viernes, 14 de febrero de 2014

3 - 14/01/41 (Parte 1)

14/01/41E.Sol – Youl’ifè – Día de las Seis Estrellas…
[08:53]
El fin de aquella primera semana se acercaba y el tiempo no parecía acompañar. El día había amanecido nublado y esas nubes pronto comenzaron a descargar nieve sobre la ciudad. En las primeras horas de la mañana algunas zonas de los jardines estaban ocultas bajo una fina capa de nieve.
La jornada también había comenzado en la residencia Nuevo Jardín. Una residencia en la cual nunca había vivido tanta gente como en los últimos días. En aquellos momentos unos daban vueltas en sus camas, perdidos en el sueño, otros se desperezaban o arreglaban para afrontar el nuevo día. La única persona que parecía perfectamente despierta y activa era Airu Kressligh, quien se movía por la cocina acabándose su modesto desayuno. Y es que ella era una persona de madrugar. Bien porque consideraba ridículo quedarse en la cama, bien porque directamente empalmaba un día con el siguiente. Por suerte, hoy era el primer caso. Cuando Airu Kressligh no dormía podía llegar a mostrar un yo exterior que conseguía que algunas personas llorasen pidiendo clemencia.
Mientras terminaba de fregar los platos y cubiertos de su desayuno se dedicó a observar la nieve caer por la ventana de la cocina. Seguía sumida en un debate silencioso, un debate que había comenzado en el mismo momento que había pisado su habitación en el Cruce. Quedarse o irse. No le gustaba demasiado el ambiente de la residencia, de ninguna residencia, ella prefería la libertad y soledad de un piso o un pequeño estudio. Pero era difícil. La gente no estaba dispuesta a dar alquileres a extranjeros y menos aun si la persona en cuestión no estaba allí para verlo. Esa era la principal razón que había frenado sus ansias de abandonar las residencias. Estaba aguantando hasta que el curso comenzase y pudiera moverse tranquilamente por la ciudad. Mientras, no le quedaba más opción que permanecer allí. La joven se secó las manos y dejó el trapo que había utilizado sobre la encimera. Oía pasos que se acercaban, así que se dispuso a salir de la cocina y volver a su habitación. En la misma puerta un joven le cortó el paso. Era el musculoso primate que ya había tenido la desgracia de conocer y aguantar el día anterior. La miró de arriba abajo.
-¿Qué es esto?
-En esta situación, ambos podríamos preguntar lo mismo. – A su interlocutor parecía divertirle su respuesta.
-¿Se puede saber de qué vas vestida? – Airu se miró las uñas con ficticio aburrimiento.
-Me encantaría pararme a hablar contigo, pero no deseo saber en qué punto de la escala evolutiva te quedaste atascado.
-Modera la lengua enanita. Puedo hundirte en el suelo de un puñetazo.
-Como una bestia primitiva. En realidad no sé qué otra cosa esperaba. – Fingió un suspiro cansado. – ¿No tienes nada mejor que hacer? No deseo que se te pase una toma de esteroides por detenerte a intercambiar insultos conmigo. Quién sabe, podrías desinflarte.
Decidida a no perder más tiempo se dispuso a salir por la puerta. Cada vez que se movía aquel primate se interponía en su camino con una sonrisa estúpida adornando su feo rostro.
-¿Ya te vas, enana? – Dijo con una risotada al agacharse.
Airu le observó en silencio, esperando plácidamente a que estuviese a la altura adecuada. Se había detenido para mirarla fijamente.
-Tienes muy mal genio para ser tan pequeña. Eso está mal, alguien más grande y más fuerte podría hacerte daño.
-¿Tú? Por ejemplo.
-Yo, por ejemplo.
-Me carcajearía, pero lo encuentro demasiado vulgar.
Con un fluido movimiento tiró de su camiseta, tapándole la cabeza y arrodillándole ante ella. Airu saltó sobre él utilizando una última y grácil patada en su trasero para descender en el rellano de las escaleras. Se volvió para verle gruñendo y forcejeando con su propia ropa, no pudo evitar reírse complacida antes de comenzar su camino hacia su habitación.
-Aubensut, babon'giggasse. Espero que algún día encuentres tu cerebro perdido, aunque lo dudo, seguramente se suicidó horrorizado por tu estupidez.

[09:00]
En  la sala común el reloj de péndulo marco las nueve de la mañana. Los sofás vacíos estaban bañados en la suave luz de aquel blanco día que entraba por las ventanas. Cuando habían pasado los nueve repiques de campana todo volvió al silencio absoluto salvo el tenue tic-tac. Uriel Aidara repasaba, ojeaba y ordenaba otro infinito montón de hojas en su escritorio. No se volvió a mirar cuando Aideelyn entró.
