lunes, 3 de febrero de 2014

1 - 12/01/41 (parte 2)

[19:40]
Aunque el frío de la ciudad había helado los deseos de conversar de Liam Negiru, Edín Dageste y Zei Aoke, se animaron cuando finalmente pudieron alcanzar uno de los puentes que conectaba con Toriade. Las miles de tiendas climatizadas que bombeaban ondas de calor hacia el exterior les dieron la bienvenida y ellos disfrutaron cada segundo de su paseo por la zona. Ajardinadas avenidas, carteles luminosos. Habían barrido la nieve con tal eficiencia que no quedaba un solo rastro. Desde allí alcanzaron el distrito Ki'een, hogar de la fiesta, los restaurantes y las discotecas. Aun era muy temprano para cualquiera de aquellos pasatiempos por lo que las calles se encontraban ligeramente más silenciosas.
Sumidos en el paseo no se percataron de lo cuidados que estaban sus alrededores hasta cruzar el río Yonma. El Distrito Fen era otro universo que demostraba que el Toriade, Ki'een y la Rivera eran el corazón económico de Yakeru y aquello no había cambiado desde la última vez que Liam lo había visto. Las calles estaban mucho más desatendidas, las casas, normalmente de dos plantas, se alternaban entre perfectamente cuidadas y completamente echadas a perder. La famosa calle del Mercado Sur, tan extensa que no se llegaba a apreciar su final, se encontraba vacía de cualquier negocio, muchos de ellos reemplazados por restaurantes de comida Qeinese cuyas excesivas decoraciones más de una vez dañaban la vista.
Tras desviarse de la calle del Mercado Sur entraron por una zona peatonal que finalizaba en una curva entre dos edificios. Si su mapa no estaba equivocado, la residencia El Cruce de Caminos se encontraría no muy lejos, avanzando un poco por la calle. Adormecidos por el frío y el largo viaje se dispusieron a cruzar ciegamente en diagonal por aquella curva cuando un sonoro pitido les devolvió a la realidad. Liam retrocedió con un brinco. Se habían apartado corriendo de la trayectoria de un coche de policía que casi les había atropellado.
-¡¿Qué hacéis?! – Protestó enfadada.
El vehículo prosiguió su acelerada marcha hasta detenerse cerca de la multitud que inundaba parcialmente la calle ante ellos. No se había percatado antes, quizá verdaderamente se estaba durmiendo por el frío. Se volvió para comprobar que Zei Aoke y Edín Dageste se encontrasen bien. El primero, como siempre, se mantenía apático ante lo que acababa de pasar, pero el segundo, había retrocedido contra la pared de un edificio cercano. Le temblaban las piernas.
-¿E-estas bien?
-Sí… s-sí. Es solo… nada. – Respondió entrecortadamente.
-¿Te has hecho daño? – Preguntó al ver que se pasaba la mano por la cabeza.
-No… me encuentro bien…
-Tengo la impresión de que aquello es nuestra residencia. – Señaló Aoke.
Esperaron a Edín Dageste antes de avanzar hacia la multitud. Estaba en lo cierto, aquel edificio era su residencia. Por su aspecto Liam dedujo que debía haberse derrumbado, era viejo, destartalado. Se notaba que le habían dado una capa de pintura azul probablemente para alegrar la pared que habría debajo, pero el clima se había encargado de descubrir el color original. Las ventanas tenían marcos de madera que se habían ido resquebrajando sobre y bajo incontables capas de pintura marrón. Algunas también tenían contraventanas en las mismas si no peores condiciones. La puerta delantera estaba acristalada y acotada por un feo pórtico de piedra, a un lado había un cartel que mostraba “El Cruce de Caminos” en coloridas letras que se superponían al dibujo de un árbol. Aunque podía engañar por fuera, que un edificio tuviese esas características exteriores no venía a indicar que fuesen también interiores.
Todo el vecindario estaba allí en aquel momento. El área había sido rodeada con cinta policial para evitar que nadie entrara, lo que no impedía que los curiosos se arremolinasen alrededor. Intentó agudizar el oído para captar de alguna de las múltiples conversaciones lo que había ocurrido, pero no consiguió sacar nada en claro ya que cada grupo tenía una versión distinta. La voz de un policía atravesó el ruido potenciada por un megáfono.
-¡Se ruega a todos los residentes acudan al lateral derecho del edificio por favor! ¡El Prefecto de esta residencia les atenderá ahí en breve! – El joven policía repitió su mensaje un par de veces más mientras algunos jóvenes entre la multitud seguían sus órdenes.
Al acercarse al lateral vio a dos jóvenes cerca de la zona acordonada. Le resultaban ligeramente familiares, quizá se habían cruzado antes. Una de ellas, cargada de bolsas de diversas tiendas, le gritaba a un policía. Cuando este negó con la cabeza ella soltó las bolsas en un desafiante movimiento. La otra joven puso sus manos en la espalda de su compañera y comenzó a empujarla hacia el grupo de estudiantes que se había formado en el lateral derecho. Tras una breve espera salió del edificio un muchacho alto. Tenía el pelo negro perfectamente peinado, acentuando un aura de seriedad. Parecía que las circunstancias, fueran las que fuesen, habían dejado su rostro pálido, demacrado y con unas marcadas ojeras. Aun así se mantuvo serio y conciliador cuando trató con los alumnos.
-Por favor, prestadme atención. Lamentablemente la residencia no puede atenderos ahora mismo por causas ajenas a nuestra voluntad. – Prosiguió pese a los comentarios que surgían del grupo de estudiantes. – Cread una cola ordenada por favor, os atenderé uno a uno para explicaros que hacer ahora.
La policía había preparado una mesa y una silla para que las usase. Los estudiantes se colocaron creando una perfecta cola mientras el Prefecto los despachaba. Afortunadamente no eran demasiados alumnos, el sol descendía y recorrer una ciudad a media noche cargado de maletas no era una idea acogedora. Sin ser consciente se había colocado la primera de sus tres acompañantes, con Dageste detrás y Aoke el último. Se dedicó a estudiar a los alumnos ante ella, la cerrada residencia y casi cualquier cosa que pudiese distraer su atención mientras esperaba. Comenzó a escuchar susurros tras ella.
-¿Qué pasa? – Le preguntó a Dageste.
-Aoke está hablando con tres chicas para enterarse de que ha pasado.
Aunque observó el grupo solo podía ver a Aoke y a una desconocida muchacha. Las otras dos, la chica de la coleta rosa y su compañera de cabello negro estaban parcialmente de espaldas.
-¿Y se sabe algo?
-Dicen que… aparentemente han atacado a alguien en su habitación.
-¿C-cómo? – Insistió horrorizada.
-Otras comentan que creen que ha sido un intento de suicidio.
-No mejora…
-Parece que ya había alumnos en la residencia cuando ha ocurrido y están reubicándonos a otros lugares.
-¿Saben cómo? Es decir ¿Por apellidos, nombres, edad?
