13/01/41E.Sol – Reken’ifè – Día de las Cinco Estrellas…
[09:02]
-¡Es inmensa!
Esa fue la exclamación de Nieriko
Eino al llegar a las puertas de Nuevo Jardín cargadas con su equipaje. Sus
palabras, repentinas y ruidosas, eran la respuesta al pequeño descanso que
habían tomado ante un edificio aleatorio durante su búsqueda de la residencia.
Ironías del destino, su residencia estaba ante ellas.
Continuando con sus
palabras, había que decir que no era
únicamente inmensa, se trataba de una construcción de majestuosas proporciones
sin comparación alguna con El Cruce de Caminos o con su albergue de una noche.
Esperaba, como debía ser, que las diferencias con un establecimiento común y
corriente como era el albergue Fujisute saltasen a la vista, pero Yuna Haejin
no concebía aquel cambio con respecto al Cruce de Caminos. Aunque era sabido
que las residencias en el interior del campus universitario estaban conformadas
por edificios de una calidad superior, aquel lugar bien podía considerarse un
pequeño palacio.
-¿En serio vivimos aquí? ¿De
verdad? – Continuó Eino.
-Cálmate Niko. – Pidió Mie
Souten.
-¡¿Pero estas viendo el tamaño?!
– Movía su mano de arriba abajo mientras señalaba. – Esto no puede ser una
residencia, tiene que ser algún tipo de hotel.
-No existen hoteles en el
interior del campus. – Razonó Yuna.
-Entonces… – Eino meditaba. –
¡Ah!
-No es ningún tipo de mansión
para los profesores.
La respuesta de Souten fue tan
automática que no tuvo más remedio que mirarla. Había leído por completo el
siguiente movimiento de su amiga. Eino proseguía en su meditación contemplativa
de la puerta de la residencia.
-Entro. – Anunció armándose con
su equipaje.
Por muy curiosas que encontrase
a aquellas dos muchachas, había dormido en la mediocre cama de un albergue
venido a menos. Los había mucho peores que Fujisute, sin duda alguna. Para ella
la diferencia habría sido un cambio en el dolor muscular que sentía, que, por
el esfuerzo que suponía estar preparada para enfrentarse a cualquiera que
entrase en su habitación, hubiese pasado de una tensión ligera a una tensión
severa. No había comentado sus molestias, ni era necesario, ni nadie lo notaría
sin que ella así lo desease. Por algo llevaba años entrenándose.
Ninguna
de sus dos acompañantes parecía compartir sus reticencias a pasar una noche
"agradable" en una habitación del primer piso de un albergue. Quizá
la entendían, pero aun eran demasiado jóvenes. Sus ojos lo habían visto, Eino cayendo
fulminada sobre su cama, sin siquiera retirar las mantas, como si el espíritu
del sueño la hubiese poseído. Souten inspeccionando la limpieza de la estancia
y aseo antes de ser capaz de poner un pie entre sus sábanas. Yuna las había
observado sin variar su gesto y una vez las dos estaban en sus respectivas
camas de aquella pequeña habitación iluminada con una triste lámpara había
comenzado a asegurar que su noche fuese tranquila. Para la puerta utilizó una
silla, no había ningún mueble cercano que mover. Luego inspeccionó la ventana
del baño, demasiado pequeña para que alguien entrase. Por último observó la
ventana junto a sus camas. Por ahí si podía entrar alguien, así que rebuscó
entre su equipaje hasta dar con un llavero unido a un cascabel y preparó una
simple señal de aviso por si alguien trataba de forzarla desde el exterior.
Comprobada su seguridad, había
podido acomodarse en su cama. Un esfuerzo fútil, toda aquella noche de
anticipatoria tensión era el resultado. Al menos estaban sanas y salvas, en
lugar de formando parte de las esquelas del periódico al respecto de la poca
seguridad en los albergues.
Tras cargar con sus maletas por
las escaleras, se colocó ante la puerta y su poderoso puño tocó con firmeza
pero suavidad. Esperó pacientemente hasta abrieron. De entre las miles de
consideraciones que su mente barajaba sobre quien abriría aquella puerta,
apareció una que siquiera debía existir en su consciencia. Se trataba de una
mujer, cualquier observación destinada a bajar su edad resultaría extraña ya
que saltaba a la vista que no era joven. Su largo, ondulado y plateado cabello
flotaba tras ella por el simple movimiento de abrir la puerta.
Sus férreos ojos dorados la
estudiaban del mismo modo que Yuna la estudiaba a ella, pero solo una de ellas
mostraba extrañeza y curiosidad por comprender aquella extravagante vestimenta.
Un vestido de un apagado púrpura con bordados blancos. Podía escuchar tras ella
los comentarios de Eino, quien hablaba, sin contención alguna, de aquella ropa.
-¿Puedo ayudarlas? – Su voz era
un látigo que las despertó.
-Busco al Prefecto de la
residencia. – Anunció al recuperar la compostura.
-Se halla ante ti.
Fue la respuesta de una cortante
voz que provenía desde una cercana puerta. Un hombre de inmaculada presencia,
aunque marcada aura de superioridad, avanzó hasta acercarse lo suficiente a
ellas, apartando, sin usar palabra alguna, a la mujer de extrañas vestimentas.
Sus azules ojos desprendían un helado frío, adecuado a la sobriedad de su ropa
oscura. Estaba decidido a mostrar poder a su alrededor, pero a Yuna únicamente
le resultaba avasallador y prepotente. Una arrogante emoción encerrada dentro
de un cuerpo cuya constitución y musculatura no parecían estar a la altura. Si
limitó a estudiarlas de la cabeza a los pies antes de hablar.
