viernes, 14 de febrero de 2014

3 - 14/01/41 (Parte 2)

[12:40]
Era un gran edificio, un edificio majestuoso. De inmensas paredes blancas con un pórtico simple pero repleto de parterres de flores. La gente entraba y salía aceleradamente. Aprovechando que había dejado de nevar, algunos esperaban fuera para fumar, otros se unían en grupitos y hablaban con un café de maquina en sus manos. Edín lo volvía a ver una vez más, aquel hospital. Memorial Sezhima se llamaba. Una estructura que siempre le resultaba imponente y triste. Con fuerza abrazó el ramo de flores que portaba y avanzó hacia la puerta. Obviamente todos los grupos y fumadores le miraron, unos de soslayo, otros directamente. A aquellas alturas de su vida le daba igual. Cuando atravesó las puertas automáticas el calor de la calefacción le abofeteó y comenzó a sentir que le sobraba su abrigo. También podía ser el edificio en sí, siempre que se adentraba en aquel lugar comenzaba a faltarle el aire. Recorrió la recepción para acercarse al mostrador. La mayor parte de las recepcionistas parecían estar ocupadas mirando sus ordenadores y las que no, lidiaban con los visitantes. Edín se acercó a la única que parecía desocupada, la cual le miró de arriba abajo sin ocultar su curiosidad.
-¿Puedo ayudarte? – Preguntó secamente.
-Vengo a ver a un paciente internado en el hospital. – Explicó ignorando el tono cortante de su interlocutora.
-¿Nombre?
-Yuri Hibe.
La mujer comenzó a teclear el nombre que le había dado sin prestarle más atención. Tras varios intentos le miró confusa y quizá algo enfadada.
-La paciente a la que quiere visitar esta en un estricto programa hospitalario. No se puede entrar sin una autorización. – Edín atendió intranquilo a aquella información. – ¿Posee usted una autorización?
-N-no lo sé.
-Me temo que si no lo sabe señor, no puede entrar a ver a la paciente.
-P-pero… – El joven tomó aire. – Escuche, he venido antes a verla, no sé cuando le han cambiado el… programa hospitalario en el que esté, pero-
-No es un tema discutible, es una decisión administrativa del hospital señor. – La recepcionista se volvió a preparar ante su teclado. – Aun así dígame su nombre por si se diese el caso de que estuviese recogido como un visitante.
-Edín Dageste. – La mujer tecleó sin prisa durante unos segundos, repentinamente frunció el ceño y observó al muchacho. – ¿Pasa algo?
-Espere un momento por favor.
Sin darle explicación alguna retrocedió con su silla y se acercó al teléfono, marcando y preparándose para hablar. Se mantuvo durante unos segundos dialogando con alguien antes de pulsar una tecla, entonces comenzó a cuchichear. Edín decidió mirar en otra dirección mientras se planteaba que pasaría ahora entre las variadas posibilidades que le brindaba su mente. En alguna parte se había colado que aquella mujer estaba llamando a seguridad para echarle, y por ello se estremeció al ver a uno de los guardias caminando por la recepción.
-Señor Dageste. – Habló la recepcionista. Edín asintió. – Espere un momento allí sentado y ahora mismo le atenderán.
-¿Qué ocurre?
-Va a bajar la persona al cargo de la señorita Hibe.
-¿Por qué?
-Ella se lo explicará cuando llegue, haga el favor de esperar allí. – Insistió.
A Edín no le quedó más remedio que suspirar y volverse sobre sus pasos hacia una pequeña zona de asientos preparada como sala de espera de la recepción. El abrigo le asfixiaba por segundos, así que nada más llegar a un asiento vacío se deshizo de él. A su alrededor había sentados visitantes del hospital que le lanzaron miradas suspicaces, uno de ellos llegó hasta a cambiarse de sitio para crear distancia.
En silencio, Edín se acomodó a esperar. La recepción era un mundo de movimiento constante que le parecía lejano. Aunque no paraba de escuchar el ruido de megafonía, la gente entrando y saliendo, él se había refugiado en algún lugar tranquilo de su mente, abstrayéndose tanto que no se percató cuando una mujer vestida con una bata blanca se detuvo ante él. Al levantar la cabeza la descubrió estudiándole mientras se apartaba un mechón de pelo rubio de la cara. Parecía venir del Protectorado, como él.
-¿Edín Dageste? – Preguntó en rantensi. Tenía un rostro amigable, con unos preciosos ojos verdes.
-S-soy yo. – Se levantó instantáneamente.
-Encantada de conocerte. – Le tendió su mano. – Soy la doctora Martina Kipling. Estoy encargada de Yuri Hibe.
-Encargada… de…
-Yuri, sí. Me han llamado desde recepción diciéndome que habías venido.
-¿Sabe quién soy?