Edín Dageste negó y cuando se disponía a responder un potente carraspeo consiguió que la totalidad de la fila de alumnos se volviese. Provenía de una alta y robusta joven situada tras las alumnas que hablaban. Sobresalía, el alumno más alto le llegaría entre los hombros y el cuello. Lo que más destacaba de ella era su figura, su abrigo parecía grueso, pero claramente lo que había bajo ese abrigo eran músculos. En aquel momento, cruzada de brazos, destacaban aun más. Su melena marrón estaba recogida en una corta y basta trenza, aunque parte de su cabello caía a ambos lados de su rostro. Lo que creía que era un amenazante rostro, aunque a lo mejor simplemente estaba molesta por tener que esperar en la cola, o quizá porque se comentasen las desgracias que podían haber ocurrido en aquel lugar. Se mantenía con los ojos cerrados, como si estuviese meditando, aunque los abrió mostrando dos brillos de un color grisáceo que les fulminaron. Estaba exigiendo silencio en la fila de estudiantes y con aquella mirada lo consiguió.
Los suaves susurros que quedaron después variaron de tema. Ahora en lugar de hablar de lo que había ocurrido, comentaban quien era aquella imponente joven. Liam volvió a atender la fila justo a tiempo para darse cuenta de que era su turno. Avanzó con una sonrisa hacia el Prefecto.
-¿Apellido y nombre?
-Negiru, Liam.
Sin responder nada el Prefecto comenzó a buscar en una lista de nombres que tenía ante él. Finalmente tachó un nombre.
-Sentimos mucho no poder atenderte, pero todo estudiante de la residencia debe ser reubicado a otra. Un segundo que mire tus plazas disponibles en base a tu apellido. – Tecleó en un pequeño portátil que mantenía a su lado.
-¿Y… que ha pasado exactamente para tener que reubicarnos? – Preguntó, las manos del Prefecto se tensaron durante un segundo.
-Lo siento… pero no puedo divulgar esa información.
La miró con una sonrisa pensada para esconder sus propias preocupaciones y prosiguió con su búsqueda en el ordenador. Liam esperó contrariada, había pasado algo lo suficientemente grave como para que no quisiesen decirlo, pero no podía presionar para enterarse. El Prefecto liberó una repentina exclamación de sorpresa.
-¿Todo bien?
-Sí… sí. Negiru, Liam ¿Correcto?
-Así es. – Cada segundo que pasaba se encontraba aun más confusa.
-Tengo una plaza para ti en Nuevo Jardín. Es una residencia en el campus universitario. – Hizo unos garabatos sobre un papel y se lo entregó.
-Pero… ¿Por qué esa repentina sorpresa?
-Por nada. Disculpa de nuevo las molestias.
-No… no pasa nada. Solo una pregunta ¿Es esta residencia temporal?
-Es imposible saberlo ahora mismo. Considérala permanente hasta que se diga lo contrario. Si alguna vez se dice.
Con una amable reverencia se apartó de la fila de estudiantes para permitir que Edín Dageste avanzase. No podía evitar que sus ojos mirasen las garabateadas frases de aquella hoja. Cuando levantó la vista se encontró a Dageste hablando con el Prefecto. El rostro de este era completamente distinto a cuando la atendía a ella. Su compañero parecía molesto, aunque no llegaba a escuchar nada de su conversación. El Prefecto de la residencia jugueteaba con un bolígrafo mientras hablaba con él. Finalmente se apartó, dándole paso a Zei Aoke.
-¿Ha pasado algo? – Preguntó al ver como se acercaba.
-Nada… no ha pasado nada.
-¿Qué residencia te han dado?
-Nuevo Jardín. – Afirmó molesto.
-Qué bien. – La miró confuso. – Es la misma residencia que me han dado a mí.
-Pero… aun nos queda un buen rato andando…
-No te preocupes. Podemos coger el monorraíl en Ki'een y nos dejará directamente en la universidad.
Pese a lo tranquila que resultaba la conversación por dentro su mente estaba analizando una importante pregunta, Edín Dageste y ella tenían apellidos con muchas letras en el alfabeto de diferencia, ¿Cómo era posible que les hubiesen dado la misma residencia? Entonces un grito ahogado rasgó el aire. Se volvieron a la fila de estudiantes, muchos se tapaban la boca mientras y contemplaban algo en la distancia. Un grupo de policías que movían una bolsa de cadáveres por el pórtico de la residencia. Las exclamaciones y los gritos se fueron sucediendo tras el paso de la bolsa hasta que esta desapareció en el interior de una ambulancia.
-P…pero qué… ¿Qué es esto?
-¿H-ha… ha muerto… alguien? – Dijo Edín Dageste.
La ambulancia arrancó dejando tras ella la devastada escena de estudiantes horrorizados por lo que acababan de ver. Los susurros crecieron en intensidad y aquella vez nadie, siquiera la muchacha corpulenta, se atrevieron a silenciarlos. Pese al ruido quedó sobre ellos una permanente sensación de frío que se unía al clima de la ciudad. No era miedo, o no solo miedo, era una mezcla entre confusión y preocupación. Todo el mundo en aquella fila de alumnos quería saber qué había pasado, pero viendo al Prefecto, estaba claro que se enterarían con el periódico.
Lentamente los estudiantes volvieron, más o menos, a la normalidad, sus conversaciones eran de nuevo acerca de la ciudad, las residencias y otros temas de importancia. Zei Aoke terminó de hablar con el Prefecto y se acercó a ellos. En su rostro proseguía aquel gesto apático, aunque ahora sus ojos se movían con mayor velocidad, seguramente estaba tan afectado como ellos. Les mostró su hoja.
-Residencia Senzu. Cerca de la universidad. En la Ciudad Antigua.
-Qué pena… Nosotros tenemos Nuevo Jardín. – Afirmó Liam. – Pero podemos ir todos hacia la estación de Monorraíl. Allí tendremos que despedirnos. Por ahora. – Añadió con una suave risa.

[20:10]
Se mantuvo con los brazos cruzados al colocarse nuevamente en la fila de estudiantes. Ya solo quedaban los últimos rezagados, dos muchachas y ella. Avanzaron en riguroso silencio hasta que llegó el turno de las dos muchachas. Una de ellas llevaba su llamativo cabello rosa oscuro recogido en una compleja coleta que también combinaba una trenza. De rostro soñador y redondeado, era sin duda alguna una joven rebosante de incontrolable energía. Portaba un elegante abrigo, en realidad ambas llevaban refinadas vestimentas, y cargaba con una veintena de bolsas de diversas tiendas. Su compañera, de cabello negro sujeto por un elaborado broche plateado, poseía una presencia mucho más recatada y cortés, acorde con sus educadas formas.
Entonces la muchacha de la coleta rosa comenzó a protestar. Era una ruidosa fuente de constantes quejas basadas en el argumento irrebatible de que, como eran amigas, debían ser enviadas a la misma residencia. Su compañera se mantenía en un complicado silencio. Por un lado coincidía en los argumentos presentados, al mismo tiempo parecía controlarse a sí misma para no cruzarse de brazos y comenzar una elaborada reprimenda.
Ante ellas, el Prefecto de la residencia Luoji Kei mantuvo su neutral semblante que lentamente se fue convirtiendo en una cansada mueca. Con cada queja y protesta sus labios se torcían más y más.
-Por si las señoritas no se han percatado, tenemos una situación más allá de mi control. – Afirmó furioso al levantarse de su asiento.
