viernes, 7 de febrero de 2014

2 - 13/01/41 (Parte 1)

13/01/41E.Sol – Reken’ifè – Día de las Cinco Estrellas…
[09:02]
                -¡Es inmensa!
              Esa fue la exclamación de Nieriko Eino al llegar a las puertas de Nuevo Jardín cargadas con su equipaje. Sus palabras, repentinas y ruidosas, eran la respuesta al pequeño descanso que habían tomado ante un edificio aleatorio durante su búsqueda de la residencia. Ironías del destino, su residencia estaba ante ellas.
                Continuando con sus palabras,  había que decir que no era únicamente inmensa, se trataba de una construcción de majestuosas proporciones sin comparación alguna con El Cruce de Caminos o con su albergue de una noche. Esperaba, como debía ser, que las diferencias con un establecimiento común y corriente como era el albergue Fujisute saltasen a la vista, pero Yuna Haejin no concebía aquel cambio con respecto al Cruce de Caminos. Aunque era sabido que las residencias en el interior del campus universitario estaban conformadas por edificios de una calidad superior, aquel lugar bien podía considerarse un pequeño palacio.
                -¿En serio vivimos aquí? ¿De verdad? – Continuó Eino.
                -Cálmate Niko. – Pidió Mie Souten.
                -¡¿Pero estas viendo el tamaño?! – Movía su mano de arriba abajo mientras señalaba. – Esto no puede ser una residencia, tiene que ser algún tipo de hotel.
                -No existen hoteles en el interior del campus. – Razonó Yuna.
                -Entonces… – Eino meditaba. – ¡Ah!
                -No es ningún tipo de mansión para los profesores.
                La respuesta de Souten fue tan automática que no tuvo más remedio que mirarla. Había leído por completo el siguiente movimiento de su amiga. Eino proseguía en su meditación contemplativa de la puerta de la residencia.
                -Entro. – Anunció armándose con su equipaje.
                Por muy curiosas que encontrase a aquellas dos muchachas, había dormido en la mediocre cama de un albergue venido a menos. Los había mucho peores que Fujisute, sin duda alguna. Para ella la diferencia habría sido un cambio en el dolor muscular que sentía, que, por el esfuerzo que suponía estar preparada para enfrentarse a cualquiera que entrase en su habitación, hubiese pasado de una tensión ligera a una tensión severa. No había comentado sus molestias, ni era necesario, ni nadie lo notaría sin que ella así lo desease. Por algo llevaba años entrenándose.
                Ninguna de sus dos acompañantes parecía compartir sus reticencias a pasar una noche "agradable" en una habitación del primer piso de un albergue. Quizá la entendían, pero aun eran demasiado jóvenes. Sus ojos lo habían visto, Eino cayendo fulminada sobre su cama, sin siquiera retirar las mantas, como si el espíritu del sueño la hubiese poseído. Souten inspeccionando la limpieza de la estancia y aseo antes de ser capaz de poner un pie entre sus sábanas. Yuna las había observado sin variar su gesto y una vez las dos estaban en sus respectivas camas de aquella pequeña habitación iluminada con una triste lámpara había comenzado a asegurar que su noche fuese tranquila. Para la puerta utilizó una silla, no había ningún mueble cercano que mover. Luego inspeccionó la ventana del baño, demasiado pequeña para que alguien entrase. Por último observó la ventana junto a sus camas. Por ahí si podía entrar alguien, así que rebuscó entre su equipaje hasta dar con un llavero unido a un cascabel y preparó una simple señal de aviso por si alguien trataba de forzarla desde el exterior.
                Comprobada su seguridad, había podido acomodarse en su cama. Un esfuerzo fútil, toda aquella noche de anticipatoria tensión era el resultado. Al menos estaban sanas y salvas, en lugar de formando parte de las esquelas del periódico al respecto de la poca seguridad en los albergues.
                Tras cargar con sus maletas por las escaleras, se colocó ante la puerta y su poderoso puño tocó con firmeza pero suavidad. Esperó pacientemente hasta abrieron. De entre las miles de consideraciones que su mente barajaba sobre quien abriría aquella puerta, apareció una que siquiera debía existir en su consciencia. Se trataba de una mujer, cualquier observación destinada a bajar su edad resultaría extraña ya que saltaba a la vista que no era joven. Su largo, ondulado y plateado cabello flotaba tras ella por el simple movimiento de abrir la puerta.
                Sus férreos ojos dorados la estudiaban del mismo modo que Yuna la estudiaba a ella, pero solo una de ellas mostraba extrañeza y curiosidad por comprender aquella extravagante vestimenta. Un vestido de un apagado púrpura con bordados blancos. Podía escuchar tras ella los comentarios de Eino, quien hablaba, sin contención alguna, de aquella ropa.
                -¿Puedo ayudarlas? – Su voz era un látigo que las despertó.
                -Busco al Prefecto de la residencia. – Anunció al recuperar la compostura.
                -Se halla ante ti.
                Fue la respuesta de una cortante voz que provenía desde una cercana puerta. Un hombre de inmaculada presencia, aunque marcada aura de superioridad, avanzó hasta acercarse lo suficiente a ellas, apartando, sin usar palabra alguna, a la mujer de extrañas vestimentas. Sus azules ojos desprendían un helado frío, adecuado a la sobriedad de su ropa oscura. Estaba decidido a mostrar poder a su alrededor, pero a Yuna únicamente le resultaba avasallador y prepotente. Una arrogante emoción encerrada dentro de un cuerpo cuya constitución y musculatura no parecían estar a la altura. Si limitó a estudiarlas de la cabeza a los pies antes de hablar.
