[12:40]
Era
un gran edificio, un edificio majestuoso. De inmensas paredes blancas con un pórtico
simple pero repleto de parterres de flores. La gente entraba y salía
aceleradamente. Aprovechando que había dejado de nevar, algunos esperaban fuera
para fumar, otros se unían en grupitos y hablaban con un café de maquina en sus
manos. Edín lo volvía a ver una vez más, aquel hospital. Memorial Sezhima se llamaba. Una
estructura que siempre le resultaba imponente y triste. Con fuerza abrazó el
ramo de flores que portaba y avanzó hacia la puerta. Obviamente todos los
grupos y fumadores le miraron, unos de soslayo, otros directamente. A aquellas
alturas de su vida le daba igual. Cuando atravesó las puertas automáticas el
calor de la calefacción le abofeteó y comenzó a sentir que le sobraba su
abrigo. También podía ser el edificio en sí, siempre que se adentraba en aquel
lugar comenzaba a faltarle el aire. Recorrió la recepción para acercarse al
mostrador. La mayor parte de las recepcionistas parecían estar ocupadas mirando
sus ordenadores y las que no, lidiaban con los visitantes. Edín se acercó a la
única que parecía desocupada, la cual le miró de arriba abajo sin ocultar su
curiosidad.
-¿Puedo
ayudarte? – Preguntó secamente.
-Vengo
a ver a un paciente internado en el hospital. – Explicó ignorando el tono
cortante de su interlocutora.
-¿Nombre?
-Yuri
Hibe.
La
mujer comenzó a teclear el nombre que le había dado sin prestarle más atención.
Tras varios intentos le miró confusa y quizá algo enfadada.
-La
paciente a la que quiere visitar esta en un estricto programa hospitalario. No
se puede entrar sin una autorización. – Edín atendió intranquilo a aquella
información. – ¿Posee usted una autorización?
-N-no
lo sé.
-Me
temo que si no lo sabe señor, no puede entrar a ver a la paciente.
-P-pero…
– El joven tomó aire. – Escuche, he venido antes a verla, no sé cuando le han
cambiado el… programa hospitalario en el que esté, pero-
-No
es un tema discutible, es una decisión administrativa del hospital señor. – La
recepcionista se volvió a preparar ante su teclado. – Aun así dígame su nombre
por si se diese el caso de que estuviese recogido como un visitante.
-Edín
Dageste. – La mujer tecleó sin prisa durante unos segundos, repentinamente
frunció el ceño y observó al muchacho. – ¿Pasa algo?
-Espere
un momento por favor.
Sin
darle explicación alguna retrocedió con su silla y se acercó al teléfono,
marcando y preparándose para hablar. Se mantuvo durante unos segundos
dialogando con alguien antes de pulsar una tecla, entonces comenzó a
cuchichear. Edín decidió mirar en otra dirección mientras se planteaba que pasaría
ahora entre las variadas posibilidades que le brindaba su mente. En alguna
parte se había colado que aquella mujer estaba llamando a seguridad para
echarle, y por ello se estremeció al ver a uno de los guardias caminando por la
recepción.
-Señor
Dageste. – Habló la recepcionista. Edín asintió. – Espere un momento allí
sentado y ahora mismo le atenderán.
-¿Qué
ocurre?
-Va
a bajar la persona al cargo de la señorita Hibe.
-¿Por
qué?
-Ella
se lo explicará cuando llegue, haga el favor de esperar allí. – Insistió.
A
Edín no le quedó más remedio que suspirar y volverse sobre sus pasos hacia una
pequeña zona de asientos preparada como sala de espera de la recepción. El
abrigo le asfixiaba por segundos, así que nada más llegar a un asiento vacío se
deshizo de él. A su alrededor había sentados visitantes del hospital que le
lanzaron miradas suspicaces, uno de ellos llegó hasta a cambiarse de sitio para
crear distancia.
En
silencio, Edín se acomodó a esperar. La recepción era un mundo de movimiento
constante que le parecía lejano. Aunque no paraba de escuchar el ruido de
megafonía, la gente entrando y saliendo, él se había refugiado en algún lugar
tranquilo de su mente, abstrayéndose tanto que no se percató cuando una mujer
vestida con una bata blanca se detuvo ante él. Al levantar la cabeza la
descubrió estudiándole mientras se apartaba un mechón de pelo rubio de la cara.
Parecía venir del Protectorado, como él.
-¿Edín
Dageste? – Preguntó en rantensi. Tenía un rostro amigable, con unos preciosos
ojos verdes.
-S-soy
yo. – Se levantó instantáneamente.
-Encantada
de conocerte. – Le tendió su mano. – Soy la doctora Martina Kipling. Estoy
encargada de Yuri Hibe.
-Encargada…
de…
-Yuri,
sí. Me han llamado desde recepción diciéndome que habías venido.
-¿Sabe
quién soy?
-Manejo
un amplio historial médico Edín, algo muy relevante para tratar a Yuri. Sígueme
por favor. – Pidió avanzando hacia unos ascensores cercanos. – Lamento el
inconveniente con no dejarte pasar, pero debido a la difícil situación de Yuri
decidimos reducir el número de visitas lo máximo posible. – Explicó al pulsar
el botón. – Tratamos de ponernos en contacto contigo…
-He…
estado un poco ausente estos últimos años.