-Lo entendemos. – Dijo la muchacha de cabello negro con tono conciliador.
-¡Pero no nos parece justo que nos separen en base a los apellidos! – Añadió la muchacha de cabello rojo.
Mientras debatían acerca de las múltiples posibilidades para arreglar su problema, la policía comenzó a retirarse de la zona, dejando únicamente una presencia simbólica. Respiró con fuerza, la discusión ante ella no cesaba y aquellas dos muchachas no debían tener demasiada idea del reglamento de residencias.
-Si proseguimos con esta discusión se hará mañana y no concluiremos. – Dijo con su potente tono. Los tres jóvenes la miraban.
-Perdón. – Se disculpó la muchacha de cabello rojo.
-No es necesario. – Le mostró su hoja al Prefecto. – Yo tampoco acepto este cambio de residencia.
-¿Cuál es su nombre?
-Yuna Haejin. – Sentenció.
Su presencia no le intimidaba, aquel debía ser uno de esos pocos hombres de verdad que no temían a una mujer poderosa que duplicaba su musculatura.
-Por desgracia tengo las manos bastante atadas con respecto a lo que puedo hacer señorita Yuna Haejin.
-Este barrio. – Señaló a su destino en la hoja. – Es un lugar peligroso. Me sorprende que las residencias de la zona sigan abiertas.
-Lo siguen.
-No seré una de sus alumnas.
-Por desgracia-
-El reglamento de residencias y alojamientos afirma que si una residencia no puede acoger a sus estudiantes por causa de fuerza mayor se ejecutaran tres planes. El primero consistente en adecuar una zona acotada de la residencia para permitir pernoctar. El segundo trasladar a los alumnos a otras residencias. Si este último no fuese posible o los alumnos no estuviesen conformes, se ejecutaría el tercer plan, costear un albergue cerca de la universidad. ¿Correcto?
-Correcto señorita Haejin.
-En base a esos planes yo, personalmente, desearía ser acogida en un albergue. Pese a lo que pueda encontrar en él, será mejor que dormir en este lugar al que se me manda.
-Con todos mis respetos, no creo que usted tenga problema alguno en el barrio Gotabe, por muy próxima que esté su residencia a… zonas como los barrios Sekoji o Yorou.
-Coincidimos. Puedo enseñarles a todos los hombres armados de ese barrio el principio de retribución sagrada. Lo cual no significa que desee hacerlo, prefecto Kei.
-Visto así… yo creo que podríamos pasar la noche en un albergue. – Afirmó la muchacha de las coleta rosa.
-Pero eso no arregla donde iremos mañana. – Añadió la muchacha de cabello negro.
-Si mi memoria no me falla, usted, señorita Eino, tiene como destino la residencia Nuevo Jardín. ¿Es así?
-Sí, esa es mi residencia.
En el rostro de Luoji Kei, Prefecto de la residencia El Cruce de Caminos, se formó una sonrisa que en principio debía resultar apacible, pero que para Yuna poseía matices preocupantemente sádicos.
-Creo que esa residencia posee plazas para las tres. – Comenzó a redactar una nueva hoja. – Aunque ya es demasiado tarde, por lo que prepararé un escrito para que se hospeden en un albergue cercano a la universidad. Mañana a primera hora podrán ir a Nuevo Jardín.
-¿Qué es lo que trama? – Preguntó Yuna.
-¿Tramar?
-Su sonrisa de felicidad le delata.
-Para nada. Estoy alegre de finalmente haber solucionado este problema.
Con unos pocos trazos y tras teclear en su ordenador había preparado los escritos que necesitaban. Tenían que marchar hacia el albergue Fujisute, a una calle de distancia de la universidad. Con una amable reverencia Luoji Kei se despidió de ellas, seguía notando algo acerca de este cambio que la preocupaba, ese joven estaba demasiado alegre de despacharlas hacia Nuevo Jardín y debía haber una razón.
-Disculpa… esto Haejin. – Observó a la joven de cabello rojizo. – Mi nombre es Nieriko Eino, pero todo el mundo me llama Niko. Encantada de conocerte. – Añadió sonriendo.
-Mie Souten. Encantada de conocerte y muchas gracias por tu ayuda. – Terminó con una educada reverencia.
-Conocerse los reglamentos universitarios es una necesidad. Si no os los estudiáis la administración os arrollara con ellos cada vez que tenga la oportunidad. ¿Lo comprendéis? – Asintieron. – Tenemos que llegar al albergue Fujisute. Será conveniente que nos hagamos compañía, comienza a anochecer.
-¡Sí! Gracias. – Dijo Eino.
Yuna se armó con su equipaje y comenzó a andar hacia la estación de monorraíl más cercana. Tras ella escuchaba los pasos de sus dos acompañantes.

[20:32]
Durante todo su viaje desde El Cruce de Caminos hacia la universidad Edín había caminado furioso, sintiéndose impotente ante los argumentos del Prefecto a la hora de decretar para él una nueva residencia. Aunque sabía que estaba llevando a cabo su trabajo, dudaba si la actitud que había mostrado era cosa de las circunstancias o por ser extranjero. Esa idea le ponía aun más furioso, en realidad le ponía furioso siempre, pero tenía la decencia de hacer oídos sordos al asunto. Perdido en su monologo interior habían llegado a la estación, dónde parecía que la gente se agolpaba sobre ellos para huir de un joven con el pelo rojo fuego visiblemente despeinado y atado en una coleta que escuchaba música a través de unos grandes auriculares sin prestar atención.
Zei Aoke se despidió de ellos al tomar otra línea de monorraíl que le dejaría cerca del centro de la ciudad. Liam Negiru y él se subieron con todo su equipaje en dirección a la estación de la universidad, justo ante sus puertas. Atardecía, la luz anaranjada se colaba por las ventanas, bañando con su suave calor el interior. Veía como el sol se escondía tras un horizonte de edificios. Al llegar a la estación de la universidad ya se había ocultado, pero su luz aun permanecía creando un hermoso cielo violeta.
Habían realizado una modesta parada desde la estación, comprando algo de comida preparada y así cenar una vez llegasen a la residencia. Durante unos minutos se afanó en llevar todo su equipaje y la bolsa sin que nada acabase por los suelos. Negiru se había ofrecido, más de una vez, para llevar una de sus maletas, afirmando que no era molestia. No le parecía correcto que ella cargase con su equipaje así que se negó constantemente. No ocurrió lo mismo con la bolsa de comida. Tras observarle hacer malabares la muchacha le arrebató su bolsa y la colocó junto a la suya. Ninguno de los argumentos de Edín consiguió que se la devolviese, por lo que se vio forzado a arrastrar su equipaje siguiéndola hacia la universidad.
El campus universitario estaba ajardinado. Se accedía por una gran entrada que desembocaba en una plazoleta de piedra donde reposaba una fuente. Alrededor se alzaban imponentes edificios de ladrillo y piedra, ocultos algunas veces entre los altos arboles. Si no hubiera sido por el esmero con el cual los jardines estaban colocados, creando una armónica totalidad, Edín hubiera pensado que no se había movido de su hogar. Era algo común que las universidades y muchos edificios públicos de Rantei intentasen emular los estilos y estética del Protectorado, en lugar de mantener su apariencia única y tradicional. Aunque al mismo tiempo veía en la distancia los característicos tejados curvados que se usaban en todo el oeste, así que supuso que más de un edificio se había mantenido como en eras pasadas.