-Manejo un amplio historial médico Edín, algo muy relevante para tratar a Yuri. Sígueme por favor. – Pidió avanzando hacia unos ascensores cercanos. – Lamento el inconveniente con no dejarte pasar, pero debido a la difícil situación de Yuri decidimos reducir el número de visitas lo máximo posible. – Explicó al pulsar el botón. – Tratamos de ponernos en contacto contigo…
-He… estado un poco ausente estos últimos años.
-Lo sabemos, Yuri nos lo explicó. – Las puertas del ascensor se abrieron dejándoles pasar. – Aunque me alegra de que hayas venido, Yuri ya nos informó de tu beca universitaria. Me he tomado la libertad de prepararte esta tarjeta magnética para futuras visitas. Pero tendrás que pasar por el mostrador de recepción y avisar de tu llegada. – Explicó entregándole una tarjeta blanca, no sabía cómo, pero tenía su foto en miniatura. – Yuri sigue internada en la octava planta como siempre, habitación veinticuatro.  Al llegar al rellano de esa planta te encontrarás las puertas cerradas y tendrás que enseñarle la tarjeta al sistema de seguridad y luego a la enfermera que hay de guardia. Ella te llevará hacia la habitación.
-Entendido.
-Si cualquiera del personal médico te exige identificación enséñale la tarjeta.
-Muy bien.
-Espero no estar abrumándote con tanta información.
-¡N-no! Es… no, no me está abrumando doctora.
El ascensor se abrió en la octava planta mostrándoles un descanso de las escaleras, con algunos asientos cerca de las ventanas y unas deprimentes paredes blancas y algún que otro cuadro de flores. No muy lejos había una puerta doble con una pequeña máquina al lado. La doctora Kipling pulsó un botón cercano e introdujo su tarjeta. Cuando la luz verde de la maquina se encendió las puertas se abrieron, dándoles paso.
-Buenos días. – Saludó la doctora al entrar. Edín la seguió en silencio, comprobando como las enfermeras de la recepción le devolvían el saludo. – Yuri se alegrará mucho de tu visita, hace tiempo que no viene nadie.
Cruzaban un amplio pasillo de paredes blancas con rodapiés grises que tenía puertas a ambos lados hasta que se detuvieron ante la habitación número veinticuatro. La doctora Martina Kipling se volvió a él con una sonrisa.
-Edín, espero que ahora que vas a pasar un año en la ciudad pueda contar con tu apoyo para ayudar a Yuri. Con ella cualquier mano que me tiendan es poca.
-A-ayudaré en lo que pueda.
-Me alegro de oírlo. – La doctora tocó suavemente esperando hasta que alguien respondía desde el interior para entrar.
-Tienes una visita Yuri.
-¿Quien? – Preguntó una suave y dulce voz.
Martina permitió que Edín entrara. Era una espaciosa habitación individual, bañada por una intensa luz dorada proveniente de la ventana. Aquella luz parecía estar convencida en su esfuerzo de permanecer allí, como si se negase a abandonar el lugar. En el centro había una espaciosa cama. Más que preparada para atender una emergencia, estaba pensada para que quien la usase estuviera cómodo. Sobre ella una joven de pelo castaño esperaba con un cuaderno de dibujo en las piernas. Había movido una de las mesitas y la estaba utilizando para tener todo su equipo de dibujo ordenado. La habitación, como si se opusiera al resto del hospital, emanaba una sensación de tranquilidad, pero también la percepción de que el tiempo se había detenido. Al ver a Edín su rostro se iluminó con alegría.
-Edín. – Habló confusa, como si aun no creyese que él estaba allí. – Edín. – Repitió con su voz convertida en un suave susurro.
El joven dejó el ramo de flores en una mesita junto a la puerta y avanzó hacia ella  rodeándola con sus brazos. Se fundieron en un largo y caluroso abrazo. Edín respiraba entrecortadamente, le estaba costando horrores no llorar.

[16:09]
En la cocina se entremezclaba el sonido de risas proveniente del salón con el fluir de agua en el fregadero. Aidee intentaba mantenerse ocupada con su labor de limpieza, pero cada vez que Ohouji Kirabeiki emitía una risotada volvía a la triste realidad, una bandeja repleta de platos sucios que había dejado sobre la encimera, junto al fregadero, y que probablemente no pensaba fregar.
No era la única persona en la cocina y probablemente no era la única persona enfadada, pero parecía que Yuna Haejin se estaba tomando aquella escena con silenciosa resignación. O quizá sabía que si ponía un pie en el salón Kirabeki tendría que reconstruirse la mandíbula y por eso se controlaba. Aunque ambos eran poderosas moles de músculo, quizá en una pelea se encontrarían más nivelados de lo que ninguno estaba dispuesto a admitir.
-Esto es fabuloso, parece que no he salido de mi puta casa.
La nueva residente, Shu'Len, entró por la puerta del comedor y dejó más bandejas sobre la encimera. Su estrambótica apariencia perdía mucho sin su llamativo abrigo. Su ropa era normal, muy colorida, pero normal. Una ajustada camiseta que le cubría hasta el cuello, dejando aun así huecos en los hombros, una minifalda vaquera a muy corta distancia del fin de sus largas botas de piel. Aidee pensó que había que ser extremadamente habilidoso para ponerse aquel calzado.