-¿Ya trabajando? – Preguntó ella con sorna.
-Quien antes empieza, antes acaba.
-En tu caso, quien antes empieza, tiene más que hacer.
La joven caminó hacia su escritorio ignorando su mirada de protesta. Sin duda no venía a ordenar un solo papel, sino únicamente a molestarle. Antes de volver a su trabajo la observó inclinada, buscando algo en su mesa.
-La residencia se está llenando de gente nueva. – Comentó con su acostumbrada alegría y luminosidad. Uriel le respondió con una áspera exhalación.
-Más gente significa más problemas.
-¡No seas aguafiestas Uriel! – Exclamó aparentemente ofendida por su respuesta. – No habíamos tenido tanta vida nueva en este edificio desde que compré la planta de la escalera.
Debía haber encontrado lo que fuese que buscaba, observó cómo se erguía ante su escritorio. Desafortunadamente en lugar de irse se acercó a él. Trataba de indagar en que estaba trabajando y debía de tener ya una idea clara al respecto.
-¿Estás trabajando en lo que yo creo que estas trabajando?
-Tal cosa depende. ¿En qué crees que estoy trabajando? – La muchacha le dio un suave golpe en el hombro.
-Pues en nuevas formas de esclavizar Daivha como paso previo a tu imperio intergaláctico. – La miró mientras ella respondía con una inocente sonrisa.
-No, no trabajo en eso.
-¡Ah! Pobre, lo había olvidado, el niño dentro de ti sigue castigado en una esquina. – Se acercó a su oído. – ¡Ten fuerza mini-Uriel, lucha contra la opresión!
-Haz el favor de dejar de molestarme. – Ordenó apartándola. – Si no tienes nada mejor que hacer encárgate de la residencia como tu título indica.
-Molestarte está recogido como algo que hacer. – Se llevó las manos a la cintura. – En fin señor Gruñidos, ¿Qué información tienes entre manos? ¿Algo en relación con la chica fallecida? ¿Tiene alguna relación con lo que ya sabemos?
-Eso busco, que la tenga.
-Si le pones tú las relaciones no sirve. ¿Por qué no me dijiste nada en su momento?
-¿Deseabas que me pusiese a contar teorías y probabilidades en la puerta delantera frente a gente externa?
-Menuda excusa más pobre, Uriel, tu puedes darlas mejores. – El aludido puso los ojos en blanco mientras volvía a sus papeles. – ¿Sabe Moyra todo esto?
-Ella fue quien señaló en esa dirección, yo solo investigo.
-Es hasta refrescante ver que has decidido creer en algo, o alguien.
-Hasta la fecha ha acertado en todos sus consejos. – Uriel se detuvo un momento. – Algo que tampoco me tomo como una garantía. Esos eventos pueden salir bien porque ella lo quiera así.
-La desconfianza no te llevará lejos, Uriel. – La repentina entrada de la aludida en la conversación sobresaltó a ambos jóvenes.
-M-Moyra. – Aidee trataba de recuperarse del susto. Moyra avanzó tranquilamente hacia ellos. – Haz el favor de no aparecer de la nada.
-No he aparecido de la nada Aideelyn, he entrado por la puerta.
-Da igual. – La muchacha suspiró. – Entres como entres siempre consigues asustarme. ¿Sabes lo que está pasando?
-Tengo una leve hipótesis al respecto, pero no sé si será del todo correcta. Por ello… – Observó a Uriel.
-Prefieres que yo lo investigue. – Había dejado de mirarlas, concentrándose en un punto aleatorio de su mesa mientras ponía sus ideas en orden. – Tienes suerte… pienso llegar al fondo de esto…
-No es por minar tu determinación con detalles insignificantes, pero tenemos una residencia, nuevos residentes. – Rió alegremente. – No me hagas mucho caso pero creo que no se atienden solos ¿Sabes? Requieren personas poniendo orden y ese tipo de cosas.
-Encárgate de que no me molesten. – La observó sin parpadear. – Como ya ocurrió ayer. – Ante su mirada de odio Aidee respondió con una sonrisa de suficiencia mientras se atusaba la melena.
-Tenía claro que iba a pasar. Esa chica es muy predecible. Tendrías que haber visto su cara de "inocencia" pos-crimen. No tenía pre-
-Cerciórate de que no se repita. No quiero exploradoras en mi residencia.
Uriel volvió rápidamente a su escritorio mientras su compañera seguía riendo. Puso ante ella su firme dedo índice.
-Que no me molesten. – Recalcó cada palabra.
-¿Por qué a Moyra no le dices nada?
-Porque ella no es Encargada de esta residencia. Así que ¿Te ha quedado claro?