-Lo
sabemos, Yuri nos lo explicó. – Las puertas del ascensor se abrieron dejándoles
pasar. – Aunque me alegra de que hayas venido, Yuri ya nos informó de tu beca
universitaria. Me he tomado la libertad de prepararte esta tarjeta magnética
para futuras visitas. Pero tendrás que pasar por el mostrador de recepción y
avisar de tu llegada. – Explicó entregándole una tarjeta blanca, no sabía cómo,
pero tenía su foto en miniatura. – Yuri sigue internada en la octava planta
como siempre, habitación veinticuatro. Al llegar al rellano de esa planta te
encontrarás las puertas cerradas y tendrás que enseñarle la tarjeta al sistema
de seguridad y luego a la enfermera que hay de guardia. Ella te llevará hacia
la habitación.
-Entendido.
-Si
cualquiera del personal médico te exige identificación enséñale la tarjeta.
-Muy
bien.
-Espero
no estar abrumándote con tanta información.
-¡N-no!
Es… no, no me está abrumando doctora.
El
ascensor se abrió en la octava planta mostrándoles un descanso de las
escaleras, con algunos asientos cerca de las ventanas y unas deprimentes
paredes blancas y algún que otro cuadro de flores. No muy lejos había una
puerta doble con una pequeña máquina al lado. La doctora Kipling pulsó un botón
cercano e introdujo su tarjeta. Cuando la luz verde de la maquina se encendió
las puertas se abrieron, dándoles paso.
-Buenos
días. – Saludó la doctora al entrar. Edín la seguió en silencio, comprobando
como las enfermeras de la recepción le devolvían el saludo. – Yuri se alegrará
mucho de tu visita, hace tiempo que no viene nadie.
Cruzaban
un amplio pasillo de paredes blancas con rodapiés grises que tenía puertas a ambos
lados hasta que se detuvieron ante la habitación número veinticuatro. La
doctora Martina Kipling se volvió a él con una sonrisa.
-Edín,
espero que ahora que vas a pasar un año en la ciudad pueda contar con tu apoyo
para ayudar a Yuri. Con ella cualquier mano que me tiendan es poca.
-A-ayudaré
en lo que pueda.
-Me
alegro de oírlo. – La doctora tocó suavemente esperando hasta que alguien
respondía desde el interior para entrar.
-Tienes
una visita Yuri.
-¿Quien?
– Preguntó una suave y dulce voz.
Martina
permitió que Edín entrara. Era una espaciosa habitación individual, bañada por
una intensa luz dorada proveniente de la ventana. Aquella luz parecía estar
convencida en su esfuerzo de permanecer allí, como si se negase a abandonar el
lugar. En el centro había una espaciosa cama. Más que preparada para atender
una emergencia, estaba pensada para que quien la usase estuviera cómodo. Sobre
ella una joven de pelo castaño esperaba con un cuaderno de dibujo en las
piernas. Había movido una de las mesitas y la estaba utilizando para tener todo
su equipo de dibujo ordenado. La habitación, como si se opusiera al resto del
hospital, emanaba una sensación de tranquilidad, pero también la percepción de
que el tiempo se había detenido. Al ver a Edín su rostro se iluminó con
alegría.
-Edín.
– Habló confusa, como si aun no creyese que él estaba allí. – Edín. – Repitió
con su voz convertida en un suave susurro.
El
joven dejó el ramo de flores en una mesita junto a la puerta y avanzó hacia
ella rodeándola con sus brazos. Se
fundieron en un largo y caluroso abrazo. Edín respiraba entrecortadamente, le
estaba costando horrores no llorar.
[16:09]
En
la cocina se entremezclaba el sonido de risas proveniente del salón con el
fluir de agua en el fregadero. Aidee intentaba mantenerse ocupada con su labor
de limpieza, pero cada vez que Ohouji Kirabeiki emitía una risotada volvía a la
triste realidad, una bandeja repleta de platos sucios que había dejado sobre la
encimera, junto al fregadero, y que probablemente no pensaba fregar.
No
era la única persona en la cocina y probablemente no era la única persona
enfadada, pero parecía que Yuna Haejin se estaba tomando aquella escena con
silenciosa resignación. O quizá sabía que si ponía un pie en el salón Kirabeki
tendría que reconstruirse la mandíbula y por eso se controlaba. Aunque ambos
eran poderosas moles de músculo, quizá en una pelea se encontrarían más
nivelados de lo que ninguno estaba dispuesto a admitir.
-Esto
es fabuloso, parece que no he salido de mi puta casa.
La
nueva residente, Shu'Len, entró por la puerta del comedor y dejó más bandejas
sobre la encimera. Su estrambótica apariencia perdía mucho sin su llamativo
abrigo. Su ropa era normal, muy colorida, pero normal. Una ajustada camiseta
que le cubría hasta el cuello, dejando aun así huecos en los hombros, una
minifalda vaquera a muy corta distancia del fin de sus largas botas de piel.