No quedaba mucha gente por el campus, y casi todos los que vieron parecían parejas o gente que caminaba rápidamente por los jardines. Cerca de la plaza principal encontraron un mapa de las instalaciones universitarias, estaba junto al edificio de entrada, que servía como centro de información. El dedo de Liam se movía por el mapa tallado, al principio con alegre tranquilidad. Pero pronto comenzó a extrañarse al no encontrar su destino. Comenzó a alejarse de los edificios centrales y ondeó por lo que representaba a los amplios jardines universitarios, buscando su residencia.
-N-no la encuentro… – Suspiró alicaída.
-Quizá está escondida. Definitivamente tiene que estar en el campus.
-Lo intentaré de nuevo. – Afirmó con renovadas energías. – Estos edificios entre los jardines parecen residencias. Está Henmei Souzi, El Fenix Imperial, Aguas Tranquilas- – Liberó una tenue exclamación.
-¿La encuentras?
-Sí… está un poco alejada. Solo tiene jardines alrededor.
-¿No te gusta? – Liam negó.
-Me encanta que esté rodeada de jardines. Es solo que si hubiésemos salido en línea recta desde la estación ya estaríamos allí. – Explicó con una cansada risita.
-Tampoco podíamos saberlo. Bueno… ¿En qué dirección vamos?
-¡Sí! – Exclamó al darse cuenta de que seguía mirando el mapa. – Por aquí.
Rodeando el edificio de información se internaron en los jardines. Aunque el invierno había pasado por allí, todo el paseo entre la naturaleza le resultó relajante. Los aletargados arboles ya no tenían hojas para demostrar el otoño, las flores también se habían ocultado hasta la primavera, solo los setos mantenían un brillante verdor que parecía desafiar al la nieve del invierno. Su nuevo hogar estaba lo suficientemente alejado del centro del campus como para considerarse un largo paseo, más aun con sus maletas. Era un edificio majestuoso de tres plantas construido en piedra. Las ventanas eran amplias con hermosos y cuidados marcos de madera oscura. Entre cada planta había una cenefa que creaba un leve bordillo en piedra oscura produciendo un precioso contraste con el tejado castaño, todo ello iluminado por el violáceo cielo y las farolas cercanas. Al pórtico se accedía desde unas pequeñas escaleras que tenían al lado una rampa. Se aproximaron a la puerta principal subiendo las maletas por la rampa. Allí su acompañante llamó al timbre.
A los pocos segundos les abrió la puerta una mujer ataviada con un elegante vestido azul oscuro. Pese a lo ofensivo que consideró su propio gesto, Edín no pudo evitar mirarla de la cabeza a los pies. Parecía directamente extraída de algún lejano tiempo pasado en que su atuendo, con sus lazos, sus bordados, sus amplias mangas, su tela de relleno para darle holgura al vestido, hubiesen pasado como algo normal, pero en aquel momento de aquel tiempo no. Su rostro era férreo, firme, hubiera dicho que hasta severo, con una piel blanca como la nieve que había en el exterior y unos ojos color oro. Alrededor de aquel rostro fluía un sedoso cabello blanco plateado, largo hasta un poco por encima de su cintura. No había nada en aquella mujer que pudiese llamar siquiera ligeramente "normal". Con la mano en la que portaba un trabajado abanico les señaló al interior.
-Pasen al interior antes de que se resfríen por favor. El clima no acompaña hoy. – Pidió serena y pausadamente.
Poseía la voz de una persona capaz de detener un conflicto entre cuatro ejércitos sin verse obligada a levantar el tono. Firme, simplemente no había manera de decir algo parecido a una negativa. Estaba tan sorprendido por aquella mujer que no podía responder algo coherente. Al final simplemente entró con su equipaje, cerrando la puerta tras él.
-Muchas gracias por su hospitalidad. – Afirmó Negiru. A ella no debía afectarle en absoluto las extrañezas de aquella mujer.
-Tienen que esperar aquí temporalmente hasta que venga el Prefecto de la residencia. – Les señalaba a una pequeña sala, parecida a una recepción, situada junto a la entrada.
-Por supuesto. Gracias de nuevo.
Tras asentir tranquila se alejó andando por aquella palaciega entrada, su vestido flotaba tras ella con tal glamour que parecía antinatural. Desapareció en un recodo en la lejanía del pasillo y dejaron de escucharla. Negiru caminó con su equipaje al interior de la pequeña recepción mientras Edín se situaba en el arco de madera que separaba esa estancia de la entrada para así poder ver si venía alguien. Solo podía pensar una cosa, aquel lugar debía ser caro. Apliques de pared simulando candelabros, espejos, cuadros de paisajes, muchos de ellos de la ciudad. Hasta la recepción estaba decorada con esmero.
-Es precioso, este lugar. – Negiru dio voz a sus pensamientos.
-Sí… lo es.
-Aunque esa mujer vestía de un modo un poco extraño. – Rió suavemente. Parecía que una mezcla entre cansancio, las horas de viaje y los eventos del día habían extenuado sus ánimos.
Edín se serenó por la apacible estancia, llegando a calmarse tanto que la repentina aparición de un joven ante él estuvo a punto de hacerle gritar. Le acompañaba la elegante mujer que acababa de abrir la puerta, pero su mera presencia dejaba claro que la escena le pertenecía a él en su totalidad. Toda su existencia emanaba poder. Poder avasallador, poder imbatible. La inamovible sensación de que por muchas montañas que escalases o mares que cruzases a nado, él, por y para siempre, se encontraría sobre ti por el simple hecho de respirar. Aunque lo dudaba, si le hubiesen dicho que su rostro estaba cincelado en mármol lo hubiese creído a la primera, tanto por el color y la perfección, como por su inquebrantable gesto. En un complejo contraste de temperaturas, podía decir que era tan arrogantemente helador que, como el mismísimo sol, dolía solo con ser mirado. Sus ojos azules, dos ventiscas, no solo ayudaban a congelar la sangre de quien fuese tan inconsecuente como para observar directamente su solar forma, sino que en aquel momento conjuntaban tedio, odio y furia con perfecta armonía. Por su parte, su peinado era un elegante mar de mechones negros curvados desde una perfecta raya. Tal era su esmero que cada cabello independiente debía poseer más estatus social que algunas familias nobles.
Su vestimenta, probablemente llamarla ropa resultaría una ofensa imperdonable, estaba compuesta por un pantalón de tela oscura con una elegante raya y una camisa de botones en el mismo tono. Fuera quien fuese, se encontraba a una guadaña de distancia de segar almas y llevarlas al Inframundo.
-Encantada de conocerle señor Prefecto. Mi nombre es Liam Negiru. – Afirmó trazando una reverencia. El joven la observó por vez primera. – Gracias por acogernos en su residencia.