-He cambiado un sucio vago sentado viendo la tele mientras friego, por otro sucio vago sentado viendo la tele mientras friego. Al menos el primer sucio vago estaba demasiado borracho como para reírse en voz alta.
En respuesta el sonido de una inmensa risotada inundó aquella planta consiguiendo que Shu'Len le dedicase una mirada de asco. Rápidamente fue sustituido por poderosos golpes, como palmadas.
-¿A que es buena? ¿Verdad Szure? – Más palmadas. – ¡¡Mira, mira!! – Comenzó a reír de nuevo.
Aidee suspiró. Los pobres Maino Szure y Yoosu Tanra, comenzaba a sentir mucha pena por ellos, se habían visto arrastrados por Kiraibeki para que se sentasen con él a ver la televisión. Teniendo en cuenta las risotadas y el nivel de inteligencia de Kiraibeki, probablemente estaban viendo algún programa del estilo de los "Videos más tontos de Rantei". Ninguno de sus acompañantes parecía ser capaz de soportar a aquel mastodonte humano, especialmente Szure, quien era tratado como especie de mascota obediente. Kiraibeki no parecía muy dispuesto a liberarle de aquella relación, y le empujaba y llevaba de un lado a otro según a él le venía bien. Esto arrastraba también a Tanra, quien no se separaba de su amigo. Por el rostro de furia contenida de Maino, pronto acabaría explotando y, si tenían suerte, mataría a Kiraibeki con una lámpara del salón.
Se detuvo unos segundos mientras se planteaba aquella posibilidad. Las lámparas del salón eran caras y bastante difíciles de conseguir. Szure tendría que matar a Kiraibeki con algo más barato. Una nueva risotada la arrancó de sus pensamientos.
-¡Venga ya! – Rugió Shu'Len. – ¡BAJA EL PUTO VOLUMEN!
-¡Si está bajo! – Protestó Kiraibeki desde el salón. La joven se agarró a la puerta mientras tomaba aire.
-¡NO EL DE LA TELE! ¡EL TUYO PEDAZO DE GILIPOLLAS!
Era una suerte que la sala común estuviese bien posicionada, alejada del bullicio central, y por ello, bastante insonorizada, de lo contrario Uriel estaría conflagrando el salón con su aliento de fuego. Kiraibeki rió de nuevo, consiguiendo que Shu'Len apretase los dientes.
-¡Eh! ¿Quién va a ser la preciosa que me traiga una cerveza de la nevera? – Preguntó el mastodonte desde el salón. Desde la puerta de la cocina, su nueva inquilina sonreía.
-Ahh… esto me trae tantos recuerdos. ¿Tenemos matarratas? – Preguntó al volver al fregadero junto a Haejin.
-Debajo del fregadero en el que estás. – Respondió Aidee. – Pero preferiría que lo matases lejos del salón.
-Si sabes la cantidad que poner no hay problema. Morirá donde yo quiera.
-Y seguro tú conoces esa información. – Sentenció Haejin.
-Por supuesto. – Tras su respuesta liberó una asqueada exclamación. – No pienso fregar un solo plato de ese tío.
-Se quedará ahí hasta que él decida fregar. – Shu'Len rió.
-Te digo por experiencia que moriremos de viejas antes de que friegue esos platos. Antes me creería que tienes poderes y puedes fregar mediante telepatía.
-Pareces muy adaptada a compartir espacio con detractores del trabajo. – Comentó Aidee sarcásticamente.
-Y vosotras no parecéis muy acostumbradas a ello. Os recomiendo que le pongáis las cosas claras desde ya a ese muñeco hinchado de anabolizantes. Estos problemas solo van a peor y no suelen cambiar.
-Cuando se llenen las habitaciones que faltan, si se llenan, haré un horario de trabajo para repartirnos las tareas. – Shu'Len siseó.
-Eres tan… diplomática. "Haré un horario de trabajo". – Imitó su voz. – ¿Te digo por donde se va a pasar ese tu horario de trabajo? – Aidee sonrió ligeramente enfadada.
-¿Sugerencias?
-Dé-ja-me-pen-sar. – Comenzó aburrida. – Friega los platos o te rajo. Si no quieres morir más te vale fregar. Y mi favorita, o friegas o te daré tal patada en la polla que la escupirás por la boca.
-Se nota que lo tuyo si es la diplomacia.
-Tengo un máster en ello.
Una nueva risotada las apuñaló. Aidee no pudo evitar dirigir una mirada asesina a la puerta del comedor. Por suerte ni Shu'Len ni Haejin pudieron verla, y mejor, si alguien lo hubiera hecho el mínimo resultado habría sido mearse encima. Con un suave movimiento dejó el último plato sobre los demás para que se secaran, cogió un trapo y se frotó las manos contra él. Cuando las tuvo suficientemente secas lo dejo nuevamente en la encimera con un largo suspiro de agotamiento. En la distancia resonó un potente golpe seco y repetitivo.