Aidee pensó que había que ser extremadamente habilidoso para ponerse aquel
calzado.
-He
cambiado un sucio vago sentado viendo la tele mientras friego, por otro sucio
vago sentado viendo la tele mientras friego. Al menos el primer sucio vago
estaba demasiado borracho como para reírse en voz alta.
En
respuesta el sonido de una inmensa risotada inundó aquella planta consiguiendo
que Shu'Len le dedicase una mirada de asco. Rápidamente fue sustituido por
poderosos golpes, como palmadas.
-¿A
que es buena? ¿Verdad Szure? – Más palmadas. – ¡¡Mira, mira!! – Comenzó a reír
de nuevo.
Aidee
suspiró. Los pobres Maino Szure y Yoosu Tanra, comenzaba a sentir mucha pena
por ellos, se habían visto arrastrados por Kiraibeki para que se sentasen con
él a ver la televisión. Teniendo en cuenta las risotadas y el nivel de
inteligencia de Kiraibeki, probablemente estaban viendo algún programa del estilo
de los "Videos más tontos de Rantei". Ninguno de sus acompañantes
parecía ser capaz de soportar a aquel mastodonte humano, especialmente Szure,
quien era tratado como especie de mascota obediente. Kiraibeki no parecía muy
dispuesto a liberarle de aquella relación, y le empujaba y llevaba de un lado a
otro según a él le venía bien. Esto arrastraba también a Tanra, quien no se
separaba de su amigo. Por el rostro de furia contenida de Maino, pronto
acabaría explotando y, si tenían suerte, mataría a Kiraibeki con una lámpara
del salón.
Se
detuvo unos segundos mientras se planteaba aquella posibilidad. Las lámparas
del salón eran caras y bastante difíciles de conseguir. Szure tendría que matar
a Kiraibeki con algo más barato. Una nueva risotada la arrancó de sus
pensamientos.
-¡Venga
ya! – Rugió Shu'Len. – ¡BAJA EL PUTO VOLUMEN!
-¡Si
está bajo! – Protestó Kiraibeki desde el salón. La joven se agarró a la puerta
mientras tomaba aire.
-¡NO
EL DE LA TELE! ¡EL TUYO PEDAZO DE GILIPOLLAS!
Era
una suerte que la sala común estuviese bien posicionada, alejada del bullicio
central, y por ello, bastante insonorizada, de lo contrario Uriel estaría
conflagrando el salón con su aliento de fuego. Kiraibeki rió de nuevo,
consiguiendo que Shu'Len apretase los dientes.
-¡Eh!
¿Quién va a ser la preciosa que me traiga una cerveza de la nevera? – Preguntó
el mastodonte desde el salón. Desde la puerta de la cocina, su nueva inquilina
sonreía.
-Ahh…
esto me trae tantos recuerdos. ¿Tenemos matarratas? – Preguntó al volver al
fregadero junto a Haejin.
-Debajo
del fregadero en el que estás. – Respondió Aidee. – Pero preferiría que lo
matases lejos del salón.
-Si
sabes la cantidad que poner no hay problema. Morirá donde yo quiera.
-Y
seguro tú conoces esa información. – Sentenció Haejin.
-Por
supuesto. – Tras su respuesta liberó una asqueada exclamación. – No pienso fregar
un solo plato de ese tío.
-Se
quedará ahí hasta que él decida fregar. – Shu'Len rió.
-Te
digo por experiencia que moriremos de viejas antes de que friegue esos platos.
Antes me creería que tienes poderes y puedes fregar mediante telepatía.
-Pareces
muy adaptada a compartir espacio con detractores del trabajo. – Comentó Aidee
sarcásticamente.
-Y
vosotras no parecéis muy acostumbradas a ello. Os recomiendo que le pongáis las
cosas claras desde ya a ese muñeco hinchado de anabolizantes. Estos problemas
solo van a peor y no suelen cambiar.
-Cuando
se llenen las habitaciones que faltan, si se llenan, haré un horario de trabajo
para repartirnos las tareas. – Shu'Len siseó.
-Eres
tan… diplomática. "Haré un horario de trabajo". – Imitó su voz. – ¿Te
digo por donde se va a pasar ese tu horario de trabajo? – Aidee sonrió
ligeramente enfadada.
-¿Sugerencias?
-Dé-ja-me-pen-sar.
– Comenzó aburrida. – Friega los platos o te rajo. Si no quieres morir más te
vale fregar. Y mi favorita, o friegas o te daré tal patada en la polla que la
escupirás por la boca.
-Se
nota que lo tuyo si es la diplomacia.
-Tengo
un máster en ello.
Una
nueva risotada las apuñaló. Aidee no pudo evitar dirigir una mirada asesina a
la puerta del comedor. Por suerte ni Shu'Len ni Haejin pudieron verla, y mejor,
si alguien lo hubiera hecho el mínimo resultado habría sido mearse encima. Con
un suave movimiento dejó el último plato sobre los demás para que se secaran,
cogió un trapo y se frotó las manos contra él. Cuando las tuvo suficientemente
secas lo dejo nuevamente en la encimera con un largo suspiro de agotamiento. En
la distancia resonó un potente golpe seco y repetitivo.