-Afirmativo, su excelencia. – Respondió ella jocosamente. – Y dígame ¿Los tengo entretenidos con juegos de mesa y chistes fáciles? ¿O prefiere su grandeza que los asesine uno a uno? – Añadió con un tono más mordaz.
-Mientras parezca un accidente.
-Así se hará. Sus deseos son órdenes para mí.
-Aunque te pediría encarecidamente que no entierres a nadie en el jardín. Es demasiado tópico, incluso para ti.

[09:49]
-<Treinta minutos…> – Pensó Yuna al mirar su reloj. – <¿Tanto me he descuidado últimamente?>
Con su antigua rutina de entrenamiento hubiera sido capaz de darle una vuelta completa al campus universitario antes de comenzar a sentir fatiga. Casi una hora ininterrumpida de carrera. Ahora llevaba treinta pésimos minutos y se encontraba extenuada por el esfuerzo. Nunca tendría que haber permitido el cambio de entrenador durante las exhibiciones en la capital imperial. Antes estaba mucho más equilibrada, en fuerza, resistencia, velocidad. Ahora tras unos meses parecía que todo su potencial había quedado concentrado en aumentar su ya de por si portentosa musculatura, restándole toda capacidad de movimiento.
Con un suspiro se sentó en la fuente ante la entrada de la universidad para recobrar el aliento. Comenzaba a notar como el frío traspasaba la barrera de calor que su cuerpo había creado por el esfuerzo físico. Se concentró en olvidar que aquel frío existía, solo necesitaba unos minutos para recuperarse, no helarse por completo.
-¡Estúpido mapa de mierda!
Se escuchó el sonido de una patada contra un objeto metálico seguido de una airada protesta. Yuna observó el lateral de la plaza, una muchacha rabiaba ante el plano de la universidad que se encontraba junto al edificio de información.  Suponía que era una muchacha por su voz y por su melena, ya que su silueta, tapada por un estilizado y llamativo abrigo blanco, era decididamente ambigua. Estaba rodeada por varias maletas y bolsas de viaje cuya presencia allí era difícil de explicar, aquella muchacha no poseía el músculo para haber cargado con todo aquello. Suspiró enfadada mientras se quitaba unas gafas de sol de idéntico color a su abrigo.
-¡Joder! ¡Mierda! ¡Puto-mapa-de-los-cojones-obsoleto-gilipollas!
Rugió de manera repentina mientras le propinaba más patadas al ritmo de sus palabras. Con un rápido movimiento se apartó su cabello bicolor de la cara y lo sujetó con sus gafas. Largos mechones de llamativo rojo daban paso a una extensión de azabache cortada en una perfecta diagonal sobre su cuello. Decididamente no pasaba desapercibida en medio del campus, aunque muchas de las personas que caminaban ahora mismo por la plaza se alejaban de ella.
Yuna vio como un grupo de chicos se fijaban en su rabieta. Iban todos vestidos y decorados con una apariencia parecida a aquella muchacha, ropajes rotos, cabellos con peinados erráticos de colores impensables. Uno de ellos comenzó a realizar bravucones gestos antes de acercarse. No pudo evitar tensarse deduciendo lo que ocurriría a continuación.
-Hola guapa. ¿Necesitas llegar a alguna parte? – Preguntó con prepotencia. Su interlocutora le observó. Hasta desde la lejanía era obvio que con desdén en su rostro.
-No a tu habitación. Así que vuélvete por dónde has venido con tu rabo entre las piernas, en un sentido completamente literal, y le dices a tus amigos que he sido una zorra por no dejarme tocar. – Le enseñó la palma de su mano, indicándole que se apartase.
-Oye, oye, calma. No hace falta responder así. Intento ayudarte. – La joven rió.
 -¡Sí! ¡Venga! Y yo que me lo creo.
-En serio.
-¿Y aquellos son? – Señaló a sus compañeros. – ¿El equipo de emergencias por si hace falta intervención? No ¿Verdad? Son los pringados de tus amigos a los que te acercaras con el roñoso trozo de papel en que te escriba mi teléfono para decirles "Ehhh tíos, esta noche mojo, ja, ja, ja, ja". Ya sabes, esa risa que tenéis los tíos, esa en plan me he dado contra una baldosa y desde entonces voy lentillo.
-¿Haciéndote la estrecha? – El joven se cruzó de brazos.
-Definitivamente. – Respondió con sarcasmo.
-De nuevo, intento ayudarte, aunque si quieres darme tu teléfono no te diré que no.
-Claro. Apunta. Ge de gilipollas, como tú. I de gilipollas, como tú. Y el resto ya todo junto, lipollas, como tú. ¿Te lo repito?
-No hace falta, diva.