                -¿Quienes sois?
                -Alumnas trasladadas. – Anunció Eino felizmente. Se dispuso a continuar con su ya conocida presentación pero la mirada del Prefecto, con un deje de odio velado, llevó a Souten a detenerla.
                -Somos alumnas del Cruce de Caminos. – Yuna tomó la palabra. – Por incidentes más allá de nuestro control nos hemos visto trasladadas aquí.
                Se creó un tenso silencio. El Prefecto parecía haberse visto bloqueado por un extraño trance que le impedía hablar, limitándose a observarlas como si cada detalle fuese de primordial importancia.
                -Sería conveniente dejarlas pasar. Es un día frío el de hoy. – Las palabras de la mujer de extrañas vestimentas sacaron al Prefecto de su trance.
                -Adelante.
                Con la más que aparente sensación que estaba conteniendo su furia se echó a un lado para dejarles paso al ostentoso interior. Era un mar de decoraciones mostrando por un lado el esmero de los habitantes en crear algo más allá de una residencia común, pero dejaba la sensación de que todo estaba pensado para mostrar afluencia económica y poder. Cuando la última de sus acompañantes entró, ellas, especialmente Eino, se maravillaban por aquel despliegue de ficticia belleza, el Prefecto cerró la puerta.
                -Moyra. – Entonó con controlada serenidad. La mujer de extrañas vestimentas respondió a su llamada con un simple "¿Sí?" – Necesito a Aideelyn.
                No era una pregunta, siquiera una orden, y aun así aquella mujer asintió antes de avanzar hacia la escalera. Yuna no pudo evitar concentrar su penetrante mirada en el Prefecto. Él respondía con un gesto, una mueca, no era desagrado, sino algo más cercano a irritación e incomodidad, algo que trataba de maquillar con su exultante manifestación de poder.
                -Vuestros impresos por el cambio de residencia. – Exigió adelantando una mano hacia ellas cuando su compañera se había marchado.
                Souten emitió una amortiguada respuesta mientras le entregaba dos folios, probablemente el suyo y el de Eino. Yuna volvió a atravesarle con su mirada antes de meter la mano en su abrigo y entregarle su impreso. El Prefecto los estudió en silencio, consiguiendo que las tres muchachas se mirasen. Ella decidió tomar la palabra.
                -No puedo sino pensar que nuestra llegada a esta residencia no es bien recibida.
                -¿Tu nombre? – Inquirió él. Le resultó extraño que preguntase, tenía su impreso ante él.
                -Yuna Haejin.
                Nada más obtener la respuesta que deseaba, su mirada se desvió hacia Eino y Souten, quienes se controlaron para no sobresaltarse. De nuevo le resultó curioso que no observase los impresos ante él.
                -Mie Souten. – Realizó una reverencia.
                -Soy Nieriko Eino, pero todo el mundo me llama Niko.
                -Proseguiré llamándote Eino. – Ignorando el ofendido rostro de su interlocutora dobló los tres impresos con furia. – Mi residencia está siendo invadida por estudiantes. Quizá el señor Luoji Kei haya tenido a bien explicarles, pero yo no he recibido noticias de él. Únicamente sé que se tratan de circunstancias graves, y eso no quiere decir que tenga que tolerarlas.
                -Pero… una chica ha… – Fue capaz de articular Eino.
                -¿Y? – Respondió cortando sus palabras. Aquella simple pregunta era más una estaca de hielo que una simple palabra. – Las habitaciones para mujeres se encuentran arriba. Probablemente la Encargada Aideelyn aparezca por el camino. Ella es quien gestiona las llaves de las habitaciones.
                -¿Eso es todo? – Yuna no salía de su asombro.
                -Salvo que sea protocolario dar la bienvenida, sí. Soy un hombre ocupado. Desearía que mi entrada estuviese vacía de equipaje lo antes posible. – Caminó hacia la misma puerta por la que había aparecido. – Y lo antes posible es ahora.  

[09:05]
La calle era inmensa. Edín empezó a cruzarla siguiendo a la extraña figura, intentaba hablar con ella, pedirle que se detuviese, pero esta no prestaba atención. Durante unos segundos se extrañó por su comportamiento, pero aun así se dispuso a seguirla, tenía que seguirla. No tuvo más remedio que internarse en el oscuro almacén, donde todo parecía la sombra de alguna silueta humana caída formando incomprensibles posiciones. Aquella figura seguía huyendo, arrastrándose por el suelo en un intento de escapar. No lo entendía, se estaba arrastrando. Seguía tratando de comunicarse con ella, pero no le escuchaba o había decidido ignorarle. Finalmente se detuvo al topar con la pared, volviéndose hacia él. Su rostro estaba desenfocado.
-Te lo imploro…
Edín se despertó sobresaltado y viendo doble. La repentina imagen le hizo retroceder hasta que se golpeó en la cabeza con los fríos azulejos de su aseo. Se estaba viendo a sí mismo en el espejo. Tuvo que pasarse unos minutos revolviéndose el pelo para aliviar el dolor punzante que le producía el golpe. No dejaba de mirar a su alrededor, preguntándose cómo había llegado allí y preocupándose por las posibilidades.