-¡La puerta! – Gritó Ohouji Kiraibeki.
Un vaso se partió en pedazos. Shu'Len retrocedió sorprendida mientras miraba como Haejin respiraba con fuerza. Sin decir una palabra se acercó a la basura y comenzó a arrojar cristales. Shu'Len aun no había sido capaz de cerrar la boca.
-Mis disculpas.
Haejin continuó fregando. La nueva inquilina giró lentamente su cabeza hasta que sus ojos se encontraron con los de Aidee. Su rostro parecía preguntar una y otra vez qué acababa de pasar.
-¡¿Es que no habéis oído la puerta?! – Insistió Kiraibeki cuando volvieron a tocar. Shu'Len se apartó por precaución, pero no volvió a romperse ninguna pieza de la vajilla.
Avanzando lentamente Aidee fue capaz de salir por la puerta de la cocina. Comenzaba a pensar que no había en aquel edificio un solo residente que pudiera catalogarse como "normal".  Al llegar a la puerta se arregló la camisa y abrió.
Ante ella se erguía una inmensa e imponente figura. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una máscara en apariencia hecha de hueso que le recubría la nariz, o lo que debía ser su nariz, las cejas y subía por su frente bifurcándose, torciéndose y rodeando la circunferencia de su cabeza, acabando en bordes puntiagudos que los asemejaba a cuernos. La extraña mascara dejaba un espacio abierto de piel hasta su pelo, de intenso color negro. El resto de su cara era todo lo humanamente aceptable, de amplia mandíbula que a veces acababa en leves resquicios puntiagudos y con unos pequeños y brillantes ojos, sin rastro alguno de blanco y conquistados por completo por un iris plateado y una pupila negra. Resultaban casi como dos estrellas hipnóticas, creando un contraste precioso con su piel cenicienta.
-¿Hola? – Dijo Aidee entrecortadamente.
Sin mediar palabra alguna el humanoide le tendió una gigantesca mano con un papel en ella. La joven se fijo en los amplios tatuajes negros que surcaban sus muñecas, desapareciendo por los bordes de su chaqueta vaquera y que llegaban hasta los huesudos nudillos que coronaban sus grandes manos. La misma formación huesuda que cubría su cara parecía extenderse por el dorso de estas, creando nuevamente terminaciones puntiagudas. Por si no fuera suficiente poseía largas uñas, que Aidee considero parte del mismo material. A su lado las manos de la joven parecían de muñeca de porcelana, algo que quedó patente cuando cogió el papel. Leyó lo que había escrito sin prestarle demasiada atención, no le hacía falta, estaba claro que era otro alumno traído del Cruce. Al levantar la vista volvió a entrar en el poder hipnótico de aquellas estrellas. Repentinamente se dio cuenta de que le estaba haciendo esperar con las maletas.
-¡Pasa! – Exclamó al darse cuenta. – Te echare una mano.
Antes de acabar la frase el joven ya había levantado las maletas en peso y pasaba por debajo del arco de la puerta no sin dificultad. Las dejo en el rellano y se volvió de nuevo a ella. La joven se fijó que sus piernas eran distintas, con varios puntos, más de los normales, en los que se flexionaban. Aquel chico parecía que iba a saltar de un momento a otro.
-Mi nombre es Aidee Hyome. – No podía evitar el tono confuso de su voz. – Soy la Encargada de esta residencia.
El joven le respondió bajando la cabeza en una silenciosa reverencia, la chica esperó pacientemente unos segundos sin obtener sonido alguno de su interlocutor.
-¿Quieres que te muestre tu habitación?
La respuesta fue nuevamente una reverencia. La muchacha alzó una ceja y se dio media vuelta para avanzar por el pasillo. El sonido a su espalda le indico que le seguía. Los pies descalzos acaban en las mismas prominentes uñas que las manos, o al menos eso se entreveía por debajo de los raidos vaqueros. Irónicamente, y pese a su tamaño, sus pasos producían muy poco ruido. Al pasar por la puerta del salón se percató del repentino silencio. La televisión estaba encendida, probablemente sin sonido, y Kiraibeki, Szure y Tanra estudiaban al recién llegado. Lo mismo ocurrió al cruzar ante la puerta de la cocina, donde Shu'Len y Haejin tampoco ocultaron su curiosidad. Su acompañante ignoró aquellas miradas con elegancia y siguió andando. Mientras escuchaba sus curiosamente ligeras pisadas en la escalera, se planteo seriamente que fuera mudo. Envueltos en el silencio llegaron a la puerta de una de las habitaciones vacías del primer piso. Le abrió entregándole la llave y dejándole paso, el joven respondió con otra reverencia y desapareció cerrando tras de sí. La encargada se mantuvo unos segundos observando la puerta.