-Entonces. ¡Adiós! ¡Hasta nunca! – Se despidió, sonriente, de él.
El joven le dedicó una mirada de asco antes de darse la vuelta y caminar hacia sus compañeros. Gesticulaba con amplios movimientos, usando todo tipo de nombres obscenos para referirse a su fallida conquista.
-Así que las mujeres que no se pliegan a tus deseos son todas esas palabras.
Deteniéndose lentamente, el joven se volvió para encontrarse con la imponente figura de Yuna Haejin tras él. Su tranquila mirada se fracturó en unos míseros instantes, dando paso a una forzada sonrisa temerosa.
-N-no sé de q-qué me hablas…
-Sí, sabes perfectamente de lo que hablo. Y tendría que enseñarte el primer principio de la retribución sagrada por tu comportamiento.
-¿R-retribución…?– Yuna le levantó por el cuello de su raída camiseta sin dificultad.
-Todo el mal que haces se acabará volviendo contra ti.
Forcejeaba con fuerza contra ella, en su horror solo era capaz de cogerla por las muñecas y patalear. Desesperado, el capturado joven se volvió a sus compañeros para descubrir que habían desaparecido. Su miedo se volvió incluso más visible.
-¿Últimos deseos?
-Que le dejes en el suelo. A la de ya, señora grande.
-Señora… ¿Grande?
Ofendida, se encaró con la extraña joven a quien intentaba ayudar. Sus brillantes ojos marrones estaban fijos en Yuna emitiendo la palpitante sensación de que toda aquella situación le resultaba extremadamente molesta. Su rostro era fino, con una nariz recta y ligeramente puntiaguda, tan clásico que desentonaba entre aquel cabello multicolor. Avanzó con los brazos cruzados y haciendo sonar los tacones de sus botas de piel, largas hasta perderse por los bordes del abrigo blanco.
-¿Qué significan tus palabras? Claramente eras consciente de lo que este joven decía sobre ti.
-Sí y me daba igual. Palabras y palabras, bla, bla, bla. No es el primero, ni será el último que me ha llamado puta, zorra y demás. – Afirmó aburrida. – Solo podría decirle que no soy una zorra, soy LA zorra. Y que por ello tiene suerte de no conocerme de nada, de lo contrario, de lo contrario. – Rió divertida. – Dejémoslo ahí.
-Y-yo solo… intentaba a-ayudar. – Dijo el joven entre jadeos. – N-no he dicho n-nada… n-nada.
-Claro que sí chavalote. Pero ni he pedido ayuda, ni necesito ayuda, y créeme, no quiero tu ayuda. Así que déjame dándole patadas al mapa. Y eso va también por usted señora grande. No necesito que la heroína del día venga a patear culos en mi nombre. Puedo patearlos solita, solo me contengo porque estas botas se merecen algo mejor que patear el culo de un perdedor, así que suéltale y vuélvete por dónde has venido.
Sin decir nada más les dio la espalda y regresó junto a sus maletas centrándose de nuevo en el mapa. Yuna la estudió durante unos segundos antes de volver a fijar su mirada en su presa. Solo con los ojos era capaz de trasmitirle su mensaje. Aquel día se salvaba, pero si había una segunda trasgresión no vería la luz de un nuevo amanecer. Le dejó caer con la menor gentileza posible, ignorándole mientras se escurría por el suelo como un gusano.
-No me agrada que me llamen señora grande. – Sentenció al acercarse a la extraña joven que no deseaba su ayuda. Esta rió de nuevo.
-Eres una mujer. ¿Correcto?
-Sí.
-Y eres grande. ¿Correcto? – Yuna no respondió. – Señora grande. Ese no me agrada más bien quiere decir que nadie se atreve a decirlo cuando puedes oírles.
-No soy una persona violenta. En realidad detesto recurrir a la violencia. Pero detesto aun más-
-¿A los gallitos, verdad? – La miró por vez primera. – Dime algo que no sepa. ¿Tienes que estar aquí encima de mí ahora mismo? ¿No tienes algún otro sitio al que irte ni cosas mejores que hacer? Como por ejemplo salvar el día y ayudar a las desamparadas del mundo. Seguro que en algún baño del campus hay una chica suplicando que alguien le lleve una compresa. No me gustaría tenerte aquí perdiendo el tiempo cuando puedes ayudarla.
-No estoy acostumbrada, ni me gusta, que me hablen con ese tono.
-¡Ah! Perdona ¿Debería tenerte miedo? – Preguntó con sorna. – Vivir bajo el mismo techo que un alcohólico drogadicto, eso da miedo. Tú solo eres una señora grande con músculos. Completamente normal si me preguntas.
-Alcohólico… drogadicto. – Repitió sin salir de su asombro.