-¿Quienes sois?
-Alumnas trasladadas. – Anunció
Eino felizmente. Se dispuso a continuar con su ya conocida presentación pero la
mirada del Prefecto, con un deje de odio velado, llevó a Souten a detenerla.
-Somos alumnas del Cruce de
Caminos. – Yuna tomó la palabra. – Por incidentes más allá de nuestro control
nos hemos visto trasladadas aquí.
Se creó un tenso silencio. El
Prefecto parecía haberse visto bloqueado por un extraño trance que le impedía
hablar, limitándose a observarlas como si cada detalle fuese de primordial
importancia.
-Sería conveniente dejarlas
pasar. Es un día frío el de hoy. – Las palabras de la mujer de extrañas
vestimentas sacaron al Prefecto de su trance.
-Adelante.
Con la más que aparente
sensación que estaba conteniendo su furia se echó a un lado para dejarles paso
al ostentoso interior. Era un mar de decoraciones mostrando por un lado el
esmero de los habitantes en crear algo más allá de una residencia común, pero dejaba
la sensación de que todo estaba pensado para mostrar afluencia económica y
poder. Cuando la última de sus acompañantes entró, ellas, especialmente Eino,
se maravillaban por aquel despliegue de ficticia belleza, el Prefecto cerró la
puerta.
-Moyra. – Entonó con controlada
serenidad. La mujer de extrañas vestimentas respondió a su llamada con un
simple "¿Sí?" – Necesito a Aideelyn.
No era una pregunta, siquiera
una orden, y aun así aquella mujer asintió antes de avanzar hacia la escalera.
Yuna no pudo evitar concentrar su penetrante mirada en el Prefecto. Él
respondía con un gesto, una mueca, no era desagrado, sino algo más cercano a
irritación e incomodidad, algo que trataba de maquillar con su exultante
manifestación de poder.
-Vuestros impresos por el cambio
de residencia. – Exigió adelantando una mano hacia ellas cuando su compañera se
había marchado.
Souten emitió una amortiguada
respuesta mientras le entregaba dos folios, probablemente el suyo y el de Eino.
Yuna volvió a atravesarle con su mirada antes de meter la mano en su abrigo y
entregarle su impreso. El Prefecto los estudió en silencio, consiguiendo que
las tres muchachas se mirasen. Ella decidió tomar la palabra.
-No puedo sino pensar que
nuestra llegada a esta residencia no es bien recibida.
-¿Tu nombre? – Inquirió él. Le
resultó extraño que preguntase, tenía su impreso ante él.
-Yuna Haejin.
Nada más obtener la respuesta
que deseaba, su mirada se desvió hacia Eino y Souten, quienes se controlaron
para no sobresaltarse. De nuevo le resultó curioso que no observase los
impresos ante él.
-Mie Souten. – Realizó una
reverencia.
-Soy Nieriko Eino, pero todo el
mundo me llama Niko.
-Proseguiré llamándote Eino. –
Ignorando el ofendido rostro de su interlocutora dobló los tres impresos con
furia. – Mi residencia está siendo invadida por estudiantes. Quizá el señor
Luoji Kei haya tenido a bien explicarles, pero yo no he recibido noticias de
él. Únicamente sé que se tratan de circunstancias graves, y eso no quiere decir
que tenga que tolerarlas.
-Pero… una chica ha… – Fue capaz
de articular Eino.
-¿Y? – Respondió cortando sus
palabras. Aquella simple pregunta era más una estaca de hielo que una simple
palabra. – Las habitaciones para mujeres se encuentran arriba. Probablemente la
Encargada Aideelyn aparezca por el camino. Ella es quien gestiona las llaves de
las habitaciones.
-¿Eso es todo? – Yuna no salía
de su asombro.
-Salvo que sea protocolario dar
la bienvenida, sí. Soy un hombre ocupado. Desearía que mi entrada estuviese
vacía de equipaje lo antes posible. – Caminó hacia la misma puerta por la que
había aparecido. – Y lo antes posible es ahora.
[09:05]
La
calle era inmensa. Edín empezó a cruzarla siguiendo a la extraña figura,
intentaba hablar con ella, pedirle que se detuviese, pero esta no prestaba
atención. Durante unos segundos se extrañó por su comportamiento, pero aun así
se dispuso a seguirla, tenía que seguirla. No tuvo más remedio que internarse
en el oscuro almacén, donde todo parecía la sombra de alguna silueta humana
caída formando incomprensibles posiciones. Aquella figura seguía huyendo,
arrastrándose por el suelo en un intento de escapar. No lo entendía, se estaba
arrastrando. Seguía tratando de comunicarse con ella, pero no le escuchaba o
había decidido ignorarle. Finalmente se detuvo al topar con la pared,
volviéndose hacia él. Su rostro estaba desenfocado.
-Te lo
imploro…
Edín
se despertó sobresaltado y viendo doble. La repentina imagen le hizo retroceder
hasta que se golpeó en la cabeza con los fríos azulejos de su aseo. Se estaba
viendo a sí mismo en el espejo. Tuvo que pasarse unos minutos revolviéndose el
pelo para aliviar el dolor punzante que le producía el golpe. No dejaba de
mirar a su alrededor, preguntándose cómo había llegado allí y preocupándose por
las posibilidades.