Tras terminar su extenso estudio de Liam Negiru, y aun sin decir una sola palabra, pasó su mirada de los ojos de Edín a las maletas y luego volvió a él, apuñalándole en el trayecto unas diez o veinte veces. Sin romper su silencio absoluto, extendió la mano como si esperase algo. La iluminación de las lámparas y los colores apagados de la entrada le daban un toque siniestro que le hizo suponer que deseaba nada menos que su alma.
-El impreso. – Exigió el joven.
Exigir era la palabra correcta, su tono simplemente ordenaba en la comprensión de que quien le rodeaba tenía como simple objetivo en su vida obedecer. Y es que aquel tono era una aristocrática bofetada con guante de satén y la contundencia de una mano de oro incrustada de diamantes. Moviéndose como un robot por aquel despliegue de odio no-verbal, Edín lo sacó de una carpeta que llevaba en la mochila. No hizo falta, una delicada mano se adelantó.
-Aquí tiene.
Liam Negiru no dejaba de sonreír, aunque al iceberg que era su interlocutor no parecía derretirle demasiado su dulce aspecto. Al menos a ella no la observaba con odio contenido, incluso cogió su hoja con delicadeza, pasando su mirada por ella con celeridad. La repasó varias veces, buscando alguna información en concreto. La confusión se marcaba lentamente en su rostro.
-¿Ocurre algo?
-Nada. – Sentenció firmemente. – Tu impreso. – Exigió mirando a Edín. Quizá era más correcto decir fulminando.
 Nuevamente estudió la hoja durante unos inacabables segundos, al final levantó su vista. Las ventiscas de sus ojos se habían transformado en dos vórtices de fuegos destructores.
-Sois la cuarta y el quinto alumno ya hoy. Desearía que la residencia El Cruce de Caminos explicase de una vez las razones que les han llevado a enviar a sus alumnos aquí. Esto. – Dobló el impreso por la mitad con tanta fuerza que podría haberle prendido fuego. – Es altamente irregular.
Antes de que ninguno pudiera replicar escucharon pasos que provenían de las escaleras al final del pasillo y una femenina voz seductora que hablaba.
-¿Qué ocurre?
Solo podía ser definida por la palabra belleza y sus sinónimos. Dentro de esas palabras tendría que hacerse una lista y ella cumpliría cada ítem sobradamente. Presencia perfecta, sí. Piel perfecta, sí. Pelo perfecto, sí. Cuerpo perfecto, sobradamente que sí. Su rostro en forma de corazón estaba dominado por sus ojos color miel, dulces, no podía ser de otra forma, que centelleaban con la misma potencia que el suave rosa de su pintalabios. Sus labios, esa era otra, estaban en un constante gesto, casi como si fuese a lanzar un esquivo beso de un momento a otro. Alrededor de aquel precioso y delicado rostro, su pelo, de un castaño casi dorado, caía grácilmente sobre sus hombros. Su cuerpo era un asunto aparte, no era solo en lo referente a medidas o estatura, era que si habían usado un molde con ella, tendrían que haberlo roto, ya que solo podía haber una mujer así a la vez. Sin duda era consciente de su propia belleza, se notaba en su coqueta forma de moverse y gesticular con cada paso, pero era especialmente obvio cuando se observaba su ropa. Un jersey rojo carmesí, de los que tienen un cuello extremadamente ancho que en realidad está pensado para ir justo debajo de los hombros, que no ocultaba en absoluto dos atributos muy destacados de su físico. Su minifalda vaquera también contribuía a su manera.
Definitivamente, en Yakeru debía de haber accidentes de tráfico cuando aquella muchacha cruzaba una calle, ya que no había una sola persona en Daivha, por no decir el universo, que no se hubiese parado a mirarla. Hombres, mujeres y cualquier ser carente de género.
Se detuvo cerca de ellos y sus labios en forma de beso mostraron una candente sonrisa. En su renovado voto de silencio, el joven arrogante le pasó el impreso, permitiendo que ella lo estudiase con una aburrida mirada. Ni se molestó en leerlo, entregándoselo a su elegante compañera según cayó en sus manos. Repentinamente volvió a proyectar una alegre sonrisa sobre Liam Negiru y Edín que hizo que el joven se sobresaltase.
-¡Bienvenidos a Nuevo Jardín! Aidee Hyome es mi nombre. Soy la Encargada de esta residencia. – Realizó un elaborado giro con su mano hasta colocar su dedo índice en una de sus mejillas. – Sentimos mucho que hayáis tenido que pasar por todos estos quebraderos de cabeza. Esperamos que vuestra estancia aquí, permanente o temporal, sea lo más placentera posible. – Terminó con una reverencia.
-Gracias por recibirnos, Encargada Hyome. – Negiru realizó otra reverencia.
-Es nuestro trabajo. – La estudió durante unos segundos. – Vaya… Eres preciosa.
-Gracias. – Respondió ligeramente ruborizada. – Tú también lo eres.
-No hay comparación. Pareces una muñequita.
-Me lo dicen a menudo. – Rió.
Edín pasaba su mirada de una interlocutora a otra mientras debatían quien de las dos era más bonita, algo que resultaba tan ridículo como ver a dos piedras preciosas discutiendo quien refulgía más. No debía ser el único que lo pensaba así ya que el Prefecto parecía contenerse sus deseos de exigir el fin de aquella conversación. Por su parte, la mujer elegante leía el impreso, ignorando por completo lo que ocurría a su alrededor.
-¿No piensas leer el impreso? – Preguntó el Prefecto. Por su tono, más que una forma educada de entrar en la conversación parecía un ultimátum para que esta concluyese inmediatamente.
-¿Dice algo interesante?
-Ni una explicación.
-Rápido, inexpresivo, carente de información. Claramente ha ocurrido un evento que se ha escapado a su control normal sobre esta residencia. – Afirmó la elegante mujer. – Aun así porta algo más de información acerca del traslado que los tres anteriores juntos.
-Supongo que aun no han podido avisar por lo repentino. – Explicó Edín.
El arrogante Prefecto de la residencia y su atractiva Encargada le observaron sorprendidos. Como muchos antes que ellos, habían asumido que su dominio del idioma seria deficiente. Durante unos segundos se miraron entre sí.
-Además al Prefecto de la residencia no le han dejado divulgar ninguna información. – Prosiguió Liam Negiru.
-Le ha preguntado al respecto. – Afirmó la elegante mujer.
-Así es… pero no me ha dado respuesta.
-Intrigante. – Comentó perdida en sus pensamientos.
-¿Avisar…? ¿Repentino…? – La Encargada Aidee Hyome les miraba con curiosidad.
-¿Está muerta entonces? – Inquirió secamente el arrogante Prefecto, de nuevo fue como sentir una bofetada, aquella vez doble por las palabras usadas. Su compañera le miró horrorizada y sin comprender.
-S-sí. – Respondió entrecortadamente Negiru.
Edín acababa de darse cuenta del horror que portaba aquella simple afirmación. No debía ser el único, el rostro de Liam Negiru también se ensombreció. Ante ellos, Aidee Hyome miró al Prefecto culpándole de haber asustado a la pobre muchacha.
-Se la estaban llevando cuando el Prefecto nos atendía. – Añadió Edín. – Si no fuera por eso no nos habríamos enterado… en realidad no sabíamos siquiera que era una “ella”.