-A veces simplemente le llamaba papá. – Afirmó con una radiante sonrisa.
Yuna permaneció en silencio mientras aquella más que extraña joven que no deseaba su ayuda seguía estudiando el mapa del campus. Acababa de narrar una experiencia que cualquiera consideraría "traumática" con absoluta dejadez, como quien se dispone a hablar del tiempo.
-¿Puedo preguntar qué lugar buscas? – Su interlocutora suspiró con hastío.
-Una puta residencia llamada Jodido Nuevo puto Jardín de mierda que no sale en el mapa. Porque el mapa es otra mierda. – Se cruzó de brazos ante el objeto de su odio, como si exigiese que este le entregase las respuestas que deseaba.
-Quizá hasta pueda ayudarte.
La extraña joven que antes no había querido su ayuda giró la cabeza lentamente hasta que sus ojos se encontraron. Su rostro mostraba una sarcástica mueca.

[10:55]
-¿Entonces sigue enfadado? – Preguntó Niko sin salir de su asombro.
-Bueno… yo no diría enfadado, más bien levemente molesto.
Mie secaba los platos que habían utilizado para desayunar. La cocina estaba vacía, pero el comedor aun tenía gente acabando de desayunar. En ese momento Liam entró con las bandejas vacías.
-Pero no lo entiendo. Si he sido muy amable.
-La cosa no es que seas amable… es que…
-¿Es qué…?
-Puede que se sienta un poco… incomodo porque le estas acosando. – Intentó explicar Mie. El rostro de su amiga le dejó claro la inutilidad.
-No le estoy acosando. – Protestó enfadada. – Además si le molestó ¿Por qué no me lo dijiste ayer?
-Básicamente porque no quería que le persiguieras. – Susurró entre dientes mientras dejaba los platos en su respectiva alacena. 
-¿Qué debería hacer ahora? – Se preguntó Niko a sí misma.
-Yo creo que las cosas se asentarán solas. Solo hay que darles el tiempo suficiente. – Afirmó Liam. – Dageste parece un chico muy simpático.
Mie sopesó aquellas palabras. Independientemente de que fuese o no simpático, lo que parecía era un chico ligeramente despegado de los demás. Si hubiese sido alegre y cercano ahora no estarían teniendo esta conversación, Niko y él ya se llevarían de maravilla.
-No entiendo por qué te preocupas tanto. Ya te dije que lo mejor es ser cordiales y no llevarnos ni bien ni mal con nadie. – Mie se encaró con ella. – Aparte, me prometiste que no ibas a ser el centro de la sociedad de esta residencia. ¿Recuerdas?
-Lo sé, lo sé y lo sé. Es que no quiero que Eduin viva aquí teniendo una mala impresión de mí. Y ya no se me ocurre nada…
-Edín. – Corrigió Liam cariñosamente.
-¿No he dicho lo mismo?
-Me temo que no. – Respondió ella con una sonrisa.
-Pues Eduin. – Liam rió.
-Yo empezaría aprendiéndome su nombre correctamente… aunque seguro que el mundo se acabará si tiene una mala impresión de ti. – Mie suspiró. – Te diría que lo que tienes que hacer es ignorar el tema en su totalidad, pero te conozco así que a lo mejor lo que deberías tomártelo con tranquilidad y sobre todo, dejar de acosarle. Sé más natural… fuerza menos la situación.
-Más natural… menos forzar. ¡Entendido! – Mie dudaba que lo hubiera entendido.
-No sé que le veis a ese para que todas le prestéis tanta atención. – Dijo Maino Szure al entrar en la cocina. – No es nada del otro mundo.
Ignorando las miradas de las chicas avanzó desde la puerta del comedor seguido por Yoosu Tanra. Comenzaron a fregar. Parecía que su comentario era simplemente un añadido sin importancia, aunque había un tono de resentimiento perfectamente perceptible que consiguió que Mie torciese la boca.
-¿Qué intentas decir con eso? – Como era obvio, Niko no podía dejar pasar cualquier situación para dar rienda suelta a su curiosidad.
-Nada. Solo he dicho lo primero que se me ha pasado por la cabeza.
-No quiero sacar conclusiones donde no las hay pero… ¿Estas celoso? – Maino Szure se estremeció ante la pregunta de Liam.
-¡Claro que no! – Se volvió a ellas.
-Ey, ey, Szure, no grites. – Exigió Ohouji Kiraibeki al entrar en la cocina.
-No estaba gritando.
-Ya, lo que digas. – Kiraibeki dejó sus platos sobre los de Szure.
-¡Oye! – Gritó enfadado al percatarse. – ¡Un momento!
-¿Pasa algo?