Salió
del aseo para adentrarse en la oscuridad de su habitación, donde solo un par de
rayos de sol se colaban por las cortinas de la ventana. El reloj le mostró que
era temprano. Se dirigió a su ventana aun con la mano en la cabeza. Al apartar
las cortinas la tenue pero cálida luz invernal bañó su mesa. Abrió un poco y
sintió el frio del exterior. Se volvió hacia su cama, no sabía cómo, aunque
barajaba una idea bastante clara, pero había lanzado sus sábanas por el suelo.
Mientras las miraba con una mueca se deshizo de su pijama, permitiendo que su
colgante de plata tintinease al escapar de la tela, como siempre desde hacía
años se le había olvidado quitárselo para dormir. Buscó en su armario una
sudadera azul y unos pantalones claros. Estaba ya vestido cuando llamaron a su
puerta.
-¿Sí?
¿Quién es?
-Soy
Liam. – Dijo la voz al otro lado.
Edín
abrió la puerta y una suave brisa con aroma a flores y frutas invadió su
habitación. La muchacha esperaba al otro lado, sonriente como siempre y con su
largo cabello negro flotando tras ella. Llevaba una camisa blanca con el cuello
de botones parcialmente abierto y una falda azulada a media altura que tapaba
el final de los oscuros y largos calcetines que cubrían sus piernas. Había
cambiado su calzado por unas cómodas zapatillas de andar por casa.
-Buenos
días. – Saludó Negiru con una reverencia. Cuanto más la miraba más parecía una
muñeca. – ¿Has dormido bien?
-Sí.
– Dijo recuperando sus sentidos. – Profundamente. ¿Tú?
-El
cansancio pudo conmigo. – Rió.
Probablemente
seguía dándole vueltas a la horrible escena que habían visto ayer y había
dormido más por extenuación que por gusto.
-He
comprado el desayuno. – Afirmó alegremente. A los pocos segundos le contempló
extrañada. – ¿Qué ocurre?
-Nada.
No
había podido evitar una mirada de asombro, no estaba acostumbrado a que
personas que no conocía de nada comprasen el desayuno.
-Sé
que es un poco extraño. – Comenzó riendo. – Pero he tenido que levantarme
temprano, así que no me importaba acercarme a una tienda de conveniencia para
comprar algo de desayuno. A fin de cuentas ninguno tenemos nada en el
frigorífico ahora mismo.
-¿Por
qué has tenido que madrugar?
-Mi
equipaje. Me lo traía una empresa de transportes. No tenía más remedio que
levantarme temprano para recogerlo. Han llegado a las ocho y cuarto. Imagínate.
– Rió.
-Vaya…
que paliza…
-No
te preocupes. Estaba despierta antes de las ocho. – Asintió firmemente. – Entonces, ¿Desayunamos?
Repentinamente
escuchó una potente tos en el pasillo, como si alguien se estuviese ahogando.
Negiru, sorprendida, giró la cabeza reemplazando su gesto por una sonrisa y una
reverencia. Aunque había algo que la hacía parecer avergonzada.
-Buenos
días, Szure.
Edín
se asomó por la puerta para descubrir a Maino Szure mirando desde la puerta de
su habitación. Acababa de descubrir que era su vecino, por así decirlo. Debía
de haberse levantado en aquel momento, ya que llevaba lo que parecía un gastado
pijama rojo y cargaba en sus brazos ropa para ducharse. Su cabello era un
alborotado huracán. Tras modificar rápidamente su gesto de horror, comenzó a
sonreír forzadamente mientras les saludaba.
-Hola…
ehh… esto, perdona, iba… iba a… ducharme.
-No
te preocupes.
Liam
Negiru se volvió de nuevo hacia Edín. En su rostro se mezclaban vergüenza e
incomodidad. Se giró levemente, como si evitase observar a Maino Szure mientras
salía de la habitación. Este, en lugar de continuar su camino, retrocedió al
interior, entrecerrando su puerta.
-He
comprado un desayuno continental del Protectorado. Se va a enfriar. – Explicó
tranquilamente tras unos instantes.
-¿Continental…?
-Sí.
Era la única comida preparada para llevar que no fuese simplemente un tentempié
y un café. Pero… lo han calentado…
-Está
bien, está bien.
Edín
cogió sus llaves y salió de su habitación, cerrando la puerta tras él. Con una
sonrisa Negiru encabezó la marcha por el pasillo mientras él la seguía. La
muchacha cruzó ante la entrecerrada puerta de Szure y prosiguió hacia el
rellano. Edín pensaba hacer lo mismo, hasta que aquella puerta se abrió
levemente para mostrarle a Maino Szure. De existir la posibilidad de matar con
la mirada, Edín se hubiese convertido en una mancha roja en la pared. Con mueca
de temblorosa incredulidad avanzó tras Negiru mientras no perdía contacto
visual con su peligroso vecino, sin detenerse hasta que su rostro había
desaparecido al cruzar la esquina del pasillo. Llegaron al rellano del primer
piso, dónde comenzaron a escuchar ruidos de personas subiendo con mucho
esfuerzo y maldiciones variadas.
-¿Algún
alma caritativa puede echarnos una mano? – Preguntó una dulce voz femenina
desde la escalera.
Edín
se acercó. Tres muchachas subían los escalones con sus maletas y abrigos. La
más cercana al chico llevaba un elaborado arreglo en su cabello rosa oscuro con
una larga coleta en el lateral de su cabeza y llamativa ropa moderna coronada
en cuello o mangas por cortes asimétricos. Le resultaba ligeramente familiar,
pero podía recordar en qué contexto. La siguiente era bastante más modesta en
el vestir y llevaba el pelo negro recogido. La que iba en último lugar
sobresalía incluso varios escalones debajo de ellas, era alta y algo corpulenta
para ser una mujer. Tenía su melena marrón tranzada creando un resultado tan
basto que si golpeaba a alguien le haría tanto o más daño como uno de sus
brazos. Estaba enfundada en un grueso abrigo que ampliaba si ya de por sí
amplias formas. Igual que con la chica de la coleta rosa, Edín creía reconocer
su cara de pocos amigos, pero no era capaz de ubicarla.