Salió del aseo para adentrarse en la oscuridad de su habitación, donde solo un par de rayos de sol se colaban por las cortinas de la ventana. El reloj le mostró que era temprano. Se dirigió a su ventana aun con la mano en la cabeza. Al apartar las cortinas la tenue pero cálida luz invernal bañó su mesa. Abrió un poco y sintió el frio del exterior. Se volvió hacia su cama, no sabía cómo, aunque barajaba una idea bastante clara, pero había lanzado sus sábanas por el suelo. Mientras las miraba con una mueca se deshizo de su pijama, permitiendo que su colgante de plata tintinease al escapar de la tela, como siempre desde hacía años se le había olvidado quitárselo para dormir. Buscó en su armario una sudadera azul y unos pantalones claros. Estaba ya vestido cuando llamaron a su puerta.
-¿Sí? ¿Quién es?
-Soy Liam. – Dijo la voz al otro lado.
Edín abrió la puerta y una suave brisa con aroma a flores y frutas invadió su habitación. La muchacha esperaba al otro lado, sonriente como siempre y con su largo cabello negro flotando tras ella. Llevaba una camisa blanca con el cuello de botones parcialmente abierto y una falda azulada a media altura que tapaba el final de los oscuros y largos calcetines que cubrían sus piernas. Había cambiado su calzado por unas cómodas zapatillas de andar por casa.
-Buenos días. – Saludó Negiru con una reverencia. Cuanto más la miraba más parecía una muñeca. – ¿Has dormido bien?
-Sí. – Dijo recuperando sus sentidos. – Profundamente. ¿Tú?
-El cansancio pudo conmigo. – Rió.
Probablemente seguía dándole vueltas a la horrible escena que habían visto ayer y había dormido más por extenuación que por gusto.
-He comprado el desayuno. – Afirmó alegremente. A los pocos segundos le contempló extrañada. – ¿Qué ocurre?
-Nada.
No había podido evitar una mirada de asombro, no estaba acostumbrado a que personas que no conocía de nada comprasen el desayuno.
-Sé que es un poco extraño. – Comenzó riendo. – Pero he tenido que levantarme temprano, así que no me importaba acercarme a una tienda de conveniencia para comprar algo de desayuno. A fin de cuentas ninguno tenemos nada en el frigorífico ahora mismo.
-¿Por qué has tenido que madrugar?
-Mi equipaje. Me lo traía una empresa de transportes. No tenía más remedio que levantarme temprano para recogerlo. Han llegado a las ocho y cuarto. Imagínate. – Rió.
-Vaya… que paliza…
-No te preocupes. Estaba despierta antes de las ocho. – Asintió firmemente. –  Entonces, ¿Desayunamos?
Repentinamente escuchó una potente tos en el pasillo, como si alguien se estuviese ahogando. Negiru, sorprendida, giró la cabeza reemplazando su gesto por una sonrisa y una reverencia. Aunque había algo que la hacía parecer avergonzada.
-Buenos días, Szure.
Edín se asomó por la puerta para descubrir a Maino Szure mirando desde la puerta de su habitación. Acababa de descubrir que era su vecino, por así decirlo. Debía de haberse levantado en aquel momento, ya que llevaba lo que parecía un gastado pijama rojo y cargaba en sus brazos ropa para ducharse. Su cabello era un alborotado huracán. Tras modificar rápidamente su gesto de horror, comenzó a sonreír forzadamente mientras les saludaba.
-Hola… ehh… esto, perdona, iba… iba a… ducharme.
-No te preocupes.
Liam Negiru se volvió de nuevo hacia Edín. En su rostro se mezclaban vergüenza e incomodidad. Se giró levemente, como si evitase observar a Maino Szure mientras salía de la habitación. Este, en lugar de continuar su camino, retrocedió al interior, entrecerrando su puerta.
-He comprado un desayuno continental del Protectorado. Se va a enfriar. – Explicó tranquilamente tras unos instantes.
-¿Continental…?
-Sí. Era la única comida preparada para llevar que no fuese simplemente un tentempié y un café. Pero… lo han calentado…
-Está bien, está bien.
Edín cogió sus llaves y salió de su habitación, cerrando la puerta tras él. Con una sonrisa Negiru encabezó la marcha por el pasillo mientras él la seguía. La muchacha cruzó ante la entrecerrada puerta de Szure y prosiguió hacia el rellano. Edín pensaba hacer lo mismo, hasta que aquella puerta se abrió levemente para mostrarle a Maino Szure. De existir la posibilidad de matar con la mirada, Edín se hubiese convertido en una mancha roja en la pared. Con mueca de temblorosa incredulidad avanzó tras Negiru mientras no perdía contacto visual con su peligroso vecino, sin detenerse hasta que su rostro había desaparecido al cruzar la esquina del pasillo. Llegaron al rellano del primer piso, dónde comenzaron a escuchar ruidos de personas subiendo con mucho esfuerzo y maldiciones variadas.
-¿Algún alma caritativa puede echarnos una mano? – Preguntó una dulce voz femenina desde la escalera.