-¡La
puerta! – Gritó Ohouji Kiraibeki.
Un
vaso se partió en pedazos. Shu'Len retrocedió sorprendida mientras miraba como
Haejin respiraba con fuerza. Sin decir una palabra se acercó a la basura y
comenzó a arrojar cristales. Shu'Len aun no había sido capaz de cerrar la boca.
-Mis
disculpas.
Haejin
continuó fregando. La nueva inquilina giró lentamente su cabeza hasta que sus
ojos se encontraron con los de Aidee. Su rostro parecía preguntar una y otra
vez qué acababa de pasar.
-¡¿Es
que no habéis oído la puerta?! – Insistió Kiraibeki cuando volvieron a tocar.
Shu'Len se apartó por precaución, pero no volvió a romperse ninguna pieza de la
vajilla.
Avanzando
lentamente Aidee fue capaz de salir por la puerta de la cocina. Comenzaba a
pensar que no había en aquel edificio un solo residente que pudiera catalogarse
como "normal". Al llegar a la
puerta se arregló la camisa y abrió.
Ante
ella se erguía una inmensa e imponente figura. Su rostro estaba parcialmente
cubierto por una máscara en apariencia hecha de hueso que le recubría la nariz,
o lo que debía ser su nariz, las cejas y subía por su frente bifurcándose,
torciéndose y rodeando la circunferencia de su cabeza, acabando en bordes
puntiagudos que los asemejaba a cuernos. La extraña mascara dejaba un espacio
abierto de piel hasta su pelo, de intenso color negro. El resto de su cara era
todo lo humanamente aceptable, de amplia mandíbula que a veces acababa en leves
resquicios puntiagudos y con unos pequeños y brillantes ojos, sin rastro alguno
de blanco y conquistados por completo por un iris plateado y una pupila negra.
Resultaban casi como dos estrellas hipnóticas, creando un contraste precioso
con su piel cenicienta.
-¿Hola?
– Dijo Aidee entrecortadamente.
Sin
mediar palabra alguna el humanoide le tendió una gigantesca mano con un papel
en ella. La joven se fijo en los amplios tatuajes negros que surcaban sus
muñecas, desapareciendo por los bordes de su chaqueta vaquera y que llegaban
hasta los huesudos nudillos que coronaban sus grandes manos. La misma formación
huesuda que cubría su cara parecía extenderse por el dorso de estas, creando
nuevamente terminaciones puntiagudas. Por si no fuera suficiente poseía largas
uñas, que Aidee considero parte del mismo material. A su lado las manos de la
joven parecían de muñeca de porcelana, algo que quedó patente cuando cogió el
papel. Leyó lo que había escrito sin prestarle demasiada atención, no le hacía
falta, estaba claro que era otro alumno traído del Cruce. Al levantar la vista
volvió a entrar en el poder hipnótico de aquellas estrellas. Repentinamente se
dio cuenta de que le estaba haciendo esperar con las maletas.
-¡Pasa!
– Exclamó al darse cuenta. – Te echare una mano.
Antes
de acabar la frase el joven ya había levantado las maletas en peso y pasaba por
debajo del arco de la puerta no sin dificultad. Las dejo en el rellano y se
volvió de nuevo a ella. La joven se fijó que sus piernas eran distintas, con
varios puntos, más de los normales, en los que se flexionaban. Aquel chico
parecía que iba a saltar de un momento a otro.
-Mi
nombre es Aidee Hyome. – No podía evitar el tono confuso de su voz. – Soy la Encargada
de esta residencia.
El
joven le respondió bajando la cabeza en una silenciosa reverencia, la chica
esperó pacientemente unos segundos sin obtener sonido alguno de su
interlocutor.
-¿Quieres
que te muestre tu habitación?
La
respuesta fue nuevamente una reverencia. La muchacha alzó una ceja y se dio
media vuelta para avanzar por el pasillo. El sonido a su espalda le indico que
le seguía. Los pies descalzos acaban en las mismas prominentes uñas que las
manos, o al menos eso se entreveía por debajo de los raidos vaqueros.
Irónicamente, y pese a su tamaño, sus pasos producían muy poco ruido. Al pasar
por la puerta del salón se percató del repentino silencio. La televisión estaba
encendida, probablemente sin sonido, y Kiraibeki, Szure y Tanra estudiaban al
recién llegado. Lo mismo ocurrió al cruzar ante la puerta de la cocina, donde
Shu'Len y Haejin tampoco ocultaron su curiosidad. Su acompañante ignoró
aquellas miradas con elegancia y siguió andando. Mientras escuchaba sus
curiosamente ligeras pisadas en la escalera, se planteo seriamente que fuera
mudo. Envueltos en el silencio llegaron a la puerta de una de las habitaciones
vacías del primer piso. Le abrió entregándole la llave y dejándole paso, el
joven respondió con otra reverencia y desapareció cerrando tras de sí. La
encargada se mantuvo unos segundos observando la puerta.
-<No
me ha dicho ni su nombre.>
Con
amplias zancadas volvió a bajar. Shu'Len y Haejin habían terminado de fregar.