La
chica de la coleta rosa le tendió la maleta manteniendo una coqueta sonrisa y
mirándole con sus brillantes ojos marrones. Edín la cogió y la puso en el suelo
del rellano mientras la muchacha subía los últimos escalones. Le dio las
gracias de forma dulce, sin perder la sonrisa. El joven cogió la maleta de la
chica de pelo negro e hizo lo mismo. La muchacha se lo agradeció sin mirarle,
poniéndose bastante tensa cuando levanto la vista y le examinó. Fugazmente le
contempló con sus ojos color avellana mientras se recuperaba del esfuerzo
físico. La tercera joven alejó su maleta cuando Edín intentaba ayudarla y subió
los escalones sin ningún esfuerzo, no modificó en lo más mínimo su enfadado
semblante. El muchacho permaneció ante ella sin saber cómo reaccionar.
-¿Parece
acaso que necesito tu ayuda? – Preguntó con su potente voz.
-Solo
intentaba echarte una mano. – Le defendió Negiru. Su corpulenta interlocutora
la observó.
-No
recuerdo habérsela pedido.
La
chica de la coleta rosa contempló la escena pasando su mirada de uno a otro,
entonces tomo aire preparando nuevamente su sonrisa y enfocó a Edín.
-¿SABES-TÚ-CHICAS-HABITACIONES?
– Preguntó haciendo grandes movimientos con las manos, señalando a sus
acompañantes y a ella misma.
Edín
arqueo las cejas. Sin duda trataba de reducir la tensión después del puñetazo
verbal de su corpulenta compañera, desgraciadamente no estaba funcionando como
ella quería. La muchacha de cabello oscuro se pasó una mano por el rostro.
-Es
extranjero Niko, no sufre de ningún tipo de retraso mental.
Fue
su pausada explicación tras unos segundos de silencio en los que había
contemplado a su amiga con incredulidad. Le pareció que tras él Liam Negiru
exhalaba una entrecortada exclamación, pero al mirarla la encontró sonriente
como siempre. Ante ellos la muchacha llamada Niko asintió como si comprendiera
las palabras de su compañera.
-¡Hola!
– Intentó de nuevo.
Aquella
vez hablaba con la misma dulzura con la que uno se comunica con los bebes y las
mascotas.
-¿Sabrías
decirnos donde están las habitaciones para las chicas? Solo nos han dicho que
vayamos arriba.
Durante
toda la pregunta mantuvo aquella esplendida sonrisa que también se les pone a
los bebes y a las mascotas. La muchacha de cabello negro suspiró con cansancio
y vergüenza, principalmente ajena, aunque también bastante propia. Edín se
planteó seriamente si reírse, llorar o empujarla por las escaleras. Al final
les señaló a las escaleras que subían.
-Supongo
que están arriba. – Respondió con un perfecto acento que asombró a la joven de
cabello negro y a la de la trenza.
-Así
es, están arriba. – Corroboró Negiru.
-¡¿Tenemos
que subir más?! – Protestó derrotada. – En fin, muchísimas gracias. – Dijo
sonriéndoles con incluso más fuerza que antes.
-¿Alguno
ha visto a la Encargada de la residencia? – Bramó la corpulenta muchacha de la
trenza.
-¿Le
pregunto? – Inquirió la joven llamada Niko como si se tratase de algún tipo de
intérprete. Tras él escuchó una contenida risa proveniente de Negiru. Al menos
ella se reía, a él no le hacía demasiada gracia.
-No
es sordo. – Su amiga le susurró otra vez pausada y secamente entre dientes. De
nuevo una risa contenida tras él.
-No
la he visto. Quizá está arriba también.
-Qué
bien habla este chico.
La
joven llamada Niko también susurraba como si el joven no pudiera oírla. Su
amiga suspiró llegando al límite de la vergüenza que era capaz de soportar. En
ese momento escucharon los acelerados pasos de alguien que descendía. La
Encargada Aidee Hyome, exuberante como el día anterior, y probablemente como
todos los días, se detuvo en el último escalón y les observó, llevándose una
mano a la frente con un cansado suspiro.
-Y
yo pensando que Moyra exageraba, pero no, el señor demasiado ocupado para
ocuparse manda a la gente arriba, sin llaves, sin llamarme, sin nada. – Con
cada protesta descendía un escalón hasta que se encontró frente a las recién
llegadas. Una vez allí cambió su expresión por una sonrisa. – Bienvenidas a
Nuevo Jardín, soy la Encargada Aidee Hyome. – Anunció con su clásico giro de
muñeca para colocarse un dedo en la mejilla. – Es un placer conoceros.
-Igualmente.
– La muchacha de recogido cabello negro trazó una reverencia.
-Me
llamo Nieriko Eino, pero todo el mundo me llama Niko. Un placer conocerte.
-Niko
¿Eh? Cuanta energía.
-¿Sería
posible saltarnos las introducciones y dirigirnos a nuestras habitaciones? –
Preguntó cansadamente su corpulenta acompañante.
-¿Un
viaje largo? – La encargada la observaba.
-Por
así decirlo.
-Síganme
pues al piso superior.