Edín se acercó. Tres muchachas subían los escalones con sus maletas y abrigos. La más cercana al chico llevaba un elaborado arreglo en su cabello rosa oscuro con una larga coleta en el lateral de su cabeza y llamativa ropa moderna coronada en cuello o mangas por cortes asimétricos. Le resultaba ligeramente familiar, pero podía recordar en qué contexto. La siguiente era bastante más modesta en el vestir y llevaba el pelo negro recogido. La que iba en último lugar sobresalía incluso varios escalones debajo de ellas, era alta y algo corpulenta para ser una mujer. Tenía su melena marrón tranzada creando un resultado tan basto que si golpeaba a alguien le haría tanto o más daño como uno de sus brazos. Estaba enfundada en un grueso abrigo que ampliaba si ya de por sí amplias formas. Igual que con la chica de la coleta rosa, Edín creía reconocer su cara de pocos amigos, pero no era capaz de ubicarla.
La chica de la coleta rosa le tendió la maleta manteniendo una coqueta sonrisa y mirándole con sus brillantes ojos marrones. Edín la cogió y la puso en el suelo del rellano mientras la muchacha subía los últimos escalones. Le dio las gracias de forma dulce, sin perder la sonrisa. El joven cogió la maleta de la chica de pelo negro e hizo lo mismo. La muchacha se lo agradeció sin mirarle, poniéndose bastante tensa cuando levanto la vista y le examinó. Fugazmente le contempló con sus ojos color avellana mientras se recuperaba del esfuerzo físico. La tercera joven alejó su maleta cuando Edín intentaba ayudarla y subió los escalones sin ningún esfuerzo, no modificó en lo más mínimo su enfadado semblante. El muchacho permaneció ante ella sin saber cómo reaccionar.
-¿Parece acaso que necesito tu ayuda? – Preguntó con su potente voz.
-Solo intentaba echarte una mano. – Le defendió Negiru. Su corpulenta interlocutora la observó.
-No recuerdo habérsela pedido.
La chica de la coleta rosa contempló la escena pasando su mirada de uno a otro, entonces tomo aire preparando nuevamente su sonrisa y enfocó a Edín.
-¿SABES-TÚ-CHICAS-HABITACIONES? – Preguntó haciendo grandes movimientos con las manos, señalando a sus acompañantes y a ella misma.
Edín arqueo las cejas. Sin duda trataba de reducir la tensión después del puñetazo verbal de su corpulenta compañera, desgraciadamente no estaba funcionando como ella quería. La muchacha de cabello oscuro se pasó una mano por el rostro.
-Es extranjero Niko, no sufre de ningún tipo de retraso mental.
Fue su pausada explicación tras unos segundos de silencio en los que había contemplado a su amiga con incredulidad. Le pareció que tras él Liam Negiru exhalaba una entrecortada exclamación, pero al mirarla la encontró sonriente como siempre. Ante ellos la muchacha llamada Niko asintió como si comprendiera las palabras de su compañera.
-¡Hola! – Intentó de nuevo.
Aquella vez hablaba con la misma dulzura con la que uno se comunica con los bebes y las mascotas.
-¿Sabrías decirnos donde están las habitaciones para las chicas? Solo nos han dicho que vayamos arriba.
Durante toda la pregunta mantuvo aquella esplendida sonrisa que también se les pone a los bebes y a las mascotas. La muchacha de cabello negro suspiró con cansancio y vergüenza, principalmente ajena, aunque también bastante propia. Edín se planteó seriamente si reírse, llorar o empujarla por las escaleras. Al final les señaló a las escaleras que subían.
-Supongo que están arriba. – Respondió con un perfecto acento que asombró a la joven de cabello negro y a la de la trenza.
-Así es, están arriba. – Corroboró Negiru.
-¡¿Tenemos que subir más?! – Protestó derrotada. – En fin, muchísimas gracias. – Dijo sonriéndoles con incluso más fuerza que antes.
-¿Alguno ha visto a la Encargada de la residencia? – Bramó la corpulenta muchacha de la trenza.
-¿Le pregunto? – Inquirió la joven llamada Niko como si se tratase de algún tipo de intérprete. Tras él escuchó una contenida risa proveniente de Negiru. Al menos ella se reía, a él no le hacía demasiada gracia.
-No es sordo. – Su amiga le susurró otra vez pausada y secamente entre dientes. De nuevo una risa contenida tras él.
-No la he visto. Quizá está arriba también.
-Qué bien habla este chico.
La joven llamada Niko también susurraba como si el joven no pudiera oírla. Su amiga suspiró llegando al límite de la vergüenza que era capaz de soportar. En ese momento escucharon los acelerados pasos de alguien que descendía. La Encargada Aidee Hyome, exuberante como el día anterior, y probablemente como todos los días, se detuvo en el último escalón y les observó, llevándose una mano a la frente con un cansado suspiro.
-Y yo pensando que Moyra exageraba, pero no, el señor demasiado ocupado para ocuparse manda a la gente arriba, sin llaves, sin llamarme, sin nada. – Con cada protesta descendía un escalón hasta que se encontró frente a las recién llegadas. Una vez allí cambió su expresión por una sonrisa. – Bienvenidas a Nuevo Jardín, soy la Encargada Aidee Hyome. – Anunció con su clásico giro de muñeca para colocarse un dedo en la mejilla. – Es un placer conoceros.
-Igualmente. – La muchacha de recogido cabello negro trazó una reverencia.
-Me llamo Nieriko Eino, pero todo el mundo me llama Niko. Un placer conocerte.
-Niko ¿Eh? Cuanta energía.
-¿Sería posible saltarnos las introducciones y dirigirnos a nuestras habitaciones? – Preguntó cansadamente su corpulenta acompañante.
-¿Un viaje largo? – La encargada la observaba.