-<No me ha dicho ni su nombre.>
Con amplias zancadas volvió a bajar. Shu'Len y Haejin habían terminado de fregar. La estrambótica nueva residente hablaba con su compañera acerca del recién llegado. La televisión del salón seguía en silencio.
En un mismo movimiento sacó sus llaves y abrió la puerta cerrada del pasillo, encaminándose a la sala común sin ser vista. Aunque por la mañana todo había amanecido ordenado, en ese mismo momento la habitación entera estaba revuelta, llena de notas, papeles. Un amplio callejero de la ciudad había conquistado toda la mesa central, salvo una pequeña esquina donde la tetera de Moyra humeaba tranquila. La mujer estudiaba el diseño caótico de las miles de chinchetas que lo marcaban mientras disfrutaba de su té. Ante la presencia de su compañera preparó otra taza.
Aidee avanzó hacia el lado opuesto de la habitación, ojeó rápidamente los millares de hojas. Uriel Aidara estaba otra vez apoyado en su amplio escritorio. No hacía más que mover folios en amplios vaivenes, repentinamente dejaba salir una pequeña risa de satisfacción y ponía la hoja que tenía en las manos en un montón aparte. Aunque la había oído entrar y sabía que estaba allí no se molestó en detener su tarea. La joven taconeo hasta donde acababa el respaldo del sofá acariciándolo con su mano, cuando se detuvo lo agarró con fuerza.
-¿Uriel? – Dijo con firmeza. El joven emitió un gruñido como respuesta. – Ha venido un nuevo alumno. – Se escucho un leve “aja”, apretó aun más la mano contra el respaldo. – Era… es, bastante… distinto a lo que estamos acostumbrados por aquí y me ha parecido extraño que… no me hayas comentado nada al respecto, teniendo en cuenta el control que tú sueles mantener sobre todo. Especialmente estudiantes que puedan no entrar dentro de tus estándares. He creído conveniente hacértelo saber.
No obtuvo ninguna respuesta. Sus uñas se clavaron con fiereza. El sofá emitió un sonido suave pero constante, como si se desinflase. Uriel se volvió a mirarla fugazmente con aburrimiento.
-¿El joven de los cuernos? – La chica no se sorprendió en absoluto. – Se que llegará una muchacha que es marcadamente estrambótica, pero no creo que te hubiera causado tal impacto. Así que asumiré que ha sido el de los cuernos. – Aidee no varió su gesto.
-Y ahora me queda claro tu patente desinterés por quien viene o deja de venir a la residencia, porque ya lo sabías. – Dijo dándole una bofetada al sofá.
-¿Ya sabía qué? ¿Qué es marcadamente estrambótica? Es lo que tienen las fot-
-¡Te suplico que te detengas! Tú crees que tienes humor, pero en realidad no lo tienes. Además soy demasiado joven y hermosa para ver el fin de los tiempos. Tu humor puede conseguir eso, que yo entre en modo destruir y traiga el fin de los tiempos. – Le interrumpió sonriendo falsamente. Uriel entrecerró los ojos con furia mientras Aidee se cruzaba de brazos. – ¿De dónde has sacado la información de que venía un Dozmor? No, mejor aún, ¿De dónde has sacado la información de la gente que está viniendo?
-De una carpeta que tengo aquí y de las fichas del ordenador portátil del escritorio. – Explicó Moyra entregándole la carpeta. – Te recomiendo estas últimas, están más repletas de información.
 Aidee abrió la carpeta y descubrió fichas de todos los alumnos que había en la residencia y algunos que aun no estaban. Las dejó al lado del ordenador portátil, tratando de no desordenar las ya de por sí caóticas torres de hojas de Uriel. Moviéndose en ambos registros al mismo tiempo llegó a la ficha del humanoide que acababa de llegar.
-Un Dozmor en la residencia, eso sí que es raro. ¿Es del Protectorado? – Se volvió al mapamundi que había colgado en la pared, buscando una ubicación.
-Para haber venido aquí debe ser un residente del Protectorado. – Explicó la mujer. – No es común que viajen tan lejos de todos modos.
La chica volvió a las fichas hasta que encontró su lugar de origen. El Dozmor provenía de Dozmolvar, una amplia frontera de tierra en el límite oeste del Protectorado de Sehril. Tras observar nuevamente el mapa continuó estudiando la ficha del joven, fijándose aquella vez en su nombre.
-¿Thavnar Evaaran? – Permaneció un segundo pensativa. – Thavnar, Thavnar, Thavnar… acabo de verlo. – Nuevamente se fijo en Dozmolvar. – Thavnar es el nombre de una ciudad. – Dijo al final. – Tiene de nombre propio… ¿Su ciudad?
-Ni idea. – Respondió Uriel sin prestar mucha atención. Al volver a leer la ficha vio que efectivamente era su ciudad de residencia.
-Es su ciudad. ¿Quién se pone de nombre la ciudad donde vive?
-Ni idea.
-Tampoco sé porque preguntó, acabo de conocer a una persona que se llama a sí misma Shu’Len.
-Ni idea.