Durante
unos segundos parecía que Negiru iba a adelantarse para decir algo, pero
finalmente permaneció en silencio, permitiendo que la encargada Hyome
encabezase aquella comitiva y guiase a las tres recién llegadas por las
escaleras. Edín y su compañera las observaron subir hasta que finalmente habían
desaparecido, momento en que él resopló.
-No
se lo tengas en cuenta. – Se volvió para mirar a Negiru. La muchacha le
sonreía. – Algunas personas hacen o dicen cosas sin percatarse.
-A
ti parecía divertirte mucho.
-No
era con mala intención. – Afirmó afligida. – Esas dos chicas eran muy
graciosas, parecían un dúo cómico.
-Sí…
bueno, si quieres verlo así. – Se pasó la mano por la cabeza. – Ibas a decir
algo ¿No? ¿Por qué te has detenido? – Tras la sorpresa, Negiru negó.
-Nada
importante. Solo me había acordado de una cosa, pero no hacía falta decirla en
este momento.
-Buena
forma de guardar el secreto. – La joven respondió con una pícara sonrisa.
-Nuestro
desayuno se helará si no bajamos ya.
-Y
ahora buena forma de desviar el tema.
Aun
sonriendo la muchacha se dirigió hacia las escaleras, deteniéndose en el
escalón más cercano para mirar a Edín hasta que este se decidió a seguirla.
[10:07]
Entró
en la cocina para ser abofeteado por el poderoso aroma de algún tipo de
infusión. Una tetera lazó estelas de vapor hasta que la mano de la muchacha de
orejas puntiagudas, Airu Kressligh, cogió su asa con un paño y la apartó del
fuego. Con firmeza comenzó a verter el agua caliente en una gruesa taza,
dejándola de nuevo junto al fuego. Se volvió entonces hacia la otra encimera,
cogiendo entonces una bolsita de infusión para dejarla en la taza. Debía estar
mezclando distintas bebidas ya que el aroma se intensificó. Como siempre, iba
vestida de negra, con sus ropas extrañas sacadas de algún país nórdico en el
cual solo se veía un verano cada setecientos inviernos. Seguía inconsciente de
su presencia, por lo que se dispuso a volverse sobre sus pasos.
-Ee… ¿Cuánto rato piensas estar en la
puerta?
Su
frase le apuñaló un par de veces. Cuando hablaba con su extraño acento
extranjero parecía unir sus palabras con algún tipo de insulto, dejando la
sensación de que su interlocutor era siempre inferior a ella. No pudo evitar la
mueca en su rostro que desapareció nada más comprobar que la muchacha se volvía
para observarle con sus brillantes ojos ámbar.
-¿Dudas
por temor a que pueda herir tu hombría? – Preguntó con un tono divertido pese a
su inexpresivo rostro. – Me partirías al corazón si fuese así.
-Solo
he bajado a… tomar un vaso de leche. – Respondió Maino mientras avanzaba hacia
el frigorífico.
-No
he solicitado que me relates las crónicas de tu vida, únicamente que no bloquees
la puerta como una fea estatua.
Tenía
el más que discutible "don" de ser molesta con simplemente hablar. En
lugar de una conversación era un constante tira y afloja para tocarle las
narices a cualquiera que estuviese a una distancia mínima de ella.
-Haz
el favor de no pincharme más señorita.
-¿O
qué?
-O
voy a ponerme cabrón contigo.
-¿Ah
sí? – Se miraba sus pintadas uñas aburridamente. – Tiemblo.
-Te
he dicho que dejes de pincharme.
-No
puedo evitarlo. Eres tan idiota que se escapa a mi control. Aunque desearía ver
esa faceta de "cabrón" como la has llamado. ¿Qué haces? ¿Ponerte
morado de contener la respiración hasta que pierdes el conocimiento? Sagut, sagut. Me río con solo pensarlo.
Su
rostro era tan inexpresivo que resultaba complicado encontrar cualquier emoción
en él. Maino se tragó su ira y abrió el frigorífico sin dejar de mirarla. No
tenía ni idea de qué le picaba a aquella enana para ser tan gilipollas con él,
pero si seguía escuchándola durante más tiempo acabaría dándole un puñetazo.
Además no había venido a la cocina para ser insultado gratuitamente.
-Estas
cogiendo zumo, salvo que me falle la vista. Y mi vista nunca falla.
Miró
su mano. Distraído, había cogido la primera botella que había en su balda y,
como aquella enana arrogante decía, era zumo de naranja, de Yoosu para ser más
exactos.
-¿Y
qué importa?
-Creo
recordar que tu patético intento de escusa venía a decir exactamente que ibas a
tomar un vaso de leche.
-¿Patético
intento de escusa? – Preguntó enfadado.
-Çese-on'çe, patético intento de escusa,
no he errado en una sola palabra. Vengo a indicar qué creo que la leche que
buscas está en el salón, desayunando con tostadas y bollería continental.
La
miró mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para no apretar los dientes. Ella,
hundía la bolsita de su infusión, le faltaba gemir para dejar claro cómo
disfrutaba de aquel momento.
-Un
triste desenlace para la corta historia de amor de Maino Szure, hures i'listoree. La atractiva recién
llegada eligió a otro hombre en lugar de a Szure. Qué triste, hures-i.
-¡Deja
de decir palabras raras solo para hacerte la interesante! – Gruñó enfadado. –
Además, no tienes ni idea de lo que hablas.
-Ah…
¿Nu? – Preguntó divertida.
-No,
no la tienes.