-Por así decirlo.
-Síganme pues al piso superior.
Durante unos segundos parecía que Negiru iba a adelantarse para decir algo, pero finalmente permaneció en silencio, permitiendo que la encargada Hyome encabezase aquella comitiva y guiase a las tres recién llegadas por las escaleras. Edín y su compañera las observaron subir hasta que finalmente habían desaparecido, momento en que él resopló.
-No se lo tengas en cuenta. – Se volvió para mirar a Negiru. La muchacha le sonreía. – Algunas personas hacen o dicen cosas sin percatarse.
-A ti parecía divertirte mucho.
-No era con mala intención. – Afirmó afligida. – Esas dos chicas eran muy graciosas, parecían un dúo cómico.
-Sí… bueno, si quieres verlo así. – Se pasó la mano por la cabeza. – Ibas a decir algo ¿No? ¿Por qué te has detenido? – Tras la sorpresa, Negiru negó.
-Nada importante. Solo me había acordado de una cosa, pero no hacía falta decirla en este momento.
-Buena forma de guardar el secreto. – La joven respondió con una pícara sonrisa.
-Nuestro desayuno se helará si no bajamos ya.
-Y ahora buena forma de desviar el tema.
Aun sonriendo la muchacha se dirigió hacia las escaleras, deteniéndose en el escalón más cercano para mirar a Edín hasta que este se decidió a seguirla.

[10:07]
Entró en la cocina para ser abofeteado por el poderoso aroma de algún tipo de infusión. Una tetera lazó estelas de vapor hasta que la mano de la muchacha de orejas puntiagudas, Airu Kressligh, cogió su asa con un paño y la apartó del fuego. Con firmeza comenzó a verter el agua caliente en una gruesa taza, dejándola de nuevo junto al fuego. Se volvió entonces hacia la otra encimera, cogiendo entonces una bolsita de infusión para dejarla en la taza. Debía estar mezclando distintas bebidas ya que el aroma se intensificó. Como siempre, iba vestida de negra, con sus ropas extrañas sacadas de algún país nórdico en el cual solo se veía un verano cada setecientos inviernos. Seguía inconsciente de su presencia, por lo que se dispuso a volverse sobre sus pasos.
-Ee… ¿Cuánto rato piensas estar en la puerta?
Su frase le apuñaló un par de veces. Cuando hablaba con su extraño acento extranjero parecía unir sus palabras con algún tipo de insulto, dejando la sensación de que su interlocutor era siempre inferior a ella. No pudo evitar la mueca en su rostro que desapareció nada más comprobar que la muchacha se volvía para observarle con sus brillantes ojos ámbar.
-¿Dudas por temor a que pueda herir tu hombría? – Preguntó con un tono divertido pese a su inexpresivo rostro. – Me partirías al corazón si fuese así.
-Solo he bajado a… tomar un vaso de leche. – Respondió Maino mientras avanzaba hacia el frigorífico.
-No he solicitado que me relates las crónicas de tu vida, únicamente que no bloquees la puerta como una fea estatua.
Tenía el más que discutible "don" de ser molesta con simplemente hablar. En lugar de una conversación era un constante tira y afloja para tocarle las narices a cualquiera que estuviese a una distancia mínima de ella.
-Haz el favor de no pincharme más señorita.
-¿O qué?
-O voy a ponerme cabrón contigo.
-¿Ah sí? – Se miraba sus pintadas uñas aburridamente. – Tiemblo.
-Te he dicho que dejes de pincharme.
-No puedo evitarlo. Eres tan idiota que se escapa a mi control. Aunque desearía ver esa faceta de "cabrón" como la has llamado. ¿Qué haces? ¿Ponerte morado de contener la respiración hasta que pierdes el conocimiento? Sagut, sagut. Me río con solo pensarlo.
Su rostro era tan inexpresivo que resultaba complicado encontrar cualquier emoción en él. Maino se tragó su ira y abrió el frigorífico sin dejar de mirarla. No tenía ni idea de qué le picaba a aquella enana para ser tan gilipollas con él, pero si seguía escuchándola durante más tiempo acabaría dándole un puñetazo. Además no había venido a la cocina para ser insultado gratuitamente.
-Estas cogiendo zumo, salvo que me falle la vista. Y mi vista nunca falla.
Miró su mano. Distraído, había cogido la primera botella que había en su balda y, como aquella enana arrogante decía, era zumo de naranja, de Yoosu para ser más exactos.
-¿Y qué importa?
-Creo recordar que tu patético intento de escusa venía a decir exactamente que ibas a tomar un vaso de leche.
-¿Patético intento de escusa? – Preguntó enfadado.
-Çese-on'çe, patético intento de escusa, no he errado en una sola palabra. Vengo a indicar qué creo que la leche que buscas está en el salón, desayunando con tostadas y bollería continental.
La miró mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para no apretar los dientes. Ella, hundía la bolsita de su infusión, le faltaba gemir para dejar claro cómo disfrutaba de aquel momento.
-Un triste desenlace para la corta historia de amor de Maino Szure, hures i'listoree. La atractiva recién llegada eligió a otro hombre en lugar de a Szure. Qué triste, hures-i.
-¡Deja de decir palabras raras solo para hacerte la interesante! – Gruñó enfadado. – Además, no tienes ni idea de lo que hablas.
-Ah… ¿Nu? – Preguntó divertida.
-No, no la tienes.