Aidee levanto una ceja al mirar a Uriel. Se preguntó fugazmente cuando habría dejado de escucharla. La muchacha volvió de nuevo a las fichas, fue pasándolas lentamente, llegando a la de Edín Dageste.
-Haeleria… Vizhan. – Murmuró sin buscar respuesta. Moyra se acercó para entregarle una taza de té.
Buscó el nombre por el mapa, lo acabó encontrando al sur del Protectorado, un extenso territorio bajo las letras de “Imperio de Vizhan”, la ciudad de Haeleria no estaba lejos de la capital del imperio. Luego busco a Airu Kressligh. Su ficha decía “Duragia Saar” en su raza y nada en su hogar.
-¿Nada? ¿Airu Kressligh no tiene lugar de nacimiento? – El cursor del portátil le llevó a una extraña información. – Un momento…
-Te has percatado ¿No es así? – Comentó Moyra. – La ficha informática muestra dos localizaciones distintas.
-Residente del Protectorado y de la ciudad de Bahía Tyrene. Esas dos direcciones no computan. – Preguntó confusa mientras contemplaba en el mapa un diminuto país al norte de Vizhan. – Kressligh es de Kerynos, pero al mismo tiempo del Protectorado y eso es imposible.
-Yo también lo he encontrado interesante. – Moyra observaba las fichas.
-Si esto es un error y verdaderamente viene de Kerynos… un país que se encuentra fuera del Protectorado, ¿Cómo ha conseguido un visado?
-No es solo un visado, es un visado anual o incluso mejor, un visado de carácter permanente por estudios. Rantei no regala cosas así. Aunque es aún más interesante preguntarse como tiene un certificado de residencia, que no de nacionalidad, en el Protectorado. Algo así ofrece demasiadas lecturas.
-Quizá las fichas estén desactualizadas.
-O quizá Airu Kressligh no desea que la gente sepa que proviene de Bahía Tyrene. – Moyra colocó sus manos elegantemente sobre su vientre. – Es curioso… tengo entendido que el Protectorado no concede la nacionalidad con facilidad, pero un certificado de residencia es un asunto distinto. Aun así, sé que un certificado puede resultar imposible de obtener por medios burocráticos, aunque al mismo tiempo afirman que si se poseen los fondos necesarios, es posible adjudicarse uno sin apenas dificultad. – Aidee asimiló aquella información.
-Entendemos que Airu Kressligh ha comprado su certificado de residencia en el Protectorado, algo costoso, para esconder que proviene de Kerynos… ¿Por qué?
-Entender es un concepto muy absoluto, yo diría más bien que hemos planteado una hipótesis de la cual ahora mismo obtenemos ningún resultado.
Suspirando, Aidee continuó leyendo las fichas, cogiendo de cada una la información que encontraba más relevante. Como que Mie Souten estaba matriculada en la carrera de medicina, Liam Negiru era una nadadora profesional, el nombre real de Shu'Len no aparecía en su ficha, Yuna Haejin poseía una masa muscular que podría ser la envidia de más de un hombre y Ohouji Kiraibeki era tan inaguantable en foto como lo era en persona. Su lectura finalizó en la ficha de Nieriko Eino o Niko, la chica de la coleta rosa. Desde que le había visto le resultaba familiar, pero no sabía cómo o porque.
-Nieriko Eino – Leyó en voz alta. – Me suena muchísimo esta chica. – Uriel, quien había estado ausente de la conversación, liberó una molesta risita.
-¿No reconoces quién es?
Aidee le miró pensativa, Su compañero dejó el papel que estaba estudiando sobre los demás y se dirigió al reproductor de música. Se agachó y buscó entre los miles de discos, finalmente lo encontró. Con un grácil movimiento introdujo un disco y una melodía llena de ritmo invadió la habitación. Era tan alegre, festiva y en definitiva poco adecuada a Uriel Aidara que Aidee se planteó que estuviese burlándose de ella. A los pocos segundos la dulce voz de una chica se unió a la melodía.
                "¡Suspira! Sueños para una estrella fugaz."
                "Luces del mañana que iluminan mi alma."
                "Quiero que mi voz llegue al más allá."
                "Y el mundo me escuche."
                "¡Y que el mundo me escuche!"
 Tras oír la primera estrofa, Aidee, abrió la boca sorprendida, reconocía aquella voz. Como que la había oído hacía solo unas horas.
-¡¿En serio?! – Le miraba atónita. – ¡No puede ser!
-Es. – Sentenció Uriel. Con otro movimiento apagó la música.
-Esto parece levemente quizá, que se nos está complicando demasiado.
-No entiendo qué complicaciones puede traer una muchacha cantante. – Concluyó Moyra sin perder su tranquilidad. Volvió a tomar un sorbo de su té.
-Para empezar Moyra, la prensa y para acabar, también la prensa. – Contestó él con su sorna habitual. – Así que como veras, Aideelyn, la planta de la escalera era hartamente menos problemática cuando solo la teníamos ella. – Volvió a sus papeles con amplias zancadas, Aidee le contemplaba con reproche.