Se produjo un incomodo silencio en aquella entrada. Liam Negiru, entristecida, bajó la cabeza. Aquel gesto pertenecía tan poco a su rostro, que le dolió más a Edín que lo que había pasado en el cruce. Ante ellos, la mujer elegante doblaba el impreso en silencio. Su compañera, la Encargada Aidee Hyome también había perdido su fuelle inicial, mostrándose quizá algo cansada mientras miraba a su compañero. Este se dedicaba a estudiar a Edín de arriba a abajo. Finalmente se alejó por el pasillo.
-Uriel. – Dijo la Encargada Aidee Hyome en un tono de protesta. El joven no se volvió. – ¿Qué se supone que ha pasado? ¿Uriel?
Desapareció por el recodo del pasillo, dejando a la muchacha sin respuesta alguna. Resopló mostrándose aun más cansada que antes.
-Creo que es innecesario que nos dé una respuesta, la información que buscas es obvia Aideelyn. – Explicó la elegante mujer. Su compañera tardo unos segundos en volver a la realidad.
-Ya… y lo siento. – Les miró.
-¿Es el Prefecto de la residencia? – Preguntó Liam Negiru con un suave tono, parecía que le preocupaba levantar demasiado la voz. La Encargada asintió.
-Uriel Aidara. – Tras la respuesta, sus miradas se centraron en la elegante mujer.
-Mi nombre es Moyra Vontirel. – La elegante mujer le tendió su mano a Edín cual reina de algún país del Protectorado. – Encantada de conocerte.
-Igualmente, igualmente. – Se volvió hacia Negiru.
-Un placer, querida.
-Encantada. – Respondió ella con una reverencia.
-¿Vosotros sois…? – Les preguntó la Encargada Hyome.
-Liam Negiru. – La muchacha sonrió débilmente.
-Edín Dageste. – Respondió él, seguía sin dar crédito por aquella silenciosa reacción. – Perdonad, pero… el Prefecto Aidara, esta… está ¿Bien?
-No te preocupes. Es que… es el presidente del consejo estudiantil, este tipo de cosas le afectan.
-Pobre. – Susurró Negiru.
-Ha sido un día largo, supongo que también para vosotros…
-Un poco largo sí. Nos vendría bien descansar algo Encargada Hyome.
-Por favor… no quiero un título. – Suspiró. – Me conformaría con Aidee, pero sé que es un poco difícil.
Liam Negiru asintió apopléjicamente. La Encargada le sonreía a él, suponía que, al venir del Protectorado, le sería más fácil desprenderse de la costumbre de llamar a la gente por los apellidos, títulos y honoríficos. Por desgracia, esa formalidad estaba demasiado arraigada en él como para olvidarla con esa rapidez. La joven observaba su equipaje con un pensativo gesto.
-Tenemos habitaciones listas. Os ayudare con las maletas.
-Iré pues a hablar con Uriel. – Edín suspiró aliviado de que Moyra Vontirel no subiese sus maletas con aquel elaborado vestido. – Salvo que la ayuda sea necesaria.
-No, tranquila, nos bastamos nosotros tres. – La mujer asintió antes de caminar tras el Prefecto Uriel Aidara. – Bueno… ¿Nos movemos?
Intentaron negarse. Edín, más que por cortesía, por los inmensos tacones que la joven calzaba. Irónicamente los manejaba a la perfección. De hecho si alguien se podía haber caído por la escalera, era él. La Encargada Aidee Hyome les guió al primer piso explicándoles lo que había a su alrededor. Por el camino le señaló las puertas del comedor, el salón, la cocina y un pasillo por el cual se iba a la lavandería. En el primer piso, el cual tenía solo habitaciones de chicos, cruzaron un rellano convertido en pequeña salita y entraron por un pasillo cercano. A un lado les señaló la habitación del Prefecto Uriel Aidara, por si necesitaba algo, luego unas duchas y por último se detuvo ante una puerta cerrada, era la tercera en el lado derecho del pasillo.
-Tenemos dos chicos y una chica llegados hoy también, y si es un caso como el que mencionáis, supongo que mañana vendrán más. – Explicó suspirando.
La Encargada les indicó que dejasen las maletas en el suelo. Del bolsillo de la minifalda sacó un gran llavero cargado de llaves de mil tamaños. Estuvo unos segundos mirándolas y pasando de una a otra como si fuera algún tipo de oración. Al final exclamo un suave “esta” y desenganchó una llave del anillo abriendo con ella la cerradura de la puerta, luego se la entregó.
-Mañana os daré la llave de la puerta delantera. Por cierto, no solemos cerrar por dentro, por si algún tipo de emergencia no tener que tirar la puerta. Las duchas como te he dicho son aquella puerta del fondo. Acuérdate Negiru, es igual en el piso de arriba. – Pidió mirándola. Ella asintió. – Todas las habitaciones tienen aseo, pero si queréis ducharos tiene que ser en las respectivas duchas de cada planta. La lavandería, abajo. Y en la planta baja ya has visto que tienes la cocina, el comedor y un salón muy chulo… y no sé si tengo que deciros algo más…
La Encargada Hyome se mantuvo pensativa unos segundos, jugueteando con el llavero mientras esperaban en silencio.
-¡Ahh si! – Dijo al fin. – Aunque la cocina está abierta a cualquier hora, pedimos a todo el mundo que trate de adaptarse a los horarios que tenemos, por ahorro eléctrico. – La chica miró el reloj de su muñeca. – Son las nueve menos cuarto. Solemos cenar entre las nueve y las diez y media, pero si estáis hambrientos antes no dudéis en bajar, y… creo que eso es todo. – Les sonreía con dulzura. – Si necesitas lo que sea, búscanos o a mi o a Uriel, si no nos encuentras abajo estaremos en nuestras habitaciones. ¿Seguimos nosotras? – Preguntó mirando a Negiru.
-Sí, por favor.
-Pues vamos.
-Hasta más tarde.
Liam Negiru le dedicó una rápida y coqueta reverencia antes de marcharse tras la Encargada Aidee Hyome. Edín pudo darle las gracias unos segundos antes de que desapareciesen por la esquina del pasillo. Entonces, con un giro de picaporte entró en su nueva habitación, la cual solo tenía una definición, inmensa. Había visto en diversos panfletos la habitación que le habían asignado en el Cruce de Caminos y en la que se encontraba ahora mismo la vencía por completo. Tenía una gigantesca mesa de estudio, colocada estratégicamente para que toda la luz de la ventana cayese sobre ella. El armario era múltiples veces más grande que toda la ropa que llevaba en la maleta y de una de las puertas colgaba un espejo a cuerpo completo. La pared cerca de su mesa estaba cargada de pequeñas estanterías. También había una amplia cama, mucho más amplia de lo que sería normal y una puerta que marcaba la entrada al aseo, que si bien era pequeño, estaba excelentemente equipado. Empezó a colocar parte de la ropa de su maleta en el armario mientras hacía tiempo para que fuera la hora de cenar.
A las nueve y media no podía aguantar más el hambre así que decidió que era un buen momento para ir a cenar. Salió de su habitación y se dirigió al rellano para bajar al primer piso. Al acercarse a las escaleras estuvo a punto de chocar contra alguien.