La estrambótica nueva residente hablaba con su compañera acerca del recién
llegado. La televisión del salón seguía en silencio.
En
un mismo movimiento sacó sus llaves y abrió la puerta cerrada del pasillo,
encaminándose a la sala común sin ser vista. Aunque por la mañana todo había
amanecido ordenado, en ese mismo momento la habitación entera estaba revuelta,
llena de notas, papeles. Un amplio callejero de la ciudad había conquistado
toda la mesa central, salvo una pequeña esquina donde la tetera de Moyra
humeaba tranquila. La mujer estudiaba el diseño caótico de las miles de
chinchetas que lo marcaban mientras disfrutaba de su té. Ante la presencia de
su compañera preparó otra taza.
Aidee
avanzó hacia el lado opuesto de la habitación, ojeó rápidamente los millares de
hojas. Uriel Aidara estaba otra vez apoyado en su amplio escritorio. No hacía
más que mover folios en amplios vaivenes, repentinamente dejaba salir una
pequeña risa de satisfacción y ponía la hoja que tenía en las manos en un
montón aparte. Aunque la había oído entrar y sabía que estaba allí no se
molestó en detener su tarea. La joven taconeo hasta donde acababa el respaldo
del sofá acariciándolo con su mano, cuando se detuvo lo agarró con fuerza.
-¿Uriel?
– Dijo con firmeza. El joven emitió un gruñido como respuesta. – Ha venido un
nuevo alumno. – Se escucho un leve “aja”, apretó aun más la mano contra el
respaldo. – Era… es, bastante… distinto a lo que estamos acostumbrados por aquí
y me ha parecido extraño que… no me hayas comentado nada al respecto, teniendo
en cuenta el control que tú sueles mantener sobre todo. Especialmente
estudiantes que puedan no entrar dentro de tus estándares. He creído
conveniente hacértelo saber.
No
obtuvo ninguna respuesta. Sus uñas se clavaron con fiereza. El sofá emitió un
sonido suave pero constante, como si se desinflase. Uriel se volvió a mirarla
fugazmente con aburrimiento.
-¿El
joven de los cuernos? – La chica no se sorprendió en absoluto. – Se que llegará
una muchacha que es marcadamente estrambótica, pero no creo que te hubiera
causado tal impacto. Así que asumiré que ha sido el de los cuernos. – Aidee no
varió su gesto.
-Y
ahora me queda claro tu patente desinterés por quien viene o deja de venir a la
residencia, porque ya lo sabías. – Dijo dándole una bofetada al sofá.
-¿Ya
sabía qué? ¿Qué es marcadamente estrambótica? Es lo que tienen las fot-
-¡Te
suplico que te detengas! Tú crees que tienes humor, pero en realidad no lo
tienes. Además soy demasiado joven y hermosa para ver el fin de los tiempos. Tu
humor puede conseguir eso, que yo entre en modo destruir y traiga el fin de los
tiempos. – Le interrumpió sonriendo falsamente. Uriel entrecerró los ojos con
furia mientras Aidee se cruzaba de brazos. – ¿De dónde has sacado la información
de que venía un Dozmor? No, mejor aún, ¿De dónde has sacado la información de
la gente que está viniendo?
-De
una carpeta que tengo aquí y de las fichas del ordenador portátil del
escritorio. – Explicó Moyra entregándole la carpeta. – Te recomiendo estas
últimas, están más repletas de información.
Aidee abrió la carpeta y descubrió fichas de
todos los alumnos que había en la residencia y algunos que aun no estaban. Las
dejó al lado del ordenador portátil, tratando de no desordenar las ya de por sí
caóticas torres de hojas de Uriel. Moviéndose en ambos registros al mismo
tiempo llegó a la ficha del humanoide que acababa de llegar.
-Un
Dozmor en la residencia, eso sí que es raro. ¿Es del Protectorado? – Se volvió
al mapamundi que había colgado en la pared, buscando una ubicación.
-Para
haber venido aquí debe ser un residente del Protectorado. – Explicó la mujer. –
No es común que viajen tan lejos de todos modos.
La
chica volvió a las fichas hasta que encontró su lugar de origen. El Dozmor
provenía de Dozmolvar, una amplia frontera de tierra en el límite oeste del
Protectorado de Sehril. Tras observar nuevamente el mapa continuó estudiando la
ficha del joven, fijándose aquella vez en su nombre.
-¿Thavnar
Evaaran? – Permaneció un segundo pensativa. – Thavnar, Thavnar, Thavnar… acabo
de verlo. – Nuevamente se fijo en Dozmolvar. – Thavnar es el nombre de una
ciudad. – Dijo al final. – Tiene de nombre propio… ¿Su ciudad?
-Ni
idea. – Respondió Uriel sin prestar mucha atención. Al volver a leer la ficha
vio que efectivamente era su ciudad de residencia.
-Es
su ciudad. ¿Quién se pone de nombre la ciudad donde vive?
-Ni
idea.
-Tampoco
sé porque preguntó, acabo de conocer a una persona que se llama a sí misma Shu’Len.