[20:37]
               Al anochecer Edín atravesó la puerta delantera de la residencia cargado de bolsas que resonaban constantemente. Repentinamente se vio golpeado por el sonido de lo que esperaba fuese una televisión, ya que de lo contrario la residencia debía estar siendo bombardeada. Con cautela se asomó por la puerta del salón, únicamente estaba iluminado por la brillante pantalla y una de las lámparas. El respaldo del sofá solo le permitía ver la cabeza de alguien. La televisión mostró una inmensa explosión y Ohouji Kiraibeki liberó un emocionado grito.
                -¡Toma ya! – Le escuchaba mascar mientras hablaba. – ¿A qué mola, Szure? ¡Mira, ahora le pega una puñalada!
                Su anuncio llegó en el mismo momento que Edín veía como el personaje en pantalla recibía una grotesca puñalada en el abdomen. El cuchillo dejaba un rastro de sangre al salir y las manos de la víctima no conseguían cortar la hemorragia. Cayó de rodillas escupiendo aun más sangre por la boca. Una figura se levantó aceleradamente del sofá.
                -¿Pero dónde vas? ¡Te vas a perder lo mejor! – Protestó Kiraibeki.
                Edín se apartó de la puerta en el mismo momento en que Maino Szure salía aceleradamente. Le vio correr hacia el pasillo lateral de la entrada, probablemente dirigiéndose al baño a vomitar. O eso daba a entender mientras corría con las manos en la boca. A los pocos segundos apareció por la puerta del salón otra persona. Yoosu Tanra le saludó antes de encaminarse tras los pasos de su amigo.
                Miró una última vez al interior del salón. Kiraibeki seguía disfrutando de su sangrienta película, donde en aquel momento un asesino enmascarado perseguía a una pobre muchacha con un hacha gigante. Apartó la vista en el mismo momento en que veía el hacha caer contra la agonizante víctima y siguió andando hacia la cocina. En la misma puerta chocó de frente contra algo blando.
                -¡Lo siento!
                Aunque se disculpó aceleradamente, probablemente su rostro no ayudó en aquel momento. Miraba el pelo rosa de la chica que había ante él, una persona a la que no había visto nunca y que le estudiaba con una ceja levantada. Edín pensó que debería ser él quien usase aquel rostro. Por lo menos él tenía a una chica con el pelo rosa en su camino.
                -Mira por dónde vas. – Ordenó enfadada.
                -¡Lo siento! – Repitió. La joven no se movió.
                -Estás bloqueando la puerta.
                -¡P-perdón! – Se apartó, consiguiendo que la muchacha riese.
                -Qué extranjero más sumiso. Así me gusta. Toma una galletita.
                Movió la mano lanzándole una galleta invisible, comenzando a reírse cuando Edín la miró enfadado. Sin decir nada más caminó hacia las escaleras. Inmóvil siguió fulminándola hasta que desapareció por las escaleras, entonces suspiró. Otra persona rara se había mudado a la residencia, como si no hubiese ya suficientes. Se giró hacia la puerta de la cocina, no había puesto un pie en el interior cuando Nieriko Eino se había detenido ante él. Parecía que no, no había suficientes.
                -¿Qué tal E… Ed… Edu…? – Tragó una inmensa cantidad de aire. – Edín. – Dijo al final con una poderosa expiración. – E…Edín…
                No pudo hacer otra cosa que no fuese mantenerse inmóvil de nuevo. Su mente no acababa de entender lo que había visto. Nieriko Eino respiró con fuerza y le sonrió.
                -¿Qué tal tú día? ¿Quieres que te ayude?
                Antes de que el joven tuviera tiempo de responderle o la muchacha de agarrar sus bolsas, su amiga Mie Souten apareció tras ella, agarrándola con una silenciosa disculpa y llevándola hacia la zona en la que preparaban la cena.
                -¿Qué hecho mal? – Dijo con tono ofendido.
               -¿Después de hincharte como un pez globo te atreves a preguntarme eso? Tú no sabes lo que significa naturalidad, ¿Verdad? – Le reprochó su amiga seriamente.
Tras ellas Liam Negiru se reía suave y dulcemente. También estaba la muchacha corpulenta, Yuna Haejin si no recordaba mal del día anterior, quien le miró de soslayo antes de continuar colocando platos en una de las alacenas.
                -Buenas noches, Dageste. – Saludó Negiru con una amable sonrisa. – ¿Has tenido una buena tarde?
                -Pues… sí… más o menos. – Respondió aun impactado por el incomprensible comportamiento de Eino.