-¡Perdón! – Se disculpó Liam Negiru al apartarse. – Ah… Dageste. – Bajó el último escalón para colocarse ante él. – Lo siento mucho, estaba distraída.
-No pasa nada, yo también lo estaba.
-¿Vas a cenar? – Edín asintió. – Parece que nos ha dado hambre a la vez. ¿Recuerdas dónde estaba la cocina?
-Era una de las puertas del primer piso.
-Siempre podemos ir mirando en el interior hasta que la encontremos ¿No?
Liam Negiru avanzó ante él, dejando tras ella un delicado aroma a frutas. Había cambiado su abrigo por una blusa azul, aunque llevaba su falda plisada. Tras bajar las escaleras se encontraron de nuevo en la entrada. Tenían siete puertas, dos a cada lado, el arco que llevaba a la recepción, una cercana a las escaleras que supuso bajaba al piso inferior y la que servía de entrada, así como un cercano pasillo que llevaba a otras dos puertas más.
-Recuerdo que eso era el salón. – Liam Negiru avanzó un par de pasos. – Y aquello es la recepción.
-Este pasillo es el que lleva a la lavandería.
-Intentemos aquí.
Abrieron la primera puerta a su derecha y se encontraron en la cocina. Era una habitación de brillantes colores que estaba cuidadosamente decorada. Los muebles tallados le daban un aspecto elegante y clásico, pero estaba claro que tenia lo último en comodidades del hogar, así como suficiente espacio y electrodomésticos como para acoger a una horda de estudiantes hambrientos. Un grupo de gente, entre ellos el Prefecto Uriel Aidara y la Encargada Aidee Hyome, se movían por la cocina preparándose la cena. La Encargada les vio al girarse y les dio la bienvenida, acercando a todos los residentes para presentárselos. Consistían, como le había explicado, en dos chicos y una chica.
-Estos son Liam Negiru y Edín Dageste. Negiru, Dageste, este es Maino Szure. – Presentó la joven señalando al joven más cercano a ella.
-Hola. – Saludó, aunque era más propio decir que casi ladró. Lo acompañó todo de una corta y fría reverencia.
De una estatura inferior a la suya, aunque sin duda porque estaba ligeramente encorvado, como si se hubiese olvidado de estar erguido ante los demás o directamente no le importase. Su rostro era, sin más rodeos, una extensión de la frase "Si no te metes en mi vida, yo no me meto en la tuya". No huraño u hosco, pero sí con una pincelada de distanciamiento que probablemente se debía a que le estaban presentando a un extranjero. El resto de su físico se encontraba dominado por la palabra desaliñado, aunque quizá ese fuese un término muy duro. Desarreglado, o una persona a la que no le importaba demasiado la imagen que los demás tuviesen de su aspecto. Alborotado cabello castaño oscuro, con suaves matices claros bajo la luz, que rodeaba su cabeza en todas las direcciones. No lo suficientemente largo para ser una melena, pero tampoco corto para considerarse tradicional. Llevaba también una barbita de varios días que se añadía sobre la idea de descuidado que emanaba, aunque curiosamente daba la sensación, por la forma de su rostro, por los brillantes ojos color madera, que si le pasabas un peine, una maquinilla de afeitar y le colocabas recto, habría mujeres haciendo cola por conocerle.
Su vestuario consistía en una gastada camiseta azul oscuro que tenía escrito en rantesi las palabras "fuego negro", fuera lo que fuese eso, unos pantalones de chándal en un tono parecido y unas negras zapatillas de andar por casa.
-Es un placer conocerte. – Afirmó Negiru con otra reverencia, le mostró su sonriente rostro. Su interlocutor la observó sorprendido mientras comenzaba a sonrojarse. Al final se apartó entre balbuceos.
-Y este es Yoosu Tanra. – Continuó la Encargada Aidee.
-H-hola ¿Qué t-tal? – Con rapidez trazó una reverencia.
-Encantada de conocerte.
A Edín no le era necesario hablar, simplemente movía la cabeza y reverenciaba mientras las sonrisas de Liam Negiru hacían el resto. Yoosu Tanra asintió amablemente antes de alejarse junto a su compañero nerviosamente. Tampoco debían hacerle gracia los extranjeros.
Aunque algo más alto que Maino Szure, probablemente se debía a que estaba más erguido. Su rostro se asemejaba a una constante máscara de tristeza, con unos labios sumidos en una curva caída. Sus ojos estaban marcados por unas definidas ojeras que era imposible saber si eran fruto del cansancio o de algo más. Cualquier persona coherente, nada más verle, se hubiese acercado a consolarle, aunque a Edín le parecía que su rostro era simplemente así y que en realidad sería una persona bastante más vitalista de lo que las apariencias dictaban. Su cabello negro estaba peinado en perfectos mechones desde una ralla a medio camino de alcanzar el lateral de su cabeza, algunos de estos se habían desprendido sobre su frente y eran los suficientemente largos como para alcanzar sus cejas y ocultarlas junto con parte de sus ojos. Estos, de un aspecto entre caoba y marrón, suponían el único foco de luminosidad en su rostro, vivos y brillantes, eran la justificación que Edín había encontrado para suponer que su rostro no tenía porqué corresponder con su personalidad.
En lo referente a su ropa, llevaba una holgada camiseta roja con el logotipo del videojuego "Las Crónicas de Frenn", espadas cruzadas y escudos grabados en un tono negro reluciente. La camiseta era lo suficientemente larga para tapar la entrepierna de sus vaqueros azul claro. Igual que su compañero, calzaba unas zapatillas de andar por casa.
-Y esta es Airu Kressligh. – Afirmó la Encargada.
Edín observó a la muchacha con interés, al contrario que ella, quien le contemplaba sin variar su rostro lo más mínimo. Era bajita, la más bajita de todos. Con un liso cabello negro que en algunos puntos brillaba morado y que caía en una firme línea sobre su redondeado rostro. Poseía una ligera reminiscencia infantil, pero solo era necesario un vistazo a sus ojos ámbar para que aquel rostro obtuviese la categorización de "fría indiferencia". Iba vestida con un largo suéter negro que se transformaba casi en una falda, pese a que debajo llevaba, o parecía que llevaba, unos finos pantalones del mismo color. Era una Saar. Una raza del continente de Sehril, aunque no tan común en el Protectorado, ya que su país, Dramdahl, no formaba parte de él. Todos eran bajitos, de orejas levemente puntiagudas, estrambóticos en el vestir, en el hablar o en cualquier otra cosa. Lo que no era normal es tuviesen aquella mirada que, pese a la neutralidad que trataba de emitir, era lo mismo que ser contemplado por alguien que te consideraba por debajo de los microorganismos. La chica avanzó firmemente hacia él omitiendo las reverencias de Rantei y dándole la mano como era más tradicional en Sehril.
-Un habitante del Protectorado, supongo. – Comenzó. Tenía un acento que no era capaz de ubicar.
-Supones bien.
-Vaya… – Se llevó una mano a los labios, mostrándole el único toque de color en su ropa, unas largas uñas violeta. – No estaba entre mis expectaciones encontrarme con los vecinos tan lejos del hogar.