-Ni
idea.
Aidee
levanto una ceja al mirar a Uriel. Se preguntó fugazmente cuando habría dejado
de escucharla. La muchacha volvió de nuevo a las fichas, fue pasándolas
lentamente, llegando a la de Edín Dageste.
-Haeleria…
Vizhan. – Murmuró sin buscar respuesta. Moyra se acercó para entregarle una
taza de té.
Buscó
el nombre por el mapa, lo acabó encontrando al sur del Protectorado, un extenso
territorio bajo las letras de “Imperio de Vizhan”, la ciudad de Haeleria no
estaba lejos de la capital del imperio. Luego busco a Airu Kressligh. Su ficha
decía “Duragia Saar” en su raza y nada en su hogar.
-¿Nada?
¿Airu Kressligh no tiene lugar de nacimiento? – El cursor del portátil le llevó
a una extraña información. – Un momento…
-Te
has percatado ¿No es así? – Comentó Moyra. – La ficha informática muestra dos
localizaciones distintas.
-Residente
del Protectorado y de la ciudad de Bahía Tyrene. Esas dos direcciones no
computan. – Preguntó confusa mientras contemplaba en el mapa un diminuto país
al norte de Vizhan. – Kressligh es de Kerynos, pero al mismo tiempo del
Protectorado y eso es imposible.
-Yo
también lo he encontrado interesante. – Moyra observaba las fichas.
-Si
esto es un error y verdaderamente viene de Kerynos… un país que se encuentra
fuera del Protectorado, ¿Cómo ha conseguido un visado?
-No
es solo un visado, es un visado anual o incluso mejor, un visado de carácter
permanente por estudios. Rantei no regala cosas así. Aunque es aún más
interesante preguntarse como tiene un certificado de residencia, que no de
nacionalidad, en el Protectorado. Algo así ofrece demasiadas lecturas.
-Quizá
las fichas estén desactualizadas.
-O
quizá Airu Kressligh no desea que la gente sepa que proviene de Bahía Tyrene. –
Moyra colocó sus manos elegantemente sobre su vientre. – Es curioso… tengo
entendido que el Protectorado no concede la nacionalidad con facilidad, pero un
certificado de residencia es un asunto distinto. Aun así, sé que un certificado
puede resultar imposible de obtener por medios burocráticos, aunque al mismo
tiempo afirman que si se poseen los fondos necesarios, es posible adjudicarse
uno sin apenas dificultad. – Aidee asimiló aquella información.
-Entendemos
que Airu Kressligh ha comprado su certificado de residencia en el Protectorado,
algo costoso, para esconder que proviene de Kerynos… ¿Por qué?
-Entender
es un concepto muy absoluto, yo diría más bien que hemos planteado una
hipótesis de la cual ahora mismo obtenemos ningún resultado.
Suspirando,
Aidee continuó leyendo las fichas, cogiendo de cada una la información que
encontraba más relevante. Como que Mie Souten estaba matriculada en la carrera
de medicina, Liam Negiru era una nadadora profesional, el nombre real de
Shu'Len no aparecía en su ficha, Yuna Haejin poseía una masa muscular que
podría ser la envidia de más de un hombre y Ohouji Kiraibeki era tan
inaguantable en foto como lo era en persona. Su lectura finalizó en la ficha de
Nieriko Eino o Niko, la chica de la coleta rosa. Desde que le había visto le
resultaba familiar, pero no sabía cómo o porque.
-Nieriko
Eino – Leyó en voz alta. – Me suena muchísimo esta chica. – Uriel, quien había
estado ausente de la conversación, liberó una molesta risita.
-¿No
reconoces quién es?
Aidee
le miró pensativa, Su compañero dejó el papel que estaba estudiando sobre los
demás y se dirigió al reproductor de música. Se agachó y buscó entre los miles
de discos, finalmente lo encontró. Con un grácil movimiento introdujo un disco
y una melodía llena de ritmo invadió la habitación. Era tan alegre, festiva y
en definitiva poco adecuada a Uriel Aidara que Aidee se planteó que estuviese
burlándose de ella. A los pocos segundos la dulce voz de una chica se unió a la
melodía.
"¡Suspira! Sueños para una
estrella fugaz."
"Luces del mañana que
iluminan mi alma."
"Quiero que mi voz llegue
al más allá."
"Y el mundo me
escuche."
"¡Y
que el mundo me escuche!"
Tras oír la primera estrofa, Aidee, abrió la
boca sorprendida, reconocía aquella voz. Como que la había oído hacía solo unas
horas.
-¡¿En
serio?! – Le miraba atónita. – ¡No puede ser!
-Es.
– Sentenció Uriel. Con otro movimiento apagó la música.
-Esto
parece levemente quizá, que se nos está complicando demasiado.
-No
entiendo qué complicaciones puede traer una muchacha cantante. – Concluyó Moyra
sin perder su tranquilidad. Volvió a tomar un sorbo de su té.
-Para
empezar Moyra, la prensa y para acabar, también la prensa. – Contestó él con su
sorna habitual. – Así que como veras, Aideelyn, la planta de la escalera era
hartamente menos problemática cuando solo la teníamos ella. – Volvió a sus
papeles con amplias zancadas, Aidee le contemplaba con reproche.