-Tu rostro de anoche deja claro que si la tengo. Qué pena… teniendo en cuenta que has bajado directamente a la cocina, quiere decir que ya debías saberlo. Me he perdido la cara que se te ha quedado al verlo por vez primera. ¡Delize-i!
-¿Al ver qué? – Preguntó otra voz.
Liam Negiru y Edín Dageste entraban en la cocina por la puerta que daba al comedor, su desayuno había terminado. El joven llevaba sus bandejas hacia el fregadero mientras la muchacha les miraba con una sonrisa.
-Ah… eh… pues, la… la…
-Cara que se le ha quedado a Szure al probar mi tée. – Afirmó Kressligh.
-¿Qué? – Dijo Maino sin entender. – Sí… el té. Está muy fuerte.
-Me deleitan las bebidas fuertes y vigorosas. Especialmente el tée.
-Te diría que desearía probarlo. – Rió Negiru. – Pero a mí me gusta el té suave.
-Ah querida, no sabes lo que te pierdes.
Aun riendo Liam Negiru se alejó hacia el fregadero en que Edín Dageste limpiaba los platos de su desayuno. Comenzaron a hablar entre ellos mientras Maino les miraba. Cuando consideró que estaban lo suficientemente distraídos se acercó lo máximo posible a Kressligh.
-¿Qué haces? – Preguntó esta mientras retrocedía.
-Eso tendría que preguntarlo yo. ¿A qué ha venido esa chorrada del té?
-Ah… lu'tée…
-¿Qué intentas? ¿Salvarme las espaldas o algo?
-Me carcajearía, pero esto conseguiría que nos mirasen. Además de que lo considero demasiado vulgar. – Le observó inexpresiva. – Únicamente extiendo en el tiempo la triste historia de Maino Szure. – Se llevó una mano a los labios. – ¿He dicho yo eso? ¡Nu, nu, nu! No lo he dicho. Voy a disfrutar de mi tée en el comedor. Aubensut, egrien Szure.
Maino la vio marchar, más que caminar parecía que desfilaba por una pasarela, hacia el comedor, con su humeante té entre sus manos. Se despidió de Negiru y Dageste como una diva, desapareciendo por la puerta, dejándole tras ella mientras comenzaba a plantearse de que galaxia lejana y rara provenía.

[12:05]
Niko se dejó caer sobre la cama de Mie con infantil alegría. Era mullida y rebotó felizmente por ella. Su amiga le dedicó una mirada de reproche y prosiguió sacando la ropa de su maleta para colocarla ordenadamente en el armario. Cada prenda era meticulosamente estudiada por si había quedado mal doblada ante la precipitada salida del Cruce de Caminos. Habían tenido suerte de topar con Yuna Haejin, quien había sido capaz de alejarlas de aquella residencia y permitirles hacer noche en un albergue. No era el lugar más cómodo o limpio de la ciudad, pero infinitamente mejor que dormir en la escena de un crimen.
-Esta residencia es tres veces el Cruce. – Aseveró Niko alegremente mientras se revolcaba por la cama de Mie. – Espero que no nos cambien.
-Después de nuestra conversación ayer con el encargado si nos cambian será para echarnos. – Su amiga se sentó en la cama mirándola con el ceño fruncido.
-No es culpa mía que ese gilipollas arrogante de encargado se creyese que podía hablarme como le diese la gana. Además era eso o ir a residencias distintas.
-Y por eso no te lo reprocho. – Explicó Mie mientras colocaba unos pantalones. – Es una de esas situaciones en las que no me queda más remedio que tolerar tú impulsividad.
-Gracias. – La joven sonreía ante el cumplido, pese a que no era un cumplido.
-De todos modos, si no hubiésemos topado con Haejin, seguiríamos discutiendo.
-Sabe poner los puntos sobre las íes. Clavarlos más bien. – Rió por su ocurrencia. –  Por cierto, ¡Tenemos compañeros extranjeros! – Comentó felizmente sorprendida.
-Sí, yo también le he visto, como si hubiera estado allí, de hecho estaba allí.
-Parecía muy simpático, seguro que nos llevaremos bien. – Ante la afirmación soñadora de su amiga Mie no pudo evitar una mirada de sorpresa.
-Parecía muy enfadado y ofendido Niko. – Explicó dejando a su amiga atónita. – Yo diría casi cercano a querer empujarnos por las escaleras.
-¿En serio? Pero si no hemos hecho nada. ¿Crees que ha sido lo de Haejin? Lo que le ha molestado… – Mie se giró para encararse con su amiga.
-También puede, pienso, tener algo que ver el hecho de que le has tratado casi como si tuviese algún tipo de retraso mental. Aunque sin el casi. – Niko miró al techo esforzándose por recordar si había hecho lo que su amiga le achacaba o no. – Aunque Haejin también ha sido un poco… dura con su forma de hablarle. El chico solo intentaba ayudar. Como ha dicho su compañera.
La joven seguía mirando al techo intentando recordar en que había sido ofensiva exactamente, finalmente puso morritos, como una niña pequeña enfadada a quien le habían dicho que se acababa de comportar mal.
-Esa chica… me resulta familiar… ¿A ti no? – Niko negó con amplios movimientos de cabeza. – No sé si verdaderamente esperaba otra respuesta por tu parte. – Suspiró al volver a su maleta y ropa.
-¿A qué habrá venido el comportamiento de Haejin? No parece una mala persona…
-Quizá no le gusta que le ayuden cuando ella puede.
