a su alrededor.
-¿Manipulador
y… cobarde? – La encargada observaba a Kiraibeki y Szure. Mie liberó un cansado
suspiro.
-¡Eso
son! ¡Eso es lo que ellos son! – Les miraba enfadada. – ¡Liam se ha vuelto a su
habitación enfadada por vuestra culpa!
-¡DEJA
DE GRITAR DE UNA PUTA VEZ! – Rugió Kiraibeki. – ¡ERES COMO UNA CRÍA! Vete a
llorarle a tu mamá.
-No
te lo pienso perdonar jamás, Kiraibeki. No lo olvides.
Sin
decir una palabra más, solo con una última mirada de ira, Niko sorteó el sofá
en una acelerada carrera para escapar del salón y seguir a Liam. Entendiendo
que no habría forma de detenerla, Aidee Hyome se apartó de su camino con
elegancia.
-¡Niko!
¡Espera! – Protestó Mie al seguirla.
-Un
minuto. – Exigió la Encargada. – Creo haber preguntado qué está pasando.
Detuvo
sus pasos violentamente para no chocar contra ella. Se vio obligada a pensar
rápidamente en qué responder.
-Kiraibeki
quiere ver la televisión y nos ha parecido mal que nos eche del salón. Pero… no
pasa nada más. – Afirmó Mie.
-¿Es
así?
-Sí,
es así.
-Kiraibeki,
¿Es así?
-Sí,
¿Por qué no? – La Encargada liberó una divertida exhalación.
-Szure,
Tanra, ¿Es así? – Los aludidos se mantuvieron en silencio.
-E-es
así. – Respondió al final Tanra. Szure seguía con su cabeza hundida.
-¿Es
así?
En
último lugar miró a la poderosa criatura, no había dicho una sola palabra, ni a
favor ni en contra de lo que había ocurrido en aquella habitación. Se limitó a
cerrar los ojos y dejar que la pregunta se perdiese. Con gesto cansado la
Encargada se apartó para dejar que Mie y el estudiante extranjero saliesen. No
les miraba, tenía la vista fija en la pared al otro lado de la habitación. Una
vez atravesó la puerta escuchó sus pasos tras ellos, deteniéndose al otro lado
para verles marchar y probablemente oyendo, igual que ella, unas últimas frases
antes de que el volumen de la televisión las amortiguase.
-¿Ves
lo que te dije? En el fondo soy el único que se preocupa por ti… y por Tanra.
Te dije que no te elegirían por encima del sucio extranjero y ¿Qué pensaste tú?
– Kiraibeki suspiró. – He hecho todo lo que he podido para protegerte de ti
mismo y tú pensando que lo hacía solo por tenerte de mayordomo. ¡Qué injusta es
la vida conmigo!
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