Kiraibeki había comenzado a alejarse, pero en el último momento se encaró con él. Maino Szure se mantuvo en silencio. Apretaba los dientes y su cuerpo temblaba por la furia. Al mismo tiempo era consciente de que se encontraba ante una batalla perdida. Con frustrante sumisión se volvió al fregadero.
-Así mejor, Szure. Buen chico.
Kiraibeki le pasó una mano por la cabeza como si se tratase de una mascota. El gesto solo consiguió que los furiosos temblores de Szure se incrementasen. Las tres chicas observaron la escena con silenciosa desaprobación. Mie se acercó a Niko por si decidía dar rienda suelta a su opinión acerca de lo que acababan de ver. Aparentemente su amiga encontró la fuerza para contenerse.  Con sus pesados pasos, Kiraibeki se acercó a ellas.
-Asumo que habláis del fracasado que duerme al lado de mi habitación. El extranjero. Ese que se caería con solo soplarle. – Comentó riendo. – Si buscáis un nuevo amiguito aquí me tenéis a mí. Para todo lo que haga falta. – Añadió acercándose más de lo que era admisible.
-¿Tú? – Niko se apartó asqueada.
-¿A que viene esa cara? Te estoy ofreciendo mi amistad sincera. Soy cien veces mejor que ningún extranjero.
-Con todos mis respetos, creo que diré que no estoy interesada. – Afirmó Liam.
-¿Interesada? Qué pena. Aunque nadie ha dicho nada de interés. Al final sois las mujeres las que tenéis una mente sucia, Negiru. – A Mie le pareció escuchar como Szure gruñía.
-Mis disculpas, no lo decía con ese sentido. – Su sonrisa parecía más una forma de cortesía que un gesto sincero.
-Me gustan las chicas modositas. – Kiraibeki rió. – ¿Y tú, Eino?
-¿Yo? – De nuevo habló asqueada por la posibilidad. – Nunca. Tú, yo, nunca. – Sentenció moviendo las manos al ritmo de cada palabra. Su interlocutor sonreía.
-¿Nunca?
-Nunca. – Recalcó Niko.
-No hace falta ser tan dura. – Pidió Mie.
No es que sintiese pena o conmiseración alguna por aquel joven, era simplemente que Niko, como casi siempre, estaba siendo demasiado directa para su gusto. Desgraciadamente su interlocutor lo entendió de otra manera y comenzó a estudiarla. Mie se sintió ofendida, parecía estar pasando por algún tipo de certamen de belleza.
-Una pena Souten, tú no me interesas demasiado. Me gustan modositas, no sosas.
-Dejaré que mi rostro de apatía hable por sí solo.
-¿Ves? Demasiado sosa para mí gusto.
-¿En serio consigues algo hablando así con las mujeres? – Preguntó Niko.
-Más de lo que crees.
-¿Ninguna te rechaza? – El tono extrañado de su voz se notaba a la perfección.
-Ninguna. – Kiraibeki sonreía orgulloso.
-Eso quiere decir que todas te rechazan. – Afirmó finalmente Niko. El joven respondió con una seca carcajada.
-La verdad es que todas se hacen las estrechas, como tú. Luego se les caen las bragas rápidamente.
-Pues será que no las compran de su talla. – Liam no pudo evitar reírse ante el comentario de Niko. – ¿Qué he dicho ahora?
Su amiga solo pudo responder moviendo la mano mientras se disculpaba. No era la única que reía, desde allí podía ver a Maino Szure y Yoosu Tanra conteniéndose. Justo cuando Ohouji Kiraibeki se disponía a hablar escucharon como tocaban a la puerta principal. Instintivamente las chicas miraron hacia el pasillo. Niko golpeó con el dedo a su Mie.
-¿Tenemos que abrir nosotras?
-¿Tú has visto que en alguna parte tengan un portero? – Respondió Mie mientras salía de la cocina.
Con celeridad se dirigió a la puerta delantera y abrió agradeciendo el dejar atrás a Ohouji Kiraibeki, quien parecía que había finalizado aquella conversación. Al otro lado esperaba una muchacha alta y robusta.
-Haejin. – Dijo al verla. – ¿Se te han olvidado las llaves?
-No. Esperaba que viniese la encargada a la puerta. Traigo una nueva inquilina.
Avanzó al interior para dejarle paso a otra persona. Era una muchacha de estrambótico cabello, algo más alta que Mie, engalanada en un abrigo blanco y cargada casi por completo por su equipaje. Fue dejándolo en la entrada mientras recobraba el aliento y la compostura. No parecía ser una persona acostumbrada al deporte o el esfuerzo físico. Aunque a ojos de Mie no parecía ser una persona acostumbrada a nada que no estuviese relacionado con su apariencia. Se apartó un mechón de cabello rosa que había caído sobre su rostro.