-A lo mejor le incomodan los extranjeros… como a ti.
Con suavidad dejó una camisa perfectamente colocada en el armario y asomó su cabeza lentamente para contemplar a su amiga, quien se hacía la inocente mientras jugueteaba con un mechón de su pelo.
-A mi no me incomodan los extranjeros. Solo… me ponen… ligeramente de los nervios. Siempre que hablo con ellos no sé si me entienden o no. Como el chico de intercambio que teníamos en el instituto. – Niko comenzó a reír.
-Pobrecito, siempre estaba balbuceando.
-Y me ponía de los nervios. Eso no quiere decir que me incomoden.
-Para nada.
-¡No me des la razón como a los locos! – Regañó enfadada.
-La verdad es que para ser un extranjero hablaba muy bien y con mucha fluidez.
-No te lo discuto.
-Y si vive aquí y no se muda tendrás que socializar con él. – Explicó Niko con una risita. Mie volvió a suspirar.
-Hare todo lo que esté de mi parte. – Niko asintió mientras se dejaba caer en la cama. – Siempre. – La joven se levantó como propulsada por un muelle. – Que tú mantengas tu promesa de no meterte en el centro del universo social de esta residencia. Quiero vivir tranquila aquí, no necesito ni miles de amiguitos, ni miles de enemiguitos. Claro… ¿Verdad?
-Cristalino. – La joven se dejó caer de espaldas con una mueca de desacuerdo.
-Bien.
Mientras el silencio volvía a invadir la habitación Niko observó como los pájaros volaban a través de la ventana. Mie proseguía con su ardua tarea, ya le quedaba menos.
-Mie…
-¿Sí?
-¿Cuando vamos a bajar a comer?
-¿Quizá cuando sea la hora de comer?
-Pero no tenemos comida.
-Supongo que nos tocará ir a comprar antes de comer.
-¿Y qué hago si yo tengo hambre ahora?
-Decirle a la otra tú dentro de ti que come por tres más que tiene que esperarse por lo menos a que sea una hora decente para comer y entonces bajaremos.
-¿Y qué vamos a hacer esta tarde?
-Yo adecentar mi habitación.
-¿No vamos a salir por ahí?
-Niko… lo que uno hace cuando se muda a un sitio es intentar que sea lo más hogareño y limpio posible, en el mínimo tiempo posible.
Cuando su amiga volvía a su tarea Niko, instintivamente, pasó el dedo por la superficie más cercana a donde estaba, en concreto la mesita de noche. Al menos a primera vista, todo parecía inmaculadamente limpio.
-Yo creo que a esto no le hace falta limpieza.
Mie permaneció en silencio mientras estudiaba aquella afirmación, finalmente pasó la mano por la parte superior del armario. Efectivamente, estaba limpio como una patena.
-La verdad es que sí… está muy limpio.
-¿Entonces podemos salir? – Insistió alegre.
-Niko… estoy sin ganas de salir…
-Pues… podemos explorar la residencia. ¡Ver lo que hay en cada habitación! – Mie seguía mirándola en silencio.
-¿Si digo que sí me dejaras vaciar mi maleta sin molestarme más? – Niko asintió. – Entonces… SÍ.
-¡Bien! – Gritó alegremente mientras volvía a revolcarse por la cama.

[12:42]
-Permíteme adivinar. – Dijo al ver a la persona al otro lado de la puerta. – Eres un alumno trasladado del cruce de caminos porque ha habido una terrible circunstancia que ha empujado al encargado Luoji Kei a enviarte aquí.
El musculoso recién llegado miraba a Uriel. Sus músculos eran lo más llamativo de él, junto con su cuadrado rostro y su original, por considerarlo algo, peinado. Tenía su negro pelo rapado creando un patrón alrededor de su cabeza, como un tatuaje que probablemente venía a indicar que entre toma y toma de esteroides se financiaba a sí mismo vendiendo drogas variadas en la puerta de los colegios. También tenía más pendientes de los que consideraba convenientes en un hombre, que en su correcta opinión eran ninguno. Su abultado abrigo debía ser una reliquia de alguna guerra, o simplemente lo había comprado porque se parecía a una reliquia de alguna guerra. No era capaz de reconocer las distinciones militares en los escudos cosidos sobre la gruesa tela verde. En base a su estructura física, era posible que hubiese matado a algún militar para robarle el abrigo. Era posible, tan perfectamente posible como que Uriel Aidara mataría a Luoji Kei en cuanto tuviese la posibilidad, aunque primero le devolvería sus estudiantes.
-Deben haberte dado un impreso de cambio de residencia. Entrégamelo. – Su interlocutor levantó una mano.
-Sin ordenar principito. No me gustan las órdenes.
-Ni a mí que se refieran a mi persona como… principito.
-Te pega… vas vestido y peinado como un principito. – Le mostró el impreso.
-Tienes suerte de que la ley me impida matarte, pero aun más de que esté demasiado cansado como para organizarlo todo. – El musculoso joven liberó una risotada.
-Di que sí. Soñar es gratis. Oye, el tío de la residencia no me ha dicho nada. ¿Qué ha pasado? ¿Algún alumno gordo hundió la estructura o algo?
-Según sé, una muchacha se ha suicidado. – Respondió sin prestarle atención.
-Ah. Pues vaya. Lo del gordo tenía más gracia… Bueno, ¿Mi habitación?
-Por desgracia arriba.