-Tu
rostro de anoche deja claro que si la tengo. Qué pena… teniendo en cuenta que
has bajado directamente a la cocina, quiere decir que ya debías saberlo. Me he
perdido la cara que se te ha quedado al verlo por vez primera. ¡Delize-i!
-¿Al
ver qué? – Preguntó otra voz.
Liam
Negiru y Edín Dageste entraban en la cocina por la puerta que daba al comedor,
su desayuno había terminado. El joven llevaba sus bandejas hacia el fregadero
mientras la muchacha les miraba con una sonrisa.
-Ah…
eh… pues, la… la…
-Cara
que se le ha quedado a Szure al probar mi tée.
– Afirmó Kressligh.
-¿Qué?
– Dijo Maino sin entender. – Sí… el té. Está muy fuerte.
-Me
deleitan las bebidas fuertes y vigorosas. Especialmente el tée.
-Te
diría que desearía probarlo. – Rió Negiru. – Pero a mí me gusta el té suave.
-Ah
querida, no sabes lo que te pierdes.
Aun
riendo Liam Negiru se alejó hacia el fregadero en que Edín Dageste limpiaba los
platos de su desayuno. Comenzaron a hablar entre ellos mientras Maino les
miraba. Cuando consideró que estaban lo suficientemente distraídos se acercó lo
máximo posible a Kressligh.
-¿Qué
haces? – Preguntó esta mientras retrocedía.
-Eso
tendría que preguntarlo yo. ¿A qué ha venido esa chorrada del té?
-Ah…
lu'tée…
-¿Qué
intentas? ¿Salvarme las espaldas o algo?
-Me
carcajearía, pero esto conseguiría que nos mirasen. Además de que lo considero
demasiado vulgar. – Le observó inexpresiva. – Únicamente extiendo en el tiempo
la triste historia de Maino Szure. – Se llevó una mano a los labios. – ¿He
dicho yo eso? ¡Nu, nu, nu! No lo he
dicho. Voy a disfrutar de mi tée en
el comedor. Aubensut, egrien Szure.
Maino
la vio marchar, más que caminar parecía que desfilaba por una pasarela, hacia
el comedor, con su humeante té entre sus manos. Se despidió de Negiru y Dageste
como una diva, desapareciendo por la puerta, dejándole tras ella mientras
comenzaba a plantearse de que galaxia lejana y rara provenía.
[12:05]
Niko
se dejó caer sobre la cama de Mie con infantil alegría. Era mullida y rebotó
felizmente por ella. Su amiga le dedicó una mirada de reproche y prosiguió
sacando la ropa de su maleta para colocarla ordenadamente en el armario. Cada
prenda era meticulosamente estudiada por si había quedado mal doblada ante la
precipitada salida del Cruce de Caminos. Habían tenido suerte de topar con Yuna
Haejin, quien había sido capaz de alejarlas de aquella residencia y permitirles
hacer noche en un albergue. No era el lugar más cómodo o limpio de la ciudad,
pero infinitamente mejor que dormir en la escena de un crimen.
-Esta
residencia es tres veces el Cruce. – Aseveró Niko alegremente mientras se
revolcaba por la cama de Mie. – Espero que no nos cambien.
-Después
de nuestra conversación ayer con el encargado si nos cambian será para
echarnos. – Su amiga se sentó en la cama mirándola con el ceño fruncido.
-No
es culpa mía que ese gilipollas arrogante de encargado se creyese que podía
hablarme como le diese la gana. Además era eso o ir a residencias distintas.
-Y
por eso no te lo reprocho. – Explicó Mie mientras colocaba unos pantalones. –
Es una de esas situaciones en las que no me queda más remedio que tolerar tú
impulsividad.
-Gracias.
– La joven sonreía ante el cumplido, pese a que no era un cumplido.
-De
todos modos, si no hubiésemos topado con Haejin, seguiríamos discutiendo.
-Sabe
poner los puntos sobre las íes. Clavarlos más bien. – Rió por su ocurrencia.
– Por cierto, ¡Tenemos compañeros
extranjeros! – Comentó felizmente sorprendida.
-Sí,
yo también le he visto, como si hubiera estado allí, de hecho estaba allí.
-Parecía
muy simpático, seguro que nos llevaremos bien. – Ante la afirmación soñadora de
su amiga Mie no pudo evitar una mirada de sorpresa.
-Parecía
muy enfadado y ofendido Niko. – Explicó dejando a su amiga atónita. – Yo diría
casi cercano a querer empujarnos por las escaleras.
-¿En
serio? Pero si no hemos hecho nada. ¿Crees que ha sido lo de Haejin? Lo que le
ha molestado… – Mie se giró para encararse con su amiga.
-También
puede, pienso, tener algo que ver el hecho de que le has tratado casi como si
tuviese algún tipo de retraso mental. Aunque sin el casi. – Niko miró al techo
esforzándose por recordar si había hecho lo que su amiga le achacaba o no. – Aunque
Haejin también ha sido un poco… dura con su forma de hablarle. El chico solo
intentaba ayudar. Como ha dicho su compañera.
La
joven seguía mirando al techo intentando recordar en que había sido ofensiva
exactamente, finalmente puso morritos, como una niña pequeña enfadada a quien
le habían dicho que se acababa de comportar mal.
-Esa
chica… me resulta familiar… ¿A ti no? – Niko negó con amplios movimientos de
cabeza. – No sé si verdaderamente esperaba otra respuesta por tu parte. –
Suspiró al volver a su maleta y ropa.
-¿A
qué habrá venido el comportamiento de Haejin? No parece una mala persona…
-Quizá
no le gusta que le ayuden cuando ella puede.
-A
lo mejor le incomodan los extranjeros… como a ti.