[20:37]
Al anochecer Edín atravesó la
puerta delantera de la residencia cargado de bolsas que resonaban
constantemente. Repentinamente se vio golpeado por el sonido de lo que esperaba
fuese una televisión, ya que de lo contrario la residencia debía estar siendo
bombardeada. Con cautela se asomó por la puerta del salón, únicamente estaba
iluminado por la brillante pantalla y una de las lámparas. El respaldo del sofá
solo le permitía ver la cabeza de alguien. La televisión mostró una inmensa
explosión y Ohouji Kiraibeki liberó un emocionado grito.
-¡Toma ya! – Le escuchaba mascar
mientras hablaba. – ¿A qué mola, Szure? ¡Mira, ahora le pega una puñalada!
Su anuncio llegó en el mismo
momento que Edín veía como el personaje en pantalla recibía una grotesca
puñalada en el abdomen. El cuchillo dejaba un rastro de sangre al salir y las
manos de la víctima no conseguían cortar la hemorragia. Cayó de rodillas
escupiendo aun más sangre por la boca. Una figura se levantó aceleradamente del
sofá.
-¿Pero dónde vas? ¡Te vas a
perder lo mejor! – Protestó Kiraibeki.
Edín se apartó de la puerta en
el mismo momento en que Maino Szure salía aceleradamente. Le vio correr hacia
el pasillo lateral de la entrada, probablemente dirigiéndose al baño a vomitar.
O eso daba a entender mientras corría con las manos en la boca. A los pocos
segundos apareció por la puerta del salón otra persona. Yoosu Tanra le saludó
antes de encaminarse tras los pasos de su amigo.
Miró una última vez al interior
del salón. Kiraibeki seguía disfrutando de su sangrienta película, donde en
aquel momento un asesino enmascarado perseguía a una pobre muchacha con un
hacha gigante. Apartó la vista en el mismo momento en que veía el hacha caer
contra la agonizante víctima y siguió andando hacia la cocina. En la misma
puerta chocó de frente contra algo blando.
-¡Lo siento!
Aunque se disculpó
aceleradamente, probablemente su rostro no ayudó en aquel momento. Miraba el
pelo rosa de la chica que había ante él, una persona a la que no había visto
nunca y que le estudiaba con una ceja levantada. Edín pensó que debería ser él
quien usase aquel rostro. Por lo menos él tenía a una chica con el pelo rosa en
su camino.
-Mira por dónde vas. – Ordenó
enfadada.
-¡Lo siento! – Repitió. La joven
no se movió.
-Estás bloqueando la puerta.
-¡P-perdón! – Se apartó,
consiguiendo que la muchacha riese.
-Qué extranjero más sumiso. Así
me gusta. Toma una galletita.
Movió la mano lanzándole una
galleta invisible, comenzando a reírse cuando Edín la miró enfadado. Sin decir
nada más caminó hacia las escaleras. Inmóvil siguió fulminándola hasta que
desapareció por las escaleras, entonces suspiró. Otra persona rara se había
mudado a la residencia, como si no hubiese ya suficientes. Se giró hacia la
puerta de la cocina, no había puesto un pie en el interior cuando Nieriko Eino
se había detenido ante él. Parecía que no, no había suficientes.
-¿Qué tal E… Ed… Edu…? – Tragó
una inmensa cantidad de aire. – Edín. – Dijo al final con una poderosa
expiración. – E…Edín…
No pudo hacer otra cosa que no
fuese mantenerse inmóvil de nuevo. Su mente no acababa de entender lo que había
visto. Nieriko Eino respiró con fuerza y le sonrió.
-¿Qué tal tú día? ¿Quieres que
te ayude?
Antes de que el joven tuviera
tiempo de responderle o la muchacha de agarrar sus bolsas, su amiga Mie Souten
apareció tras ella, agarrándola con una silenciosa disculpa y llevándola hacia
la zona en la que preparaban la cena.
-¿Qué hecho mal? – Dijo con tono
ofendido.
-¿Después de hincharte como un
pez globo te atreves a preguntarme eso? Tú no sabes lo que significa
naturalidad, ¿Verdad? – Le reprochó su amiga seriamente.
Tras
ellas Liam Negiru se reía suave y dulcemente. También estaba la muchacha
corpulenta, Yuna Haejin si no recordaba mal del día anterior, quien le miró de
soslayo antes de continuar colocando platos en una de las alacenas.
-Buenas noches, Dageste. –
Saludó Negiru con una amable sonrisa. – ¿Has tenido una buena tarde?
-Pues… sí… más o menos. –
Respondió aun impactado por el incomprensible comportamiento de Eino.