-No tengo problema en subir las maletas.
-Por desgracia para mí, no para ti.
-Uriel.
La voz de Aideelyn descendió por las escaleras mientras le llamaba. Estaba enfadada, lo notaba a la perfección en su tono. Él sin embargo se encontraba mucho más interesado en observar como a aquel cúmulo de anabolizantes se le abría la boca al observarla acercarse.
-¿Sería posible hablar un momento?
-Me temo que no. Tenemos un nuevo recién llegado.
-¿Oh? – La muchacha se percató de cómo le miraba. – Bienvenido.
-Hola… princesa. – Sus ojos se habían detenido en los abultados pechos de Aideelyn. – Ohouji Kiraibeki es mi nombre. Tú te llamas Sexy ¿No?
La aludida se mantuvo en silencio. Probablemente estaba parpadeando incrédula y mostrando una mueca que exteriorizase una elaborada combinación entre sarcasmo, tedio y deseos de responderle con algún mordaz comentario. Conociéndola, se estaría afanando en sonreír.
-No. No me llamo Sexy.
-Te recomiendo usar otro nombre, solo, e insisto, solo si quieres vivir hasta la vejez. – Uriel cerró la puerta.
-¿Vivir hasta la vejez? – Kiraibeki le miraba. Notaba el desdén en su voz. – ¿Es tu novia o algo? ¿Tengo que temerte o partirte la cara?
-Aunque es una adecuada idea el temerme, me refería a ella. – Su interlocutor liberó otra risotada.
-Es lo más gracioso que he oído en todo el día. – Se volvió hacia Aideelyn. – Dime, preciosa, ¿Vives aquí? ¿Cuando tenga habitación vendrás a verme? – De nuevo dejó un corto silencio para controlar su respuesta.
-Bueno. – Comenzó sopesando la idea. – Si es a cerrar la puerta desde fuera para evitar que salgas, puede.
-Cierra mejor desde dentro. Será más divertido.
-Yo cierro desde dentro si tú me prometes quedarte fuera.
-Me gustan las chicas duras.
-Después de conocerte, creo que a mí también me gustan las chicas.
Rápidamente introdujo su mano en el bolsillo de su falda y extrajo el llavero de la residencia. Desenganchó una llave con tal fluidez que casi parecía que la tenía preparada. Con una mano le señaló hacia las escaleras mientras con la otra le entregaba la llave.
-Chicos, primer piso. Elige una puerta que tenga un colgador de vacío.
-Así que tú eres la que manda aquí ¿Eh? – Inquirió al coger la llave. – Mala, dura, poderosa y con muchas curvas. ¿No me llevas a mi habitación?
-He recordado que tengo cosas mejores que hacer ahora mismo, como meterme dentro de la lavadora y pulsar centrifugado.
-Tarde o temprano caerás.
Tras su arrogante respuesta, el musculoso joven cogió sus maletas sin dificultad y comenzó a andar hacia las escaleras dejando tras él a Encargada y Prefecto estudiándole. La joven observó a Uriel.
-¿Quién es esto?
-Un regalo de año nuevo cortesía de Luoji Kei y la residencia El Cruce de Caminos. – Afirmó mientras se dirigía a la cercana puerta que llevaba al salón. – Cada segundo que pasa me lo imagino en un sillón mofándose de mí.
-No sabía que os llevaseis mal.
-Hemos tenido roces a lo largo de los años. Pequeños… encontronazos.
-¿Eso en tu idioma viene a significar que ha intentado matarte? – Preguntó Aideelyn al entrar al salón.
-¿De dónde sacas tamañas ideas? – La miró con una mueca. – Mis palabras vienen a significar lo que vienen a significar.
-Te conozco. Cualquier persona con la cual tú hayas tenido "pequeños encontronazos". – Realizó el gesto de comillas con sus manos. – Intentaría matarte. Eres una persona de la que da gusto vengarse.
-¿Has acabado ya de cacarear sinsentidos?
-No, te he pedido un momento para hablar.
-Que estas malgastando en insultarme.
-Eso nunca se consideraría malgastar. – Resopló llevándose las manos a la cintura. – Solo quería pedirte que dejes de mandar alumnos al piso de arriba sin que tengan ni idea de dónde ir.
-He tratado de llamarte esta mañana, pero no estabas por la labor de levantarte. Además, Moyra ha sido avisada y ha subido a llamarte.
-No es excusa. Podrías haber subido tú.
-Soy un hombre muy ocupado. De hecho ahora mismo en lugar de ser el portero y tú interlocutor en esta innecesaria conversación debería estar trabajando.
-¿Trabajando? ¿Trabajando en qué?
-En asuntos. Así que si no tienes nada mejor que hacer puedes encargarte de mantener a las molestias de las plantas uno y dos controladas para que, a ser posible, no incordien.
-¿Tan difícil es llamarles residentes?
-Por lo que a mí respecta y en base a mi poder, van a residir aquí lo menos posible.
-No sé por qué, pero últimamente estás mucho más  insufrible que de costumbre. ¿Has desayunado bien? ¿Te has tomado un plátano? Tienen mucho potasio. Sabes que el potasio es bueno para tu avanzada edad ¿Verdad?
Ignorando su comentario y dejándo a Aideelyn tras él, Uriel avanzó por el salón hasta alcanzar una puerta en el lateral. Antes de cerrarse pudo escuchar como su compañera coreaba "señor Gruñidos".

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