Nuevamente y pese al rostro inexpresivo, Edín entendió que sobraba en aquella residencia, y, teniendo en cuenta la fingida sorpresa, en aquel universo. Parecía que su "fría indiferencia" estaba maquillada con unos intachables modales. Airu Kressligh debía ser el tipo de persona experta en diplomacia. En una sola frase ofendería a toda tu ascendencia hasta el principio del tiempo primordial y tú solo serias capaz de darle las gracias por su alegre y educado comentario.
-Aubensut, egrien Dageste ¿O quizá sería mejor decir Auvensas, Dageste krateon? Sea como fuere, un placer señor Edín Dageste.
-Lo mismo… digo…
Fue su única respuesta después de aquella combinación entre el idioma de Bavlien y su natal Vizaita. Seguía sin tener ni idea de la procedencia exacta de aquella muchacha.
-Encantada. – Añadió Negiru.
-Es un placer para mí conocerte Liam Negiru.
Una vez acabadas las presentaciones los tres volvieron a sus quehaceres por la cocina. La Encargada Aidee permaneció junto a ellos.
-Al señor Prefecto ya le conocéis… no se ha molestado ni en venir.
En respuesta el aludido emitió una tenue exhalación, parecida a una risa entrecortada. Daba la sensación de estar molesto por alguna desconocida razón, casi como si la presencia de todas aquellas personas le incomodase.
-Y queda Moyra, que debe estar en algún lugar de arriba.
-Es una residencia preciosa, Prefecto Aidara, Encargada Hyome. – Comentó Negiru con una sonrisa.
-Muchas gracias. – Respondió ella alegremente. – Bueno chicos ¿Tenéis para cenar?
-Sí. Tenemos unas bolsas con comida preparada.
-¿Comida preparada?
-Mañana iremos a comprar, pero hoy no ha sido posible.
-Lo entiendo. – Aidee Hyome asentía mientras les llevaba hacia lo que estaba cocinando. – Si queréis un poco, va a sobrar.
-No. – Edín respondió más secamente de lo que deseaba. Se había sorprendido por su generosidad. – Quiero decir, gracias, pero no.
-En serio. Muchas gracias por su generosidad pero-
-Descuidad, os pondré un plato. – Dijo cortando la frase de Negiru mientras ella y Edín se miraban.
Al poco rato todos los habitantes de Nuevo Jardín se encontraban sentados en la mesa del elegante comedor adyacente a la cocina, tratando de degustar su comida. Los cinco nuevos residentes, entre los que estaba Edín, miraban a sus platos sin intentar entablar ningún tipo de conversación, y cuando no era así se distraían con la decoración. Pese a su elegancia y formas, el Prefecto Aidara parecía asesinar su comida con cada pinchazo del tenedor y la Encargada Hyome pasaba su mirada de unos a otros esperando a que alguien rompiera el incomodo silencio. Al final desistió y se dedicó a comer mientras suspiraba. Según acabaron de cenar empezaron a fregarlo todo. El primero en desaparecer por la puerta de la cocina después de limpiar fue Aidara, seguido al poco tiempo por Hyome, los nuevos residentes permanecían fregando.
-Creo que eso es todo. – Negiru le miraba. – Ya puedes fregar.
-Gracias.
-No es nada. – Rió. – Voy a irme a dormir. Me encuentro un poco cansada. Buenas noches Dageste, buenas noches chicos.
Se marchó de la cocina sin dejar un solo segundo de sonreír, permitiendo que Edín pudiese fregar. A su lado, la saar Airu Kressligh parecía entretenida mientras estudiaba a Maino Szure. Al percatarse de que Edín la miraba le dedicó una fría sonrisa sinónimo de "metete en tus asuntos". En realidad no le interesaban sus asuntos lo más mínimo, pero había sentido algo de curiosidad al ver que alcanzaba el fregadero sin problema. En un primer momento pensó que se trataba de una saar excepcionalmente alta, luego descubrió que las plataformas de sus botas le daban los centímetros de más.
-¿Cómo pu-puede estar esto t-tan vacio? – Pregunto Yoosu Tanra a Maino Szure. – Si es u-un palacio gi-gigantesco.
Su compañero necesitó un suave codazo para percatarse de que le hablaban y entonces su única que pudo respuesta fue encogerse de hombros mientras dejaba un par de platos para secar.
-Con el humor que se gasta el Prefecto no me extraña en absoluto. – Contestó al final Maino Szure. Tras unos segundos comenzó a reírse por su propia gracia. Poseía una peculiar forma de reírse, ligeramente emparentada con los cerdos.
-M-más te vale que n-no te oiga.
-Qué me oiga si quiere. Si antes ha sido solo porque me has obligado.
-Solo deseaba que fueses un caballero y subieses el equipaje de una dama a su habitación. – Se volvió para observar a Airu Kressligh, quien se había detenido ante él con sus platos en las manos. El rostro de Szure cambió de su enfadado gesto a uno más sumiso, de furia contenida. – Te encuentras en medio y no puedo pasar…
-Perdona.
-No me has dejado terminar de hablar, es de pésima educación no permitir que los demás terminen de hablar. – La boca de Maino Szure se desencajó levemente. – Seré breve, me produce dolor mirar tu cara y además de ello, tu risa es idéntica a la de un cerdo.
-¡¿C-cómo?! – Gritó horrorizado.
-Me produce dolor mirar tu cara y además de ello, tu risa es idéntica a la de un cerdo.
-¡Y encima lo repites de nuevo!
-No lo entiendas como un odio visceral por favor, acabo de conocerte no me ha dado tiempo a detestarte, pero tu rostro… tu rostro es como el de un animal primitivo y estúpido que solo sabe mover su cachiporra y aporrear el suelo. Solo hay que verte ahora mismo, gruñendo y rugiendo enfadado. Encima poniendo las vistas en lo inalcanzable, sigue soñando. Resumiendo, no sé si arriesgarme a considerarlo el epítome de lo patético. – Al ver el dolido rostro de Maino Szure se sorprendió. – ¡Vaya! Tenía una buena cualidad que decirte…
-¿T-tenías?
-Así es, tristemente me he dado cuenta de que tus capacidades auditivas son deficientes, es decir, mírate, sigues en medio, estorbando.
Apuñalado más veces de las saludables, el aludido se apartó junto a Yoosu Tanra mientras Airu Kressligh dejaba los platos secando en el fregadero, cogía un trapo de la encimera y se secaba las manos adoptando nuevamente aquel rostro inexpresivo. Finalmente colocó el trapo donde estaba, dedicándole una amable sonrisa, o una amable puñalada sonriente, dependía de quien lo mirase, a Maino Szure y se marchó de la cocina. Edín permaneció en silencio ante el despliegue verbal que la muchacha acababa de demostrar hasta que la mirada de Szure se cruzó con la suya.
-¿A ti te pasa algo? – Preguntó con la voz llena de falsa bravuconería.

Decidido a no verse cobrando lo que Maino Szure no había sido capaz de decir en su momento, Edín se encogió de hombros antes de dejar también sus platos en el fregadero. Sin decir palabra alguna, salió por la puerta de la cocina como antes había hecho la saar y se fue a su habitación.

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