Recobrando el control sobre sus piernas, parecía que igual que su cerebro se habían negado a seguir obedeciendo, se dirigió a los frigoríficos de la cocina. El día anterior había comprado algunas cosas de emergencia para la cena. Pero hoy, con algo más de tiempo, y después de pasar por un cajero, había comprado suficiente para lo que quedaba de semana y parte de la siguiente. Al abrir la puerta descubrió un panorama que suponía, pero que no estaba dispuesto a admitir hasta que no lo tuviese ante él. Como era de esperar sus “agradables” compañeros lo habían llenado hasta arriba, poniendo nombrecitos en cada balda para así marcar sus “dominios”. Como también era de esperar, muchos habían acaparado varias baldas, inclusive la que él había ocupado parcialmente el día anterior. El joven probó suerte con el otro frigorífico, pero al abrirlo descubrió la misma situación. Emitió un profundo suspiro mezcla de agotamiento y odio.
                -¿No queda espacio? – Edín reconoció la voz de Eino a su espalda y se volvió para mirarla. – ¿Qué balda era Liam?
                -Era esta.
                La muchacha se acercó para señalarles. Eino asintió con fuerza y apartó a Edín del frigorífico, comenzando a mover los objetos de una balda sin nombre a otra en la que ponía "Niko" en letras coloridas. En pocos minutos Edín había recuperado su espacio perdido.
-Listo.
La joven se apartó con una sonrisa y volvió a la preparación de su cena. Aquella vez su amiga la esperaba con gesto de aprobación.
-¿Qué he hecho ahora? – Preguntó deteniéndose sorprendida. Souten se pasó avergonzada la mano por el rostro.
-Ponte a mi lado y cállate.
Durante unos segundos Edín contempló a Nieriko Eino, planteándose si el espacio reservado había sido algo aleatorio o una muestra de simpatía por su parte. La sonrisa que Liam Negiru le dedicaba daba a entender que probablemente lo habían hecho conscientemente. Se volvió al frigorífico para colocar su compra. Al menos parecía que no todas las personas raras que le rodeaban estaban cortadas por el mismo patrón.
-Cuando acabes con el frigorífico, avísame. – Pidió Haejin con su potente voz. Se había acercado a él.
-Sí, no te pero… cupes. – Repentinamente se percató de que llevaba una mano vendada. – ¿Q-qué… qué te ha pasado? – La muchacha se miró la mano.
-Nada.
Edín siguió observando las vendas con preocupación. Eran suficientemente gruesas como para tratarse de un nada grave. Haejin no varió su rostro pese a su inquisitiva mirada. Una fugaz idea cruzó su mente y se volvió hacia la puerta de la cocina, se entreveía la luz del salón.
-¿Qué miras? – Edín volvió a observarla.
-N-nada.
-¿Por qué has pensado eso? Que Kiraibeki ha podido hacerme daño. – Siguió colocando su compra para no mirarla. – ¿Te preocupa?
-No he dicho que me preocupe.
-No te ha hecho falta decirlo.
Miró sus firmes ojos. Hasta aquel momento no se había percatado, pero sus voces se habían convertido en susurros que ni Eino, ni Souten, ni Negiru eran capaces de oír.
-Te he hecho una pregunta. ¿Por qué te preocupa Kiraibeki?
-No es una buena persona.
-¿Eso piensas? Entonces te diré que simplemente se ha roto un vaso mientras fregaba. – Le mostró su vendada mano. – Me he cortado.
-¿No ha sido nada grave?
-Los cortes siempre son engorrosos. Pero no, nada grave.
Yuna Haejin no había dejado de mirarle desde el instante en que se había detenido junto al frigorífico para pedirle que le avisara al terminar. Su rostro tampoco había variado, siempre era firme e inescrutable.
-Mi sincera gratitud por tu preocupación. – Se cruzó de brazos con una sonrisa en los labios.
-Supongo que prefieres que no vuelva a preocuparme si no me lo pides, ¿No?
-No me gusta que los hombres me ayuden simplemente por ser una mujer. Da a entender que debido a mi género debo ser protegida y ayudada por mi "debilidad". Eso no debe ser asumido como que ningún hombre puede hacer nada a mí alrededor sin mi previo consentimiento. Quizá nuestro primer encuentro te ha dejado esa equívoca impresión. – Explicó tranquilamente. – Ahora debo ser yo quien se disculpe.
-No pasa nada.
En realidad no lo había hecho por esa razón, hubiese ayudado a cualquier persona, incluso a alguien que no le agradaba, como Kiraibeki, sin que se lo hubiesen pedido. Simplemente era así, o debía considerar que estaba educado así.
-Sin duda hubieses ayudado a cualquier persona. – Afirmó Haejin con una sonrisa de medio lado. Edín la miró asombrado. – Tu rostro… a veces se lee como un libro abierto. – Le miraba fijamente de nuevo. – Un consejo. Cuídate de Kiraibeki. Aunque tampoco hace falta que sigas mis palabras.  – Permaneció unos instantes en silencio. – ¿Has acabado ya?

Asintiendo, se apartó del frigorífico para permitir que Yuna Haejin buscase lo que necesitaba. No sabía si darle las gracias o disculparse, aunque lo que tenía claro, de nuevo, es que estaba rodeado de personas demasiado extrañas para lo que estaba acostumbrado.

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