-Te dije que me dejases llevar alguna maleta. – El comentario de Haejin tuvo como resultado una mirada asesina.
-Y yo te dije que te metieses en tus asuntos. Creo que estamos empatadas.
Tomó aire con fuerza y comenzó a estudiar sus alrededores. Tras la sorpresa inicial abrió la boca. Mie supuso que estaba maravillada por aquella elegante residencia, pero el gesto de sombro se fue torciendo lentamente.
-Pero… ¿Que mierda de sitio es este? – Protestó. – Oye, espero que no me estés timando. ¿Es esto Nuevo Jardín? – Preguntó mirando fijamente a Mie.
-Sí… esto es Nuevo Jardín. – Observó cómo se pasaba una mano por el pelo con un gesto de frustración.
-Este día ya no puede empeorar más. Mapas de mierda desactualizados, gilipollas asaltándome en medio del campus, una residencia asquerosa perdida entre el bosque. Y encima está decorada con el puto gusto de hace quinientos años. Guay, simplemente guay.
Mie atendió a sus palabras sin dar crédito. Aquella joven hablaba como si acabase de salir de un antro callejero lleno de bandas, drogas y música prohibitivamente alta. En realidad nunca había oído tantas palabras malsonantes seguidas en una misma frase, y tenía claro que podría encadenar muchos más si así lo quería. Tampoco era capaz de entender su crítica a la residencia.
-Eres… ¿Eres una nueva residente? – Preguntó con cortesía.
-Eso parece. En el cutre-Cruce me han dicho que tenía que ir a Nuevo Jardín. Si este sitio es Nuevo Jardín…
-¿Va todo bien? – Liam se había asomado por la puerta de la cocina. Niko apareció tras ella.
-¿Quién es? ¿Quién ha venido?
Se detuvieron al encontrarse cara a cara con la recién llegada. Niko, como era costumbre en ella, permaneció mirando, sin pudor, su vestimenta y apariencia.
-Eh, coli-rosa. – Chasqueó los dedos ligeramente molesta.
-Es que eres un poco llamativa. – Niko se disculpó con una sonrisa.
-Dijo la chica con el pelo color chicle. – Niko se llevó sus manos a su coleta, casi desolada por el comentario. Había tocado un tema escabroso, a ella le encantaba su pelo.
-¡No es chicle, es rosa coral oscuro!
-Me suena tu cara, ¿Te conozco de algo? – La nueva inquilina estaba estudiando su rostro atentamente.
-L-lo dudo. – Niko se separó de ella para acercarse, levemente avasallada, a Mie.
-Mira a quien tenemos aquí. Una nueva adquisición. – Ohouji Kiraibeki se apoyó en la puerta del comedor. – Hola. – Hubo una mueca de asco colectiva.
-¿Este también vive aquí? – Inquirió señalándole mientras miraba a Haejin. Ella se limitó a asentir. – Fabuloso todo. – Se pasó la mano por el pelo. – ¿Puede alguien buscar a quien sea que mande en este agujero y traerlo aquí a ser posible ya?
-No has dicho las palabras mágicas. – Rió Kiraibeki.
-¿Muérete? – Preguntó sonriente.
-Casi, casi.
-Uy que pena. He perdido. Ahora lo nuestro nunca podrá funcionar.
-Iré a buscar a la Encargada Hyome. – Dijo Liam.
-Sí por favor y gracias.
Se sentó, más bien dejó caer, sobre su gigantesca maleta con cansancio y comenzó a observar a sus interlocutores. Maino Szure y Yoosu Tanra se habían unido a ellos, aunque miraban desde la puerta de la cocina sin decir nada. La recién llegada alzó una ceja.
-¿Siempre recibís a todo el mundo como si fueseis psicópatas sonrientes salidos de algún tipo de casa de locos? ¿Cuando me esté bañando me apuñalareis y me dejareis desangrándome por el sumidero?
-¿Quién sabe? – Rió Ohouji. La aludida le miró de soslayo al entender el doble sentido de sus palabras.
-Quizá si nos presentamos no será tan violento. – Niko sonreía. – Mi nombre es Nieriko Eino, pero todo el mundo me llama Niko. Es un placer. Ella es mi amiga Mie Souten. – Añadió señalando a Mie. Tras unos segundos de incredulidad la recién llegada se puso las gafas de sol. – ¿Qué haces?
-Protegerme los ojos. Eres tan alegre y feliz que se me pueden derretir. Me han dado hasta sudores al oírte. – Su respuesta consiguió que Niko hinchase ofendida los mofletes.