Recobrando
el control sobre sus piernas, parecía que igual que su cerebro se habían negado
a seguir obedeciendo, se dirigió a los frigoríficos de la cocina. El día
anterior había comprado algunas cosas de emergencia para la cena. Pero hoy, con
algo más de tiempo, y después de pasar por un cajero, había comprado suficiente
para lo que quedaba de semana y parte de la siguiente. Al abrir la puerta
descubrió un panorama que suponía, pero que no estaba dispuesto a admitir hasta
que no lo tuviese ante él. Como era de esperar sus “agradables” compañeros lo
habían llenado hasta arriba, poniendo nombrecitos en cada balda para así marcar
sus “dominios”. Como también era de esperar, muchos habían acaparado varias
baldas, inclusive la que él había ocupado parcialmente el día anterior. El
joven probó suerte con el otro frigorífico, pero al abrirlo descubrió la misma
situación. Emitió un profundo suspiro mezcla de agotamiento y odio.
-¿No queda espacio? – Edín
reconoció la voz de Eino a su espalda y se volvió para mirarla. – ¿Qué balda
era Liam?
-Era esta.
La muchacha se acercó para
señalarles. Eino asintió con fuerza y apartó a Edín del frigorífico, comenzando
a mover los objetos de una balda sin nombre a otra en la que ponía
"Niko" en letras coloridas. En pocos minutos Edín había recuperado su
espacio perdido.
-Listo.
La
joven se apartó con una sonrisa y volvió a la preparación de su cena. Aquella
vez su amiga la esperaba con gesto de aprobación.
-¿Qué
he hecho ahora? – Preguntó deteniéndose sorprendida. Souten se pasó avergonzada
la mano por el rostro.
-Ponte
a mi lado y cállate.
Durante
unos segundos Edín contempló a Nieriko Eino, planteándose si el espacio
reservado había sido algo aleatorio o una muestra de simpatía por su parte. La
sonrisa que Liam Negiru le dedicaba daba a entender que probablemente lo habían
hecho conscientemente. Se volvió al frigorífico para colocar su compra. Al
menos parecía que no todas las personas raras que le rodeaban estaban cortadas
por el mismo patrón.
-Cuando
acabes con el frigorífico, avísame. – Pidió Haejin con su potente voz. Se había
acercado a él.
-Sí,
no te pero… cupes. – Repentinamente se percató de que llevaba una mano vendada.
– ¿Q-qué… qué te ha pasado? – La muchacha se miró la mano.
-Nada.
Edín
siguió observando las vendas con preocupación. Eran suficientemente gruesas
como para tratarse de un nada grave. Haejin no varió su rostro pese a su
inquisitiva mirada. Una fugaz idea cruzó su mente y se volvió hacia la puerta
de la cocina, se entreveía la luz del salón.
-¿Qué
miras? – Edín volvió a observarla.
-N-nada.
-¿Por
qué has pensado eso? Que Kiraibeki ha podido hacerme daño. – Siguió colocando
su compra para no mirarla. – ¿Te preocupa?
-No
he dicho que me preocupe.
-No
te ha hecho falta decirlo.
Miró
sus firmes ojos. Hasta aquel momento no se había percatado, pero sus voces se
habían convertido en susurros que ni Eino, ni Souten, ni Negiru eran capaces de
oír.
-Te
he hecho una pregunta. ¿Por qué te preocupa Kiraibeki?
-No
es una buena persona.
-¿Eso
piensas? Entonces te diré que simplemente se ha roto un vaso mientras fregaba.
– Le mostró su vendada mano. – Me he cortado.
-¿No
ha sido nada grave?
-Los
cortes siempre son engorrosos. Pero no, nada grave.
Yuna
Haejin no había dejado de mirarle desde el instante en que se había detenido
junto al frigorífico para pedirle que le avisara al terminar. Su rostro tampoco
había variado, siempre era firme e inescrutable.
-Mi
sincera gratitud por tu preocupación. – Se cruzó de brazos con una sonrisa en
los labios.
-Supongo
que prefieres que no vuelva a preocuparme si no me lo pides, ¿No?
-No
me gusta que los hombres me ayuden simplemente por ser una mujer. Da a entender
que debido a mi género debo ser protegida y ayudada por mi "debilidad".
Eso no debe ser asumido como que ningún hombre puede hacer nada a mí alrededor
sin mi previo consentimiento. Quizá nuestro primer encuentro te ha dejado esa
equívoca impresión. – Explicó tranquilamente. – Ahora debo ser yo quien se
disculpe.
-No
pasa nada.
En
realidad no lo había hecho por esa razón, hubiese ayudado a cualquier persona,
incluso a alguien que no le agradaba, como Kiraibeki, sin que se lo hubiesen
pedido. Simplemente era así, o debía considerar que estaba educado así.
-Sin
duda hubieses ayudado a cualquier persona. – Afirmó Haejin con una sonrisa de
medio lado. Edín la miró asombrado. – Tu rostro… a veces se lee como un libro
abierto. – Le miraba fijamente de nuevo. – Un consejo. Cuídate de Kiraibeki.
Aunque tampoco hace falta que sigas mis palabras. – Permaneció unos instantes en silencio. – ¿Has
acabado ya?
Asintiendo,
se apartó del frigorífico para permitir que Yuna Haejin buscase lo que
necesitaba. No sabía si darle las gracias o disculparse, aunque lo que tenía
claro, de nuevo, es que estaba rodeado de personas demasiado extrañas para lo
que estaba acostumbrado.
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