Con
suavidad dejó una camisa perfectamente colocada en el armario y asomó su cabeza
lentamente para contemplar a su amiga, quien se hacía la inocente mientras
jugueteaba con un mechón de su pelo.
-A
mi no me incomodan los extranjeros. Solo… me ponen… ligeramente de los nervios.
Siempre que hablo con ellos no sé si me entienden o no. Como el chico de
intercambio que teníamos en el instituto. – Niko comenzó a reír.
-Pobrecito,
siempre estaba balbuceando.
-Y
me ponía de los nervios. Eso no quiere decir que me incomoden.
-Para
nada.
-¡No
me des la razón como a los locos! – Regañó enfadada.
-La
verdad es que para ser un extranjero hablaba muy bien y con mucha fluidez.
-No
te lo discuto.
-Y
si vive aquí y no se muda tendrás que socializar con él. – Explicó Niko con una
risita. Mie volvió a suspirar.
-Hare
todo lo que esté de mi parte. – Niko asintió mientras se dejaba caer en la
cama. – Siempre. – La joven se levantó como propulsada por un muelle. – Que tú
mantengas tu promesa de no meterte en el centro del universo social de esta
residencia. Quiero vivir tranquila aquí, no necesito ni miles de amiguitos, ni
miles de enemiguitos. Claro… ¿Verdad?
-Cristalino.
– La joven se dejó caer de espaldas con una mueca de desacuerdo.
-Bien.
Mientras
el silencio volvía a invadir la habitación Niko observó como los pájaros
volaban a través de la ventana. Mie proseguía con su ardua tarea, ya le quedaba
menos.
-Mie…
-¿Sí?
-¿Cuando
vamos a bajar a comer?
-¿Quizá
cuando sea la hora de comer?
-Pero
no tenemos comida.
-Supongo
que nos tocará ir a comprar antes de comer.
-¿Y
qué hago si yo tengo hambre ahora?
-Decirle
a la otra tú dentro de ti que come por tres más que tiene que esperarse por lo
menos a que sea una hora decente para comer y entonces bajaremos.
-¿Y
qué vamos a hacer esta tarde?
-Yo
adecentar mi habitación.
-¿No
vamos a salir por ahí?
-Niko…
lo que uno hace cuando se muda a un sitio es intentar que sea lo más hogareño y
limpio posible, en el mínimo tiempo posible.
Cuando
su amiga volvía a su tarea Niko, instintivamente, pasó el dedo por la
superficie más cercana a donde estaba, en concreto la mesita de noche. Al menos
a primera vista, todo parecía inmaculadamente limpio.
-Yo
creo que a esto no le hace falta limpieza.
Mie
permaneció en silencio mientras estudiaba aquella afirmación, finalmente pasó
la mano por la parte superior del armario. Efectivamente, estaba limpio como
una patena.
-La
verdad es que sí… está muy limpio.
-¿Entonces
podemos salir? – Insistió alegre.
-Niko…
estoy sin ganas de salir…
-Pues…
podemos explorar la residencia. ¡Ver lo que hay en cada habitación! – Mie
seguía mirándola en silencio.
-¿Si
digo que sí me dejaras vaciar mi maleta sin molestarme más? – Niko asintió. –
Entonces… SÍ.
-¡Bien!
– Gritó alegremente mientras volvía a revolcarse por la cama.
[12:42]
-Permíteme
adivinar. – Dijo al ver a la persona al otro lado de la puerta. – Eres un
alumno trasladado del cruce de caminos porque ha habido una terrible
circunstancia que ha empujado al encargado Luoji Kei a enviarte aquí.
El
musculoso recién llegado miraba a Uriel. Sus músculos eran lo más llamativo de
él, junto con su cuadrado rostro y su original, por considerarlo algo, peinado.
Tenía su negro pelo rapado creando un patrón alrededor de su cabeza, como un
tatuaje que probablemente venía a indicar que entre toma y toma de esteroides
se financiaba a sí mismo vendiendo drogas variadas en la puerta de los colegios.
También tenía más pendientes de los que consideraba convenientes en un hombre, que
en su correcta opinión eran ninguno. Su abultado abrigo debía ser una reliquia
de alguna guerra, o simplemente lo había comprado porque se parecía a una
reliquia de alguna guerra. No era capaz de reconocer las distinciones militares
en los escudos cosidos sobre la gruesa tela verde. En base a su estructura física,
era posible que hubiese matado a algún militar para robarle el abrigo. Era
posible, tan perfectamente posible como que Uriel Aidara mataría a Luoji Kei en
cuanto tuviese la posibilidad, aunque primero le devolvería sus estudiantes.
-Deben
haberte dado un impreso de cambio de residencia. Entrégamelo. – Su interlocutor
levantó una mano.
-Sin
ordenar principito. No me gustan las órdenes.
-Ni
a mí que se refieran a mi persona como… principito.
-Te
pega… vas vestido y peinado como un principito. – Le mostró el impreso.
-Tienes
suerte de que la ley me impida matarte, pero aun más de que esté demasiado
cansado como para organizarlo todo. – El musculoso joven liberó una risotada.
-Di
que sí. Soñar es gratis. Oye, el tío de la residencia no me ha dicho nada. ¿Qué
ha pasado? ¿Algún alumno gordo hundió la estructura o algo?
-Según
sé, una muchacha se ha suicidado. – Respondió sin prestarle atención.
-Ah.
Pues vaya. Lo del gordo tenía más gracia… Bueno, ¿Mi habitación?
-Por
desgracia arriba.
-No
tengo problema en subir las maletas.