-Si quieres me presento yo-
-No. – Cortó en dos la frase de Kiraibeki. – Seré más feliz no sabiendo tu nombre. – Se levantó de su maleta y quitó las gafas de sol. – Shu'Len. Ese es mi nombre.
-¿Shu'Len? – Repitió Niko. – ¿Eso es un nombre?
-"Dalia dorada". Un nombre tan bueno como cualquier otro.
-¿Pero es un nombre real? ¿Es tu nombre real? – Shu'Len rió.
-He dicho que ese es mi nombre. ¿Tienes algún problema con él?
-Ninguno. – Respondió rápidamente Niko. – Es muy bonito.
-Así mejor.
-Estás dando una inmejorable primera impresión. – Dijo Haejin. Shu'Len la observó.
-¿Crees que me importa?
-No. Pero quería decirlo aun así.
Su interlocutora respondió aplaudiendo un par de veces con un sarcástico gesto de apoyo a sus palabras. Su conversación se detuvo ahí, sumiendo la entrada en un silencio que duró hasta que escucharon los pasos desde la escalera. Liam venía acompañada por la Encargada Aidee Hyome, quien sonreía a Shu'Len.
-Hola, bienvenida a la residencia Nuevo Jardín. Soy la Encargada Aidee Hyome. – Dijo con su característico giro de muñeca.
-No, más gente sonriente y feliz no. Clemencia. – Protestó poniéndose de nuevo las gafas de sol. Su respuesta dejó a Aidee sin palabras. Se levantó de su maleta con un brinco y se colocó ante ella. – Mira, me llamo Shu'Len y tiene que haber un error. Verás, yo iba al Cruce de Caminos y el simpático Prefecto, gilipollas. – Masculló. – Me ha dicho que no puedo vivir en el Cruce de Caminos por no sé qué de que está deshabitada temporalmente, así que me ha mandado aquí. Seguro que este sitio es la bomba, todos sois súper simpáticos. Ya me he dado cuenta, me ha venido a recibir hasta uno que pasaba por allí. Pero esto no es para mí. Está lejos del puto centro de la ciudad, del puto edificio de artes. – Se detuvo para pensar. – Bueno, del edificio de Artes no, pero tú me entiendes. ¡Está lejos de absolutamente todo es este asqueroso mundo! Así que, ¿Me harías el favor de llamar al Cruce de Caminos y decirle a ese gilipollas que tienen como Prefecto que me readmita? Yo seguiré mi camino y vosotros viviréis en este universo de luz y bondad que os rodea.
La Encargada Aidee atendió a la totalidad del discurso sin dejar de asentir una y otra vez. Cuando Shu'Len terminó de explicarse proyectó sobre ella una poderosa sonrisa.
-Verás, Shu'Len, no está en mi poder coger a la gente, porque sí, y cambiarla de una residencia a otra.
-Mierda. – Gruñó la recién llegada. – ¿Y qué coño ha pasado en el cutre-Cruce para que estén diciendo que está deshabitada?
-Un… desafortunado incidente.
-¿Cómo? – Dijo con una risita.
-Un suicidio. – Sentenció Haejin. La boca de Shu'Len se desencajó mientras sus gafas se deslizaban por su nariz.
-¿C-cómo…?
-Debido al incidente ahora mismo nos resulta imposible realizar cualquier tipo de cambio con respecto a las residencias. – Explicó la Encargada. Shu'Len parecía salir de un largo trance. Se pasó una mano por la frente mientras con la otra cogía sus gafas de sol. Suspiró.
-E… entiendo… perfectamente. ¿Puedes decirme cual es mi habitación? – El repentino cambio de actitud sorprendió a Mie, y aunque seguro que no fue la única, nadie dijo nada.
-En el segundo piso. Habitaciones de chicas. Aunque primero necesitaría el impreso de cambio de residencia que deben de haberte dado al llegar al Cruce de Caminos.
Shu'Len introdujo su mano en el amplio bolsillo del abrigo blanco y entregó el arrugado formulario. La Encargada lo estudió en silencio.
-Está todo en orden. Si me sigues arriba.
-Sí. Claro. – Respondió cansada. – ¿Puedes ayudarme con mi equipaje?
Su mirada se centró en Haejin. Esta asintió antes de coger una maleta. No fue la única, Niko se armó con varias bolsas de viaje. En pocos segundos Shu'Len no tenía absolutamente nada que subir.

-A ver… ¡A VER! La idea era que me ayudaseis. – Gruñó al ver que todas sus compañeras contribuían a subir su abultado equipaje. – Ahora solo falta que alguien me suba en brazos por las escaleras. – Desde la puerta del comedor Kiraibeki sonrió. Shu'Len le fulminó. – Ni en tus sueños, chavalote. Grábatelo, ni-en-tus-sueños.

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