-Por
desgracia para mí, no para ti.
-Uriel.
La
voz de Aideelyn descendió por las escaleras mientras le llamaba. Estaba
enfadada, lo notaba a la perfección en su tono. Él sin embargo se encontraba
mucho más interesado en observar como a aquel cúmulo de anabolizantes se le
abría la boca al observarla acercarse.
-¿Sería
posible hablar un momento?
-Me
temo que no. Tenemos un nuevo recién llegado.
-¿Oh?
– La muchacha se percató de cómo le miraba. – Bienvenido.
-Hola…
princesa. – Sus ojos se habían detenido en los abultados pechos de Aideelyn. –
Ohouji Kiraibeki es mi nombre. Tú te llamas Sexy ¿No?
La
aludida se mantuvo en silencio. Probablemente estaba parpadeando incrédula y
mostrando una mueca que exteriorizase una elaborada combinación entre sarcasmo,
tedio y deseos de responderle con algún mordaz comentario. Conociéndola, se
estaría afanando en sonreír.
-No.
No me llamo Sexy.
-Te
recomiendo usar otro nombre, solo, e insisto, solo si quieres vivir hasta la
vejez. – Uriel cerró la puerta.
-¿Vivir
hasta la vejez? – Kiraibeki le miraba. Notaba el desdén en su voz. – ¿Es tu
novia o algo? ¿Tengo que temerte o partirte la cara?
-Aunque
es una adecuada idea el temerme, me refería a ella. – Su interlocutor liberó
otra risotada.
-Es
lo más gracioso que he oído en todo el día. – Se volvió hacia Aideelyn. – Dime,
preciosa, ¿Vives aquí? ¿Cuando tenga habitación vendrás a verme? – De nuevo dejó
un corto silencio para controlar su respuesta.
-Bueno.
– Comenzó sopesando la idea. – Si es a cerrar la puerta desde fuera para evitar
que salgas, puede.
-Cierra
mejor desde dentro. Será más divertido.
-Yo
cierro desde dentro si tú me prometes quedarte fuera.
-Me
gustan las chicas duras.
-Después
de conocerte, creo que a mí también me gustan las chicas.
Rápidamente
introdujo su mano en el bolsillo de su falda y extrajo el llavero de la
residencia. Desenganchó una llave con tal fluidez que casi parecía que la tenía
preparada. Con una mano le señaló hacia las escaleras mientras con la otra le
entregaba la llave.
-Chicos,
primer piso. Elige una puerta que tenga un colgador de vacío.
-Así
que tú eres la que manda aquí ¿Eh? – Inquirió al coger la llave. – Mala, dura,
poderosa y con muchas curvas. ¿No me llevas a mi habitación?
-He
recordado que tengo cosas mejores que hacer ahora mismo, como meterme dentro de
la lavadora y pulsar centrifugado.
-Tarde
o temprano caerás.
Tras
su arrogante respuesta, el musculoso joven cogió sus maletas sin dificultad y
comenzó a andar hacia las escaleras dejando tras él a Encargada y Prefecto
estudiándole. La joven observó a Uriel.
-¿Quién
es esto?
-Un
regalo de año nuevo cortesía de Luoji Kei y la residencia El Cruce de Caminos.
– Afirmó mientras se dirigía a la cercana puerta que llevaba al salón. – Cada
segundo que pasa me lo imagino en un sillón mofándose de mí.
-No
sabía que os llevaseis mal.
-Hemos
tenido roces a lo largo de los años. Pequeños… encontronazos.
-¿Eso
en tu idioma viene a significar que ha intentado matarte? – Preguntó Aideelyn
al entrar al salón.
-¿De
dónde sacas tamañas ideas? – La miró con una mueca. – Mis palabras vienen a
significar lo que vienen a significar.
-Te
conozco. Cualquier persona con la cual tú hayas tenido "pequeños
encontronazos". – Realizó el gesto de comillas con sus manos. – Intentaría
matarte. Eres una persona de la que da gusto vengarse.
-¿Has
acabado ya de cacarear sinsentidos?
-No,
te he pedido un momento para hablar.
-Que
estas malgastando en insultarme.
-Eso
nunca se consideraría malgastar. – Resopló llevándose las manos a la cintura. –
Solo quería pedirte que dejes de mandar alumnos al piso de arriba sin que
tengan ni idea de dónde ir.
-He
tratado de llamarte esta mañana, pero no estabas por la labor de levantarte.
Además, Moyra ha sido avisada y ha subido a llamarte.
-No
es excusa. Podrías haber subido tú.
-Soy
un hombre muy ocupado. De hecho ahora mismo en lugar de ser el portero y tú
interlocutor en esta innecesaria conversación debería estar trabajando.
-¿Trabajando?
¿Trabajando en qué?
-En
asuntos. Así que si no tienes nada mejor que hacer puedes encargarte de
mantener a las molestias de las plantas uno y dos controladas para que, a ser
posible, no incordien.
-¿Tan
difícil es llamarles residentes?
-Por
lo que a mí respecta y en base a mi poder, van a residir aquí lo menos posible.
-No
sé por qué, pero últimamente estás mucho más
insufrible que de costumbre. ¿Has desayunado bien? ¿Te has tomado un
plátano? Tienen mucho potasio. Sabes que el potasio es bueno para tu avanzada
edad ¿Verdad?
Ignorando
su comentario y dejándo a Aideelyn tras él, Uriel avanzó por el salón hasta
alcanzar una puerta en el lateral. Antes de cerrarse pudo escuchar como su
compañera coreaba "señor Gruñidos".
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